La noche de 12 años

Descargar PDF aquí

Pedro Tello Rodríguez1Analista político y chef internacional radicado en Caracas, Venezuela.

Últimamente, cuando pensamos en Uruguay, nos suelen venir imágenes amables de una sociedad progresista y demo­crática ajena a los conflictos tradicionales de las sociedades latinoamericanas. La “Suiza” de América, la que no aceptó el indulto a Alan García, la de Benedetti o Jorge Drexler. Gente buena, en resumen.

Pese a esto, a veces la memoria falla o la vertiginosa velocidad de la sociedad de la información y del internet nos impi­de darnos un respiro para pensar, para recordar. El recuer­do. Ese acto que puede ser una prisión o una condena, pero que sin el cual es difícil, también, avanzar.

La noche de los 12 años (2018), dirigida y escrita por Álvaro Brechner, nos lleva al Uruguay de 1973 y nos habla de la historia, parafraseando a Scorza, “exasperantemente real” de la lucha de tres prisioneros políticos pertenecientes al Movi­miento de Liberación Nacional Tupamaros (José “Pepe” Mu­jica, Mauricio Rosencof y Eleuterio Fernández Huidobro), tres combatientes tupamaros en condiciones de prisión y tortura. No obstante, ello, aunque discurre en un universo determinado por lo político, no es exactamente una película que se centre en ello. Estamos ante la batalla de tres personas que luchan a su modo, y desesperadamente, por no vol­verse locos.

El film genera el deseo, casi inmediato, por la angustia asfixiante, de que termine rápido. A cada minuto nos vamos hundiendo junto con los personajes en el fango de su sufrimiento. Porque no son doce años de cárcel ¡ojalá! son doce años de tortura. Doce años de silencio. Doce años de inco­municación. “Ya que no pudimos matarlos, vamos a volver­les locos” les espeta secamente un militar carcelero.

Son tres soledades que el largometraje logra articular y ordenar de una manera eficiente para contar una historia que de otro modo hubiese necesitado de una película para cada personaje. El silencio y la soledad comprimen el pecho durante toda la narración. La posibilidad de encontrar una revelación o un motivo milagroso en algún detalle que pasaría desapercibido para cualquier ser humano da cuenta del deseo de vivir. Hay una apuesta por la vida que también disputa el espacio al olvido.

La noche de los 12 años es un film que, ante la ausencia de todo lo sensorial, adquiere un valor que debe resaltarse. El papel de las manos, de tocar ya sea la tierra o un muro, los olores, la posibilidad de sentir el viento, la sed, mirar. Todas estas sensaciones se presentan como maravilla o como tortura. El sonido de los golpes atravesando una pared, recons­truyendo un lenguaje morse artesanal, los nudillos rotos de tanto “teclear”, la emoción de saberse. De saberse vivos por medio del otro. Eso también evita un paso definitivo a la lo­cura.

Dijo en una entrevista el “ñato” Huidobro (fundador del MLN-Tupamaros), uno de los prisioneros-rehenes, que “cualquier verbo puede convertirse en tortura. Para que un verbo se convierta en tortura lo único que hace falta es tener tiem­po”. Y tiempo sobraba. La propia evolución de los aconteci­mientos nos haría pensar que, si no se vuelven locos, por lo menos terminarán odiando. A veces el odio es otro elemento que puede dar una “razón” de vida.

Quizás sea la condición tan extrema de aislamiento o de restricción de lo sensorial que no dejaba espacio para odiar. El resentimiento, el odio queda afuera, en los que tienen espacio, en los militares o en los familiares. Los prisioneros quieren vivir. Necesitan vivir. El odio parecería ser no una opción por ser buenos y angelicales, sino por ser una carga que no pueden llevar a cuestas.

La película transcurre con un tiempo pausado y no podía ser de otro modo. No es la historia de la dictadura uruguaya, tampoco es la historia de la guerrilla urbana. No. Trata de los días, de las horas, de los minutos, de los segundos, que luego son reemplazados por el silencio y los pensamientos. Es una realidad física tan atroz que solo la imaginación y el pensa­miento pueden ayudar a soportarla o, más que soportarla –que es imposible- a sobrellevarla. Pero salir de la realidad -algo completamente comprensible- entraña un peligro, que es, el no poder regresar. Quedarse flotando en el mar de la imaginación que no es otra cosa que una forma sublimada de perder la razón. En este sentido, hay que decir que el film está muy bien llevado, las actuaciones son bastante sólidas, donde sobresale la de Antonio de la Torre, en el papel del Pepe Mujica, quién es, según el largometraje, quien más cer­cano estuvo de los tres en perder la razón.

En esta película el mundo exterior solo existe como recuer­do o como sueño, como espacio onírico. No hablamos del sueño cursi del «futuro”. La historia no da señales de ningún futuro. Los tres prisioneros pasan en condiciones de rehenes 4.323 días. Pero, no había un horizonte, ni una condena, estaban depositados, lo cual lo hacía más desquiciante.

Comentario aparte merecen las mujeres en el film. Determinantes a pesar de aparecer muy poco. La madre de Mujica rescatándolo del borde de la locura. Las hijas de Huidobro y «el ruso” Rosencoff, la psiquiatra que ayuda a Mujica a man­tenerse con un pie en la razón y le envía libros. La mujer aparece como un rescate, como un regalo. Todas son, ade­más el reencuentro con la libertad. Los tres rehenes son re­cibidos por mujeres.

Con una banda sonora sobria, que no agrega ni sobre dramatiza indebidamente ninguna parte de la película, tenemos la maravillosa voz de Silvia Pérez Cruz, que llega inclu­so a interpretar alguna composición del propio Rosencoff.

La noche de 12 años es, sin duda, un largometraje que hay que ver por su valor cinematográfico, y también por su valor testimonial, de carácter reflexivo, humano y político, pues es curioso como las vidas de estas tres personas condenadas a la soledad por 4.323 días, condenados a la muerte en vida, salieron a proseguir haciendo política, a pertenecer a algo, pero sin mirar al pasado, ya que habría sido seguir presos. Y deciden la libertad y no buscar homenajes o la revancha, deciden hacer política.

Todos estos universos personales se entrelazan en el poema “escrito” a golpe de nudillo en la prisión por Rosencoff a Hui­dobro:

“Y si este fuera mi último poema

insumiso y triste,

raído pero entero,

tan solo una palabra escribiría:

compañero”.


[1] Analista político y chef internacional radicado en Caracas, Venezuela.