Refundación de la República, renovación democrática y reagrupamiento ciudadano

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Roberto Rodríguez Rabanal1Presidente del Comité Ciudadano por el Perú, pasdecano presidente del Consejo Nacional de Decanos de los Colegios Profesionales del Perú y pasdecano nacional del Colegio de Sociólogos del Perú.

Una de las principales características del Perú es ser un país diverso. El sentido de lo expresado está sintetizado en el mensaje de José María Arguedas cuando recibió el pre­mio Inca Garcilaso de la Vega en el mes de octubre de 1968:

No, no hay país más diverso, más múltiple en variedad terrena y humana; todos los grados de calor y color, de amor y odio, de urdimbres y sutilezas, de símbolos utilizados e inspiradores. No por gusto, como diría la gente llamada común, se formaron aquí Pachacámac y Pachacútec, Huamán Poma, Cieza y el Inca Garcila­so, Túpac Amaru y Vallejo, Mariátegui y Eguren, la fiesta de Qoyllur Riti y la del Señor de los Milagros; los yungas de la costa y de la sierra; la agricultura a 4.000 metros; patos que hablan en lagos de altura donde todos los insectos de Europa se ahogarían; pi­caflores que llegan hasta el sol para beberle su fuego y llamear sobre las flores del mundo. Imitar desde aquí a alguien resulta algo escandaloso.

Jorge Basadre afirma, asimismo, que el verdadero Perú es todavía un problema. Quienes caen en la amargura, en el pesimismo, en el desencanto, ignoran que el Perú es aún una posibilidad; y José Carlos Mariátegui señala que somos una Nación en formación.

Sucede que luego de la declaratoria de la independencia tuvieron que transcurrir más de tres años para consolidar­la, lo que ocurrió con la victoria patriótica en la batalla de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824, que tuvo una connotación continental. Pero no teníamos un verdadero Estado ni menos aún una clase dirigente, generándose un periodo de anarquía hasta 1842: en dieciocho años tuvimos 18 pre­sidentes.

Inmediatamente después, el auge del guano marcó la agenda nacional durante casi cuatro décadas, periodo en el cual los grandes grupos de poder económico que se fue­ron configurando alrededor de la mencionada actividad extractiva, capturaron el Estado y lo manejaron a su anto­jo en el marco de lo que Basadre denominó la prosperidad falaz. La derrota sufrida en la guerra con Chile (1879-83) tuvo consecuencias funestas, con gobernantes que traicionaron la causa nacional a contracorriente del heroísmo de Grau, Bolognesi y las montoneras de origen campesino que resistieron en la sierra central comandadas por Cáceres, el brujo de los Andes.

La etapa conocida como la República aristocrática -hegemonizada por los grandes hacendados costeños y los terra­tenientes serranos, entre 1895 y 1919-, el autoritarismo de Le­guía durante el oncenio (1919- 30) y lo que siguió en el siglo XX a partir de la crisis 1929-31 y lo que va de este siglo -salvo breves periodos reformistas-revela que tenemos una Re­pública sin ciudadanos y un Estado capturado por el gran capital privado: los dueños del Perú, a decir de Carlos Malpica; los doce apóstoles durante la década del 80 (Belaunde y García); lo que ahora es rees­tudiado y actualizado en cuanto a su caracterización por Francisco Durand.

Esta situación que ha imperado durante casi dos siglos tie­ne que cambiar, dando curso a un proceso de refundación de la República. Proceso en el cual, considerando que es un rasgo distintivo negativo en nuestra historia, debemos enfatizar la lucha contra la corrupción; más aún cuando se acentúa la tremenda crisis política y moral puesta al desnudo desde diciembre de 2016, cuando se reveló que la empresa Odebrecht, en las dos décadas anteriores, había efectuado pagos de sobornos a funcionarios públicos de doce países, entre ellos el Perú, para ganar las licitaciones de obras públicas. Punto de inicio del mayor escándalo de corrupción en Latinoamérica que, en el caso de nuestro país, tiene otra notoria expresión en el caso Lavajuez; aun­que está pendiente la culminación de los procesos judicia­les, las dudas sobre tal o cual personaje político o empre­sarial, estudios de abogados o periodistas, van quedando atrás y se percibe cada vez más la existencia de un cuadro de corrupción generalizado.

Alfonso Quiroz, en su libro Historia de la corrupción en el Perú, advierte que es menester trabajar en pos de una mejor comprensión de las causas y consecuencias de un factor endé­mico en la vida de muchas sociedades. En la parte final del texto afirma que debido a la corrupción sistemática y descon­trolada, el Perú perdió o distri­buyó mal el equivalente de apro­ximadamente el 40 o 50% de sus posibilidades de desarrollo. Estremecedor estimado que ubica a la corruptela como un factor esencial para explicar nuestra historia, y demanda procesar transformaciones profundas para promover el desarrollo en democracia y no un simple maquillaje, replan­teando las bases políticas, económicas, sociales, culturales e institucionales que sustentan la República desde 1821.

El Perú es un problema y una posibilidad y una Nación en formación; para hacerla realidad es menester darle sustento mediante la construcción de un amplio y potente movimiento ciudadano que luche por cambiar el sistema de injusticia social sustentado en el régimen político y económico vigente. Que exprese el sentir de la diversidad cultural y étnica de nuestro país que proviene de las dis­tintas localidades y regiones; que articule el esfuerzo de los productores y trabajadores de la ciudad y del campo; profesionales, intelectuales, comerciantes, técnicos, artis­tas, mujeres y jóvenes; forjando una identidad común; que de contenido a los valores de justicia, libertad, dignidad, trabajo y paz.

Frente al Estado centralista requerimos una efectiva descentralización, incluyendo el ámbito fiscal. El modelo económico extractivista -que mostró sus límites desde los tiempos del boom del guano, el salitre y la pesca, y que en las últimas décadas tiene como referente a la mi­nería- debe dar paso a la diversificación productiva y de servicios, fomentando un proceso de industrialización y asignando una prioridad mayor al turismo, entre otras ini­ciativas, sin obviar lo existente.

Corresponde dejar atrás un Estado que actúa de espaldas a la gente, y enfatizar en la importancia estratégica de la educación ligada al mundo del trabajo y la producción; la promoción de la salud preventiva y la libre participación ciudadana en sus distintas formas. También urge superar la impostada monoculturalidad y el racismo, y practicar como sociedad el diálogo intercultural y el respeto mutuo entre las personas, trascendiendo cualquier tipo de discri­minación.

Salvaguardar la dignidad; respetar la libertad; actuar impartiendo justicia; edificar una cultura de paz que contribuya a ir eliminando la violencia de distinto carácter, empezando por la que se ejerce contra la niñez y la mujer; y reformar intensamente el Estado para que planifique y gestione el desarrollo concertando con el sector privado y la población para forjar una República superior, de ciuda­danos, plasmando el viraje refundacional de nuestro Perú, son los retos principales.

Renovación democrática

Quienes ejercieron el poder político y los que lo detentan actualmente, salvo honrosas excepciones, son cuestio­nados por la ciudadanía, cuyo hastío es creciente. Cinco expresidentes inmersos de uno u otro modo en hechos de corrupción; que cada representación congresal sea considerada peor que la anterior; y que un número considera­ble de autoridades de todo nivel estén ligados a procesos de descomposición moral, nos pone en mal pie como país.

La carencia de partidos políticos y su reemplazo por franquicias financiadas por Odebrecht y otras grandes empre­sas, además de que varios están penetrados por el dinero sucio del narcotráfico; se manifiesta, por ejemplo, en un tipo de representación parlamentaria que, como decía un vecino, da pena y rabia a la vez. Pena porque su nivel es calamitoso, y rabia porque nuevamente se burla del anhelo de los pueblos; y un número significativo de congresistas está asociado con la corrupción imperante.

Las reformas políticas aprobadas -más allá de las limitaciones y desnaturalizaciones-, pueden ser instrumentos de cambio en tanto haya una gran movilización de con­ciencias y de la gente, llevando a la práctica las nuevas re­glas (inscripción de nuevos partidos, elecciones primarias abiertas simultáneas obligatorias, paridad y alternancia, financiamiento transparente de los partidos e impedimen­to de postular a quienes tengan sentencia en primera ins­tancia).

Urge institucionalizar, democratizar, renovar y transparentar a los partidos políticos, contribuyendo a afianzar la lucha anticorrupción y mejorar la gobernabilidad. Necesi­tamos crear organizaciones que hagan honor a su nombre y donde prime la decencia; construir colectividades cuyos afiliados se unan en torno a un ideario y a un programa; que elijan a sus equipos dirigentes y tomen sus propias de­cisiones, facilitando la más amplia participación; transfor­mar la situación de eternización dirigencial y de represen­tación pública, jubilando políticamente a los dinosaurios que usan inclusive métodos vedados para mantenerse en el poder.

Requerimos forjar organizaciones innovadoras en las que se garantice el recambio permanente, abriendo espacios institucionales para afirmar el protagonismo de las nue­vas generaciones, las mujeres y la diversidad cultural y étnica; cambiar radicalmente la cultura del secreto que ca­racteriza a los cenáculos que apelan a ella para persistir en su autoritarismo y encubrir sus fechorías, usando códigos de una supuesta lealtad. La rendición de cuentas periódicamente y especialmente el cultivo de los valores como sustento de la ética humana son esenciales para variar la lógica predominante.

Reagrupamiento ciudadano

Bertold Brecht decía que la crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y cuando lo nuevo no acaba de nacer. Esto es lo que está sucediendo en nuestro país, pues la clase dominante que nunca pudo erigirse en clase dirigente no da para más, aunque todavía está pendiente la afirmación de una clara opción de cambios de raíz para nuestro país.

La transición democrática iniciada en noviembre del 2000, tras la caída de la autocracia fujimorista, ha queda­do trunca desde el gobierno de Toledo, acentuándose la regresión con García, Humala y Kuczynski. Ahora, dado el posible adelanto de las elec­ciones generales para el 2020, la exigencia de que se vayan todos los corruptos, que haya un recambio en la conducción del Gobierno y se abra un cur­so constituyente, podemos re­tomarla.

Lo nuevo debe nacer forjando una vía nacional sin calco ni copia. La pelota está en la cancha de las fuerzas democráticas, patrióticas, descentralistas y morales; opuestas al autoritarismo, el entreguismo, el centralismo y la corrup­ción. Urge reagruparlas construyendo la más amplia uni­dad ciudadana en este periodo. La gran línea divisoria en esta hora atroz no es ideológica sino programática y ética, a partir de lo cual irán proyectándose los nuevos liderazgos para el desarrollo integral del nuevo Perú. Es la hora del poder ciudadano, del pueblo soberano.


[1] Presidente del Comité Ciudadano por el Perú, pasdecano presidente del Consejo Nacional de Decanos de los Colegios Profesionales del Perú y pasdecano nacional del Colegio de Sociólogos del Perú.

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