¿Qué es una revolución?

Descargar aquí
Álvaro García Linera[1]

I. La revelación: La revolución soviética de 1917

Su estallido dividió el mundo en dos; más aún, dividió el ima­ginario social sobre el mundo en dos. Por un lado, el mundo existente con sus desigualdades, explotaciones e injusticias; por otro, un mundo posible, de igualdad, sin explotación, sin injusticias: el socialismo. Sin embargo, eso no significó la creación de un nuevo mundo alternativo al capitalista, sino el surgimiento, en las expectativas colectivas de los subalter­nos del mundo, de la creencia movilizadora que era posible alcanzarlo.

La revolución soviética de 1917 es el acontecimiento político mundial más importante del siglo XX, pues cambia la historia moderna de los Estados, escinde en dos y a escala planetaria las ideas políticas dominantes, transforma los imaginarios sociales de los pueblos devolviéndoles su papel de sujetos de la historia, innova los escenarios de guerra e introduce la idea de otra opción (mundo) posible en el curso de la humanidad.

Con la revolución de 1917, lo que hasta entonces era una idea marginal, una consigna política, una propuesta académica o una expectativa guardada en la intimidad del mundo obrero, se convirtió en materia, en realidad visible, en existencia pal­pable. El impacto de la Revolución de Octubre en las creen­cias mundiales –que son las que al fin y al cabo cuentan a la hora de la acción política– fue similar al de una revelación religiosa entre los creyentes, a saber, el capitalismo era finito y podía ser sustituido por otra sociedad mejor. Eso significa que había una opción diferente al mundo dominante y, por tanto, había esperanza; en otros términos, había ese punto ar­quimediano con el que los revolucionarios se sentían capaces de cambiar el curso de la historia mundial.

La Revolución rusa anunció el nacimiento del siglo XX,[2] no solo por el cisma político planetario que engendró, sino sobre todo por la constitución imaginaria de un sentido de la histo­ria, es decir, del socialismo como referente moral de la plebe moderna en acción. Así, el espíritu del siglo XX fue revelado para todos; y, desde ese momento, adeptos, opositores o indi­ferentes tendrán un lugar en el destino de la historia.

Pero así como sucede con toda “revelación”, la revelación cog­nitiva del socialismo como opción realizable, vino acompaña­da por un agente o entidad canalizadora de este descubrimien­to: la revolución.

Revolución se convertirá en la palabra más reivindicada y satanizada del siglo XX. Sus defensores la enarbolarán para referirse al inminente resarcimiento de los pobres frente a la excesiva opresión vigente; los detractores la descalificarán por ser el símbolo de la destrucción de la civilización occi­dental; los obreros la convocarán para anunciar la solución a las catástrofes sociales engendradas por los burgueses y, a la espera de su advenimiento, la usarán –al menos como ame­naza– para dinamizar la economía de concesiones y toleran­cias con la patronal, lo que dará lugar al Estado de bienestar. En contraparte, los ideólogos del viejo régimen le atribuirán la causa de todos los males, desde el enfrentamiento entre Estados y la disolución de la familia, hasta el extravío de la juventud.

En los debates filosóficos y teóricos, la revolución será para unos la antesala de una nueva humanidad por venir, el es­truendo que desata la creatividad autoconsciente y autode­terminada de la sociedad. En cambio, para la curia del Viejo régimen, será la anulación de la democracia y la encarnación diabólica de las oscuras fuerzas que intentan destruir la liber­tad individual. Sin embargo, lejos de vislumbrar una degene­ración del debate, esta derivación religiosa de los argumen­tos en pro o en contra de la revolución, refleja el profundo enraizamiento social que desató el antagonismo revolución/ contrarrevolución, que incluso llegó a movilizar las fibras morales más íntimas de la sociedad.

En definitiva, la revolución (ese hecho político-militar de las masas que toman por asalto el poder político, esa insurrec­ción armada que demuele el viejo Estado y levanta el nuevo orden político), será la intermediaria privilegiada y portado­ra de una opción realizable de mundo. Y alrededor de este suceso se construirá toda una narrativa de producción de la historia futura, con tal fuerza que será capaz de movilizar las pasiones, sacrificios e ilusiones de más de la mitad de los ha­bitantes de todos los continentes.

A partir de 1917, la lucha por la revolución, su preparación, realización y defensa, captarán no solo el interés y laboriosi­dad de millones personas, sino la voluntad y predisposición a esfuerzos y sacrificios pocas veces antes vistos en la historia de la humanidad. Clandestinidad, carencias materiales, tor­turas, encarcelamientos, destierros, desapariciones, mutila­ciones y asesinatos, se constituirán en el costo ilimitado que miles y miles de militantes estarán dispuestos a pagar para alcanzarla. Tal será su capacidad de entrega a la causa revo­lucionaria, que la mayoría de ellos soportará cada una de las estaciones del suplicio aun a sabiendas que, con mucha pro­babilidad, no serán capaces de disfrutar de su victoria. Y esa entrega con devoción al sacrificio histórico, con la confianza de que la siguiente o subsiguiente generación pueda presen­ciar el amanecer humano producido por la inminente revolu­ción, nos remite a la presencia de un tipo de “gasto heroico” bataillano[3] en torno a ella y a los revolucionarios; de hecho, se trata del derroche y generosidad de esfuerzo humano más planetario (geográficamente) y más universal (moralmente) de la historia social.

En los últimos 100 años morirán más personas en nombre de la revolución que en nombre de cualquier religión, con la diferencia de que en el caso del sacrificio religioso, la entrega se da a favor del propio espíritu del sacrificado; mientras que en la revolución, la inmolación es a favor de la liberación ma­terial de todos los seres humanos, lo que hace del hecho revo­lucionario un tipo de producción de comunidad que adelanta episódicamente a la comunidad universal deseada.

II. Conclusión: ¿Qué sucedió después?

¿Qué sucedió después con la revolución soviética? ¿Por qué fracasó? En general, toda revolución social que no ensambla con otras revoluciones sociales a escala mundial, tarde o tem­prano fracasa y habrá de fracasar de manera inevitable. Por sí sola, inexorablemente se verá conducida al fracaso en su intento por construir el comunismo; aunque ciertamente du­rante todo el tiempo del despliegue de su desarrollo puedan lograrse grandes e irreversibles conquistas sociales, laborales y materiales para la población trabajadora no solo del país insurrecto, sino de todos los países del mundo, motivados por la presencia amenazante para las burguesías o estimu­lante para las clases trabajadoras de la revolución socialista en marcha. Ante la inexistencia de una propagación mun­dial, las revoluciones sociales emergentes prolongan su per­manencia dependiendo de la actitud frente a los factores de contenido revolucionario.

Si el Estado asume el protagonismo de los cambios y las deci­siones sociales, el fracaso es más inminente y rápido. Si la so­ciedad laboriosa asume gradual e intermitentemente el pro­tagonismo democrático en la toma de decisiones cotidianas del país, el fracaso se aleja. Si el Estado toma coercitivamente el mando en la construcción de relaciones asociativas en la producción, el fracaso toca las puertas. Si las clases laborio­sas construyen y deconstruyen para volver a construir nue­vas y crecientes formas expansivas de trabajo comunitario, asociativo, el fracaso se diluye por un buen tiempo. Si el Esta­do no puede garantizar mejoras en las condiciones de vida o promover continuas revoluciones culturales que revitalicen las oleadas revolucionarias, el fin de la revolución se acerca. Si el poder de Estado se mantiene en manos de las clases tra­bajadoras, de sus organizaciones vitales que ayudan a des­brozar el camino de la libre iniciativa del pueblo trabajador, las posibilidades de la continuidad revolucionaria se amplían mucho más.

Una vez cumplidos sus 10 primeros años, el curso de la revo­lución soviética justamente va inclinándose por cada una de las dualidades negativas arriba señaladas: concentración del poder de Estado en manos del partido y expropiación gradual del poder de manos de las organizaciones sociales; impulso burocrático de formas asociativas de trabajo que anulan la capacidad creadora de la propia sociedad en la construcción de nuevas relaciones económicas. Es así que, desafortunada­mente, a inicios de la década de los 30, la Revolución de Oc­tubre finaliza dando lugar a una compleja constitución impe­rial, primero, y estatal-nacional, después.[4]

¿Qué queda ahora de esta revolución? La experiencia más prolongada, en la historia contemporánea, de una revolución social, de sus potencialidades organizativas, de sus iniciativas prácticas, de sus logros sociales, de sus características inter­nas y dinámicas generales que pueden volverse a repetir en cualquier otra nueva ola revolucionaria. Pero también queda y nos hereda sus dificultades en la construcción de alianzas; sus desviaciones corporativas, burocráticas, privatistas; sus límites que finalmente la llevaron a la derrota. Queda, enton­ces, el fracaso de la revolución, su derrota.

Hoy recordamos la revolución soviética porque existió, por­que por un segundo en la historia despertó en los plebeyos del mundo la esperanza de que era posible construir otra so­ciedad, distinta a la capitalista vigente, en base a la lucha y la comunidad en marcha de la sociedad laboriosa. Pero tam­bién la recordamos porque fracasó de manera estrepitosa, devorando las esperanzas de toda una generación de clases subalternas. Y hoy diseccionamos las condiciones de ese fra­caso porque justamente queremos que las próximas revolu­ciones, que inevitablemente estallan y estallarán, no fracasen ni cometan los mismos errores que ella cometió; es decir, que avancen uno, diez o mil pasos más allá de lo que ella con su ingenua audacia logró avanzar.

A 100 años de la revolución soviética, continuamos hablando de ella porque añoramos y necesitamos nuevas revoluciones; porque nuevas revoluciones que dignifiquen al ser humano como un ser universal, común, comunitario, vendrán. Y esas revoluciones venideras que toquen el alma creativa de los trabajadores no podrán ni deberán ser una repetición de lo acontecido hace un siglo atrás; tendrán que ser mejores que ella, avanzar mucho más que ella y superar los límites que ella engendró, precisamente porque fracasó y, al hacerlo, nos dio a las siguientes generaciones, las herramientas intelectuales y prácticas para no volver a fracasar, o, al menos, para no ha­cerlo por las mismas circunstancias por las que ella fracasó.


[1] Sociólogo y matemático, actualmente vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia. Este texto recoge las páginas iniciales y finales del libro de Álvaro García Linera, ¿Qué es una revolución? De la revolución rusa de 1917 a la revolución en nuestros tiempos. La Paz, Vicepresidencia del Estado y Presidencia de la Asamblea Legislativa Plurinacional, 2017.

[2] Hobsbawm sostiene que el “corto siglo XX” se habría iniciado con la Primera Guerra Mundial y finalizado con la caída de la Unión Soviética en 1989. Preferimos hablar de la Revolución rusa como punto del inicio de siglo porque, a diferencia de la Primera Guerra Mundial, que significó una nueva fase de la ininterrumpida mutación de la geografía estatal continental, los efectos de la revolución polarizaron, como nunca antes había sucedido, la lucha política a escala mundial. Véase Hobsbawm, Eric J., Historia del siglo XX. 1914-1991, Editorial Crítica (Grijalbo Mandadori), Barcelona, 1995.

[3] Véase Georges Bataille, La parte maldita, Barcelona, Icaria, 1987.

[4] Sobre el curso de la Rusia soviética, véase Chavance, B., op. cit.; Bettelheim, Ch. Les luttes de classes en URSS 3 période 1930-1941, Éditions du Seuil-Maspero, París, 1983; Chamberlain, W. H., The Russian Revolution, 2 vols., Macmillan, New York, 1935; Sorlin, P., La sociedad soviética 1917-1964, Vicens Vives, Barcelona, 1967. Y, por supuesto, los 7 libros de E. H.Carr sobre la historia de la revolución rusa.