Piglia: ¿Qué hacer con la memoria?

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Augusto Rubio Acosta[1]

Hace años, como quien deliberadamente regresa al pasado a buscar una experiencia perdida, ingresé de madrugada a un bar del centro histórico para beber unos tragos y poner mú­sica. El lugar se llamaba El fracaso; carecía de rótulo exterior con ese nombre, pero en todos los que ahí bebían y conversa­ban en voz alta existía el consenso de que así se denominaba o debía denominarse el lugar. El fracaso era una especie de espacio mítico dedicado a las emociones antiguas, un espa­cio ideal para las historias personales, los recuerdos ajenos y futuros, para las ficciones propias. Fue en esa fonda de Tru­jillo que conocí a Julieta, la mujer cuyo reloj interno se de­tuvo cuando le extrajeron un par de dientes, la que perdió la memoria poco antes que le colocaran los brackets linguales y su mordida encajara por completo, tornándose su sonrisa hermosa y armónica. Lo recuerdo como si fuese ayer. Los re­cuerdos se injertan y nos invaden, nos cambian la vida.

Empecé a escribir la historia de Julieta y de cómo –a la hora de la anestesia en la ortodoncista- perdió el sentido de la me­moria, construyendo artificialmente su experiencia y expe­rimentando -como propias- vivencias que ella nunca había vivido. El ejercicio imaginario terminó por identificarme con mis fantasías egoístas y ambiciones personales. Y con Piglia, autor de cabecera de todos estos años, a quien a manera de detective y tras la lectura de los tres volúmenes que compo­nen “sus diarios”, intenté en algún momento descubrir sus secretos en el vasto y oscuro rastro autobiográfico de su obra narrativa.

Como en Los diarios de Emilio Renzi, libro donde el escritor argentino le regala al protagonista su memoria y seis décadas de sus papeles privados, para indagar en la educación senti­mental de un intelectual, en la historia de Julieta los recuerdos que tengo de ella (y lo que ha olvidado al perder la memoria) también explican -reconstruyéndose mediante fragmentos-una historia familiar, la de su comunidad y su época.

¿Qué hace que un autor se invente un personaje, a su vez es­critor y álter ego que aparece y reaparece en sus novelas, en ocasiones fugazmente, en otras con mayor protagonismo?, ¿por qué llevar al personaje a sus diarios?, ¿qué determina que un autor de la impecable trayectoria literaria de Piglia, tras novelas, cuentos y ensayos fundamentales de las letras argentinas contemporáneas, decida mirar hacia atrás y es­carbar en su memoria, en sus diarios escritos a lo largo de más de medio siglo (entre 1957 y 2015) para entregarlos a los lectores a manera de libro póstumo y por entregas?

Una forma de vivir

La explicación a todo esto descansa en la lectura de los tres volúmenes que componen los diarios: Años de formación, Los años felices y Un día en la vida, libros que abarcando su expe­riencia vital de 1957 a 2015, muestran a un niño que nació y creció en ausencia de literatura, pero que una vez que apren­dió a leer decidió ser escritor para poder escapar del mundo atosigante en que vivía.

Convencido de que no hay nada más ridículo que registrar la propia vida, Piglia se convenció con el tiempo de que si la tarde que decidió iniciar la escritura de su diario no hubiese llevado a la praxis su pasión, jamás hubiese escrito otra cosa. La sensación de haber vivido dos vidas, una fija en sus cua­dernos y otra en sus recuerdos, lo persiguió a lo largo de su existencia. Le costaba trabajo releer y experimentar de nuevo lo que había vivido, constatar que episodios que recordaba perfectamente no estaban en los diarios de Renzi, como si su personaje (o autor mismo) nunca los hubiera vivido. Es ese cierto estilo documental, que integra realidad y una ficción imperceptible, lo que atraviesa la obra de Piglia y la dota de una enorme potencia.

Diario 1968

Lunes 25 [de marzo]

Nací el 24 de noviembre de 1941, he buscado en los diarios las noticias de ese día. Busqué en la Biblioteca Nacional todo lo que pude encontrar. La guerra ocupaba todo el espacio infor­mativo. Eran las seis de la mañana y, según mi padre, estaba lloviendo.

Jueves [19 de septiembre]

Releyendo el diario de Pavese recupero la vieja manía de auto­construcción de la vida (como obra de arte) con sus oficios (de vivir, de escribir, de pensar), con sus técnicas y sus reglas. (…)

Pienso que lo mejor que he escrito en estos cuadernos ha sido el resultado de la espontaneidad y la improvisación (en sen­tido musical), nunca sé sobre qué voy a escribir, y a veces esa incertidumbre se convierte en estilo.

Ricardo Piglia, lector, crítico, editor, guionista, profesor de literatura, pero sobre todo narrador, empezó a escribir sus diarios en 1957, una vez que su padre salió de la cárcel adonde fue encerrado por su filiación peronista; al decidir el traslado familiar a Mar del Plata, el joven autor inicia de este modo la fragua de una especie de fábula al no saber necesariamente qué hacer con su memoria.

Sentarse a juntar los cuadernos de Mar del Plata, de Prince­ton y de su tierra natal, debe haber sido muy duro. Traumas, hallazgos, las aves negras atravesando el cielo de la infancia hablan de la dificultad del autor para dar cuenta -en sus cua­dernos- de la vida. El mundo íntimo de un escritor, pero sobre todo un ser humano, aparece ante nuestros ojos, es la fábula -a la que antes nos hemos referido- lidiando con su memoria. A los lectores de Los diarios de Emilio Renzi no nos hace falta saber si en verdad es Piglia o no el protagonista; encontra­mos imágenes expresando momentos de su vida en base a la asociación y eso nos basta. Bastan las veces que el autor nos hizo tomar apuntes, llenar libretas o subrayar libros que nos empujó a leer uno tras otro. Leer a Piglia a distinta edad (a veces joven, otras adulto) es leer libros distintos. El libro lo lee a uno, en eso consiste la grandeza de su obra literaria.

Los años felices

Un escritor retiene imaginariamente algo que va a perder. Piglia, en el segundo tomo de su trilogía (que cubre de 1968 a 1975), incluye la vida alterada del protagonista producto del tiempo vertiginoso y feliz que experimentaba; la clandestini­dad y los días que pasaba huyendo de las fuerzas de seguridad que recorren Buenos Aires en busca de militantes de izquier­da, constituye –junto a una carga erótica importante- los ejes transversales sobre los que gira el libro.

El presente, tiempo de la pasión en el que uno no piensa en el futuro ni en las consecuencias de éste, está muy conectado con la emoción que uno siente en el momento. El diario es el intento de estar siempre en el momento intenso del pre­sente, por eso se escribe en presente. Piglia es consciente de ello en todo momento y por ello la lectura de estos libros que hoy comentamos hace parecer que es son libros en proceso, no terminados. “Entre la cultura popular y la tradición más exigente”, como destacaron los jurados que le concedieron el Premio Formentor 2015, estamos ante el vivo testimonio de una manía, un hábito, una adicción por escribir donde se en­trecruzan vida y literatura. Los años felices contiene todo ello.

DIARIO 1969

Domingo 5 [de enero]

Tampoco me gustan los estilos afectados que circulan en la narrativa de mi generación: todos escriben con la voz de otro (sobre todo con la de Borges, Onetti y Cortázar); por mi lado, a pesar de todo, una voz propia que no será necesariamente la mía, es decir, la que uso en la vida. Escribir con la sinceri­dad de un sujeto al que no conozco y que sólo aparece —o se asoma— cuando escribo. Llámalo H, como se dice ahora habitualmente en Buenos Aires cuando uno no puede dar precisiones sobre un tema.

Jueves 16 [de enero]

Ayer a la tarde vino Manuel Puig, crispado, confundido, bus­cando “gustar”, caer bien y someter sus libros a esa prueba imposible de constatar. Siempre habrá alguien a quien no le gustará lo que él escribe y eso le obsesiona. (…) Me cuenta el plan de Jorge Álvarez de lanzar Boquitas pintadas como un folletín y su propósito de escribir una novela policial sobre el mundo del arte y de la crítica cultural, a los que ve como asesinos que matan al artista sensible y contracultural.

Más tarde me encuentro con Héctor Schmucler, recién llega­do de Francia, con ganas de poner en marcha una revista (mo­delo: La Quinzaine); está deslumbrado por Cortázar, a quien ha frecuentado en París, y fascinado por las novedades que circulan, básicamente la oleada del estructuralismo (onda Barthes + la revista Tel Quel).

“Sólo se pierde lo que realmente no se ha tenido”, Borges. Usa­ré esta cita como epígrafe de mi próximo libro.

Un día en la vida

Los últimos meses como profesor de literatura latinoameri­cana en Princeton y su regreso a Argentina hasta 2015 fueron volcados por el autor de “Respiración artificial” en el tomo fi­nal de los diarios de Renzi.

“El diario, sin duda, es un género cómico. Uno se convierte automáticamente en un clown. Un tipo que escribe su vida día tras día es algo bastante ridículo. Es imposible tomarse en serio. La memoria sirve para olvidar, como todo el mundo sabe, y un diario es una máquina de dejar huellas. Me gus­tan mucho los primeros años de mis diarios porque allí lucho con el vacío total: no pasa nada, nunca pasa nada en realidad, pero en ese tiempo me preocupaba, era muy ingenuo, estaba todo el tiempo buscando aventuras extraordinarias. Empecé a robar la experiencia a gente conocida, las historias que yo me imaginaba que vivían cuando estaban conmigo. Escribía muy bien en esa época, dicho sea de paso, mucho mejor que ahora, tenía una convicción absoluta, que es siempre la mejor garantía para construir un estilo”.

Del joven adolescente que empezó a escribir un diario en su Adrogué natal, al autor consagrado que víctima de esclerosis lateral amiotrófica mantuvo la lucidez y continuó trabajando casi hasta el final de sus días, hay un laboratorio y una bitá­cora de vivencias.

DIARIO 1971

Lunes 29 [de junio]

Se murió Marechal (¿el viernes?), alcanzó a terminar su nove­la. Según David [Viñas], no había nadie. ¿Y cuando muera yo?

Lunes [3 de agosto]

La lectura de los semanarios deja ver una coherencia, esque­mática, preparada para el consumo de la cultura. También ellos sintetizan en tres o cuatro ítems o nombres lo que lla­man el “presente”, lo actual, lo que emerge en medio de la fu­gacidad de la circulación cultural.

Lunes [31 de agosto]

Yo escribo estos cuadernos porque confío en que alguna vez tendrá sentido pasarlos a máquina y hacerlos publicar, por­que yo habré justificado con mi obra la lectura de estos apun­tes diarios y personales.

¿Qué hacer entonces con la memoria? Precisamente en El fra­caso, al conocer a Julieta y a “Perro viejo”, al empezar a escri­bir la historia que por estos días me atormenta, me pregunté lo mismo. Lo mismo.


[1] Augusto Rubio Acosta: poeta, narrador, periodista y gestor cultural peruano.