La victoria de Trump: crisis de sistema e insurgencia reaccionaria

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Eduardo González Cueva[1]

El nuevo Gobierno estadunidense, encabezado por Donald Trump, es el resultado de la profunda crisis de un régimen político incapaz de representar y negociar los intereses de clases y sectores de la población, profundamente polarizados en tres planos: el productivo, el de género y el demográfico. El fracaso de la candidatura de Hillary Clinton reveló la limitación de las políticas neoliberales del Partido Demócrata para lograr la adhesión de los trabajadores. Bernie Sanders, el precandidato socialista, que sí podía lograrla, no pudo superar otras barreras, de carácter identitario.

Trump unificó exitosamente estas formas de descontento social, tanto de clase como identitarias, y las dotó de un discurso reaccionario, opuesto al cambio social y a las élites tecnocráticas que lo han capitaneado. Igualmente, utilizó con éxito la tradición aislacionista estadunidense para criticar la política exterior del Gobierno de Obama.

El candidato Trump, por supuesto, no es el presidente Trump. La nominación de un Gabinete de billonarios y la destrucción anunciada de redes de bienestar social auguran graves riesgos para los trabajadores, las mujeres y las minorías. Igualmente, el presunto aislacionismo internacional se ve falseado en las posturas agresivas que el nuevo Gobierno presagia en todos los teatros geopolíticos.

Raíces estructurales de la crisis

La crisis política en Estados Unidos se caracteriza por un profundo entrampamiento que impide a instancias de Gobierno tomar decisiones efectivas a nivel federal, donde la interacción entre demócratas y republicanos no permite la menor forma de cooperación. Ambos partidos –que son, en realidad, coa-liciones- tienen un control electoral inamovible en distintos Estados, y sólo compiten por un número limitado de circunscripciones en las que las características demográficas de la población resultan en bandazos políticos.

A la raíz de esta situación, se hallan tres poderosas transformaciones ocurridas en las últimas décadas: una, productiva/tecnológica; otra, en los roles de género; y otra, demográfica. Cada una refleja disputas en la contradicción de clases, la dominación patriar-cal y la opresión racial.

1) La transformación productiva y tecnológica ha creado nuevas industrias, ha revolucionado la información y está explotando nuevas fuentes de energía. En forma implacable se debilitan la industria pesa-da, las manufacturas y el agro. La clase trabajadora tradicional, la del “cinturón de óxido” de los Estados del Medio Oeste, que son los Estados en disputa electoral, ha perdido sindicatos e influencia política.

2) Los roles de género han cambiado radicalmente. La familia tradicional encabezada por un hombre que genera ingresos, desaparece. La emancipación de las mujeres, así como la visibilidad de distintas identidades sexuales generan nuevos modelos de convivencia. Del mismo modo que se revoluciona la producción material de la sociedad, se revoluciona la reproducción de la vida humana y sus contenidos simbólicos.

3) El país ha vivido un profundo cambio demográfico. La inmigración de países del Sur Global mantiene una estructura demográfica joven y un mercado interno en expansión continua, indispensables para el modelo capitalista, pero a la vez ha generado profundos cambios identitarios en las áreas urbanas, debilitando el control político de la población considerada “blanca” y transformando la autopercepción nacional de Estados Unidos.

Adaptación fallida de los demócratas

Hay sectores sociales, en particular en los grandes centros urbanos y en las costas, y entre los sectores más jóvenes, que han abrazado estos cambios. Un nuevo país, con nuevos procesos productivos, una sociedad post-patriarcal y post-supremacía blanca ha sido -por un buen tiempo- el horizonte de los distintos movimientos progresistas, pero no ha habido ninguna expresión política que logre ubicarse exitosamente en las intersecciones de la lucha contra la dominación en los tres campos. Tampoco ha habido la capacidad de articular un discurso progresista en los tres campos con un inescapable cuarto escena-rio: la naturaleza imperial de la política exterior de los Esta-dos Unidos.

La mayoría del Partido Demócrata ha abrazado los cambios sociales en clave liberal y tecnocrática, y sin cuestionar el rol de los Estados Unidos en la escena mundial. Bajo Bill Clinton primero, y Barack Obama después, el progresismo demócrata se limitó –con contradicciones y retrocesos- al apoyo a la igualdad de género, y a la inmigración; pero continuó con políticas económicas que debilitaban a los trabajadores, en particular los de las manufacturas y el agro. Igualmente, aunque con diferencias respecto al intervencionismo republicano y con algunas audaces maniobras geopolíticas, los demócratas no variaron, en lo sustancial, su política exterior, centrada en la expansión y protección de mercados.

En el terreno productivo, los demócratas no ofrecían mecanismos para navegar la gran transformación tecnológica, salvo incentivos a la Educación, que benefician a los trabajadores jóvenes, pero no a los que ven sus destrezas desvaloradas en el nuevo escenario. Incluso la Reforma de Salud de Obama, que generaba una importante red de prevención, necesaria para los trabajadores, se vio obstaculizada por un enfoque de mercado, que la hizo difícil de administrar y aplicar.

En el terreno de género, los demócratas abrazaban un feminismo abstracto que, pese a impulsar avances en la incorporación igualitaria de las mujeres a la esfera económica, era débil y selectivo. Los derechos reproductivos no han hecho más que retroceder, y la histórica sentencia Roe vs. Wade de 1973, que reconocía el derecho a abortar, ha sido destruida en la práctica, al quedar a la merced de la implementación en Estados de mayoría conservadora.

En el terreno de las relaciones raciales, los demócratas no supieron reconocer la urgencia de la situación de violencia que se impone a las comunidades afroamericanas, y en cuanto a la realidad de los inmigrantes sin papeles, cedieron repetidamente a la presión republicana, deportando masivamente. El Gobierno de Obama llevó a cabo reformas progresivas selectivas, como la protección de las personas sin papeles que llegaron a EEUU siendo niños y que, por tanto, no tienen culpa en la violación de normas administrativas; pero fuera de esa excepción, mantuvo políticas de expulsión.

Vale la pena recalcar que la izquierda del Partido Demócrata, y los independientes progresistas, agrupados bajo Bernie Sanders, no fueron capaces de vincular su discurso, que era poderoso en términos de política de clase, con las políticas identitarias, enfocadas en el género y la raza. La coincidencia de la campaña electoral con el masivo movimiento “Black Lives Matter” (La Vida de los Negros Sí Importa) no resultó en una canalización de sus energías.

De hecho, Sanders mantuvo por un tiempo un discurso que reducía la opresión racial a contradicciones de clase, un enfoque ortodoxo que le impedía cuestionar directamente la supremacía blanca. Probablemente el fenómeno Sanders puede ser leído como la irrupción en política del movimiento “Occupy Wall Street”, que confrontó radicalmente al capital financiero responsable de la crisis de 2009, pero que sucumbió a luchas internas sobre tensiones raciales y de género en su dirigencia.

En el terreno internacional, los demócratas mantuvieron la línea de Clinton y Bush de impulsar Tratados de Libre Comercio. Obama retiró a las tropas americanas de Irak, y cambió tres escenarios significativos de conflicto al normalizar las relaciones con Cuba, con Irán y al mantener la presión sobre Israel. Sin embargo, se vio atrapado en la defensa del libre comercio, en retirada ante una oleada proteccionista mundial; no actuó decisivamente en Me-dio Oriente pese a haber logrado un entendimiento con la gran potencia shií, Irán; y se vio jaqueado por las acciones hegemónicas de las otras grandes potencias, Rusia y China, que expandieron su control militar en sus patios traseros: Ucrania, el Cáucaso y el Báltico, en un caso; el Mar de China, en el otro.

La insurgencia de Trump

Los demócratas estaban mal preparados para enfrentar las frustraciones generadas por los profundos cambios sociales descritos. Sin embargo, pese a eso, ganaron el voto popular. Al revisar la victoria de la insurgencia de Trump, es importante recordar que se trata de un triunfo sui géneris, producto del sistema electoral que asigna votos de acuerdo a los resultados en Estados, y no al voto de los ciudadanos individuales.

Trump, en la mejor tradición populista, jamás articuló una agenda clara, sino un sentimiento de frustración. Reemplazó las propuestas de política por propuestas simbólicas, y el enfoque tecnocrático de los demócratas por un enfoque performativo, centrado en el carisma y la irreverencia. Su eslogan: Make America Great Again (Hagamos que América sea grande de nuevo) era una clave para la resistencia a los cambios y una idealización de un pasado inexistente: el sueño americano de la movilidad social ascendente para todos, la sociedad fundada en la familia tradicional, y la subordinación de las poblaciones de color a la supremacía blanca. Sin necesidad de ser explícito en esos tres vectores, el mensaje de Trump suprimió el voto demócrata en los cinturones industriales, y movilizó el voto masculino y blanco.

Sus promesas electorales y la performance política siempre fueron meramente simbólicas. La renegociación de Tratados Comerciales, sus escándalos sexuales, sus malas maneras, la construcción de un muro, la prohibición de ingreso a musulmanes y otros episodios fueron, ante todo, espectáculos. Trump ofrecía la implantación de la agenda republicana más radical, pero sin el liderazgo republicano tradicional.

Así como Sanders encarnaba en alguna forma el movimiento “Occupy” e insurgió contra la dirigencia demócrata, Trump recibió potencia del movimiento ultra conservador y supremacista blanco “Tea Party” (Partido del Té, un homenaje a la desobediencia civil que empezó la Revolución de 1776) y aplastó a los barones del partido republicano.

El escenario actual

Por supuesto, lo que viene será completamente diferente. Su selección de ministros ya indica la implementación de una política ultraconservadora que, aunque tal vez no cumpla exactamente con sus promesas más radicales, resultará en una reacción generalizada contra la transformación social.

La renegociación de la postura librecambista de Estados Unidos puede resultar en guerras comerciales, de aranceles y sanciones, que reduzcan el mercado estadunidense para los exportadores y, fundamentalmente, produzcan una grave confrontación con la potencia ascendente, China. El entendimiento con la Rusia de Putin apunta, probablemente, a una decisión entre las dos grandes potencias sobre los mercados energéticos globales.

En el plano de las relaciones de género, los nuevos nombramientos en la Corte Suprema buscarán reducir derechos, con resultados igualmente sísmicos. Décadas de avance en el terreno de la no discriminación están en riesgo, tanto para las mujeres como para la comunidad LGTBI.

El impacto de estos cambios en EEUU no se limitará, por supuesto, a ese país, sino que se multiplicará a través de sus agencias internacionales y debido a la visibilidad global de la política estadounidense. En cuanto a la estructura demográfica y racial, Trump no puede cambiarla, pero sí puede hacer retroceder todas las vías para la ciudadanización de los inmigrantes, y puede mantener el statu quo que crimina-liza a la población de color y de bajos recursos. La suerte de once millones de inmigrantes latinoamericanos en situación irregular, constituye en concreto un elemento de presión muy potente sobre los Gobiernos de la región. Por último, pese a haber hecho campaña con un discurso aislacionista, Trump no tiene razón alguna para no satisfacer las demandas del ala más intervencionista de su propio partido. En América Latina, ha prometido revertir la normalización de las relaciones con Cuba, y es dudoso que EEUU siga manteniendo una postura de colaboración con la paz colombiana. En Medio Oriente, la reversión del acuerdo con Irán y la aceptación de la propuesta israelí de completa anexión de Palestina, solo presagian mayores conflictos. En Europa, el entendimiento con Putin y el avance de partidos neofascistas puede generar tensiones nacionalistas que no se veían desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. En Asia, la tensión comercial y geopolítica con China puede tener resultados de gran inestabilidad.

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Trump, en resumen, encarna la reacción de sectores sociales desplazados de espacios de poder por las grandes transformaciones productivas, de género y demográficas que han tenido lugar en EEUU en las últimas décadas. Es una reacción frágil y azarosa, pero tiene el riesgo de crear una enorme inestabilidad, tanto en EEUU como en el mundo. Ante ella, hay algunos potenciales de resistencia, desde los distintos liberalismos y progresismos estadounidenses, pero aún demasiado débiles para generar alternativas políticas sólidas. El escenario mundial no apunta tampoco a respuestas articuladas que generen mayor igualdad entre las naciones sino, probablemente, más volátiles relaciones entre las grandes potencias. De su desarrollo, y del cuidadoso análisis que hagan las izquierdas, dependerá la suerte de generaciones.


[1] Sociólogo y consultor independiente en Derechos Humanos. Su sitio web es: gonzalezc.com