El neoconservadurismo a la peruana y los discursos evangélicos de éxito

Descargar PDF aquí

Lina Arenas Romero1Mg. en Políticas Sociales y Desarrollo Social por la Universidad de Mánchester. Psicóloga Social. Docente de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

La participación de los sectores más conservadores y recalcitrantes del país en la vida pública ha sido más visi­ble que nunca en estos últimos años. Esto en gran parte debido a la fuerte presencia mediática de quienes tienen mayor poder y liderazgo religioso, empezando por el (feliz­mente relevado) arzobispo de Lima, Juan Luis Cipriani, y pasando por los pastores más mediatizados, como Rodolfo González, Alberto Santana, o Julio Rosas, entre otros. A tra­vés de sus brazos políticos, legislativos, mediáticos y cul­turales, estos grupos siguen impulsando una agenda cada vez más nociva para los peruanos. En un contexto regional de franco viraje a la derecha, era de esperarse que el país, que venía ya siendo uno de los reductos neoliberales du­rante el ‘pseudo’ apogeo del progresismo, procure colgarse de discursos y narrativas que lo consoliden como hegemó­nico nuevamente.

El neoconservadurismo, como ideología, se caracteriza por defender a la democracia liberal, la política exterior agresiva, el individualismo político, el libre mercado, y por rechazar visceralmente al progresismo y los movimientos contracultura. Como término, de manera general, alude al ala dura. A diferencia del conservadurismo clásico, el neoconservadurismo tiende a prestar mayor atención a la cultura y a los medios masivos de comunicación, ya que cree que la sociedad se define a sí misma y expresa sus valores a través de ellos. Es en parte por esto que ve en la religión un medio de progreso para la sociedad y un importante vehículo para trasladar su mensaje, coincidiendo con ella en un mensaje exacerbado de la crisis cultural y moral que estaríamos viviendo en estos tiempos.

Es así que la agenda conservadora propone el uso de recursos más o menos tangibles para transmitir sus mensajes. Dentro de los recursos que impactan de una manera frontal y visible en la agenda pública está la incidencia y hasta ensañamiento en la gestación y desarrollo de deter­minadas políticas públicas, actualmente las relacionadas a equidad de género y salud sexual y reproductiva entre las más populares.

Sin embargo, lo más peligroso es que su retórica de ala dura no se conforma con gestionar la política pública, sino que además apela a lo más profundo del ser huma­no: al conjunto de creencias, normas y valores de los que echamos mano para entender el mundo social y con los que elaboramos nuestra propia interpretación de cómo la sociedad debería organizarse. El trasfondo de la herramienta es profundamente psicosocial, y por ello potente: moviliza desde dentro. Es por esto que el discurso religio­so, independientemente del credo, nunca falla. Ha sido históricamente un catalizador de movilización y transfor­mación social. La religión, así como las ideologías, tam­bién funciona como marco de referencia general desde la cognición social, que dicta de manera normativa la forma ‘correcta’ de organización del mundo. Aquí reside la real preocupación, esta forma de organización del mundo se traduce finalmente en querer orientar el deber ser del Estado, en buenas cuentas, orienta la política.

Ahora bien, las ideologías políticas conservadoras responden a necesidades emocionales, afectivas, y a otras nece­sidades psicológicas concretas, como la intolerancia a la ambigüedad, la reducción de incertidumbre y la necesidad de cierre, por lo que usualmente usan como recurso el empleo de prejuicios y discriminación a determinados grupos que escapan de sus normas2Jost, Glaser, Kruglanski, y Sulloway (2003) Political Conservatism as Motivated Social Cognition; Jost, Federico, y Napier (2009) Political Ideology: Its Structure, Functions, and Elective Affinities..

El conservadurismo político se expresa a través de la resistencia a los cambios sociales y la creencia general acerca de que la inequidad entre los seres humanos es justificable. Es en ese sentido que el con­servadurismo político ha estado vinculado siempre a la derecha ideológica, que en términos de Norberto Bobbio 3Bobbio, N. (1996) Derecha e Izquierda.se ha caracterizado por la naturalización de la inequidad, la resistencia al cambio, la defensa de las tradiciones y convenciones sociales, y al mantenimiento del status quo.

Evolución del discurso neoconservador y comunión evangélico-católica.

Volvamos a la efectividad del discurso religioso, que independientemente del credo, siempre ha estado al servicio de las derechas. Es innegable que en nuestro país la presencia de los sectores evangélicos, pentecostales y particularmente neopentecostales ha sido condición necesaria para echar combustible al discurso neoconservador y que este permee en muchas de las capas de la sociedad. Quizá tanto o mucho más que el de los católicos ultraconserva­dores. En el panorama actual el balance de recursos eco­nómicos, capacidad de movilización masiva, alta concen­tración de poder, sobretodo político, es considerable para estos grupos religiosos, que hace tan solo treinta años no tenían cabida significativa en la esfera política.

La inserción de los grupos evangélicos en la vida política de nuestro país ha sido progresivo. El recorrido histórico para entender cómo así logran instalarse en esta esfe­ra, bien lo recuentan Pérez Guadalupe y Amat y León en “Perú: los evangelios políticos y la conquista del poder”, último capítulo de “Evangélicos y Poder en América Latina”4Pérez Guadalupe, J. y Grundberger, S. (Eds) (2018) Evangélicos y Poder en América Latina., libro de lectura obligatoria para entender que existe una tendencia regional en el ascenso de estos discursos. Los autores narran cómo desde inicios del siglo pasado, agrupaciones evangélicas ya habían penetrado en la esfe­ra pública a través de misiones a lo largo y ancho del país, las mismas que buscaban principalmente el desarrollo de políticas sociales en salud y educación, mientras que en paralelo esta participación les iba dando mayor conoci­miento y legitimidad entre la población.

Pero no es sino hasta la década de 1980 que la evolución de la participación evangélica en la política se dispara, debido no solo al crecimiento de la población evangélica (que va de 2.5% hacia inicios de la década de 1970, hasta poco más del 15% en la actualidad), sino también a otros factores cla­ve, como la búsqueda norteamericana de aliados políticos evangélicos, o como el cambio a un liderazgo neopente­costal y conservador, en detrimento del evangélico pro­gresista que en algún momento se posicionó en la región. Cabe recordar que son los sectores neopentecostales, a di­ferencia de los evangélicos o pentecostales, los que desde los años 90 impulsan los nuevos discursos que hoy en día han cooptado la clase político popular y los mensajes que hacen incidencia en nuestras políticas públicas.

Un mensaje rentable

Un elemento común entre muchas de estas agrupaciones, es que son conducidas por líderes y pastores de clase media, dirigencia que “tendrá privilegios en cuanto al uso de los medios de comunicación, cuidará la imagen de éxito ministerial ante el público y traerá un nuevo mensaje de prosperidad, reencantamiento del mundo y empoderamiento del indivi­duo”5Idem, página 410..

La reflexión acerca de este mensaje que traen, es clave. Es clave también la audiencia del mensaje, que cala mayoritariamente en sectores populares, allí donde hubo organización social de base. El mensaje, llevado a través de pastores mediáticos, que ostentan poder económico y político, endulza a las masas con la promesa de éxito y seguridad, que a través del mantenimiento de una sociedad tradicional, provea de prosperidad a las familias.

El mensaje vende bien en nuestra sociedad. Es un mensaje rentable de capital político. Lo hemos visto con la asisten­cia masiva a las marchas de “Con mis hijos no te metas”; lo hemos visto con la gestación de Acción Cristiana, kit electoral adquirido el año pasado por el pastor Julio Rosas; lo hemos visto en las alianzas que hicieran muchos de estos sectores con Fuerza Popular en época electoral y posteriormente. Estamos presenciando cómo el mensaje fluye de arriba hacia abajo y viceversa: desde las movilizaciones masivas conservadoras anti ‘ideología de género’ hacia la opinión pública y a través de legisladores que desde dife­rentes bancadas, vigilan la sostenibilidad del proyecto de preservación del discurso neoconservador. El discurso está al servicio de esta recomposición ideológica conser­vadora y de derechas. La difusión del discurso garantiza su permanencia, y es hora de estar alertas a esta arremetida.


[1] Mg. en Políticas Sociales y Desarrollo Social por la Universidad de Mánchester. Psicóloga Social. Docente de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

[2] Jost, Glaser, Kruglanski, y Sulloway (2003) Political Conservatism as Motivated Social Cognition; Jost, Federico, y Napier (2009) Political Ideology: Its Structure, Functions, and Elective Affinities.

[3] Bobbio, N. (1996) Derecha e Izquierda.

[4] Pérez Guadalupe, J. y Grundberger, S. (Eds) (2018) Evangélicos y Poder en América Latina.

[5] Idem, página 410.