La fundición del Apra

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Víctor Liza[1]

El periodista estaba muy concentrado trabajando fren­te a su computadora. Ese día, no quería saber nada de la vida en las redes: cerró todas las ventanas de Facebook y Twitter. Tenía que avanzar una nota muy importante en­cargada desde la mañana. En ese plan estuvo durante casi hora y media, sin parar de trabajar. Pero en un momento, se cansó y decidió ir al baño a descansar. Decidió llevar el celular por si recibía alguna llamada. Una vez en el trono blanco, se puso a dormir unos minutos hasta que el ben­dito aparato sonó. Por alguna extraña razón, no alcanzó a responder la llamada. Al verificar quién lo había llamado, solo vio un número fijo que parecía ser de algún banco o consultora. De inmediato, la curiosidad lo ganó y se puso a ver su Facebook. Allí observó cuatro mensajes del Messen­ger. Le llamó la atención solo uno: el de uno de sus amigos de la universidad.

Florencio había sido uno de sus mejores amigos en sus tiempos universitarios. Anduvieron juntos de aquí para acá, se agruparon para hacer las tareas, participaron en campañas electorales para el tercio estudiantil e incluso hicieron algunas travesuras. Luego de culminar sus estu­dios, no se vieron más que un par de veces en alguna re­unión. Mientras que el periodista decidió ser periodista, Florencio apostó por los negocios y había conseguido un relativo éxito con una tienda en Gamarra. Pero además había incursionado en la política, afiliándose al Partido Aprista. En su distrito intentó ser secretario de juventud y regidor, sin éxito.

Pese a esas diferencias, el periodista apreciaba mucho a Florencio. Y viceversa. El periodista sabía diferenciar a la cúpula del partido de la militancia que trabajaba desde las bases. Por encima de eso estaba la amistad.

El periodista decidió ver el mensaje, y respondió.

– Mi estimado, ¿cómo andas? A los tiempos.

– Todo bien, ¿y tú? – escribió Florencio.

– Bien, aquí, trabajando.

– Oye hermano, en una base de Comas estamos haciendo un evento y me gustaría invitarte.

– Cuéntame, ¿de qué se trata?

– Es sobre la “ideología de género”.

“Ideología de género” le resultó un término extraño al pe­riodista. “Equidad de género” es el término que aprendió en su formación académica y empírica. Sin embargo, pre­guntó.

– Bueno, ¿y qué pinto yo allí?

– Nos gustaría que vengas como expositor.

– Ajá. ¿Y solo estaré yo?

– Habrá otros expositores también.

El periodista aceptó la invitación. A los dos días recibió el banner del foro: estaría una abogada, una activista trans, un pastor evangélico y un sociólogo. La abogada y el soció­logo eran apristas.

Dos semanas después, un sábado a las cinco de la tarde, el periodista se apareció en la base aprista de Comas. Sabía de las diferencias entre la cúpula opulenta y la militancia, pero lo que vio distó mucho de lo que pensaba.

En principio, el local aprista de Comas, aunque de dos pi­sos, era humilde y estaba algo descuidado. Las bancas es­taban desordenadas y había apenas unas cinco personas. El baño estaba al fondo y no tenía puerta. Al costado ha­bía cachivaches: material de campaña electoral y algunos muebles viejos.

Pese a eso, el periodista no se hizo problemas. Se encontró con Florencio y se saludaron con un gran abrazo.

– Después de tiempo nos vemos – dijo el periodista-. ¿Cómo están las cosas?

– Pues allí, complicados. La renuncia de Cornejo nos ha golpeado mucho. Era nuestra carta para Lima con la que podíamos recuperar algo de poder y renovar la imagen del partido.

– Es verdad. He conocido gente fuera del partido que tenía buena imagen de él. Aunque con esto de Odebrecht…

– Puede ser. Pero él era la voz para tumbarnos a Alan.

Y así se pusieron a conversar sobre varios temas: de la gen­te de la promoción a la que ya no veíamos, de fulano de tal que también se casó, del profesor en cuya casa nos reunía­ mos, entre otras cosas. Así, se pasó una hora. Y el foro no comenzaba. Y los asistentes seguían siendo cinco.

En eso llegó el sociólogo. Al verlo, el periodista lo recono­ció. Se conocieron en la universidad, pero el sociólogo era más delgado en aquel tiempo. No es que estuviera gordo tampoco. No era muy amigo del periodista, pero sí coinci­dieron en algunos espacios dentro del local central.

Los tres iniciaron una conversa en la puerta del local apris­ta. De fondo se escuchaba la marsellesa y algunos temas musicales de campañas electorales anteriores, todos de un disco antiguo. A la media hora, una chica apagó la música y puso canciones de Shakira, la de los noventas. Al perio­dista le gustó eso, pero le pareció extraño escuchar eso en un local partidario del Apra.

Eran las siete de la noche y solo había diez personas en el local aprista. Aunque el Apra en algún tiempo era el parti­do del pueblo, ahora no convocaba gente ni para un foro sobre un tema tan popular por esos días. Ese hecho le reve­laba al periodista más detalles de la situación interna, que conocía desde afuera.

Florencio resolvió comenzar con el foro. Invitó a la mesa al periodista y al sociólogo aprista. Ya estaba entre los pre­sentes la activista trans y la abogada compañera. A cada uno se le colocó un vaso de agua. A las siete y media llega­ron cinco visitantes más; y cinco minutos después llegó el pastor del Movimiento Misionero Mundial, con un séquito de cinco hermanos de su iglesia. De cinco en cinco, el foro se puso en acción.

El primero en intervenir fue el moderador, aprista él. Dijo que a Haya de la Torre le gustaba escuchar todas las posi­ciones, y que por eso había una diversidad de expositores en la mesa. Luego de un rollo de diez minutos, dio pase a la activista trans. Desde el saque, explicó que por no contar con una ley de identidad, no podían trabajar normalmente y debían dedicarse a actividades como el corte de cabello y hasta la prostitución; y que el Estado los estaba abando­nando. Mencionó también el tema de los crímenes de odio.

Luego siguió la abogada aprista, que casi en la misma lí­nea, defendió los derechos de los trans, e incluyó en su exposición el tema de las mujeres violentadas por sus pa­rejas. Hasta allí, todo parecía llevar un cauce tranquilo. Sin embargo, le llegó el turno al sociólogo aprista, quien con­tra todo pronóstico, dijo que biológicamente las relaciones debían ser entre hombre y mujer; y comparó este tipo de relaciones con la pedofilia.

El periodista hizo su intervención y refutó el argumento del sociólogo. Dijo que la pedofilia era un acto de abuso y de degeneración, pero la relación entre parejas del mis­mo sexo era un acto de amor. Agregó que salvo dos o tres medios de comunicación que la jugaron por los LGBT, la mayoría prefirió la malentendida neutralidad, acaso para no pelearse con la jerarquía católica; o en pocos casos, es­conder su posición conservadora.

Finalmente, le tocó el turno al pastor de la triple m. Alen­tado por su portátil, se dedicó a leer varios versículos de la Biblia, especialmente aquellos que dicen que acostarse entre hombres era pecado, y que quienes hacían esto esta­ban influenciados por Satanás. Añadió que la sociedad se había perdido y debía regirse por los principios divinos, marcados en las Escrituras.

Hubo tiempo de réplicas y dúplicas, en las que los exposi­tores intentaron refutar las posiciones contrarias. El pe­riodista indicó que si Haya de la Torre estuviera en este tiempo, defendería los derechos de las personas LGBT. Claro que pensó en su viraje conservador de los años 50 y 60, pero que este era más en materia económica; y recordó luego que en los 70 fue un promotor de la causa de los de­rechos humanos.

Finalmente, el moderador metió su cuchara, y dijo que además de militante aprista hacía labor pastoral en la igle­sia católica, y que quienes caían en la homosexualidad te­nían un demonio adentro.

Cuando escuchó esto, el periodista sintió que su cerebro explotaba. Podía concebir que un fanático religioso dijera eso, pero no cualquier aprista. El periodista recordó que el Apra estaba ligado a partidos como el PSOE en España o el Socialista de Francia, así como el PRI en México, que aho­ra en materia económica podían estar cerca de la derecha; pero en cuanto a derechos como el matrimonio igualitario y la equidad de género estaban de acuerdo y cerca de la iz­quierda o de los liberales. Sin embargo, el partido de Haya de la Torre estaba en la otra orilla en estos temas de dere­chos humanos. Era un PPC sin denominación “cristiana”. El partido conservador laico que el Perú necesitaba.

Cuando regresaba a casa en el Metropolitano, cerca de las diez y treinta de la noche, el periodista, que había leído sobre la posición anticlerical del Apra auroral, de la mar­cha contra la consagración al Sagrado Corazón de Jesús de 1923 que encabezó Haya, de la clásica enemistad del ejérci­to y la iglesia católica contra el Apra, sentía que las cosas no podían cambiar solamente de un momento a otro, sino en más de 90 años. De ser un tercio del país a quedarse casi sin inscripción electoral. Y todo por obra y gracia de un hombre de iniciales AG.


[1] Periodista y escritor. Autor del libro «Pisa, pie derecho».