El repliegue de los intelectuales (de izquierda)

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Ellen Meiksins Wood[1]

Vivimos tiempos inusuales. Justo cuando los intelectuales de la izquierda occidental tienen una oportunidad de hacer algo útil, si no realmente histórico, ellos -o una gran parte de ellos- están en plena retirada. Justo cuando los reformadores en la Unión Soviética y Europa del Este están buscando paradigmas de éxito económico y político en el capitalismo occidental, muchos intelectuales parecen abdicar al papel tradicional de la izquierda occidental como crítica del capitalismo. Justo cuando más que nunca necesitamos de un Karl Marx para revelar el funcionamiento interno del sistema capitalista, o un Friedrich Engels para exponer sus feas realidades «sobre el terreno», obtenemos, en su lugar, un ejército de post marxistas cuya principal función es aparentemente teorizar omitiendo el problema del capitalismo.

A pesar de la diversidad de tendencias teóricas actuales en la izquierda y sus diversos medios de conceptualmente disolver el capitalismo, a menudo comparten un concepto especialmente considerado como útil: la sociedad civil. Sin embargo, por más útil que sea para defender las libertades humanas contra la opresión estatal, o para descifrar ciertas prácticas sociales, instituciones y relaciones descuidadas por la “vieja izquierda marxista”, el concepto de sociedad civil está actualmente en peligro de convertirse en una coartada para el capitalismo.

La concepción de sociedad civil de Gramsci fue un arma directa contra el capitalismo, completamente distinguible y externo de la lógica de aquél. Sin embargo, a pesar de apelar a su autoridad, se ha convertido en un elemento básico del nuevo revisionismo. El uso actual del concepto ha perdido la intensión inequívocamente anticapitalista de su autor. Ahora, ha adquirido un nuevo conjunto de significados y consecuencias para los proyectos de la izquierda, algunos muy positivos y otros no tanto. Pero, también, ha generado tendencias marcadamente contrarias que pueden sintetizarse de la siguiente manera: el nuevo concepto de la sociedad civil indicaría que la izquierda ha aprendido las lecciones del liberalismo sobre los peligros de la opresión del Estado, pero, a su vez, parece que hemos olvidado las lecciones que aprendimos en la tradición socialista sobre las opresiones presentes en la sociedad civil. Por un lado, los defensores de la sociedad civil fortalecen nuestra defensa de las instituciones no estatales y las relaciones contra el poder del Estado; y, por otro lado, debilitan nuestra resistencia a las coacciones del capitalismo. Veámoslo con más detalle.

La sociedad civil ha entregado a la propiedad privada y a sus poseedores un poder sobre las personas y sus vidas cotidianas, que no rinde cuentas a nadie, que muchos viejos Estados tiránicos hubieran envidiado. En breve, esas experiencias que quedan fuera de la estructura de mando inmediata de la empresa capitalista, o fuera del poder político del capital, siguen reguladas por el mercado, por las necesidades de la competencia y la rentabilidad. Incluso, donde el mercado no es, como usualmente somos testigos en las sociedades del capitalismo avanzado, simplemente un instrumento de poder de los grandes conglomerados y las corporaciones multinacionales, continúa siendo una fuerza coercitiva, capaz de someter todos los valores humanos, actividades y relaciones al orden imperante. Ningún déspota antiguo pudo penetrar a esta profundidad en la vida personal de la gente –sus elecciones, preferencias y afinidades- ni con el mismo detalle exhaustivo y minucioso en el ámbito laboral, así como en todos los demás rincones de la vida social. La coerción, en otras palabras, ha sido no solo un trastornador de la sociedad civil, sino que, también, uno de sus principios constitutivos. Esta realidad histórica tiende a socavar las distinciones impolutas requeridas por las teorías actuales que exigen, al menos en principio, el tratamiento de la sociedad civil como la esfera de la libertad y la acción voluntaria, como la antítesis del irreducible principio coercitivo que alberga el Estado.

Estas teorías reconocen que la sociedad civil no es un reino de la libertad o de la democracia perfecta. Por el contrario, está, por ejemplo, perturbada por la opresión en la familia, en las relaciones de género, en el lugar de trabajo, así como por actitudes racistas, homofóbicas, entre otras. Sin embargo, dichas opresiones suelen considerarse como disfunciones de la sociedad civil. En principio, la coerción pertenece al Estado y la sociedad civil es el repositorio de la libertad y la emancipación humana. De acuerdo con este argumento, la autonomía de la sociedad civil, su expansión y enriquecimiento, consiste en su liberación del Estado, y su protección a través de la democracia formal. No obstante, lo que tiende a desaparecer desde esta perspectiva son las relaciones de explotación y dominación irreductiblemente constitutivas de la sociedad civil, no solo como una distorsión externa y corregible, sino como esencia, es decir, como una estructura particular de la dominación y la coerción que es específica del capitalismo como una totalidad sistémica.

Lo alarmante de estos desarrollos teóricos no es la violación de algún prejuicio doctrinario marxista respecto al privilegio de la categoría de clases. Obviamente, el objetivo de esta apropiación de la sociedad civil es dejar de lado la clase, disolverla en una categoría abarcadora, que lo contiene todo, al mismo tiempo que le niega cualquier estatus privilegiado, así como cualquier relevancia política. Pero este no es, en absoluto, el problema. El problema es que las teorías que no diferencian –pero sí privilegian, si eso significa atribuir causalidad o prioridades explicativas- entre las diferentes instituciones sociales e identidades no pueden enfrentar de manera crítica al capitalismo. La consecuencia de este proceder es barrer todas las cuestiones en debate debajo de la alfombra. Y, adonde va el capitalismo, también va la idea socialista, porque el socialismo es una alternativa específica al capitalismo. Sin capitalismo, no necesitamos de socialismo; podemos conformarnos con conceptos muy difusos e indeterminados de la democracia que no se oponen específicamente a cualquier sistema identificable de relaciones sociales; de hecho, ni siquiera reconocen la existencia de sistema alguno, quedando, pues, una pluralidad fragmentada de opresiones y una pluralidad fragmentada de luchas emancipadoras.

Aquí hay otra ironía: este proyecto termina siendo menos universal que el socialismo tradicional[2]. En lugar del proyecto universalista del socialismo y de una política de articulación de la lucha contra la explotación de clase, tenemos una pluralidad de luchas particulares esencialmente desconectadas. Esto es un asunto serio. El capitalismo está constituido por la explotación de clase; no obstante, el capitalismo es más que un sistema de opresión de clase. Se trata de un implacable proceso totalizador que da forma a nuestra vida en todos los aspectos imaginables, y en todas partes, no sólo en la opulencia relativa del Norte capitalista.

Entre otras cosas, incluso dejando a un lado el gran poder del capital para someter toda la vida social a las exigencias abstractas del mercado, a través de la modificación de la vida en todos sus aspectos. Esto es una mofa de todas nuestras aspiraciones a la autonomía, la libertad de elección, y el autogobierno democrático. Para los socialistas, es moral y políticamente inaceptable avanzar en un marco conceptual que invisibiliza este sistema, o que lo reduce a una de las muchas realidades fragmentadas, justo en un momento en el cual la lógica del capital es más penetrante, más global que nunca antes.

El desplazamiento del socialismo por un concepto indeterminado de democracia, o la dilución de diferentes y diversas relaciones sociales en categorías englobantes como identidad o diferencia o concepciones ambiguas de la sociedad civil, solo representan una rendición ante el capitalismo y sus mistificadoras ideologías. Debemos alcanzar por todos los medios posibles la diversidad, la diferencia y el pluralismo; pero de ninguna manera un pluralismo indiferenciado y desestructurado. Lo que necesitamos es un pluralismo que, efectivamente, reconozca la diversidad y la diferencia; pero reconociendo que eso no significa simplemente pluralidad o multiplicidad. Esto requiere de un pluralismo que reconozca las realidades históricas, que no niegue la unidad sistémica del capitalismo, que nos hable sobre la diferencia entre la relación constitutiva del capitalismo y otras desigualdades y opresiones relacionadas de forma diferente con el capitalismo; requiere de un lugar diferente en la lógica sistémica de capitalismo, y, por tanto, de un papel diferente en nuestras luchas contra ella. El proyecto socialista debe enriquecerse con los recursos y conocimientos de los nuevos movimientos sociales, no empobrecerse recurriendo a ellos como una excusa para dejar a un lado la lucha contra el capitalismo. No hay que confundir el respeto a la pluralidad de la experiencia humana y las luchas sociales con una disolución completa de la causalidad histórica, donde no hay nada más que la diversidad, la diferencia y la contingencia, sin estructuras unificadoras, sin lógica del proceso, sin capitalismo y, por tanto, sin negación de este, sin proyecto de emancipación humana.


[1] Historiadora e investigadora marxista norteamericana fallecida recientemente, en enero del 2016. El presente texto es un extracto del ensayo The Uses and Abuses of Civil Coiety (1990), publicado en Socialist Register #26: 60-84 (www.socialistregister.com) por Merlin Press, Copyright Merlin Press Ltd www.merlinpress.co.uk. Ojo Zurdo agradece a Leo Panitch por las gestiones para que la editorial autorice la traducción y publicación. Traducción: Yuri M. Gómez Cervantes.

[2] A diferencia de la acepción de universal predominante en los debates más contemporáneos, lo que pretende referirse como válido y veraz para todo, aquí expresa la capacidad del capital de constituir una fuerza social específica en el conjunto de la sociedad, debido a su capacidad de absorber las diferencias e identidades dentro del mercado de trabajo, su flexibilidad para utilizar y descartar relaciones de dominación, y por su centralidad en la estructuración del sistema capitalista (como una forma de sociedad y como un periodo histórico). Al respecto, véase Ellen Meiksins Wood, Democracia contra capitalismo. México: Siglo XXI. 2000 [1995]. 306-313. (N.T.)