¿Por qué el fujimorismo sigue teniendo respaldo en los sectores populares?

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Paolo Sosa Villagarcía[1]

Hay muchas formas de aproximarse e interpretar esta pregunta; aquí propongo comprender la vigencia del fujimorismo como opción política entre los sectores populares, entendidos básicamente desde una mirada económica y territorial. Considero tres condiciones que nos ayudan a aproximarnos a este complejo fenómeno: la existencia de una memoria fujimorista (aunque no completamente hegemónica), la acción política desplegada de forma consistente, sobre todo en el último quinquenio, y los espacios de socialización generados dicha actividad. En resumen, considero que el fujimorismo tiene una herencia identitaria que ha sido potenciada por su apuesta política, con efectos concentrados no solo en los esquemas electorales sino también en la presencia social del fujimorismo en algunos espacios locales.

Por un lado, el fujimorismo ha conseguido, exitosamente, construir una memoria propia sobre los años noventa, una que interpreta de forma muy particular las características centrales del gobierno de Alberto Fujimori. Esta afirmación no es novedosa, de hecho, diferentes estudios exploran esta condición en sus estudios, identificándola como uno de los puntos clave para comprender la reconstrucción del partido y la supervivencia en tiempos democráticos.[2] En la lectura particular del fujimorismo, el gobierno de los noventa fue capaz de asegurar justicia al procurar el acceso de los sectores pobres a servicios y programas sociales, así como la mano dura no es vista como un problema de autoritarismo sino como la característica de un gobierno que prioriza el “orden” frente a una situación caótica. Esta interpretación, sumada a la idea de “persecución”[3] constituye un elemento clave en la legitimación de su apuesta por la defensa de los legados del fujimorismo y base fundante de su identidad política. Sin embargo, más allá de la organización en sí misma, esta es una imagen que, en variadas proporciones, articula también la simpatía o reconocimiento de quienes no forman parte del núcleo duro fujimorista, de aquellos que apoyan a sus candidatos o estarían dispuestos a votar por ellos en determinadas situaciones. En una perspectiva general, las ideas fuerza del fujimorismo (o su marca partidaria, según la jerga politológica) tienen un correlato en la cultura política peruana contemporánea. Amplios sectores de la población no solo se sienten insatisfechos con el funcionamiento de la democracia, sino que además estarían dispuestos a sacrificar los componentes deliberativos en función de la efectividad y la resolución de sus problemas cotidianos (acceso a servicios, mejora de condiciones de vida, o situaciones críticas como la inseguridad ciudadana).

En ese contexto, el discurso fujimorista puede encontrar un respaldo importante en tanto sus ideas-fuerza se conectan con las preocupaciones directas de las personas. Diversos trabajos exploraron este componente para comprender el apoyo a las dinámicas de gobierno de Fujimori en los noventa. Yusuke Murakami, por ejemplo, concluye que, para la población de los niveles socioeconómicos más bajos en Lima, el componente más importante de lo que significa ser un gobierno democrático residía en solucionar “los diversos problemas y necesidades inmediatos que encaran los sectores populares”[4]. Así, la democracia, y el sistema político en general, es evaluado principalmente según sus características funcionales: qué me ofrece y cómo me beneficia. El gobierno de Fujimori fue muy exitoso en ese sentido, permeando un sentido de eficiencia y justicia -entendida como preocupación por los sectores deprimidos- en el imaginario colectivo.

Aun cuando quienes apoyan al fujimorismo suelen ubicarse en una posición más cercana a la derecha,[5] la memoria positiva o indulgente sobre el fujimorato no es parte de un imaginario puramente electoral o eminentemente político. Hilleil Soifer, por ejemplo, analiza en un ensayo muy pertinente por qué la precaria respuesta ante el fenómeno de El Niño no generó costos políticos para el presidente Fujimori. La respuesta es sencilla pero potente: la presencia de Fujimori constituía una respuesta efectiva -y sobre todo empática- para los estándares peruanos enmarcados por un contexto estatal muy deficiente y “lejano” en términos territoriales y sociales. Esto es particularmente importante puesto que el gobierno de Fujimori puede ser visto más bien con uno centrado en cuestiones efectistas y clientelares antes que en políticas integrales para la solución de dichos problemas. No obstante, los Estados débiles generan bajas expectativas y Fujimori las colmó y rebasó con su estilo, dejando una imagen que per-dura hasta hoy.

Sin embargo, la memoria fujimorista no explica por sí misma el complejo fenómeno del apoyo popular que goza el fujimorismo. Hacen falta tres elementos clave que ayuden a reproducirla y potenciarla, a legitimarla más allá de los leales y, especialmente, entre las nuevas generaciones. La primera condición es la más polémica: la memoria alternativa del fujimorismo supervive porque la interpretación de sus opositores no ha sido capaz de rebatirla. Esto no quiere decir que sea correcta, ni mucho menos que el imaginario opositor sea menos importante. De hecho, hoy tenemos internalizada la idea que la política peruana puede entenderse desde la disputa entre el fujimorismo y el anti-fujimorismo. Lo cierto es que ninguna de las dos es completamente hegemónica; sobre todo si entre ambos discursos discurren dos temas, no necesariamente excluyentes, como la lucha contra la corrupción y el apoyo a la economía de mercado, los cuales pueden inclinar la balanza en uno u otro lado de acuerdo a las circunstancias.

La segunda tiene que ver con la actividad política. Tras la caída del gobierno de Fujimori, sus seguidores han intentado mantenerse en la brega política, especialmente en el último quinquenio y bajo el liderazgo de Keiko Fujimori. El fujimorismo se ha tomado en serio las elecciones, especialmente en comparación a sus contrincantes, lo cual es importante no solo a nivel presidencial, sino sobre todo en el ámbito subnacional, donde candidatos congresales, regionales y municipales han desplegado una actividad política importante. En ese sentido, bajo los parámetros difusos de una organización persona-lista y jerárquica, el reclutamiento de candidatos es capaz de prescindir, hasta cierto punto, de sus viejos leales para buscar candidaturas más atractivas para el electorado regional. Los resultados de esta estrategia son ambivalentes, en el sentido de que las alianzas y “jales” no han logrado asegurar una victoria presidencial, pero sí han ampliado su fuerza parlamentaria.

Esta fuerza parlamentaria fue importante en las elecciones regionales y municipales del 2014. El discurso fujimorista -promovido por la propia Keiko Fujimori- era bastante claro: los alcaldes y gobernadores electos gozarían del respaldo total de los, entonces, 36 congresistas de su bancada para obtener todos los beneficios necesarios y avanzar en los proyectos, fundamentalmente obras de infraestructura y saneamiento en pro de sus electores. En 2016, por otro lado, los fujimoristas utilizaron esta condición, así como la potencial presidencia fujimorista, como un punto clave para asegurar o incrementar el apoyo electoral a cambio de la promesa de beneficios concretos a las comunidades, localidades o grupos de interés particulares. La construcción de obras emblemáticas o la distritalización de territorios comunales son ejemplos de algunas de estas promesas. Estas son muchas veces tomadas en serio bajo la idea de que ellos “sí cumplen”, haciendo referencia a la experiencia previa de los noventa.[6]

Más allá del plano electoral, sin embargo, esta actividad le ha asegurado al fujimorismo una presencia política inusual en la dinámica contemporánea. La cobertura territorial de la campaña se ha incrementado de forma importante, especialmente en aquellos sectores que a los demás partidos nacionales les es más costoso mantener una actividad política continua. Durante cuatro procesos electorales (2006, 2011, 2014 y 2016), el fujimorismo ha logrado mantener, comparativamente, una dinámica de campaña incesante que ha rendido frutos en su “normalización” como actor político. Adicionalmente, el clientelismo noventero parece haber construido lazos que perduran hasta hoy en la memoria colectiva, sin embargo, las participaciones en elecciones consecutivas han ayudado a la reproducción y pronuncia-miento de esta imagen “benefactora” debido a que aseguran la existencia de candidatos que están dispuestos a desplegar estrategias clientelares, ya sea para ampliar sus bases de apoyo (elecciones locales) o debido al voto preferencial (elecciones congresales).[7] La memoria, entonces, requiere acción política para mantenerse viva.

La última dimensión que debe tomarse en cuenta, y que el afán electoral pierde de vista, es el impacto social que configura la existencia del fujimorismo en espacios locales, especialmente cuando constituyen la única fuerza nacional existente en estos espacios. No estoy en condiciones de señalar si lo que describo es desarrollado de forma premeditada o intuitiva, sin embargo, sus efectos merecen una aproximación más sistemática al margen de su intencionalidad. Más allá de estas consideraciones, es cierto que el nivel de actividad electoral antes señalado requiere algunos elementos mínimos como la movilización de gente en la campaña, así como la constitución de locales partidarios. Estos espacios, desperdigados a lo largo del territorio, son posibles debido a la existencia de recursos que otros partidos políticos no disponen, los mismos que se potencian por la propia inversión de los políticos locales interesados, funda-mentalmente, en ganar elecciones. De esta manera, la vida social de muchos de estos locales es constan-te y constituye uno de los pilares que nos ayudan a entender, ya no el origen del apoyo popular memorístico, sino su reproducción y su re-significación.

Los locales partidarios y los comandos locales de campaña brindan aquello que las casas partidarias ofrecían en otra época, pero sin el ritual político-ideo-lógico tradicional, sino incrementando las actividades de recreación y socialización, con contenidos cercanos a los intereses de la gente, especialmente de los más jóvenes o a los sectores más necesitados. Esta caracterización no es la regla, pero sí es una imagen recurrente, especialmente en ciudades intermedias, donde este tipo de actividades son poco frecuentes o están circunscritas a espacios para un sector exclusivo de la población. Desde la acción cotidiana de sus comedores populares hasta la organización de eventos deportivos o fiestas de confraternidad, los locales de Fuerza Popular tienden a convertirse en nuevos lugares de encuentro y esparcimiento que, eventual-mente, pueden ayudar a constituir redes de beneficios laborales o de canalización para sus problemas, generalmente familiares o barriales.

Estas condiciones, en conjunto, son importantes para comprender el apoyo que el fujimorismo ha granjeado en los sectores populares. El gobierno fujimorista logró acercarse al “pueblo” de maneras muy variadas, pero con una matriz importante: hablándole como un conjunto de individuos o pequeños grupos de interés, no como una masa de morfología definida. Esta dinámica es continuada, con nuevos matices, en el fujimorismo liderado por Keiko y mantiene viva la memoria del fujimorismo bajo las características antes señaladas. En ese sentido, a pesar de sus esfuerzos, los gobiernos posteriores a la transición han sido incapaces de otorgarle una forma política alternativa a su relación con estos sectores, amparada en sus acciones en estos espacios; mientras que su vigencia es contestada, sobre todo, en aquellos espacios en los que el extractivismo ha politizado la desigualdad y diversos actores, incluyendo a las izquierdas, han logrado posicionarse de forma más efectiva.

Para las izquierdas es importante tomar consciencia de esta situación, puesto que mientras sus discursos de campaña se mantienen en esa clave, los fujimoristas ofrecen y negocian beneficios particulares, conforme a las orientaciones y demandas más con-cretas de la población. Mientras la participación, por ejemplo, es tomada como un valor intrínseco por el contacto con los sectores más organizados, el fujimorismo habla de resultados y retoma su vocación delegativa y plebiscitaria, todavía enraizada en los sectores populares. Esto no constituye un juicio de valor sobre las formas de hacer política; sin embargo, es necesario reflexionar sobre la materialidad que aun forma parte fundamental de las orientaciones políticas peruanas, de las necesidades frente a los ideales, y de cómo, más de dos décadas después, superviven estas bases como sostén político de una fuerza, paradójicamente, anti-política y anti-deliberativa.


[1] Politólogo e investigador del Instituto de Estudios Peruanos

[2] Urrutia, Adriana (2011) “Que la Fuerza (2011) esté con Keiko: el nuevo baile del fujimorismo”. En: C. Meléndez (comp.) Post-candidatos: Guía analítica de supervivencia hasta las próximas elecciones. Lima: Mitin. Urrutia, Adriana (2012) “El nacimiento del bicéfalo: reflexiones en torno al 5 de abril y su sentido para el fujimorismo”. En: Revista Argumentos, no. 1. Meléndez, Carlos (2014) “Is There a Right Track in Post-Party System Collapse Scenarios? Comparing the Andean Countries”. En: J.P. Luna y C. Rovira (eds). The Resilience of the Latin American Right. Baltimore: Johns Hopkins University Press.

[3] Como sostienen Urrutia y Meléndez, los fujimoristas reinterpretan las acusaciones por corrupción y las denuncias públicas desencadenadas tras la caída del régimen como parte de una persecución política en su contra.

[4] Murakami, Yusuke (2000) La democracia según C y D: Un estudio de la conciencia y el comportamiento político de los sectores populares de Lima. Lima: Instituto de Estudios Peruanos. Este trabajo combina tanto datos cuantitativos obtenidos mediante una encuesta, como también datos cualitativos recabados en seis grupos focales.

[5] Meléndez, op cit.

[6] Ver: Castro, Carlos A. (2016) “Elecciones: percepciones desde una comunidad campesina en Sucre, Ayacucho”. En: Revista Argumentos, año 10, no. 2. Araujo, Ana Lucía (2016) “Entre campañas y vueltas: las elecciones presidenciales de Nosotros los awajún”. En: Revista Argumentos, año 10, no 3. Una versión más explícita de este tipo de aproximación fue desplegada en la segunda vuelta con las reuniones y compromisos firmados con sectores como la minería ilegal, los trabajadores de construcción civil o las iglesias evangélicas.

[7] Es importante resaltar que el clientelismo puede ser visto, como plantea Paula Muñoz, como una estrategia que no está concentrada en asegurar la votación de la población -aunque no niega esta posibilidad-, sino sobre todo en llamar la atención sobre una candidatura y asegurar un “público” electoral para el candidato. Ver: Muñoz, Paula (2014) An Informational Theory of Campaign Clientelism: The Case of Peru. En: Comparative Politics, vol. 47, no. 1.