Aníbal Quijano: origen de su lucha contra el poder

Descargar aquí
Manuel Valladares Quijano[1]

Aníbal Quijano Obregón nació el 17 de noviembre de 1930 en el distrito de Yanama, provincia de Yungay, depar­tamento de Ancash, como consta en su partida de naci­miento. Sus padres fueron Marcial Quijano Vega y Alfon­sa Obregón Agama, ambos jóvenes veinteañeros en esos tiempos. Marcial era maestro de escuela como “preceptor diplomado” y más tarde “normalista”. Alfonsa se dedica­da básicamente a las labores domésticas. En Yanama, la mayoría de familias poseían chacras dispersas en los di­ferentes pisos ecológicos, donde era posible cultivar desde tubérculos en las alturas hasta cereales en las partes bajas. Los niños del pueblo, conforme cumplían los seis o siete años de edad, ingresaban a la escuela de mujeres o a la de varones, la mayoría hasta el quinto año de primaria y otros sólo hasta el tercer año. Estos últimos, eran luego lle­vados a la ciudad de Yungay, capital de la provincia, para proseguir sus estudios de primaria y después ingresar al Colegio Nacional Santa Inés para cursar sus estudios se­cundarios. En este sentido, Aníbal cursó sus primeros tres años de primaria entre 1938 y 1940 en la escuela de Yana­ma, cuyo director era precisamente su padre.

Allí encontró que muchos de sus compañeros de estudios eran hijos de los campesinos quechua-hablantes o “in­dios”. Algunos ya eran amigos suyos por sus cotidianas andanzas infantiles en la plaza o lugares vecinos. El quechua era la lengua dominante en la zona y, por esta razón, el director y los demás profesores impartían las clases en quechua y castellano. Dicho trabajo docente dentro y fuera de las aulas, con participación activa de los propios alumnos, consistía en la traducción oral del idioma oficial al quechua y viceversa. Con el tiempo, los escolares ma­nejaban correctamente los dos idiomas y eran bilingües. Como consecuencia, sus conocimientos de las cosas en general revelaban una mayor asimilación del pensamien­to andino o “indígena”. Esta fase de la vida estudiantil fue sin duda bastante significativa para los alumnos y espe­cialmente para el propio Aníbal, quien vivía experiencias simultáneas respecto de sus relaciones con el campesina­do indígena y los niños indios debido a que su padre, con su reconocida autoridad intelectual, era públicamente un serio defensor de la “raza” indígena, identificado con sus protestas y reclamos frente al gamonalismo de la región y solidario con ellos ante la explotación y dominación de que eran víctimas. Al mismo tiempo, era no sólo el maes­tro de escuela, sino de todo el distrito y sus estancias, de población mayoritariamente campesino-indígena.

Como estaba programado por la familia, Aníbal fue lle­vado a Yungay para proseguir sus estudios de cuarto y quinto de primaria, los cuales hizo en 1941 y 1942. Vivir en Yungay significaba tener que viajar varias veces al año hacia Yanama y viceversa. Ello se hacía a lomo de bestia por un accidentado camino de herradura, cubriendo una distancia de 60 kilómetros durante diez o doce horas, con­templando en uno y otro trecho el imponente nevado del Huascarán, las Lagunas de Llanganuco y otras maravillas naturales. Se trataba en realidad de un viaje entre el Calle­jón de Huaylas y el Callejón de Conchucos.[2]

Posteriormente, Aníbal llevó a cabo sus estudios de secun­daria, entre 1943 y 1947, en el Colegio Nacional Santa Inés en la misma ciudad. En esos tiempos se vivían horas agita­das en las provincias y en todo el país, pues ocurrían graves sucesos o problemas de carácter nacional e internacional, susceptibles de ser percibidos por adolescentes inquietos que precisamente transitaban por la vida colegial. Entre sus compañeros, Aníbal era quien mejor percibía el senti­do de los acontecimientos y hechos políticos del país. Por ejemplo, las tensiones y conflictos entre el Apra y la oli­garquía, las luchas políticas para las elecciones generales de 1945 y la constitución del Frente Democrático Nacional, cuya fuerza principal era precisamente el Apra. A nivel in­ternacional, estaba en marcha la Segunda Guerra Mundial desencadenada por las oscuras fuerzas del nazismo.

Como muchos maestros provincianos de su generación, el padre de Aníbal había estado contribuyendo, a través de su propia vida, al temprano desarrollo de una sensibi­lidad política antidictatorial y antiautoritaria en su hijo. Desde los candentes años 30 había sido atento lector de los escritos de Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui, quienes, a su vez, protagonizaron importantes debates teó­ricos y políticos. Esto, particularmente entre 1927 y 1929, que llevaron a una ruptura histórica y a la conformación de dos significativas corrientes ideológico-políticas en el ancho campo popular: la corriente democrático-nacional expresada por el Apra y, de otro, la corriente revoluciona­ria socialista expresada en el Partido Socialista. Aníbal ha­bía descubierto tempranamente y con genuina emoción, que entre los papeles y algunos libros de su padre estaban guardados los 7 ensayos de interpretación de la realidad pe­ruana de Mariátegui, así como algunos ejemplares de la revista Amauta.[3]

En este contexto de fuertes tensiones y conflictos, el estu­diante Aníbal Quijano ocupaba el primer puesto en cada uno de los años de su vida colegial; al egresar como inte­grante de la promoción de 1947, en acto público de clausu­ra su colegio lo premió haciéndole entrega de la afamada novela La Cabaña del Tío Tom, de la escritora norteame­ricana Harriet Beecher Stowe, que habla de la esclavitud negra. La lectura de dicha obra, habría acentuado los sue­ños e intenciones de Aníbal por estudiar e investigar más adelante la historia de la población negra. Años después, esta inquietud lo llevó a leer y tomar rigurosas notas de infinidad de documentos coloniales, siendo estudiante universitario y, a la vez, empleado del Archivo General de la Nación.

Aníbal Quijano llegó a Lima a comienzos de 1948. Fue re­cibido en una modesta vivienda del Jr. República Domini­cana, en el hoy distrito de Jesús María, donde vivía el her­mano de su padre, Félix Quijano Vega, quien era Guardia Civil y activo militante aprista. Aquel año era de intensa agitación política en Lima y todo el país, debido al enfren­tamiento entre el incoloro e inepto gobierno de Bustamante y Rivero y el Apra, que formalmente era aliado suyo. Sus primeras visitas fueron a la Casa del Pueblo de la Av. Alfonso Ugarte, y llegaba allí como dirigente de la JAP de Yungay. A las pocas semanas, logró ingresar a la Facultad de Medicina de la Universidad de San Marcos. Como mili­tante aprista, se incorporó de inmediato a las actividades y tareas del partido. Ante las sistemáticas críticas y de­mandas del Apra, la contraofensiva del gobierno era cada vez más agresiva. A través del Ministerio de Educación, se ordenó que Luís Alberto Sánchez no debía continuar sien­do rector de San Marcos, arrinconándolo con maniobras legales y obligándole a salir nuevamente al destierro. Poco después, el 27 de octubre de aquel año, vendría el golpe mi­litar de Odría. Antes y después de dicho golpe, ocurrieron movilizaciones populares de protesta, entre ellas la revuel­ta estudiantil que llevó a la toma de la Universidad de San Marcos. La dictadura respondió con toda su brutalidad; las puertas de La Casona fueron derribadas por tanquetas, siendo capturados y llevados a prisión Quijano y sus com­pañeros apristas, quienes fueron liberados unas semanas después.

Más tarde, nuevamente fue hecho prisionero y llevado a la cárcel de El Sexto, donde permaneció por cerca de dos años. Entre los encarcelados también habían comunistas del PCP, trotskistas y quizás algunos liberales radicales. Eran frecuentes los debates entre ellos. Había común res­peto y admiración por la Unión Soviética y aún más des­pués de su aplastante victoria sobre las fuerzas nazistas de Hitler, pero también habían rudas críticas a la burocrati­zación del gobierno y el partido stalinistas. Los comunistas no admitían de ningún modo estas críticas, pero tam­poco avanzaban un sólo milímetro en sus conocimientos de la realidad, aparte de su ciega defensa y devoción por Stalin y la URSS. No podían ni querían admitir lo que era notorio para muchos: que aquel triunfo de la URSS y la conformación del campo socialista, si bien defendibles, no significaban necesariamente el triunfo de la revolución socialista y menos su renacimiento o continuidad. En esas circunstancias, algunos apristas, Aníbal entre ellos, transi­taban del aprismo al socialismo revolucionario.

Al ser nuevamente liberado de la cárcel, Aníbal se rein­corporó a San Marcos e hizo su traslado a la Facultad de Letras y Humanidades. Allí sería alumno de profesores del más alto nivel académico y políticamente democráti­co nacionalistas. Eran frecuentes los debates ideológicos y políticos en el viejo patio de Letras, entre estudiantes de las diversas tendencias de izquierda. Uno de los problemas que los enfrentaban tenía que ver con el pensamiento so­cialista revolucionario en conflicto con el burocratismo en la URSS. Los críticos eran simplemente satanizados por los comunistas, quienes los calificaban de “traidores a la revo­lución”,“enemigos del marxismo” y “trotskistas”. Esta era la letanía de siempre de los comunistas del PCP.[4] Por cuen­ta propia, Aníbal estaba dedicado al estudio de la teoría marxista. Hacia 1953, le hizo llegar una larga carta a su pa­dre hablándole de sus nuevos planes y proyectos, contándole que llevaba algunas semanas leyendo el Anti-dühring de Federico Engels y que, además, se proponía adquirir obras de Marx, Lenin, Trotsky, etcétera. Igualmente, le hablaba que luego de las frustrantes experiencias de di­rección política partidaria vividas por los pueblos en sus luchas por el poder, se encontraba afirmando sus convic­ciones de la necesidad de construir nuevos discursos en función de nuevas formas de organización revolucionaria de los trabajadores.

Al mismo tiempo, Aníbal hacía parte activa de la Genera­ción del 50, que aglutinaba a jóvenes universitarios y pro­fesionales que se consideraban protagonistas de una nue­va época, después de ocurridos los graves desaciertos del Apra como dirección política hegemónica de las luchas por el poder en la década previa. También eran los tiempos de masivas migraciones del campo a la ciudad, la emergencia del problema urbano y las barriadas en expansión, frente a un Estado crónicamente incapacitado para conducir los cambios económicos y sociales que se estaban presentando. Entre los integrantes de aquella generación, se encon­traban Julio Ramón Ribeyro, Alberto Escobar, Washington Delgado, Oswaldo Reynoso, Alejandro Romualdo, Pablo Macera, Carlos Araníbar y muchos otros.

Terminada la dictadura de Odría, muchos de los integran­tes de la Generación del 50, especialmente escritores y poetas, comenzaron a publicar sus trabajos. Manuel Scor­za capitaneó una masiva difusión a nivel nacional de la producción intelectual de etapas anteriores de la historia peruana y de los propios miembros de la Generación del 50. Así aparecieron desde 1956 las ediciones del Patronato del Libro Peruano. El propio Aníbal participó con la pre­paración de libros de cuentos y ensayos. Así, hizo llegar a su padre los libros: Ensayos Escogidos de José Carlos Ma­riátegui y Los mejores cuentos americanos. Además, en esos años trabajaba como profesor en diferentes colegios y en la Universidad Guzmán y Valle de La Cantuta.

Luego de su matrimonio con Carmen Pimentel y el naci­miento de su primer hijo, en 1959 viajaría a Chile en condi­ción de becado para hacer estudios de maestría en FLACSO. Al retornar al Perú a comienzos de 1962, ingresó a trabajar como profesor y director del departamento de Ciencias So­ciales de la Universidad Agraria y, también, como profesor del departamento de Sociología en la Facultad de Letras de San Marcos. En esta etapa profundizó sus estudios e in­vestigaciones sobre la realidad peruana contemporánea. Algunos de sus ensayos y publicaciones serían: “La emer­gencia del grupo cholo y sus implicaciones en la sociedad peruana”, “Los movimientos campesinos en el Perú y sus líderes”, “Movimientos campesinos contemporáneos en América Latina”, “Imperialismo, clases sociales y Estado en el Perú 1990-1930”, “El Perú en la crisis de los años 30”, etcétera. Estos trabajos daban cuenta que había asumido con rigor su promesa de contribuir a la construcción de un pensamiento crítico y autónomo, en función de las ne­cesidades y urgencias de las luchas revolucionarias de los trabajadores y los pueblos.

A fines de 1965 se vio obligado a viajar nuevamente a Chi­le, ya con dos hijos, por razones de trabajo en la División de Asuntos Sociales de la CEPAL, donde permaneció has­ta comienzos de 1971. En esa etapa de su vida pudo viajar a distintas partes del mundo, para dictar conferencias y participar en incontables debates sobre América Latina. Retornó al Perú habiendo escrito dos trabajos acerca del gobierno revolucionario de las Fuerzas Armadas: “El golpe militar en el contexto peruano y latinoamericano” y “Na­cionalismo, neoimperialismo y militarismo en el Perú”. Aquí le esperaban nuevos desafíos para las décadas si­guientes. Aníbal sabía que al enfrentarlos tenía que vivir distintas experiencias de lucha y renovadas exigencias de carácter teórico, a fin de aportar a la construcción de la dirección política del conjunto de dominados y explotados por el capital y su Estado. A lo largo de su vida se encaminó por ese rumbo.

Lima, agosto de 2018.


[1] Profesor principal de historia de la UNMSM.

[2] Manuel Valladares Quijano, Yungay en la memoria. Lima: Pakarina Editores, 2011.

[3] Prólogo de Aníbal Quijano al libro de Claudio Augusto Alba Herrera, Influencia de José Carlos Mariátegui en Huarás-Ancash. Huarás: Comité Ciudadano Waraq Quyllur, 2016.

[4] Mario Vargas Llosa, El pez en el agua. Madrid:Alfaguara, 1991.