La unión del Campo Nacional-popular

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José Ramírez Mendives1Estudiante de Derecho de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega. Gramsciano y Mariateguista.

Función elemental del partido

Toda lucha política tiene como finalidad la disputa del poder político. Para ello, es importante tener en claro que toda organización o partido político que busca el poder debe contener elementos que la ayuden a cumplir sus obje­tivos. Dentro de esos elementos tenemos a dos fundamen­tales: la estructura y la unidad. Toda organización política debe contener una estructura en la que sus miembros o integrantes confluyan entre sí de forma ordenada y sistemática. Por otro lado, la unidad en toda organización es tan importante como la estructura, porque hará que estos mismos integrantes articulen sus demandas y exigencias de forma colectiva. Hasta aquí hemos podido observar que el partido político tiene un rol importante desde las esfe­ras internas de su estructura elemental. ¿Cuál es el rol del partido político en la esfera externa, es decir, la sociedad, el pueblo o como lo vamos a denominar en estos momen­tos, el campo nacional-popular?

Todo partido político que busque la disputa del poder debe tener en cuenta que las acciones internas deben ser reflejadas en las acciones externas; es decir, que la búsqueda de la consolidación a través de la estructura ordenada del partido y de su unidad práctica debe también primar en el campo de lo nacional y popular. ¿Cómo lograrlo? A través de la unidad.

Las nociones de clase en la posmodernidad se han ido perdiendo, solo para insertar nuevos mecanismos de luchas colectivas que tienen como propósito una exigencia en el plano social; es decir, que dichas luchas no buscan, en la mayoría de los casos, la disputa por el poder y la hege­monía. Dentro de las sociedades posmodernas coexisten diversas luchas, diversas demandas y diversos conflictos de intereses. Todas estas pequeñas luchas están micro-or­ganizadas en colectivos o movimientos sociales. Sin em­bargo, pese a su organicidad, muchas de ellas no están en confluencia con otras luchas, debido a que no existe de por medio una unidad, o no existe un intermediario que las ar­ticule. Aquí entra a tallar una de las principales funciones del partido político: la unidad del campo nacional-popular.

Antonio Gramsci, filósofo marxista italiano del siglo pa­sado, en su análisis de relaciones de fuerza encontró enla conciencia política una forma elemental para alcanzar la unidad del campo de lo nacional y popular; es decir, la consolidación de la sociedad en su conjunto.

Gramsci planteaba la existencia de tres tipos de concien­cia política: la conciencia económico-corporativa, la polí­tico-jurídica y la hegemónica. En la primera las demandas solo pretenden satisfacer una necesidad coyuntural. Por ejemplo la exigencia de mejores condiciones laborales de un sindicato frente a su empleador. En la siguiente con­ciencia, la política – jurídica, las exigencias ascienden al plano gubernamental; es decir, la unión de diversos acto­res con pretensiones en común, hace posible algunas re­formas estatales, por ejemplo la CGTP (la unión de todos los sindicatos del Perú) reclamando al estado la deroga­ción del nuevo Plan Político Nacional de Competitividad y Productividad. Finalmente encontramos el último y más alto peldaño de la conciencia política denominada con­ciencia hegemónica, en la que todos los actores que antes reclamaban por separado sus exigencias frente al gobier­no ahora lo hacen como un bloque. Las diversas fuerzas se convierten en un nuevo sujeto político, en la que ya no solo se demandan pequeños cambios en el estado, sino que se busca disputar el poder a través de la creación de un nuevo proyecto de nación. Es la fase de la conciencia política en que la ideología existente se vuelve partido, en que la conformación de todos los actores hace posible la unidad intelectual y moral capaz de reformar las bases estructurales y superestructurales (relaciones de produc­ción y cultura) de la sociedad. La hegemonía entonces, di­ría Gramsci, es la suma de fuerzas del pueblo, en la que los intereses nacionales son ejecutados a través de la direc­ción de la voluntad colectiva nacional-popular.

El partido o, como lo denominaría Gramsci, el Príncipe, es quien debe articular las diversas demandas de los actores políticos que se desenvuelven constantemente dentro de la esfera de lo público. Su función principal es la unidad del campo nacional-popular, y para ello debe contener to­das las fuerzas que emanan de la sociedad en su conjunto. Esto solo será posible en base a ciertos aspectos como los que a continuación se detallan:

1) Construir consensos con los diversos actores políticos de la sociedad.

2) Construir una agrupación armónica en la que los ac­tores políticos puedan ceder pequeñas exigencias no esenciales con el fin de convivir pacíficamente.

3) Disputar el poder político a través de la creación de un nuevo proyecto de nación. El fin supremo del partido, entonces, no es más que la articulación de todas las demandas de los actores políticos dentro de la socie­dad con la finalidad de disputar el poder. Decimos la articulación de las diferentes demandas para también referirnos a la canalización de la indignación general. Con ello queda definida la principal función del parti­do político frente al pueblo.

El antagonismo dentro del campo nacional-popular

Sabemos por experiencia, y también como lo habíamos mencionado antes, que en la era de la posmodernidad existen diversas luchas, diversas causas y diversas demandas. En el Perú esto empezó con la llegada del neoliberalismo y la instauración del régimen político de la Constitución del 93, que daría lugar a la fragmentación de la sociedad en múltiples actores, desde el denominado “independentismo político” hasta los variados colectivos que, a menudo, lu­chan por cambiar un sector del Estado a su conveniencia.

Alberto Fujimori, quien fuese presidente del Perú en el periodo entre 1990–2000, inició el neoliberalismo en el Perú. Lo institucionalizó de tal manera que significó el quebrantamiento de todos los sectores populares del país, debilitando los sindicatos, persiguiendo a los docentes y arremetiendo contra los trabajadores en general. Desde sus orígenes el neoliberalismo ha causado la división del campo nacional-popular. Y esto es difícil de superar en cuanto el neoliberalismo sea el abanderado del nuevo pro­yecto de nación, porque ha tomado partido antes que las clases populares dirigidas por el Príncipe moderno, es de­cir el partido político.

Si el neoliberalismo quiere decir división de clase, enton­ces partimos aquí para comprender el fenómeno del ac­tivismo social, en que la sociedad está compuesta por el choque de proyectos enfrentados antagónicamente (como dirían Chantal Mouffe y Ernesto Laclau). Ya no se trata de la dialéctica como la conocíamos en el mundo polarizado de la guerra fría, en la que dos modelos económicos im­perantes se enfrentaban mutuamente. Ahora se trata de múltiples demandas que, muchas veces, no exigen esen­cialmente el proyecto deseado por la izquierda política.

Digamos, por ejemplo, que en la realidad práctica perua­na, muchos colectivos exigen el cese a la contaminación ambiental, la lucha por la igualdad de género, los derechos de los estudiantes y trabajadores, etc. Sin embargo, mu­chas de estas exigencias aún no se encuentran politizadas o, mejor dicho, envueltas en el proyecto de nación de la nueva izquierda política. Entonces muchos de ellos no se unen como tal para demandar el cambio total del Estado, o exigir una nueva Constitución, sino solo se mantienen suspendidos en el ámbito económico-corporativo y hasta el político-jurídico. Las agendas de estos actores políticos muchas veces no coinciden entre sí. Los principios de la lucha por la igualdad de género, por ejemplo, dictaminan la deconstrucción de la cultura machista, sin embargo no conciliarían en ocasiones con los sindicatos de trabajado­res porque algunos son, tal vez, muy conservadores. Y al mismo tiempo, los que luchan por el cese de la contamina­ción ambiental no culpan sencillamente al modo de pro­ducción capitalista, sino a los integrantes de una sociedad determinada por la irresponsabilidad de no tener una cul­tura socialmente responsable. El tema va más allá.

El antagonismo en la sociedad es perjudicial para el nuevo proyecto político

El partido político debe recoger la agenda y conciliar con los principios de todos los actores de la sociedad, con el único fin de crear un nuevo sujeto social colectivo (sindi­cato de trabajadores, estudiantes, maestros, feministas, co­munidad LGTBIQ, ecologistas, animalistas, etc.), con una nueva visión de la política e inscrito al nuevo proyecto de nación. ¿Cómo lograrlo? Buscando los puntos nodales, o puntos en común de todos los actores en la sociedad.

A continuación voy a dar una apreciación personal res­pecto a cuál sería el punto en común de todos los actores sociales. Para mi es únicamente el factor trabajo. Karl Marx, en El Capital, decía que el ser humano solo posee una fuerza que es creadora de valor, pero que al mismo tiempo le sirve para tener condiciones de vida favorables. Sin esa fuerza que mueve el mundo a través de la crea­ción de valor, el ser humano no sería nada, socialmente hablando. Esto se puede resumir en lo siguiente: el punto en común de todos los actores sociales es definitivamen­te el trabajo. Tanto estudiantes, sindicatos, comunidades LGTBQ, feministas y ecologistas tienen un motor que los impulsa a sobrevivir: el trabajo humano concreto. Es el trabajo el punto nodal, lo que nos une, lo que nos define como tal, porque es lo único que hará que podamos vivir y sobrevivir como especie humana dentro del sistema que tiene como único rival al gran capital. Entonces, el antago­nismo de clase dentro del campo nacional-popular sigue reduciéndose a dos fuerzas opuestas: el trabajo contra el capital.

Es el gran capital el único enemigo. Y es deber del partido político superponer el principio de la lucha contra el capi­tal –véase como la explotación del hombre por el hombre o la acumulación de la riqueza social de unos cuantos por encima de la pobreza de muchos– por los demás princi­pios secundarios. Y en esto, entonces, se enmarca el fac­tor del trabajo frente a los demás principios. Decía Engels frente a la tumba de Marx: “el hombre necesita, en primer lugar, comer, beber, tener un techo y vestirse antes de poder hacer política, ciencia, arte, religión, etc.”. Y no se equivocó.

Finalmente, y resumiendo, es menester tener en cuenta que la finalidad del partido es la consolidación del campo nacional-popular a través de la integración, unión y conciliación de todos los agentes o actores sociales con la finali­dad de reducir al antagonismo principal que nos lleva a la filosofía más elevada de nuestra historia: el trabajo contra el capital. En otras palabras, la destrucción material de la explotación del hombre por el hombre y la acumulación excesiva de la riqueza social por unos cuantos, haciendo la vida miserable a muchos. El partido político, entonces, tiene esta misión importante de crear hegemonía y obte­ner las fuerzas sociales que lo ayuden a vencer al único enemigo de todos los tiempos, el enemigo incesante de la patria: el capital.

Bibliografía

Engels, Friedrich. 1883. “Discurso ante la tumba de Marx”. Marxists Internet Archive.

Gramsci, Antonio. Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión, 1972.

Gramsci, Antonio. “Análisis de situaciones. Relaciones de fuerzas”. Nueva Antropología 4 (16): 7-18, 1980.

Laclau, Ernesto y Chantal Mouffe. Hegemonía y estrategia socialista, hacia una radicalización de la democracia. Madrid: Siglo XXI, 1987


[1] Estudiante de Derecho de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega. Gramsciano y Mariateguista.

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