La flor en el mar

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Sr. Flavio[1]

Los locales saben. Por eso jamás ocupan aquella posición en el pico de la rompiente. Al costado de la escollera rompe una ola, derecha asombrosa, beneficio de las corrientes que forman un canal paralelo al espigón, pero ese preciso lugar, a unos pocos metros de las rocas cubiertas de mejillones y musgo que flanquean el lado izquierdo del murallón de los pescadores, jamás está ocupado. Los locales dicen que allí aparece una flor marchita flotando. Es un mal presagio. Aunque la saquen, la flor vuelve a aparecer, una y otra vez. Cuentan que la aparición ocurre siempre después de una fuerte sudestada de días. Es una flor maldita, dicen en la playa. Amancio, un surfista veterano de la bahía, conoce la historia que maldijo el lado norte de la escollera de los pescadores.

Hace muchos años atrás, cuando era un niño y todavía mi viejo vivía, íbamos papá y yo, sin las mujeres de la familia, casi todos los sábados por la mañana a la escollera norte, siempre y cuando el frío nos permitiera quedarnos. Mi viejo, aficionado a la pesca, yo no surfeaba aún pero ya quería intentarlo, era muy chico. Me gustaba observar al viejo cómo acomodaba y armaba con suma paciencia el equipo de pesca y después el mate caliente. Cerca de donde él se instalaba de cara al océano, yo me quedaba la mayoría del tiempo andando en un skate que había armado con un cacho de madera que me regaló papá y dos piezas de metal con ruedas de un patín partido que le saqué a mi hermana. Le habíamos dado juntos la forma de una tabla de surf.

Había una calzada paralela al borde de la escollera que concluía en una pendiente estrecha: pasaba horas allí. Jugaba en el concreto, hacía como si estuviera surfeando grandes olas en mi skate. Copiaba la posición y el estilo de los surfistas que había visto en una revista americana que trajo un primo de la capital. De vez en cuando miraba a papá con el dedo posado en la tanza de la caña, el mate humeante en la otra mano, su mirada tranquila de ojos verde claro tristes y distantes, atentos al mar, aguardando que algún pez caiga en el señuelo mortal de lombrices atravesadas por anzuelos a lados. Me daba la sensación que papá pensaba miles de cosas a la vez mientras pescaba, dándole vueltas y vueltas a todo, masticando nostalgia. En casa las cosas no estaban bien entre mi mamá y él, pero en aquellos momentos yo no me daba cuenta. Mi viejo era juez y estaba la mayoría del tiempo muy ocupado en sus responsabilidades. Los únicos momentos de distensión que recuerdo eran precisamente las mañanas de sábado en la escollera norte yendo a pescar. Algo triste y distante pero era un buen tipo.

—¿Y…? ¿No hay pique hoy, pa…?

—Vamos a ver, no hay que desesperarse. Tomá… ¿no querés un matecito caliente?

Dejé mi skate por un rato y me puse a trepar las rocas que se interponen entre el murallón de cemento y el mar. Debía tener mucho cuidado porque estaban todas cubiertas de mejillones cortantes y musgo resbaladizo. Papá sin sacar la vista del mar y el dedo de la tanza, me dijo “Tené cuidado, Amancio”. De repente encontré algo que me llamó muchísimo la atención y me asustó. Había una cruz empotrada en una piedra. Estaba ubicada cabeza abajo. Llevaba una inscripción borrosa hecha con pintura roja. Me dio el aspecto de un mausoleo lúgubre. No era clara la escritura, pude leer que decía: “Aquí murió trágicamente Amanda T… Malditos todos los…”. El resto eran unos garabatos imposibles de descifrar, tampoco es que había mucho más, lo poco que pude leer estaba borroneado por el paso tiempo, y mal escrito. Una maldición. Jamás había visto nada semejante en la escollera. Me daba mucho miedo a la vez que me despertaba un montón de intriga, quería saber más, ¿qué había pasado verdaderamente aquí?

—Es un epitafio apócrifo, una maldición, sugiero que te alejes de este lugar…

No entiendo cómo apareció este pescador, de repente sentado allí con una lata llena de tierra y lombrices, entre sus manos sucias de barro, su tono de voz era muy tenue, me costó escucharlo, pero lo entendí. Sin mirarme tomó una lombriz que eligió al azar de la lata de tierra, con la otra mano perforó el cuerpo del animal con el anzuelo —la lombriz se retorcía—, volvió a hablarme sin abrir demasiado la boca, esta vez pude notar que tenía dos dientes grises y picudos, uno arriba, otro en las encías de abajo:

—Yo te diría que te alejes de allí…

—Pero… ¿cómo llegó usted aquí si yo no lo vi…?

—Que te vayas….

Su voz me dio miedo. Miré a papá buscando complicidad pero estaba completamente abstraído en el mar y su caña.

—Parece que sos obstinado, pibe… ¿Querés saber, entonces, lo que pasó realmente…? Este lugar está maldito. Hace unos años acá pescaba un gitano que traía siempre a su hija para que lo acompañe. Un día la niña, distraída por unos tablistas que algo le decían entre risas, parecía que se estaban burlando de ella. Ella que no comprendía. Se acercó más y más al peñón aquel que desemboca abruptamente en el mar, y resbaló entre las piedras por el verdín, cayendo directamente al agua. Nunca más volvió a la superficie. Se la engulló la escollera y el mar, a Amandita. El gitano desesperado gritaba y estaba por tirarse al agua pero alguien se lo impidió. Los pocos que estaban allí y presenciaron lo que pasaba seguro pensaban que los tablistas la socorrerían, que la buscarían, hubieran tenido tiempo y posibilidades de rescatarla, pero no solo no hicieron nada por ella para ayudarla, sino que por el contrario se asustaron porque el mar se comportó de forma rara y huyeron de la zona remando rápidamente. Por la fuerza, los de la escollera no dejaron que el gitano se tirase al agua, decían que hubiera sido otra muerte segura. El gitano lloró y gritó. Mirando al cielo y después al mar lanzó una maldición a los tablistas en un idioma desconocido. Todo el espanto, la desesperación y la repugnancia, marcados en su rostro. Después se calmó un poco y parado sobre la última roca, lanzó una flor al mar, sellando la maldición perpetua a todo tablista que allí se acerque a partir de ese momento. Nunca más se lo vio al gitano, nadie supo nada de él. A los dos o tres días apareció un mausoleo para la pobre Amandita junto a una leyenda de maldiciones inscriptas en la piedra.

El hombre cesó su relato, levantó la vista oscura clavándola en mis ojos; me dio mucho miedo y salí corriendo hacia donde estaba papá sentado.

—¿Con quién hablabas Amancio? —preguntó papá, una sonrisa dibujada en su rostro, había enganchado una corvina negra.—

Con nadie, pa… eh… bueno, sí… con ese viejo que estaba ahí… —boquiabierto pude ver que el viejo ya no estaba.

—Dale boncha, si ahí no hay nadie, ¿hablas solito ahora?

Hoy todos los surfistas que conocemos estas playas del sur sabemos que en esta parte de la escollera no se puede uno meter al agua, porque allí donde está la flor en el mar, flotando misteriosa y solitaria, las manitas de una niña de ojos blanquecinos, que vienen desde el fondo del océano intentarán abrazarte de muerte para llevarte a las profundidades oscuras.


[1] Flavio Cianciarulo, bajista del grupo Los Fabulosos Cadillacs. El presente texto es un Fragmento de Surfer calavera, primera novela del Sr. Flavio publicada por Piloto de Tormenta. Ojo Zurdo agradece a la editorial por la autorización.