Poemas

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Juri Talvet[1]

¡Qué hermoso es el rebaño de ovejas en el límite

entre Rõngu y Elva![2] Son nubes de algodón pequeñas

e iguales en la claridad del cielo, de un amarillo pálido,

en una tarde de agosto. Varones nacidos de mujer

matan niños, se matan a sí mismos, matan ovejas.

En algún lugar hacen la guerra todo el tiempo,

ovejas y bombas, bombas y ovejas mezcladas. Ya

el año 176 Celso, agitando en su mano El verdadero

Logos, se precipitó al matar la oveja negra de los judíos.

Navidades en China

Unos están ocupados en los campos de arroz,

otros pescan. Debajo de su mechón de pelo

Zhang Zhe ausculta las pulsaciones dolorosas

del drama expresionista europeo. Están

embridando el Yangtsé. El buen humor

y las mentes alegres de las mujeres llenan todas las calles,

todas las casas: cada vez son más bellas y más sabias

y los hombres suelen escucharlas más que antes.

(¿Va a crecerles de nuevo la barba y la sabiduría,

a los hombres?)

No es necesario emprender un viaje para encontrar

el sampo, el comunismo y el Grial: no son sino

palabras desnudas que no durarán mucho

en el frío del norte.

Los sémenes de Buda y Laozi se mezclan, extienden

sus ramificaciones por la gruesa piel roja de Mao.

En la neblina crepuscular de un sueño

una boca de mujer busca mi boca.

Han excavado hasta 400 años antes de Cristo

y hallado carros de guerra y esqueletos de caballos,

pero ahora eso a nadie importa,

pues ya no significan absolutamente nada.

Verano en mi país natal

Ese Lucifer, ese Cerbero, ese zar,

ese vecino –con diez hileras de dientes de acero

que cada noche y cada día viste un disfraz nuevo–,

ese ser que no duerme jamás, oculto detrás de todos

sus disfraces, su boca en un cráneo sin ojos, ese Minotauro

que roe vírgenes sin conseguir saciarse, ése cuyo corazón

se va pudriendo, ¿será eterno?

Rebusco en los bolsillos donde se han mezclado

mis recetas: ¿dónde metí a agape y eros?, ¿dónde puse

a philos? ¡Caducaron todas hace tiempo, ninguna vale ya!

No hay respuesta y, sin embargo, ayer volví a ver en el cielo

golondrinas volando raudas, como pedacitos

de verano llegados del sur,

mientras que de noche acaso tú, madre, me elevaste

a un lugar aún más alto, a las montañas, donde la luz

del horizonte ha golpeado mis ojos:

respiro el aroma de resina del pino, olor de agujas de abeto,

el olor de la nieve, de casa y de un país sin nombre.


[1] Poeta, ensayista, traductor y docente de la Universidad de Tartus de nacionalidad Estonia. Traducción de Albert Lázaro-Tinaut.

[2] Rõngu y Elva son dos localidades del sur de Estonia.