“Si las mujeres paran el mundo para…”

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Mariela Belleza Salazar[1]

El 8 de marzo de este año, las mujeres en nuestra diversidad decidimos levantar nuestras voces demandando la soberanía de nuestros cuerpos, y para evidenciar que sin nuestro traba­jo, dentro y fuera de la casa, la producción de mercancías y de servicios no solo se afecta sino que se paraliza. Buscamos evidenciar nuestro aporte para la economía y la sociedad exi­giendo reconocimiento del trabajo doméstico no remunera­do y de cuidado como un trabajo fundamental para el funcio­namiento de la sociedad, donde nosotras hacemos el trabajo invisible que permite que el mundo siga andando.

Las mujeres este 8 de marzo decidimos plegarnos activamen­te a la huelga feminista y parar para denunciar que ganamos menos aunque trabajamos más, que somos más pobres, que sufrimos mayores situaciones de violencia y discriminación. Solo en el Perú, las mujeres trabajamos 9 horas más que los hombres a la semana, con dramáticas brechas en la distribu­ción del trabajo de cuidado, y ganamos un 16%[2] menos en el sector público y 29% menos en el sector privado. Si a ello le sumamos que el 68% de mujeres peruanas hemos sufrido al­gún tipo de violencia por parte de nuestra pareja[3], el escena­rio se agrava.

El mundo ha visto este 8 de marzo multitudinarias manifes­taciones de mujeres emulando la histórica huelga que pro­tagonizaron las mujeres de Islandia el 24 de octubre de 1975, donde se calcula que hasta el 90% secundaron la convocato­ria que consiguió paralizar el país por completo. Cinco años después, en noviembre de 1980, Vigdis Finnbogadóttir -una de las mujeres que había salido a manifestarse- venció a tres can­didatos hombres en las elecciones presidenciales, siendo la primera jefa de Estado del mundo elegida democráticamente. Ese “largo viernes” trajo cambios en Islandia, siendo uno de los más trascendentales el que los hombres, los padres, termi­naran extenuados tras una jornada de trabajo remunerado y doméstico no remunerado, al cuidado y sostenimiento de sus hijos e hijas y de la sociedad.

En el Perú no fuimos millones de mujeres volcadas a las ca­lles, no paramos ni salimos de nuestros trabajos, ni dejamos a los hijos e hijas al cuidado de ellos, no dejamos de vender en las calles ni de servir en las casas. No pudimos más que sostener en nuestros sueños emancipadores la plataforma de quince puntos que demandan el reconocimiento y valo­ración social, política y económica del trabajo reproductivo y de cuidados, desde el campo a la ciudad, trabajo digno, el mis­mo sueldo por el mismo trabajo, la creación de un Sistema de Cuidados que nos permita trabajar, estudiar y disfrutar de nuestros tiempos como nuestros pares hombres. También la erradicación de las violencias que marcan nuestros cuerpos y, para ello, una educación con enfoque de género. Esta pla­taforma amplia, transversal y urgente, parece sin embargo lejana o poco enraizada en las mujeres y en el movimiento popular.

Es necesario que nuestros feminismos den un paso atrás para la autocrítica y dos pasos adelante para el cuestionamiento, la propuesta y la acción que permitan estar a la altura del mo­mento histórico, de la mano del movimiento popular pero, so­bre todo, de las mujeres que son parte de ese movimiento. En este Perú de desigualdades, en donde las mujeres nos encon­tramos en un mayor porcentaje en el sector informal (75%)[4], en donde existe 20% más de mujeres que hombres sin ingre­sos propios, situación que se agrava en zonas rurales donde la diferencia llega al 34%[5], la revolución feminista parece in­minente pero no termina de cuajar. Esto porque no incluye a las mujeres, a todas en sus diversidades, a todas en su crítica hacia un sistema que no tiene como única o principal dico­tomía lo público/privado-doméstico, sino que requiere una visión más amplia que la del sujeto femenino como espejo del sujeto hegemónico en la sociedad; es decir, el hombre, blanco, heterosexual, adulto y de clase media.

La complejidad de centrar el tema en un horizonte articulado con la crisis de los sistemas hace que en algunos lugares y en la propia huelga histórica de las islandesas el término “huel­ga” fuera cuestionado e incluso abandonado para aglutinar mayores voluntades (en Islandia se llamó “Women`s day off” o “Día Libre de las Mujeres”). Este 8 de marzo, por ejemplo, en diversos lugares de las Españas algunos partidos políticos cuestionaron plegarse a la “huelga feminista” porque el tér­mino tendría un significado “anticapitalista”, sin percatarse o asumir que el movimiento pugna por subvertir un sistema enmarcado en el modelo de progreso capitalista que impli­ca, a su vez, una lógica de acumulación que pone en riesgo la propia sostenibilidad de la vida, embutiendo en el ámbito doméstico, feminizado y, por tanto, invisibilizado, la respon­sabilidad de sostener y reproducir la vida.

Como señalan Amaia Orozco y Sara Lafuente[6], el “trabajador champiñón” que brota de la nada en la sociedad y el mercado laboral para mover la economía sobre la que se sostiene la idea de autosuficiencia, no solo está vinculado con la idea de masculinidad —y por oposición de una feminidad construida a partir de la existencia y de servir al otro— sino que es cen­tral para el sostenimiento del capitalismo en su etapa neoli­beral. Con ello, ahí donde la principal contradicción parecía ser público v/s privado-doméstico, nos encontramos frente a un cuestionamiento al sistema capitalista instalado hasta en los sentidos comunes, dirigiendo —incluso— los cauces del feminismo.

Quizá el reto del movimiento feminista se encuentre en esa articulación y en ese camino, el albor de una nueva y cuarta ola del feminismo, en donde el foco de las reivindicaciones es­tará en los derechos sociales, económicos y culturales, enten­diéndonos y reconociéndonos en nuestra diversidad, en don­de nuestras demandas se engarcen en un mundo atestado de desigualdades cuyos sistemas políticos, sociales, culturales y económicos han fallado.


[1] Abogada, activista e integrante del Comité Editorial de Ojo Zurdo. El título del presente texto proviene del lema de las movilizaciones en la “huelga feminista” del 8 de marzo de 2018.

[2] Autoridad Nacional del Servicio Civil Peruano, SERVIR. La mujer en el Servicio Civil Peruano. Lima, marzo de 2018, pp. 9-10.

[3] INEI, Encuesta Demográfica y de Salud Familiar (Endes). Lima, 2017.

[4] INEI, Producción y Cuenta Satélite en el Perú, Cuenta Satélite de la Economía Informal 2007–2012. Lima, pp. 119-120.

[5] INEI, Brechas de Género 2017. Avances hacia la igualdad de mujeres y hombres. Lima, pp. 34.

[6] Transfeminismos. Epistemes, fricciones y flujos; Solá, Miriam y Urko, Elena (compiladoras). “Economía y (TRANS)feminismos. Retazos de un encuentro”. 2013, pp. 99-101.