La huelga magisterial y sus lecciones

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Ramón Pajuelo Teves[1]

La huelga magisterial que, al cierre de la presente edición de Ojo Zurdo, acaba de culminar después de casi tres meses, ha sido uno de los más importantes movimientos sociales ocurridos últimamente en el Perú. Contra todo pronóstico, una protesta regional de docentes iniciada en Cuzco el pasado 15 de junio, se expandió hasta convertirse en una de las huelgas de mayor alcance en lo que va del período de hegemonía neoliberal vigente en el país desde los 90s.

Entre otras cosas, la huelga ha evidenciado la incapacidad de un régimen que parece extraviado en el desierto. La ausencia de diálogo y negociación sincera por parte del gobierno, la acusación macartista de que la huelga era una simple fachada del “terrorismo”, así como maltratos injustificados a los maestros en las calles, no hicieron más que avivar las llamas, expandiendo así la magnitud de la protesta, y beneficiando a los sectores más radicales al interior del gremio magisterial.

Producto de la huelga, la hegemonía del SUTEP controlado por Patria Roja como único gremio magisterial del país, parece haber llegado a su fin. Junto a ello, la paralización docente ha expuesto el fracaso de sucesivas reformas neoliberales de la educación. Además, la huelga permitió ver el accionar de una izquierda que, si bien logró tejer diversos vínculos de apoyo a los docentes, parece resignada a ser fundamentalmente una izquierda electoral, bastante desvinculada de los procesos de movilización social anti neoliberales existentes hoy por hoy en el país. Ello contrasta con el preocupante posicionamiento de sectores radicales, interesados en ganar terreno político a través del control y direccionamiento de las luchas sociales. Pero la huelga también mostró la contundencia, legitimidad y autonomía de las justas demandas magisteriales, hecho evidenciado fundamentalmente por la lucha ocurrida en Cuzco.

El contexto: La educación como promesa de futuro y progreso

La educación ha sido, es y seguirá siendo un ámbito decisivo de la lucha social en el país. Durante siglos, el control del acceso a educación formal fue uno de los principales ingredientes de la dominación social y cultural de raigambre colonial. El resultado de ello fue que la posibilidad de educarse, aún en los niveles básicos de lectoescritura, se convirtió en privilegio de una minoría. El Estado republicano fue incapaz de cambiar esta situación, convalidando más bien las desigualdades basadas en las diferencias educativas. Muestra de ello es que el acceso a ciudadanía, el derecho fundamental para ser considerados peruanos, se vio restringido durante largo tiempo por el requisito de saber leer y escribir, entre otros.

Por esa razón, desde inicios del siglo XX, como parte de una indetenible modernización y democratización social ocurrida a lo largo y ancho del país, la educación se convirtió en un ingrediente estratégico de la lucha social por acceso a derechos, bienestar y progreso. Esta lucha fue realizada fundamentalmente desde abajo, al margen del Estado, en base al esfuerzo de los más humildes (en muchos lugares fueron los propios campesinos y pobladores quienes construyeron escuelas y contrataron maestros, a pesar de la oposición de los hacendados y la incapacidad estatal).

Un año clave en la lucha del pueblo peruano por educación fue 1972. Con la creación del SUTEP, por primera vez los maestros (y junto a ellos los estudiantes y sus familias) contaron con un gremio de alcance nacional reconocido por el Estado. Fue así que en las décadas posteriores, el SUTEP protagonizó importantes jornadas en defensa de la mejora educativa, así como de condiciones laborales dignas para los maestros. Esas luchas otorgaron al gremio una amplia legitimidad, incentivando además una sólida conciencia magisterial (el famoso “clasismo” docente). El SUTEP pasó a convertirse, de esa forma, en un símbolo de los anhelos del pueblo peruano por educación.

Toda esa historia de movilización social por la educación como promesa de futuro, no ha terminado. Ocurre lo contrario. Actualmente, la educación sigue siendo el gran sueño, la gran esperanza de futuro de los peruanos más humildes y desfavorecidos. Resulta escandaloso constatar, por ello, que luego de casi tres décadas de sucesivas reformas neoliberales en educación, persiste una situación crítica, con sueldos de miseria para los maestros, así como severos problemas de infraestructura, gestión y calidad de la enseñanza. Los maestros peruanos no solo se encuentran entre los peor remunerados de la región, sino que soportan un severo desprestigio de su condición docente, aunado a la precaria condición laboral que incluye un número elevado de contratados (cerca de 40% del total).

La huelga del 2017 y la ineptitud del gobierno

Desde que los docentes cuzqueños liderados por Ernesto Meza Tica convocaron a una huelga regional desde mediados de junio, el llamado de alerta pudo ser escuchado por el gobierno. Pero estamos frente a un régimen que rápidamente, en apenas un año de gestión, ha llegado a perder casi todos los radares, al punto de no ser efectivo ni siquiera para asegurar la continuidad del rumbo de crecimiento neoliberal. En vez de sentarse a negociar y escuchar el clamor de un profesorado regional abandonado a su suerte durante muchos años, ampliamente respaldado además por la sociedad cuzqueña, la ministra de Educación Marilú Martens, prefirió escuchar a sus asesores, los cuales parecen ver en toda manifestación de descontento social una expresión de “terrorismo”. En realidad, lo que la huelga cuzqueña mostró desde el inicio, fue el desborde de una pequeña dirigencia politizada, por parte de un amplio movimiento de maestros de base respaldados por su gente (padres de familia y, en general, el pueblo cuzqueño, hartos del evidente deterioro educativo).

Ante la contundencia de la huelga cuzqueña, otros sectores del magisterio, como el propio SUTEP y diversos grupos enfrentados a Patria Roja desde hace años por el control de la organización magisterial, trataron de amplificar la paralización, convocando a una huelga de alcance nacional. El SUTEP oficial fracasó en dicho intento, pero no otros sectores que debido a su presencia en bases regionales lograron convocar a una lucha convocada en contra del propio SUTEP controlado por Patria Roja. Se acabó de generar, así, lo que puede ser visto como una huelga en cascada.

Esto abrió paso a un segundo momento, de expansión de la huelga y posible negociación, pero nuevamente el Estado, representado por una ministra de Educación demasiado pituca, y demasiado limeña para ver con otros ojos el resto del país, prefirió seguir viendo “terroristas” por todos lados. Solamente el incremento de la huelga, que fue creciendo rápidamente con el paso de los días, obligó a la ministra a intentar negociar, aunque luego del papelón de decir que los responsables de ello eran los gobernadores regionales. Lo que vimos después fue un Ministerio de Educación completamente incapaz ante el incremento de la huelga, y a una ministra completamente desorientada, cercada ante una huelga creciente y la amenaza de una interpelación parlamentaria.

Fue necesario el espaldarazo de los representantes de las bancadas del Congreso, a fin de empezar negociaciones reales. Durante días cruciales posteriores a un primer acuerdo con los representantes del Cuzco y otras regiones, lo más previsible era el declive paulatino de la huelga. Sin embargo, debido a las patinadas de la ministra, incapaz de manejar políticamente las cosas, el gobierno terminó completamente arrinconado ante la continuidad de la lucha magisterial. El resultado fue una inesperada crisis política, salpicada por las “metidas de pata” del propio Presidente Kuczynski, el intento de renuncia de la ministra Martens, así como los conflictos con la política de “mano dura” empujada por el ministro del Interior Carlos Basombrío.

Mientras que el magisterio de Cuzco decidió responsablemente acatar el llamado de sus bases y padres de familia a reanudar las clases, el resto del movimiento magisterial de las regiones opuestas al SUTEP oficial prefirió continuar con la medida. Contra todo pronóstico, entonces fue el magisterio limeño que empezó a sumarse con mayor ahínco a la huelga, terminando de convertir a la Plaza San Martín en el símbolo de la más importante movilización social de las últimas décadas en el país.

El término de su huelga fue festejado con algarabía en el Cuzco, mientras que en el resto del país el liderazgo del docente cajamarquino Pedro Castillo Terrones fue ganando cada vez mayor respaldo. Producto del caótico manejo gubernamental de la huelga, vimos las idas y vueltas de una patética negociación entre los representantes del Ejecutivo y los dirigentes magisteriales previamente desconocidos como interlocutores, acusados de ser fachada de Sendero Luminoso.

Algunos avances disminuyeron la tensión, pero no resultaron suficientes para el levantamiento de una huelga que fue mostrando diversos frentes organizativos. Al tiempo que se hacía evidente la tozudez de una dirigencia más bien interesada en desplazar al SUTEP oficial, se notó que la huelga no respondía completamente a una sola dirección. Así, siguió manteniéndose a escala nacional, con la sola excepción del Cuzco, durante días de punto muerto en las negociaciones. El liderazgo de Pedro Castillo se fue consolidando todavía más, en tanto que la precaria negociación se rompió completamente, mostrando la ausencia de diálogo real por parte del gobierno, pero también la utilización de la huelga por parte de una dirigencia extremista, aupada bajo el protagonismo de Castillo. Fue evidente que lo que buscaban era fundamentalmente quebrar la ascendencia magisterial del SUTEP, generando así una nueva organización docente de alcance nacional. De otro lado, las manifestaciones de los maestros en las calles de diversos distritos de Lima, así como en otras ciudades del país, siguieron mostrando el arraigo de la huelga, así como el nacimiento de un nuevo liderazgo magisterial de alcance nacional.

Desenlace, lecciones y perspectivas

El final de la huelga ocurrió debido al inevitable desgaste de la lucha, en medio de una situación de entrampe de cualquier negociación. Fue un sector de las bases regionales el que empujó hacia lo que puede ser visto como una tregua temporal de su medida de lucha. Al fin y al cabo, a esas alturas de la huelga, lo que más interesaba al sector de dirigentes más radicalizado, era mostrar que habían logrado desplazar al SUTEP. Pero la inmensa mayoría de maestros de base mostró cansancio con una huelga que era conducida claramente hacia otro lado, más allá de lo estrictamente magisterial. Así, la finalización de la huelga fue resultado de una división entre distintos grupos regionales, al interior del flamante gremio encabezado por Castillo. Porque no es cierto, como quisiera el extremista ministro del Interior Basombrío, que todo el movimiento magisterial es una simple caja de resonancia del regreso del senderismo. Lo ocurrido, más bien, es la expresión de un amplio y legítimo movimiento de renovación de la organización magisterial, luego de décadas de control partidario del SUTEP y deterioro general de la educación. Que en ese contexto distintos sectores radicalizados de maestros afectos a CONARE, MOVADEF y otros, hayan encontrado una posibilidad de avanzar en sus fines de legitimación política, es justamente resultado del fracaso de las reformas neoliberales en educación, así como de la absurda política represiva de ministros como Basombrío.

Cabe adelantar, a manera de cierre, algunas ideas adicionales para el debate y la reflexión. En primer término, es importante notar que la dinámica de la huelga no respondió a una convocatoria unitaria de alcance nacional. Por el contrario, se trató de una paralización en cascada, iniciada en el Cuzco y que pronto se expandió hacia regiones como Puno, Ayacucho y Junín, para luego abarcar al resto de regiones, incluyendo a Lima. Esto muestra el colapso de la legitimidad y arraigo que anteriormente tenía el SUTEP. La flamante dinámica territorial de la huelga, ha dejado en evidencia que la antigua unidad sindical, o al menos la hegemonía del SUTEP oficial, ha cedido lugar a una fuerte regionalización de la organización magisterial en el país. Esto es consecuencia de décadas de control corrupto del gremio por parte de Patria Roja, y muestra que toda una etapa de la historia del SUTEP como exclusivo gremio magisterial ha llegado a su término.

En segundo lugar, la huelga muestra el acumulado de descontento, así como la ausencia de una plataforma unitaria y legítima de agremiación en el magisterio peruano. Décadas de progresivo deterioro de la condición docente, transcurrieron en paralelo a la pérdida de presencia y legitimidad del SUTEP controlado por Patria Roja. El descontento magisterial ha resultado expresado por diversas plataformas y dinámicas sindicales. Pero la fragmentación del SUTEP no ha sido la causa, sino más bien el resultado de esta huelga. El antecedente de ello es una década de crisis del control político del sindicalismo magisterial, ante cuyo deterioro se han abierto nuevas disputas de poder organizativo e ideológico. En este contexto, sectores radicales pugnan por desplazar a Patria Roja, pero también se ha dejado notar, en el Cuzco, un movimiento autónomo y democrático, con liderazgos ampliamente legitimados, en medio de un escenario de movilización regional canalizado por las hondas expectativas de futuro y progreso que aún despierta la educación.

En tercer lugar, la huelga ha dejado expuestos problemas y riesgos de fondo en el manejo de la educación. Destaca el endémico abandono de la enseñanza pública por parte de un Estado apegado a su ortodoxia neoliberal. Asimismo, el absoluto fracaso de sucesivas reformas educativas que han pauperizado la condición docente sin mejorar significativamente el nivel de aprendizaje. La desarticulación del SUTEP como gremio nacional, ha abierto paso al surgimiento de nuevas dinámicas sindicales regionales, las cuales muestran la ausencia de representación de la inmensa mayoría de los maestros. En relación con esto último, puede apreciarse la avanzada de sectores radicales que han encontrado en el deterioro de la representación magisterial una oportunidad para ganar terreno político, a través de la abierta disputa por el control del gremio. En este escenario, es una irresponsabilidad del gobierno tratar a los maestros como “terroristas”, demostrando incapacidad de negociación real, y privilegiando una política represiva ante las protestas sociales, haciéndole así un enorme favor a los sectores radicales más extremistas.

En relación a esto, un cuarto aspecto a mencionar es el nuevo escenario de la organización magisterial como espacio de disputa política. En el nuevo terreno trazado por el resultado de la huelga, se definirá en los siguientes años no solo el destino de la organización magisterial del país, sino de la izquierda en su conjunto. Será un espacio para que los sectores recalcitrantes (incluyendo a MOVADEF, CONARE y otros aparatos del senderismo sin armas) intenten seguir ganando bases y efectivo control del movimiento, haciendo política efectiva más allá de lo magisterial. Será también un espacio de disputa para el actual SUTEP arrinconado y deslegitimado. Y será, además, un espacio frente al cual el resto de las izquierdas también tendrá que disputar posicionamiento y posibilidades de acción política más allá de lo electoral.

Tras bambalinas de la presente huelga, se aprecia el absoluto fracaso de sucesivas reformas neoliberales de la educación, empujadas “desde arriba” por la privilegiada tecnocracia estatal, incapaz de convocar efectivamente a los propios maestros de aula. Junto a ello, varias décadas de manejo mafioso del gremio, terminaron por deslegitimar al SUTEP frente a maestros doblemente abandonados: Por el Estado y por su propia plataforma sindical. Sin embargo, a pesar de la crónica desatención estatal y el incremento de negocios privados en educación, millones de estudiantes y más de trescientos mil maestros, siguen mostrando que el sector educativo mantiene su carácter estratégico, de cara al futuro del país en su conjunto. La educación sigue cobijando los sueños de progreso y bienestar de la inmensa mayoría de peruanos.


[1] Investigador del IEP y Director de Ojo Zurdo.