Maruja Martínez, amor y furia

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Eduardo Cáceres Valdivia[1]

Aun cuando su nombre haya sido casi olvidado, probablemente los lectores de esta breve crónica se han encontrado más de una vez con alguno de los productos que salieron de las manos de Maruja Martínez. Durante casi quince años fue la principal animadora de SUR, Casa de Estudios del Socialismo. Organizó seminarios, conferencias y debates. Editó 17 entregas de la revista Márgenes y más de 20 libros. Puso en marcha, con Cecilia Rivera, la edición crítica de las Obras Completas de Alberto Flores Galindo. Y, sobre todo nos dejó un extraordinario testimonio acerca del proceso vital que la llevó desde “el país de Jauja” a la militancia política, y desde ésta al redescubrimiento de sus propias raíces y el valor de los amigos, sin abandonar su terca apuesta por el Socialismo.

Maruja Martínez nació en Jauja en 1947, al filo de la década del “cambio sísmico”, según Eric Hobsbawn, la década en la cual, para el 80% de la humanidad, terminó la Edad Media. Esta pertinente referencia abre la reseña que en su momento hizo José Luis Rénique del libro de crónicas y testimonios que Maruja publicó en 1997 con el título de Entre el Amor y la Furia: “Si Hobsbawn traza con singular maestría los grandes trazos del momento excepcional en que los jóvenes del 68 transitaron hacia la madurez, Maruja Martínez se ubica en el polo opuesto, al interior del tráfago, en el nivel aquel en que las grandes tempestades estructurales tocan tierra afectando el curso mismo de la vida de los individuos.”

No viene al caso intentar reseñar un libro cuya riqueza está justamente en los detalles, las emociones, la fina e intensa descripción de personas y circunstancias. Desde la casa familiar y la hacienda, escenarios de “las vergüenzas”, hasta la antigua Facultad de Letras de la PUCP en la Plaza Francia, escenario de cuestionamientos y deslumbramientos; desde la participación en la marcha que clausuró para siempre “la cena del Cardenal” hasta la prisión por su militancia trotskista; el relato de cuenta de una búsqueda de sí misma que se resuelve siempre en un encuentro con los otros. Recordando sus experiencias en la prisión escribió: “siento que el estar del lado de los pobres, de los humillados, me resguarda”.

No solo la prisión fue dura, quizá lo fue más el curso que tomó la militancia: divisiones, dogmatismos, intolerancia extrema. Su renuncia a la militancia trotskista no fue, a diferencia de otros casos, la renuncia al Socialismo, ni siquiera a la militancia como tal. El reencuentro con Alberto Flores Galindo fue decisivo en muchos sentidos. Animada por la lectura de Buscando un Inca, lo buscó para pedirle orientación en relación con un tema que le daba vueltas tras su ruptura con el marxismo ortodoxo en su versión trotskista: los populistas rusos. De estos le atraían el radicalismo, su voluntad de ir al pueblo, en particular al campesinado, su crítica al determinismo marxista y el anti autoritarismo. Más allá de facilitarle lecturas y referencias, Tito Flores le abrió a Maruja un nuevo campo de militancia política, la militancia en la construcción de un proyecto cultural que intentase cubrir el vacío que dejaron los giros pragmáticos de las izquierdas peruanas en la década de los ochenta. Y que respondiese a los nuevos desafíos de una sociedad en transición evitando las tentaciones dogmáticas y simplistas.

En SUR, Maruja fue la militante. Pero no solo eso. Maruja nunca dejó de estar vinculada a un proyecto político partidario, en concreto a la Unidad Democrático Popular. Le atraía de la UDP no solo el que se ubicaba “a la izquierda” de Izquierda Unida sino su voluntad de construirse en los principales movimientos sociales del país. Más allá de su partido, para los jóvenes que resistían frente a los embates de la “anti-política”, Maruja fue en la década de los 90 un referente: así la recuerdan, seguramente, quienes aún militaron en el PUM en aquellos años y quienes se auto organizaron en movimientos y colectivos más bien autónomos en los años finales del fujimorismo: Amauta, Raíz, Democracia Estudiantil, etc.

Testimonio de soledad y amistades, de amor y furia, como bien dice el título, el mencionado libro no tenía un aire nostálgico. No pretendía dar lecciones, ni comparar un presente sombrío con el radiante pasado. Se trata de algo más simple y profundo a la vez, tal como escribe en el prefacio: «Primero pensé escribir los recuerdos. Y cuando me pregunté por qué hacerlo, no pude responder a mi propia pregunta. Como mi cultura provinciana no incluye psicoanalistas, tal vez esto no podía ser sino una especie de regreso a mí misma, una catarsis, o un intento de reconciliación con la propia vida».

Murió en Lima, el 3 agosto del año 2000, a pocos días de la épica Marcha de los Cuatro Suyos. Al igual que en la prisión, en las últimas semanas de su vida estuvo resguardada por muchos de los humillados, quienes junto con familiares, amigos, condiscípulos, velaron en torno a ella, recibiendo aliento para seguir adelante. Sus restos fueron cremados y sus cenizas regresaron a Jauja. Y por ahí sigue.


[1] Filósofo y militante del Partido Socialista.