Aníbal Quijano y la heterogeneidad histórico estructural

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Carolina Ortiz Fernández[1]

Aníbal Quijano (1928-2018), considerado uno de los cien­tíficos sociales peruanos de relevancia mundial, arriba al mundo en un período de significativos movimientos sociales y culturales y de resistencia al Oncenio dictato­rial, corrupto y populista de Augusto B. Leguía y a la crisis mundial de 1929 que se sintió intensamente y afectó a las y los trabajadores por la escasez de los artículos de primera necesidad y el alza del costo de vida. En aquellos años sur­gieron dos históricos partidos políticos, la Alianza Popular Revolucionaria Americana -APRA- fundada en México el 7 de mayo de 1924 por Víctor Raúl Haya de la Torre y en 1928 el Partido Socialista del Perú fundado por José Carlos Mariátegui, quien a su vez participó en la creación de la Central General de Trabajadores del Perú -CGTP- y fundó la revista Amauta, una de las más importantes del Perú y América Latina con resonancia continental que promovió el debate político y dio gran importancia al terreno cultu­ral sin menospreciar el campo económico. Fue un período excepcional porque surgieron las voces creativas de Mag­da Portal, César Vallejo, Oquendo de Amat, José Sabogal, Julia Codesido, López Albújar, Dora Mayer, Ángela Ramos, pero faltaban en el escenario público las voces “afroindí­genas”.

Quijano, nace en esas circunstancias en Yanama, en la provincia de Yungay en el bello Callejón de Huaylas, cer­ca al nevado de Huascarán y la laguna de Llanganuco. Su niñez y adolescencia estuvo marcada por el territorio, la cordillera de los Andes y su atmósfera sociocultural y emocional. Según precisa en una entrevista, concedida a Eduardo Arroyo, sentía a Yungay como la más hermosa de todas las ciudades del Callejón de Huaylas.

Las ansias de conocer otros aires y lugares, lo condujo a la capital del país en donde postuló e ingresó a la Universi­dad Nacional Mayor de San Marcos en 1948 con el ánimo de estudiar medicina, pero finalmente se matriculó en de­recho y luego en historia.

La década de los 50, fueron años de formación, leyó a los clásicos de la teoría social. En 1962 publicó «Wright Mills, conciencia crítica”, en 1964 “La imagen Saint-Simoniana de la sociedad industrial”, en los que asume la visión críti­ca de la teoría social.

En su primera publicación de 1956 dedicada al Amauta con el título: José Carlos Mariátegui, ensayos escogidos, expresa su reconocimiento y admiración a su vida y obra, que re­nueva veintitrés años después en el prólogo a la primera edición de los 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Pe­ruana publicado por la Biblioteca Ayacucho (1979). Destaca la adhesión de Mariátegui a la revolución socialista y su rechazo al reformismo socialdemócrata. Su afinidad con el Amauta revela su interés por desarrollar un pensamien­to propio en diálogo con el marxismo y la urgencia de la transformación social, a partir del develamiento de las históricas estructuras y relaciones de poder que invisibilizan los aportes, por ejemplo, de Rosa Luxemburgo, Gramsci y de los revolucionarios no europeos al desarrollo del mar­xismo, en especial de los que provienen del llamado Tercer Mundo, en el que J.C. Mariátegui ocupa un lugar indiscutible.

Quijano, al igual que Mariátegui, fue un gran lector de la literatura peruana, latinoamericana y mundial y publicó varios artículos referente a ellas. En 1962 organizó y pu­blicó la antología titulada Los mejores cuentos Latinoameri­canos, entendió a la literatura como otra forma de conoci­miento.

Su experiencia vital en Yungay, sus descubrimientos de las penurias de ser inmigrante y sus estudios de historia desde una concepción crítica y transdisciplinaria, en tan­to sus indagaciones y hallazgos no se circunscriben a una sola disciplina, fueron decisivas en su reflexión sobre los engranajes entre los procesos de dominación y la cultura a través de uno de sus primeros trabajos referente a “La emergencia del grupo cholo y sus implicaciones en la so­ciedad peruana” de 1964 y posteriormente sus pesquisas y propuestas conceptuales referentes a marginalidad, polo marginal de la economía y la “raza” como clasificación y relación social de dominación, opresión y explotación y, desde su visión, el principal componente del patrón global de poder.

Si el pensamiento crítico marxista no puede ser concebido sólo a través de la retina occidental, es destacable su par­ticipación creadora en la teoría de la dependencia. Junto a otros pensadores latinoamericanos, inauguró su perspec­tiva histórico estructural en el cuestionamiento al poder a partir de su reconocimiento de la heterogeneidad histó­rico estructural de América Latina y la complejidad de las relaciones de poder.

Durante su estadía en Chile fue investigador de la CEPAL. En los años 70 fundó y dirigió la revista Sociedad y Política. Entre 1995 y 1999, junto a Antonio Melis, dirigió el Anuario Mariateguiano. Al finalizar la primera década del siglo XXI fundó y dirigió la cátedra “América Latina y la Coloniali­dad del Poder” en la Universidad Ricardo Palma.

Ante la caída del muro de Berlín, del socialismo realmente existente, la crisis de paradigmas de los 80, la crisis de la racionalidad dominante había que desaprender y retornó a la fuente primordial, su experiencia vital en diálogo con los movimientos sociales y saberes invisibilizados, muje­res y afroindígenas, lo que da cuenta con mayor intensi­dad de sus desencuentros con el marxismo eurocéntrico.

Es así que vuelve a las huellas marcadas por la cordillera de los Andes y a las estelas dejadas por Arguedas. Se reen­cuentra críticamente con los orígenes, con el episteme ne­gado pero abierto siempre a lo diverso. La colonialidad del poder emerge de esa ruptura. El “campesinado”, como pen­saba Marx eurocéntrico, no fue más un “costal de patatas”.

Hubo tres textos suyos muy estimulantes de la época Mo­dernidad, identidad y utopía en América Latina (1988); el segundo, un breve pero rotundo artículo “Colonialidad y modernidad-racionalidad” (1991), el tercero: “La nueva heterogeneidad cultural de América Latina” publicado (1990). Textos que considero cruciales en la gestación de la colonialidad del poder.

La cuestión del poder está presente en toda la obra de Qui­jano y uno de sus nodos la colonialidad, comprende la idea de raza y el eurocentrismo, dimensiones fundamentales para explorar y comprender las relaciones y estructuras históricas del patrón global de poder en los diferentes ám­bitos de la vida social. Raza es un constructo mental que surge en el momento en que comienza la violencia de la conquista, fue producto de la subjetividad y rápidamente se convirtió en una forma de relación social que racializó todos los ámbitos de la vida social: el mundo del trabajo, la autoridad, la subjetividad. Su diálogo con la reflexión de las mujeres, las corrientes feministas y movimientos indí­genas le permitió incorporar la dimensión sexo-género y naturaleza.

Siendo el poder un haz de relaciones de estructuración histórica biosocietal, la idea de raza y la racialidad es un componente ineludible del patrón global de poder pero habría que precisar que no sería el único, como tampoco lo es solo el poder económico definido a través de la re­lación capital/trabajo/naturaleza en términos de “clases sociales”, en tanto no habrían existido aislados del patriar­cado como relación de dominación y organización sexual, social y simbólica de larguísima duración en Occidente, cuya violencia comandó los procesos coloniales y se ha mantenido durante la formación de las “repúblicas” has­ta hoy .

Ante la crisis raigal del patrón global de poder, pese a su aún real hegemonía ¿qué hacer? Es fundamental —como bien precisa el maestro Quijano— interrogarse sobre nuestra América, territorio en donde se expresan y con­figuran espacios y tiempos diversos, histórica, social y te­rritorialmente heterogéneos, articulados por esa hidra del patrón global de poder.

Mas, ¿Qué preguntar? ¿Desde dónde preguntar? Si se aprende a escuchar las demandas y sentires de la pobla­ción y los movimientos sociales y si comprendemos que somos cosmos, psique, cuerpo, territorio, sociedad, histo­ria, se comprenderá que expresan la complejidad de esa heterogeneidad. El problema radica en que cada sector parece apuntar a una sola dimensión del poder, olvidan­do que el poder está constituido por un haz de relaciones sociales que constituyen una totalidad profundamente heterogénea e interdependiente. El patriarcado constituye uno de sus componentes que atraviesa y es atravesado por cada una de esas relaciones, si se pone en cuestión una sola dimensión vinculada a la relación capital trabajo o a la racialidad o el género, o un solo aspecto, asociado a lo estrictamente normativo sujetas a la determinación de un Estado y capitalismo patriarcales convertidos en Levia­tán cambiará sólo la apariencia y continuará la historia de violencia y opresión, y será muy poco lo que se logrará para el bienestar de las mayorías. De esto da cuenta la ca­tegoría heterogeneidad histórico estructural.

Lima, 4 de agosto del 2018


[1] Docente UNMSM.