Revolución y democracia: Vigencia de un horizonte más allá de los “progresismos latinoamericanos”

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Ramón Pajuelo Teves[1]

¿Qué es una revolución?[2] Con este provocador título, Álvaro García Linera se propone la tarea de reivindicar el horizon­te revolucionario que, durante el último siglo, cobijó los sue­ños y la acción política de izquierda en todo el mundo. Muy a su estilo, el autor emprende dicha labor lejos de cualquier academismo, y de toda pretensión de erudición histórica en torno a la revolución que inauguró lo que Joseph Fontana ha denominado el “siglo de la revolución”.[3] Su punto de vista corresponde más bien al del teórico revolucionario que, por la vía del ensayo crítico, emprende una apasionada revisión de un acontecimiento del pasado, con la finalidad de hallar en esa experiencia las claves de los dilemas del presente y el porvenir. Es justo resaltar este punto de vista que alimenta y otorga sentido al libro: El interés de su autor por reabrir el debate acerca de la revolución, no es meramente intelectual, sino que responde a la necesidad de comprender los cambios y desafíos del presente latinoamericano y mundial.

Por esa razón, García Linera propone, contra todo el sentido común que domina nuestra época, que las transformaciones revolucionarias aún laten en distintos lugares del mundo. Por ejemplo, en América Latina, y específicamente en Bolivia, donde el autor es un directo protagonista. Sin embargo, este hilo conductor de la reinterpretación que el autor efectúa en torno a la revolución de octubre y sus reverberaciones en La­tinoamérica, bien puede discutirse, pues resulta difícil pensar los progresismos latinoamericanos como revoluciones histó­ricas. Incluso en Bolivia, donde es evidente una transforma­ción de las correlaciones de fuerza sociales y políticas que condujeron a la grave crisis de inicios de la década pasada, no podemos hablar de una transformación poscapitalista. Ade­más de ello, resulta decepcionante constatar que Evo Morales ha optado por aferrarse al poder a toda costa, pisoteando sus propias reglas de juego y sacrificando así un horizonte demo­crático en aras de asegurar hegemonía política.

En la interpretación de García Linera sobre el significado de la revolución de 1917, podemos encontrar un correlato teóri­co de esta situación en la actual escena boliviana. Situación que nos muestra, no solo en Bolivia sino también en el resto de progresismos latinoamericanos, que la imaginación políti­ca de la izquierda aún es tributaria de un ideario revoluciona­rio que, más allá de la retórica, se halla lejos de un auténtico sentido democrático. Finalmente, la revolución se concibe como un cambio histórico estructural que puede justificar el sacrificio de la democracia, no solo como un conjunto de re­glas de juego políticas, sino fundamentalmente como sentido y praxis cotidiana en todos los planos de la vida y del poder.

A pesar del esfuerzo que realiza García Linera para tratar de reencontrar las ideas de revolución y democracia, me temo que su libro prolonga una herencia que ha conducido a la iz­quierda hacia una concepción nada democrática del poder y del cambio social. Específicamente, se trata de la idea que las revoluciones –siendo la más emblemática la Rusa– son como erupciones volcánicas que expresan una condensación y acu­mulación a lo largo de la historia que, en el fondo, resulta prác­ticamente inevitable en el tiempo. Y fundamentalmente, la idea de que una vez ocurridas, las revoluciones transitan por momentos relativamente lineales que requieren de un punto de quiebre político, el cual asegura la hegemonía revolucio­naria (a cualquier costo). En la formulación de García Linera, el “momento jacobino leninista” parece asegurar, en la medi­da que se trata de un punto de bifurcación, las condiciones de posibilidad del sucesivo “momento gramsciano hegemónico”. Pero no queda resuelto, ni en la elaboración intelectual, ni en la experiencia histórica de las propias revoluciones, el deseo del autor de que la revolución sea entendida a fin de cuentas como la “realización absoluta de la democracia” (p. 34).

Como si no fuese suficiente el fracaso de la vía revolucionaria que consideraba legítimo el uso de la violencia, ahora debe­mos pensar que los recientes progresismos latinoamericanos expresan o expresaron revoluciones en marcha. Pero resul­ta inadmisible pensar como alternativa en el autoritarismo desarrollista de Correa en Ecuador; en el corporativismo progresista de los esposos Kirchner en Argentina; en el capitalismo andino ambivalente con los movimientos sociales e indígenas de Bolivia, o el fiasco del PT brasileño (esa izquier­da que representó la mayor esperanza de cambio, tragada fi­nalmente por su burguesía nacional, cuya lápida es la corrup­ción sin fondo de Lava Jato y la prisión de Lula, quien pasó de ser el símbolo máximo del político obrero revolucionario, al del operador del capital nacional corrupto). En general, la “revolución progresista” no resultó capaz de ir más allá del desarrollismo extractivista, y encima -exceptuando la nota­ble experiencia de Mujica en Uruguay- ni siquiera demostró capacidad de profundizar la democracia liberal.

Quizá es más útil ver, en América Latina, prácticas concretas de resistencia, lucha democrática y reflexión teórica alterna­tiva, que sí pueden conducir a una renovación del viejo ho­rizonte revolucionario. Y América Latina, en su enormidad histórica, social y territorial, sigue sembrada de estas experiencias, que no solo transmiten la necesidad vital de luchar, resistir y sobrevivir ante el poder, el dolor y la explotación, sino también la alegría y esperanza de toda construcción colectiva, diaria, de nuevos sentidos históricos. Sentidos al­ternativos anti hegemónicos, anti capitalistas, finalmente revolucionarios, capaces de reinsertar la democracia en la resistencia cotidiana ante el poder y todas sus ramificaciones.

Ocurre que la revolución, como todo ideal histórico, no es una receta a aplicar, sino el resultado de una coincidencia compleja entre circunstancias históricas y prácticas micros­cópicas, que más allá del poder hegemónico estatal aparen­temente democrático, conducen a una reorientación del sen­tido del poder y de la vida social. ¿Esto requiere la captura cuasi leninista del Estado y la imposición de una hegemonía no democrática? ¿Hasta qué punto seguimos pensando que es legítimo disponer violentamente de otros seres humanos, de otros seres vivos y de la propia naturaleza? ¿La gente de izquierda puede seguir pensando que posee de forma natural, casi por añadidura ideológica, y no tanto por sus prácticas, una cierta superioridad moral inmutable? Estas preguntas pueden conducirnos a un nuevo debate en torno a las relacio­nes entre democracia y revolución.[4]

El 2017 conmemoramos el centenario de la revolución rusa y ahora recordamos que hace cincuenta años ocurrió el es­tallido estudiantil de mayo de 1968, el cual, entre otras cosas, nos devolvió el derecho a imaginar y vivir cotidianamente el cambio, el sueño de la revolución. Entre ambos sucesos, tu­vieron lugar otras revoluciones, como las de China (1949) y Cuba (1959), que también marcaron fuertemente la biografía del fantasma revolucionario anunciado por Marx en su Ma­nifiesto Comunista de 1848. Pero esta biografía tuvo su punto de arranque, en lo que respecta a la expansión de un imagi­nario revolucionario, en la Revolución Francesa de 1789. El octubre rojo de 1917 no fue solo el resultado casi tectónico de la erupción revolucionaria bolchevique. Fue un momento excepcional de lucha revolucionaria obrero-campesina, anti aristocrática y anti capitalista, que se enmarcó en el comple­jo proceso de disolución imperial, profundización capitalis­ta monopólica y avanzada de la modernidad política a nivel mundial.

Desde la izquierda, no hemos pensando suficientemente en las conexiones de las revoluciones francesa y rusa. Ambas se engarzan, a manera de umbral y desenlace, al ciclo de revo­luciones atlánticas que arrastraron: La desintegración de los mayores imperios monárquicos europeos; las revoluciones político-sociales inglesa, francesa e hispánica; la nacionalización temprana de territorios periféricos como los de América Latina; la expansión global del capital a niveles inimagina­bles, así como guerras mundiales que implicaron verdaderas tragedias humanitarias. Las luces y sombras de la revolución de 1917 tienen que ver con todo esto. Porque es innegable que abrió paso a una nueva época marcada por el sueño de la re­volución, y que también engendró horrores injustificables.

El fracaso revolucionario ruso, ahogado en el poder burocrá­tico estatal bolchevique, no pudo desalojar de la imaginación colectiva, en todo el mundo, la utopía de la revolución enten­dida como alternativa pos capitalista. Pero las revoluciones de Rusia y China, así como otras en distintas partes del mun­do a lo largo del siglo XX, sacrificaron el componente de mo­dernidad política democrática que se hallaba en el centro del cambio histórico que enmarcó a la Francia revolucionaria y la Rusia bolchevique. La escisión entre democracia política y revolución fue, sin duda, una de las herencias más pesadas del control político partidario que encumbró por encima el ideal de la hegemonía estatal. El mismo que arrastra pesadi­llas autoritarias, tanto como la simple incapacidad de poder ser parte de un mundo inevitablemente diverso, no solo en términos culturales y sociales, sino también políticos.

Esto a pesar de que, teóricamente hablando, desde Marx hasta posteriores formulaciones de la revolución como mo­dernidad política, como democracia fundamental (pienso en José Carlos Mariátegui y Adam Schaff, entre muchos otros y otras), el debate sobre la construcción del socialismo siempre reivindicó la búsqueda de igualdad democrática. Pero el hegemonismo estatal leninista aplastó el horizonte de la revo­lución como democratización constante, como socialización práctica concreta, en todos los planos de la convivencia social y del poder. Ese horizonte, perdido en medio de los extravíos de revoluciones y progresismos contemporáneos, puede ser la base para volver a edificar una izquierda a la medida de sus ideales de siempre.


[1] Investigador del IEP y miembro del Comité Editorial de Ojo Zurdo.

[2] Álvaro García Linera, ¿Qué es una revolución? De la Revolución Rusa de 1917 a la revolución en nuestros tiempos. La Paz, Vicepresidencia del Estado, 2017.

[3] Joseph Fontana, El siglo de la revolución. Una historia del mundo desde 1914. Barcelona: Editorial Crítica, 2017.

[4] Resultan valiosas, en ese sentido, los aportes prácticos y teóricos de distintos movimientos sociales como los de indígenas o mujeres, por citar ambos, así como los debates generados por propuestas como la John Holloway para desestatizar la idea de transformación social, o de Aníbal Quijano y el grupo de colonialidad/ modernidad en torno a la necesidad de repensar la revolución como descolonización del horizonte de vida.