Bajo la mirada del León (fragmentos)

Descargar aquí
Maaza Mengiste[1]

17.

NO LLEGABA LUZ desde la ventana arriba de su catre. El húmedo olor a moho se pegó a los pulmones del emperador. Únicamente los aullidos del perro, rascándose las menudas costillas contra las paredes de adobe durante el horario de comida, le permitían saber al emperador que había pasado otro día. Nadie hablaba con él, y solo unos cuantos se atrevían a mirar en su dirección; nadie se acercaba a su celda. Durante los primeros días de su encarcelamiento tuvo un visitante regular. Un oficial militar con el uniforme arrugado que entraba a la celda a zancadas y exigía conocer el paradero de un dinero que nunca existió.

—Lo tienes en una cuenta de banco en Suiza —insistía el oficial. —¿Dónde está el dinero? ¿Dónde? Tú sabes. Danos el número de cuenta.

Él lo miraba, confundido. No había ningún dinero. Por fin se le ocurrió preguntar, “¿cuánto dinero?”.

El oficial se mofó, después contestó. —Más de mil millones de dólares estadounidenses —su tono fue triunfante. —Pudo haber dado de comer a toda esa gente que dejaste morir de hambre.

Ahora fue el turno del emperador para mofarse, para clavar su vista en el uniforme del joven que estaba muy mal planchado. —¿Al menos sabes cuánto dinero es mil millones de dólares?

El oficial se fue refunfuñando descontento, apretando el cinturón sobre su panza. Después de un tiempo dejó de venir y el silencio aumentó.

El emperador permanecía sereno por horas, resollando con un sordo traqueteo en su pecho que se estaba haciendo cada vez más profundo. Se mantenía cubierto con una delgada cobija a pesar de que no hacía nada para protegerlo del frío, y dejaba que su mente vagara por décadas, hasta su victorioso retorno del exilio al término de la ocupación italiana en 1941. Moraba en aquellos días, reviviendo conversaciones olvidadas a medias y detalles que alguna vez no tuvieron importancia. Recordó la procesión al trono, a las mujeres que lloraban tan solo de verlo, y las increíblemente orgullosas y fieras miradas de sus guerreros mientras le daban la bienvenida de regreso a su tierra y a su corona.

El emperador arrastraba los pies dando vueltas por la estrecha celda, recreando su propio paso majestuoso. Iba saludando a los espectadores con la mano en el trayecto de su casa en el Jubilee Palace a las reuniones en el Menelik Palace, y buscaba, como era su costumbre, a los pequeños niños cejijuntos para que los guardias los alejaran de su vista. Cada día, hacía una caminata de una hora a su biblioteca, y se sentaba en una suntuosa almohadilla de terciopelo, afelpada y cepillada. El emperador Haile Selassie se paseaba por los pasillos de mármol hacia su trono real, evadiéndose de la humedad de las paredes de adobe y del indecoroso hedor de su propio cuerpo, dejando que su memoria se asomara al presente para desvanecerse luego en un glorioso sueño.

NO RECORDABA cuándo fue que lo transportaron de la base militar de la Cuarta División de regreso al Menelik Palace. Pero nunca olvidaría el viaje por las calles de Addis Abeba, y el hecho de que su ausencia no hubiera dejado ningún rastro. Nada de miradas vacías y sin rumbo como él había imaginado en los rostros de su gente, ninguna nostalgia por su regreso. La luz del sol era más brillante de lo habitual, le resultaba casi dolorosa y cegadora. Se escuchaba una sinfonía vertiginosa de camionetas y taxis, de caucho y metal raspando el asfalto, de carretas de madera lanzando piedras, el chillido estridente de los vendedores callejeros. Había olores: eucalipto e incienso, naranjas y gases de escape. Todo esto estaría ahí por siempre. Etiopía seguiría ahí, muy a pesar de su ausencia.

Por un momento se sintió abrumado por la pura fuerza de la vida y la energía en este país que tanto amaba. Deseaba abrazarlo, abrir sus brazos y permitir que los niños corrieran hacia él, permitir que hombres y mujeres besaran sus manos. Si tan solo hubiera podido, se habría detenido lo suficiente como para que la gente lo saludara inclinando las cabezas y permaneciera postrada frente a él, y él habría dado su bendición a todos y cada uno de ellos, y habrían llorado juntos. Por delante y pisándole los talones, iban los soldados que lo conducían del pequeño cuarto de adobe, donde había pasado unos meses, a un pequeño Volkswagen, resguardado por soldados fuertemente armados que ni siquiera volteaban a verlo.

En el coche, quiso preguntar al guardia que estaba junto a él adónde lo llevaban, pero un oficial impecablemente vestido volteó desde el asiento delantero y le echó la luz de una linterna en la cara para silenciarlo, haciéndolo derramar tantas lágrimas que el cuello de su mugrosa chamarra quedó empapado. Nadie volvió a hablar durante el resto del viaje. Entonces miró por la ventana, su vista ensombrecida por la silueta del rígido guardián, y llegó a ser el único en esta ciudad olvidada por dios que añoraba que el rey de reyes gobernara supremo una vez más.

Lo llevaron al gran salón que alguna vez perteneció a la finada emperatriz Zewditu. La enorme habitación había sido despojada de todos los muebles y en su centro quedaba únicamente un catre con sábanas delgadas. Del otro lado de la puerta, triplemente cerrada y encadenada, estaban apostados los soldados. El miedo que les causaba era desgarrador y se sumaba a su soledad y a la magnitud del espacio vacío en el que se encontraba atrapado. Cada vez que entraban a la habitación, escoltando a su viejo criado con la comida, caminaban de espaldas, doblemente armados y con lentes oscuros. Se apresuraban a salir, demasiado temerosos para echar siquiera una mirada en su dirección. Los gemidos lastimeros de su viejo león, Tojo, lo arrullaban para dormir. El emperador intentaba dejar en el olvido el jardín afuera de su ventana en el que ya no le estaba permitido pasear. Bajo el agobio de su soledad, las horas, los minutos y los segundos se desdibujaban, transcurriendo paulatinamente como un río pausado y moribundo.

36.

EL CORAZÓN HUMANO, HAILU SABÍA, puede detenerse por muchas razones. Es un músculo hueco y frágil, del tamaño de un puño, en forma de cono, dividido en cuatro cámaras separadas por una pared. Cada cámara tiene una válvula, cada válvula tiene un conjunto de aletas tan delicadas y ligeras como alas. Se abren y cierran, se abren y cierran con regularidad y organización, aleteando contra las corrientes de sangre. El corazón es simplemente una mano que se ha cerrado alrededor de un espacio vacío, contrayéndose y expandiéndose. Lo que mantiene vivo al corazón es el constante e incesante acto de ser presionado, y la anticipada respuesta de empujar de vuelta. La presión es la fuerza vital.

Hailu sabía que un cambio en el corazón puede detener el latido, puede inundar las arterias con demasiada sangre y ocasionar un violento dolor a su dueño. Una repentina sacudida puede modificar y encimar una palpitación sobre la otra. El corazón puede atacar, palpitar sin descanso en las paredes del esternón, puede hincharse y apretar implacablemente contra los pulmones hasta lisiar a su dueño. Estaba consciente del poder y la fragilidad de esta cosa que sentía golpeando ahora contra su propio pecho, veloz y estrepitoso en la habitación vacía. Un latido, el primer espasmo y empujón de un corazón, Hailu sabía, era generado por un impulso eléctrico en un pequeño manojo de células plegadas a un costado del órgano. Pero el ritmo de los latidos sincopados se ve afectado por el sentimiento, y nadie, y mucho menos él, podía comprender el repentino, impulsivo y persistente control que las emociones juegan sobre el corazón. Alguna vez había visto morir a un joven paciente de lo que su madre insistía que era un corazón roto, que por fin había colapsado sobre sí mismo. La pérdida del ritmo puede derrumbar al hombre. Un corazón sano puede ser detenido por casi cualquier sentimiento: esperanza, angustia, miedo, amor. El corazón de la mujer es más pequeño, incluso más frágil que el del hombre.

No sería tan sorprendente entonces que la joven hubiera muerto. Hailu simplemente habría señalado a su corazón. Eso bastaría para explicarlo todo.


[1] Escritora etíope, actualmente radica en Estados Unidos. Su novela Bajo la mirada del león, publicada en inglés en 2010 y traducida a varios idiomas, entre ellos el castellano (México: La Mirada Salvaje, 2015) fue considerada en el top 10 de las novelas africanas contemporáneas por The Guardian. Ha publicado sus textos en medios como The New York Times, Lettre Internationale, Granta, entre otros. Véase: www.maazamengiste.com. Los fragmentos aquí presentados pertenecen a la primera novela de Mengiste y se publican gracias al acuerdo con la editorial mexicana La Mirada Salvaje (www.lamiradasalvaje.info). Traducción del inglés: Anna Styczynska.