Populismo o lo inefable para las élites

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Álvaro Campana Ocampo1Miembro del comité editorial de la revista Ojo Zurdo.

En “Populismos. Una defensa de lo indefendible”, escrito por la filósofa francesa definida como “liberal conservado­ra” Chantal Delsol, fue publicado el año 2015. Se trata de un libro revelador, en tanto pone en discusión las razones de la emergencia de los populismos, principalmente los populismos de derechas, desde una perspectiva original y no afín a las interpretaciones progresistas o de izquierdas. Los populismos son para la autora una expresión de las insuficiencias de la democracia actual, capturada por la orto­doxia de la ideología liberal, que no acepta la emergencia de otras voces –identificadas con lo popular- en el fondo despreciadas porque se remiten a la necesidad del arraigo, de la identidad local, de lo periférico, la defensa de las tra­diciones y de lo propio, y que se resisten a la imposición de valores universales siempre prestos a condenarlas por pri­mitivas, salvajes, regresivas; en suma populistas, incapaces de ver más allá de sus narices y comprender la sofisticación de lo general y universal.

De esta manera, la autora plantea que, para mejorar la democracia, no debemos subestimar y menos desdeñar estas voces, que usualmente son vistas más bien como amena­zas. Deben ser consideradas parte del necesario debate democrático, en el que las verdades deben ser también formuladas desde la experiencia concreta del pueblo, cuyas demandas, necesidades y expectativas van muchas veces a contrapelo con las de las élites nacionales o globales. Es necesario comprender por qué estos sectores se pueden mos­trar críticos con los derechos humanos, con la diversidad sexual, la migración, la idea del progreso o la integración europea valoradas por esas élites ilustradas y cosmopoli­tas, consideradas políticamente correctas y propias del consenso democrático. Esta no es sino la expresión, dice la autora, de la imposición de una ideología “emancipa­toria”, universalista que ni siquiera quiere discutir hasta qué punto estos valores y apuestas pueden considerarse amenazantes de los valores y de las condiciones de vida de esas mayorías, de su estabilidad, seguridad, de lo que les permite sentir arraigo, como son la tradición, la familia, la cohesión local o incluso su supervivencia material.

Este desprecio al pueblo no es nuevo. Para mostrarlo la autora recurre a la Grecia Clásica en la que las élites trataban de “idiotas” a las mayorías preocupadas por sus pasiones e intereses inmediatos, pero incapaces de ver los intere­ses generales de la ciudad; y llamaban “demagogos” a los personajes que trataban de agitar esas pasiones e intereses para ganar poder. Ese desprecio también lo habrían tenido los bolcheviques cuando el pueblo ruso los abandono al ya no ver reflejadas sus necesidades concretas en la construc­ción del ideal socialista operándose una traición del pueblo a los designios de la vanguardia iluminada e ilustrada que terminaría actuando contra el propio pueblo para hacerlo encajar en los presupuestos históricos e ideológicos.

Ese desprecio sigue vigente hoy contra la emergencia de los populismos que recogen esas necesidades inefables para las élites, y que son asociadas incluso con el fascismo, lo que no quiere decir que en sus extremos xenofóbicos, racistas y machistas no puedan acercarse a un fenómeno similar, aunque muchos de los populismos de derechas en Europa parecen más bien tratar de ajustarse a las reglas democráticas.

Delsol no niega la universalidad, sino que apunta a la necesidad de un equilibrio de esta con la natural tendencia de arraigo que tiene el ser humano y a la importancia de ampliar la pluralidad de voces en la democracia. Rechaza por tanto esta especie de satanización que busca esconder la imposición de un monopolio ideológico que además la gente considera cada vez más lejano de su realidad.

En una clave crítica y de izquierdas es necesario ir al análisis materialista y no “ideológico” o cultural del fenómeno populista siendo fundamental no asumir la posición de desprecio de las élites ilustradas, sino comprender y ana­lizar las condiciones a las que se ven sometidas las mayo­rías populares con la globalización neoliberal y los valores universales que supuestamente traen aparejados. De allí que también se hace necesario comprender sus reacciones frente a estas instituciones, valores y discursos hegemó­nicos que parecen enunciarse desde los privilegios y que terminan pareciendo frivolidades e hipocresías, que distan de ser un patrimonio universal y esconden las profundas desigualdades, la precariedad y la indefensión a la que se ven arrojadas las grandes mayorías más allá de una natu­ral tendencia al arraigo o la conservación.


[1] Miembro del comité editorial de la revista Ojo Zurdo.