El progresismo como peldaño para el ascenso del rey loco

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Helena Silvestre1Favelada y militante de la lucha popular en ocupaciones de tierras urbanas y rurales. Feminista afro-indígena y editora de la Revista Amazonas.

Cien años después del asesinato de Rosa Luxemburgo, escribo desde un Brasil consternado, gobernado por un presidente de ultraderecha. ¿Cómo pudo elegirse a este hombre en un país mayoritariamente no-blanco, empobrecido y profundamente desigual? ¿Por qué mujeres, trabajado­res, pobres, negros, favelados, votarían por Bolsonaro?

Me parece imposible comprender lo que sucede en Brasil sin volver un poco atrás y analizar cómo se diseñó el es­cenario político las últimas décadas. Aunque no pretenda profundizar en el análisis crítico del ciclo «progresista» de gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), es necesa­rio mirar lo que pasó ahí, buscando las raíces de un fenó­meno que no nace de un día para otro y que se relaciona con lo que parece ser una dinámica mundial.

El tablero

Brasil es un país enorme, densamente poblado y profundamente desigual. Asimismo, a pesar de tener una de las mayores poblaciones negras fuera de África, fue uno de los últimos en abolir la esclavitud y este hecho atraviesa su formación histórica, la composición de las clases sociales, la conformación del Estado y la noción de derechos.

La supuesta liberación de los esclavos no fue acompañada de la liberación de la tierra, de la riqueza y de la vida. La tierra se mantuvo concentrada y continuó como un importante activo del naciente capitalismo brasileño. Los esclavos liberados no tenían tierra donde trabajar y ningún medio para producir su sustento. Los esclavos liberados tenían «libertad», hambre y miseria. Así, el mito de la democracia racial brasileña -que confería al pueblo negro y al indígena igualdad jurídica manteniendo su opresión y explotación económica- reprodujo la igualdad jurídica mientras alimentaba el abismo real existente entre quie­nes producían la riqueza y el pequeño sector que la dis­frutaba. Otro mito importante, el del “pacífico pueblo bra­sileño», ha ocultado la violencia brutal que preserva esta desigualdad a través de siglos. Esta violencia se actualiza permanentemente, al punto que Brasil figura entre los diez países más violentos del mundo2https://noticias.r7.com/cidades/brasil-e-o-9-pais-mais-violento-do-mundo-segundo-a-oms-17052018.

Este proceso histórico configuró una enorme y compleja concentración poblacional de trabajadores pobres, mayoritariamente urbanos, migrantes, no-blancos y superex­plotados, cuya insatisfacción, indignación y precariedad fue la base para la constitución de las organizaciones de trabajadores, sindicatos, partidos y movimientos que pos­teriormente fueron silenciados por la dictadura civil-mili­tar. La dictadura, valiéndose del terrorismo de estado y de un sofisticado monopolio de comunicación, provocó déca­das de sufrimiento al pueblo, llenas de crecimiento econó­mico, urbanización, industrialización y ninguna forma de democracia. Finalmente, la dictadura se tornó insosteni­ble y cayó por la fuerza de los trabajadores. No obstante, el entusiasmo del llamado «campo democrático-popular» por la democracia liberal reconquistada, soslayaba el hecho de que no fueron alteradas las estructuras económicas y so­ciales de desigualdad sobre las cuales se establece nuestra condición de país colonizado.

Durante los años 90 se produjo un importante crecimien­to de las organizaciones de izquierda que, apoyándose en los limitados «derechos democráticos», pasaron a disputar el Estado en sus propios términos. Sin embargo, no materializaron una profunda crítica en relación a que Estado disputaban, olvidándose de que este modelo europeo -im­puesto al mundo entero a costa de la sangre y expoliación – debía ser también rechazado por nosotros.

Alimentando escorpiones: los años de «progresismo»

La elección que el 2002 llevó a Lula a la presidencia des­pertó una tremenda ola de esperanza. La movilización de símbolos y expectativas fue enorme pese a que ya el PT iba en alianza con los segmentos más conservadores de las oligarquías nacionales, del agronegocio y el capital financiero. Sin duda, Lula llegó a la presidencia con un proyecto claro de conciliación de clases.

En un país de caracterizado por la reprivatización de la economía nacional3https://www.brasildefato.com.br/node/6058/ (a pesar del «sub-imperialismo» bra­sileño), el PT optó por implementar políticas sociales que tuvieron impacto en la condición de las poblaciones más empobrecidas sin tocar el lucro récord de los bancos, del agronegocio y de la especulación inmobiliaria, profundizando la privatización de la educación (sobre todo univer­sitaria) y de la salud.

Junto a las políticas sociales, fundamentalmente de ges­tión de los conflictos sociales, se implementó una política económica que no alteró en nada las desigualdades estructurales, racismo, machismo y LGBTfobia. Fuimos engaña­dos con un discurso de «Brasil para todos y por líderes sin­dicales y populares que ocupaban cargos institucionales y eran progresivamente cooptados por los mecanismos de gestión estatal. Durante los gobiernos del PT, Brasil pasó a ser el cuarto país con más presos del mundo y, entre los años 2002- 2012 el genocidio de la juventud negra se in­crementó en un 32.2% (la mayor parte por ejecuciones)4https://www.geledes.org.br/o-genocidio-da-juventude-negra-no-brasil/. No hubo desconcentración de las tierras en el campo, pues pese a la proximidad de Lula con el Movimiento Sin Tierra (MST), el PT asentó menos familias que los gobiernos de Fernando H. Cardoso5https://www.correiobraziliense.com.br/app/noticia/politica/2010/01/04/interna_politica,164280/comparacao-com-o-governo-de-fhc-e-desfavoravel-ao-presidente-lula-quando-o-assunto-reforma-agraria.shtml. Tampoco fueron significativas las demarcaciones de tierras indígenas y quilombolas, que fueron menores en la era PT que en los anteriores gobier­nos liberales de Cardoso y Collor de Melo.

De otro lado, los gobiernos del PT provocaron la institucionalización casi total de las izquierdas pues, durante los años de hegemonía petista, pasaron a relacionarse con el pueblo a través de directorios administrativos, mecanis­mos de pseudo-diálogo y participación en «políticas públi­cas». La dinámica de organización anticapitalista en las ba­ses, abandonada por los sectores progresistas, fue ocupada sin mayor oposición por las iglesias (neopentecostal y ca­tólica en la versión evangélica: «renovación carismática») y por el populismo de derecha.

Durante la presidencia de Dilma Rousef la crisis económi­ca mundial impactó en Brasil. La política de ajuste fiscal implementada por ese gobierno – asociada al aumento del desempleo y de la inflación- hicieron que en junio de 2013 estallara en las calles un malestar que crecía subterráneamente. Las manifestaciones multitudinarias que se pro­dujeron ese año fueron bastante espontaneas y, al mismo tiempo, radicalizadas. No fueron articuladas por organi­zaciones tradicionales e incluso rechazaron la participa­ción de sindicatos y partidos, asociándolos al oportunismo electorero y la corrupción. Las múltiples reivindicaciones de entonces demostraban ya el grado de inestabilidad que adquirió la vida de la población más pobre, sobre todo en las grandes metrópolis donde se «gozaba» de la reducción de impuestos para la compra de coches y viviendas ova­cionados por megaespeculadores, al mismo tiempo que se padecía el aumento del costo de vida, endeudamiento y la represión de la policía en las favelas y periferias del país.

Aquel junio del 2013 fue sorprendente para todos. Ni izquierda ni derecha, operando sólo desde los aparatos institucionales del poder, percibieron que la esperanza en el progresismo del PT estaba derrumbándose y no había nadie que pudiera ocupar el espacio político que dejaban. Para el PT, la pérdida del apoyo popular preocupaba, pero llevó al gobierno a comprometerse aún más con la agenda de ajustes del capital. Para la derecha tradicional la crisis del PT lo llevaba a tomar distancia pues perdía su mayor activo; aplacar el conflicto entre clases.

Como la lucha que sacudía al país no era impulsada desde sus controladas burocracias, el gobierno y las izquierdas institucionales condenaron las manifestaciones de junio. La derecha, a su vez, percibiendo que las multitudes no eran PTistas, se propuso cooptar las protestas, avanzando en las calles, un espacio históricamente perteneciente a la izquierda. La desesperación por mantener la posición del PT en el Estado llevó a que, meses antes de ser destituida, Dilma aprobara la ley antiterror, que instituía una peli­grosa sobre-criminalización de los movimientos sociales y de toda la izquierda. Sin el respaldo popular y sin apoyo de sus «socios» de centro y centro derecha, el gobierno de Dilma Roussef quedó colgado en el aire, y Brasil vivió su segundo impeachment en 30 años de «democracia».

La guerra de los tronos y la ascensión del rey loco

En este Brasil que no ha dejado de asesinar a negros e indígenas desde 1500, donde cada año se multiplican los feminicidios6https://dossies.agenciapatriciagalvao.org.br/violencia/violencias/feminicidio/, millones de personas pasan hambre7http://www.canalibase.org.br/ainda-se-morre-de-fome-no-brasil/ y tanto la izquierda como la derecha gestionan la pobreza de forma casi indistinta, es muy difícil a quien no es un especialista, comprender la diferencia entre autoritarismo y democra­cia. Las democracias en países colonizados han sido siem­pre un tanto autoritarias y la crisis capitalista que se arras­tra desde hace décadas profundiza el carácter represivo del Estado, reduciendo aún más su espectro «democrático» que, básicamente, se resume a elecciones que legitiman, periódicamente el gobierno mundial de las megacorpora­ciones económicas.

En ese marco, el candidato de la ultraderecha Jair Bolsona­ro sólo verbalizó, sin ningún pudor, la catástrofe que des­de hace años atravesaba la vida de los más pobres y que, de un modo u otro, los últimos gobiernos mantuvieron y alimentaron. Más aún, el escepticismo en relación a las posibilidades de cambio en los límites del orden consensuado, encontró en la figura protofascista de Bolsonaro la única narrativa que cuestionaba abiertamente el establishment y la democracia realmente existente, llamando al odio y saludando las armas.

Ninguna de las izquierdas institucionales que gritaban a los cuatro vientos la «ascensión del fascismo» debatió (además de condenar) el tema de las armas. Ninguna de las izquierdas institucionales que exhortaba a «defender la democracia» cuestionó abiertamente los límites del régi­men democrático-burgués. Ninguna de las izquierdas institucionales ha roto aún con las alianzas y negociaciones en el Congreso Nacional y ahora se articulan para apoyar al «golpista» Rodrigo Maia a la presidencia de la cámara de los diputados, y Renan Calheiros para la presidencia del senado federal.

Ninguna posibilidad de frenar la barbarie en curso puede construirse en Brasil sin asumir que es necesario proyectarse más allá del Estado democrático existente, pues en la actual fase del capitalismo este sólo nos llevará a fortalecer el carácter autoritario y controlador del Estado burgués. Jair Bolsonaro es la caricatura de este Estado, es el escarnio del agonizante campo democrático-popular, la evidencia del fracaso del progreso y desarrollo de izquier­da. Es un gobierno del desgobierno.

En Bolsonaro no hay proyecto, no hay propuesta, no hay alternativa y tampoco hay maquillaje: el gobernante es, tan sólo administrador de la violencia. No hace diferencia si la apariencia es de cultura iluminista o de pensamiento atrasado del vaquero. La lógica devastadora del capital es la única ley y se extiende, infaliblemente, a todos los lu­gares que pueda alcanzar. Si viste las ropas de democra­cia-autoritaria o de dictadura-elegida, es sólo cuestión de necesidad momentánea, mera circunstancia espectacular.

La ilusión está escandalizada, pena que la necesaria caída del paradigma derriba los restos en la cabeza de negros, pobres, mujeres, indígenas, activistas no comercializables, naturaleza y animales. ¡Si al menos hubiéramos conocido lo que el rey loco y su corte de bufones disfrutan hoy…pero ni eso! Y sufrimos sin ni siquiera haber disfrutado. Trage­dia y farsa mezcladas en la victoria de la conciliación de clases.

¿Qué puede nacer del caos?

Este es el final del ciclo que por décadas envió las aspiraciones de transformación social a un proyecto institucio­nalista que progresivamente cambiarían la realidad de ex­plotación y opresión dispuestas bajo el capitalismo. Pero la lucha de clases no llega a su fin y la implementación de las medidas de ajuste en un país ya empobrecido puede hacer explotar en cualquier momento las contradicciones, fragilidades y conflictos latentes.

Las contradicciones latentes se expresaron por ejemplo en los resultados electorales de octubre del 2018 donde hubo un aumento significativo del abstencionismo pese a que el voto es obligatorio. De este modo, de los 147 millones habi­litados a votar el 20,3% no fue a las urnas (casi 30 millones de personas). Entre los votos válidos, el 6,14% votó nulo (9 millones) y el 2,65% votaron en blanco (3,5 millones). De los 147 millones convocados a participar en la fiesta de la democracia, más de 29 millones de personas abdicaron de la invitación por no reconocerse entre los invitados.

Otra contradicción es que la población brasileña, aunque bastante conservadora, no es favorable a la mayoría de las medidas retrógradas propuestas por Bolsonaro. Las investigaciones recientes mostraron que entre el 50% y el 70% de la población no está de acuerdo con las ideas homofó­bicas, machistas, con proyectos como la «escuela sin par­tido», la facilitación del porte de armas o la reducción de las demarcaciones de tierra indígena8Esto sin hablar del rechazo a la reforma de la seguridad social, que empezó su implementación durante el gobierno Temer y fue bloquea­da por una masiva huelga..

Implementar la agenda de austeridad, aumentará la temperatura de las revueltas. Sin embargo, la revuelta se encuentra desprovista de herramientas e instrumentos de organización más allá del caos, ya que muchos de los dispositivos de lucha y resistencia de los trabajadores fueron secuestrados y desactivados por los propios gobiernos progresistas.

Pero, tal vez sea el caos lo que nos pueda indicar cómo salir de este callejón sin salida. El vacío dejado por la ilusión progresista en el Estado podría ser invocado como el vacío primordial que, según la mitología, permite la existencia de todo lo que hay. Afortunadamente, nunca fue la iz­quierda la que produjo la lucha de clases, al contrario. Tal vez tengamos que separarnos de esta idea de «izquierda» y separarnos de la ilusión en la democracia burguesa y del progreso, que deja tras de sí un rastro de destrucción y genocidio en el mundo, a través de los siglos.

Para la clase que todo produce se impone el desafío de pa­rir – abandonando anacrónicas y viejas fórmulas que demostraron ser también dispositivos de control del orden – nuevos caminos que puedan frenar la barbarie que nos rodea y, quién sabe, recuperando elementos revoluciona­rios presentes en configuraciones pre-capitalistas, poda­mos construir y compartir instrumentos de resistencia y lucha radical contra el capital y todas sus formas.


[1] Favelada y militante de la lucha popular en ocupaciones de tierras urbanas y rurales. Feminista afro-indígena y editora de la Revista Amazonas.

[2] https://noticias.r7.com/cidades/brasil-e-o-9-pais-mais-violento-do-mundo-segundo-a-oms-17052018

[3] https://www.brasildefato.com.br/node/6058/

[4] https://www.geledes.org.br/o-genocidio-da-juventude-negra-no-brasil/

[5] https://www.correiobraziliense.com.br/app/noticia/politica/2010/01/04/interna_politica,164280/comparacao-com-o-governo-de-fhc-e-desfavoravel-ao-presidente-lula-quando-o-assunto-reforma-agraria.shtml

[6] https://dossies.agenciapatriciagalvao.org.br/violencia/violencias/feminicidio/

[7] http://www.canalibase.org.br/ainda-se-morre-de-fome-no-brasil/

[8] https://jornalggn.com.br/noticia/brasileiros-rejeitam-a-maioria-das-propostas-de-bolsonaro-mostra-datafolha