El país de los huaycos: el Perú neoliberal frente al espejo del Niño Costero

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Ramón Pajuelo Teves[1]

Nadie esperaba que una variante desconocida del Fenómeno del Niño -bautizada como Niño Costero- ocasionaría una auténtica crisis nacional en el Perú. El precario sistema de manejo de desastres del país resultó inoperante frente al nivel de lluvias que trajo consigo el Niño Costero, debido al sobrecalentamiento del mar hasta 10 grados por encima de lo normal. Las lluvias ocasionaron huaycos, inundaciones, desbordes de ríos y lagunas, deterioro de carreteras, caída de puentes, destrucción de muchas viviendas en diversos sitios, así como el colapso del servicio de agua potable en la propia Lima, la capital de casi 10 millones de habitantes. Súbitamente, el Niño Costero colocó en situación de emergencia al país, dejando sepultados otros temas de coyuntura, tales como el escándalo de Odebrecht, el desgaste del gobierno de Kuczynski, la interpelación a su ministro Vizcarra, entre otros.

Los desastres naturales no son una sorpresa entre los peruanos. Lo sorprendente es que sigan encontrando desprevenido a un país ubicado en plena zona sísmica, y con una geografía sumamente diversa y accidentada, frecuentemente expuesta a las variaciones climáticas y a sus consecuencias. Esto es tan cierto, que la palabra de origen quechua huayco -masas de lodo y piedras que se desprenden desde las alturas de las montañas andinas en épocas de lluvias, causando el desborde de los ríos- es originaria del Perú. Siendo el país de los huaycos, el Perú debía tener un sistema efectivo de manejo de las inclemencias del clima y la geografía, pero lamentablemente el Estado y la institucionalidad existente siguen siendo inoperantes. Y entre la población, no existe una cultura de la prevención que contribuya a disminuir las consecuencias de los fenómenos naturales, los cuales generan cíclicamente desastres humanitarios.

Pero no siempre se desata una crisis semejante a la ocurrida ahora, entre otras razones porque generalmente los problemas se focalizan en zonas específicas del territorio, muchas veces lejos del foco de los grandes medios de comunicación asentados en Lima. Así, las noticias sobre muchos desastres son vistas desde Lima con evidente lejanía: Se perciben como desgracias ante las cuales cabe brindar ayuda, pero que finalmente no constituyen un riesgo para el país en su conjunto.

Lo ocurrido con el Niño Costero ha sido diferente. Su impacto alcanzó tal magnitud, que colocó al país ante una sensación de inminente colapso. La concentración de las lluvias en las regiones del Norte y Centro, incluyendo al eje costero y las sierras, incluyó también la afectación directa de Lima. Esta enorme ciudad se vio súbitamente desconectada de buena parte del territorio nacional, debido a la destrucción de vías de comunicación. El desborde de ríos y caída de huaycos se unió al deterioro de servicios básicos (agua potable), suspensión de clases en escuelas y universidades, así como dificultades de transporte y comunicación en diversas zonas. Las extensas colas y desesperación de la gente por obtener agua, junto al temor por el encarecimiento de precios en mercados y supermercados abarrotados de consumidores, dibujaron la verdadera realidad de una ciudad que a pesar de su magnitud adolece de seguridad alimentaria, y bebe las aguas de una única fuente (el Rímac o “río hablador”, nombrado así justamente por el sonido que acompaña su paso durante las épocas de huaycos).

Más allá de su dimensión natural, el Niño Costero puede verse como espejo crudo y doloroso que nos muestra la precariedad de una sociedad deteriorada por décadas de predominio neoliberal. La imagen resultante es la de un país en crisis endémica y a la deriva, a pesar del discurso fundamentalista de nuestros neoliberales criollos. Muestra de ello es un Estado que sigue siendo ineficiente e incapaz de prever desastres de magnitud, ante los cuales no cuenta con un sistema efectivo de monitoreo, prevención y gestión de las inclemencias naturales. Un Estado que apenas puede decir -fue el mensaje de importantes autoridades en medio de la tragedia- que hay mucha plata disponible, la cual permitirá efectuar obras de reconstrucción. En realidad, ese retrato de un Estado lleno de plata se halla lejos de la realidad cotidiana que afecta a los pobres de siempre, quienes por cierto conforman el grueso de las víctimas de los desastres. Lo cierto es que ante un Estado neoliberal incapaz de gestionar una forma de desarrollo adecuada para el territorio que ocupa, los fenómenos naturales desbordarán siempre las cajas llenas de billetes, causando desgracias que podrían prevenirse y aminorarse sustancialmente.

Todos sabemos que la afectación de tantas viviendas por los huaycos y desbordes de ríos, responde en gran medida a la ausencia de criterios de uso del suelo para fines de ocupación urbana. Esto se encuentra en manos de municipalidades que, muchas veces, se hallan vinculadas al lucrativo negocio de las licencias y tráfico de tierras para vivienda en zonas de riesgo. Junto a ello, la destrucción de infraestructura ante las lluvias, huaycos, desbordes e inundaciones, no muestra solamente la furia de la naturaleza. También refleja la ineficiencia y corrupción que rodean la construcción de obras que, además, no tienen la calidad de ingeniería y arquitectura que se requiere (es el caso del puente Solidaridad construido por la Municipalidad de Lima, vergonzosamente bautizado con el nombre de la agrupación política del alcalde Castañeda y pintado además con su color característico).

Como muestra estos días el Perú, los desastres también despiertan sentimientos, compromiso, humanidad y nociones de pertenencia que se expresan en acciones alentadoras, tales como la ayuda de tanta gente a los afectados. Este aspecto es, indudablemente, un elemento de optimismo en medio de tanta desolación. Ante la cruda realidad, justamente conduce a pensar que no podemos resignarnos a concentrar esfuerzos, a posteriori de los fenómenos naturales, en el auxilio a las víctimas y reconstrucción de infraestructura. Auxilio que nunca logra remediar la destrucción irreparable de vidas y hogares. Reconstrucción que corre el riesgo de terminar arrasada por nuevos desastres, debido a la falta absoluta de gestión y planificación territorial.

Las autoridades peruanas se vanaglorian de la plata guardada en las arcas, pero siguen gestionando un país de huaycos y otras inclementes que, sin embargo, carece por completo de una estrategia nacional de manejo de riesgos y de una efectiva planificación del crecimiento en el territorio. Es que todo en Perú ha sido dejado a las manos del libre mercado, tras el cual se esconde el simple afán de lucro de sus principales beneficiarios, que han convertido al propio Estado en un botín para su beneficio. En este contexto, un fenómeno como el Niño Costero muestra fundamentalmente el riesgo de la continuidad del rumbo neoliberal hegemónico en el país desde hace tres décadas. Es decir, de un modelo de Estado y sociedad que necesitamos cambiar urgentemente, a fin de recuperar una noción de política pública dirigida al bienestar de todos y todas.


[1] Investigador del IEP y Director de Ojo Zurdo. Su último libro es: Un río invisible. Ensayos sobre política, conflictos, memoria y movilización indígena en el Perú y los Andes (Lima: Ríos Profundos Editores, 2016).