Aníbal Quijano y el poder

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Boris Marañón Pimentel[1]

En Lima, cuando tenía 12 años, en una reunión familiar conocí a Aníbal Quijano, recién llegado con su esposa y sus dos hijos de Chile, antes del golpe militar de Pinochet. Aníbal estaba casado con Carmen Pimentel Sevilla, her­mana de Lidia, mi madre. En el Perú entraba en crisis el proyecto «revolucionario» de Velasco Alvarado, que plan­teaba una salida ni «capitalista» ni «comunista» sino un proyecto reformista y corporativo que impulsó la reforma agraria, la reforma de la empresa privada, la nacionaliza­ción de las principales empresas extranjeras en la minería, petróleo, banca y, por tanto, una fuerte participación del Estado en la economía. Eran años de fuerte radicalización política. El debate y la práctica políticos estaban centra­dos en las posibilidades de transformación de la sociedad peruana, desde las izquierdas “reformista”, “revoluciona­ria” estatatalista-evolucionista y aquellas que entendían la revolución como socialista en tanto democracia directa, autogobierno, autoorganización y autonomía política de los trabajadores.

En ese contexto, Quijano impulsó en el Perú la publicación de la revista Sociedad y Política[2], la misma que se convirtió en el más importante espacio de crítica radical revolucio­naria al gobierno militar de Velasco Alvarado, razón por la cual Aníbal fue deportado en 1974 a México (donde dio clases en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM).

Al regresar a Lima, Quijano animó en 1976 la creación del Movimiento Revolucionario Socialista (MRS)[3] planteando una concepción de revolución socialista no estatalista sino de socialización del poder político, de autonomía políti­ca y de auto organización de los trabajadores. Esto en un contexto de intensas movilizaciones populares, de coordi­nación y centralización de tales luchas contra el gobierno militar ya en la denominada «segunda fase». Este ciclo po­lítico se cerró con la convocatoria a elecciones para una Asamblea Constituyente en 1978 y las elecciones generales de 1980, con la derrota política de lxs trabajadores de la ciudad y del campo.

Por esos años ya había ingresado a la Universidad Agraria para estudiar Economía Agrícola y encontré un ambiente político muy agitado, con debates intenso entre corrien­tes de izquierda, en un contexto de amplias movilizacio­nes de trabajadores y “pueblos jóvenes”. Las propuestas de Quijano de socialización del poder político y de democracia directa me parecieron acertadas para transformar la opre­sión existente (yo tenía como referentes directos de esa propuesta, las asambleas que periódicamente realizaban lxs campesinos en la plaza de Collana, Puquio, para dis­cutir problemas comunitarios). Igualmente, en el debate político de la “transferencia del poder de los militares a los civiles”, encontré en el artículo “Los usos de la democracia burguesa”, escrito por Quijano, una posición orientadora sobre cómo las organizaciones de trabajadores y los par­tidos de izquierda debían participar en los procesos elec­torales, teniendo como eje las acciones e intereses de las primeras y no de los segundos. A partir de los ochenta la izquierda estatalista se institucionalizó en la democracia burguesa, a pesar de que apenas dos años antes, una parte de la denominada “izquierda revolucionaria” acompañaba paros nacionales y movilizaciones populares, planteándo­se una situación de crisis revolucionaria y la posibilidad de tomar por asalto el Estado. En contraposición Quijano planteaba:

«es necesario reconocer la existencia de un doble escenario de la acción política para las masas. De un lado el de las instituciones formales del Estado burgués. Del otro, el de las acciones directas de las masas, con sus propias instituciones como los sindicatos, los comités de fábrica o de localidades, las organizaciones barriales, y sus propias reglas de juego. Y desde este punto de vista, las masas trabajadoras tienen que usar ambos niveles de la acción política, pero usando el terreno de las instituciones formales del Estado burgués para apoyar y desarrollar la lucha directa y de ningún modo al contrario».[4]

En los ochenta Quijano estaba consciente de las limitacio­nes del marxismo para la comprensión y transformación de la realidad mundial capitalista. Tomando las ideas cen­trales de Marx sobre la crítica al capitalismo (la explota­ción, la visión mundial, la totalidad social, el poder, entre otras), y de otros pensadores, a principios de los noventa Aníbal planteó los elementos centrales de la teoría de la Colonialidad del Poder[5], una original mirada de la sociedad capitalista, que tenía como eje la idea de «raza» —junto con el sexo y la “clase”— en tanto mecanismo de clasificación social jerárquica de la población mundial desde el siglo XVI, basándose en diferencias biológicas y fenotípicas.

En sus artículos “Colonialidad/Modernidad-racionalidad” y “Qué tal raza”, Aníbal plantea la contradicción central del pensamiento occidental que supone a la modernidad y al capitalismo como emancipadores, pues esta modernidad era y sigue siendo Colonialidad, no solo como algo subje­tivo sino también material, pues el grueso de la población mundial no blanca era marginada de los derechos de ciu­dadanía y sufría prácticas de dominación y explotación aniquiladoras de sus vidas y culturas. Así, la idea de Colo­nialidad del Poder contiene una reformulación del concep­to de poder, en tanto dominación, explotación y conflicto en cinco ámbitos básicos de la existencia social: autoridad colectiva, trabajo, sexo-género, «naturaleza» y subjetividad, sin que ninguno de estos ámbitos determine lo que sucede en los otros. El poder es entendido como una malla de relaciones sociales.

De esta concepción del poder se colige que la transforma­ción radical de la sociedad debe contemplar la transfor­mación de las relaciones de poder en cada uno de esos ámbitos, a sus propios ritmos. Quijano llamaba la aten­ción con insistencia respecto a la necesidad de plantear la transformación de la subjetividad, dominada por el euro­centrismo, un modo de conocer la realidad distorsionado y distorsionante, que lleva a conocer la historia mundial teniendo como referente y punto de llegada la historia y logros europeos. Así, la liberación humana y no humana tiene como punto central cuestionar el sentido dominante de la vida en sociedad, cuestionar la modernidad, cuestio­nar el “Desarrollo” como idea-fuerza que nos induce a la acción por senderos que no corresponden a las historias e intereses sociales de las periferias y semiperiferias del patrón de poder global. Esta manera de entender la histo­ria y el poder significaba una ruptura con el pensamiento hegemónico de izquierda que portaba una ideología de izquierda y una epistemología de derecha.

A partir de los escritos de Aníbal sobre la marginalidad so­cial, los caminos de la economía popular en América Latina y las tendencias mundiales del trabajo, en la UNAM, desde ya hace una década, hemos iniciado una indagación sen­tipensante sobre la emergencia en nuestro subcontinente de la solidaridad económica y sus tendencias contradicto­rias, heterogéneas y discontinuas hacia la descolonialidad del poder, teniendo como horizonte de sentido histórico los Buenos Vivires, la igualdad social entre lxs diversos y re­laciones de horizontalidad en los diferentes ámbitos del poder. Este esfuerzo nuestro va creando un compacto co­lectivo en la UNAM orientado a contribuir al desarrollo y profundización de la teoría, principalmente en el ámbito del trabajo[6], analizando procesos de desmercantilización y reciprocidad, de autogobierno, de cuestionamiento a la lógica de la mercancía, del dinero, del trabajo abstracto y del valor.

Aníbal siempre se caracterizó por su coherencia ética y su vida honrada. Siempre enfatizó la cuestión del poder como el eje de organización de la vida social y comentó que cada quién debía optar si estaba al lado o contra el poder. En 1993, me extendió una carta de recomendación para postular a la maestría en Ciencias Sociales en FLAC­SO, México, y al mismo tiempo me dijo que no utilizara los estudios de posgrado, como muchos lo hacían, para si­tuarse del lado de los dominadores sino de las luchas de los dominados.

Cuando estudiaba en la Universidad Agraria, en los ochen­ta, solía pasar por su casa. Almorzábamos con alegría y en algunas ocasiones jugábamos ajedrez. Al momento de escoger el color de las piezas, Aníbal tratando de parecer serio decía: “recuerda, Boris, que con las negras nunca pierdo y con las blancas soy invencible”. Esa casa fue un lugar de aprendizaje amplio, pues Aníbal, al regreso de sus viajes al exterior, siempre compartía agudos comentarios, como el que le produjo ver en Europa la película El hombre de Hierro, de Andrzej Wajda, sobre la lucha de los obreros de los astilleros de Dansk, en Polonia, contra el estalinismo. Aníbal se entretenía llenando el complejo Geniograma de El Comercio, que se publicaba tres veces por semana.

En mis viajes a Lima, durante todos estos años de residen­cia en México, solía visitar a Aníbal y Carmen. A fines del año pasado los vi por última vez: ambos estaban alegres y sonrientes.

UNAM, México, julio de 2018.


[1] Investigador de la UNAM, México.

[2] Ver la edición completa de Sociedad y Política en http://revistasociedadpolitica.blogspot.mx/?m=1

[3] El MRS tuvo una decisiva participación en el impulso de la experiencia de la Comunidad Autogestionaria de Villa El Salvador (CUAVES). Ver el blog http:// elblogdecuaves.blogspot.mx/

[4] Aníbal Quijano, “Los usos de la democracia burguesa”. Sociedad y Política, N° 10. Lima, 1980.

[5] Ver los escritos publicados por Quijano en el blog https://quijanodescolonial.blogspot.com

[6] Ver el blog Solidaridad Económica y Buen Vivir: https://www.buenvivirdescolonial.com