¿Es la política de identidad suficiente?

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Roger Lancaster[1]

Primero me encontré, en algún momento de la década de 1990, con la afirmación de que «toda política es política de identidad». La afirmación parecía hecha a medida para esa dé­cada, cuando Judith Butler estaba retratando toda identidad como performance y la política como un ajuste lento, serio y claramente no revolucionario de las normas sociales. Esta idea ha persistido, sin duda, porque la coyuntura política más amplia que la formó aún sigue vigente. Flamea en los debates actuales sobre las elecciones de 2016[2] y en las discusiones so­bre la relación entre los movimientos sociales posteriores a los años sesenta y una renovada izquierda socialista.

A primera vista, la idea parece una abreviatura útil de cómo la política realmente funciona. Por ejemplo, en Comunidades imaginadas (1983), Benedict Anderson mostró cómo cierto tipo de identidad moldeó el mundo moderno. Después de Gu­tenberg, los libros, periódicos, escuelas y otras instituciones emergentes socavaron los axiomas antiguos, convencieron a las personas a unirse a diferentes comunidades y, así, prepa­raron el terreno para la propagación del nacionalismo y el surgimiento de los Estado-nación.

Del mismo modo, podríamos leer a Karl Marx como un teóri­co de la política de la identidad. Cuando sus seguidores defi­nen la conciencia de clase como el desarrollo de una clase en sí misma dentro de una clase para sí misma, ellos describen eficazmente un proceso mediante el cual los miembros de una clase toman conciencia de sí mismos como una clase y forjan una identidad colectiva.

Sin embargo, categorizar a Anderson y Marx como pensado­res de identidad tergiversa su trabajo. Anderson no basa su análisis en afirmaciones generales sobre los mecanismos in­temporales de la formación de la identidad. Por el contrario, lleva los factores político-económicos convergentes, especial­mente el surgimiento de lo que llama el capitalismo impreso, a un análisis meticuloso.

Y, como sugirió E. P. Thompson, alinear la conciencia de clase con extractos de identidad de clase de las condiciones históri­cas y las luchas de su producción.

«Una vez asumido este [enfoque], es posible deducir qué conciencia de clase debería tener “ella” [la clase trabajadora] (pero raras veces tiene) si fuese debida­mente consciente de su propia posición y de sus in­tereses reales. Hay una superestructura cultural, a través de la cual este reconocimiento empieza a evo­lucionar de maneras ineficaces. Estos “atrasos” cul­turales y esas distorsiones son un fastidio, de modo que es fácil pasar desde esta a alguna teoría de la sus­titución: el partido, la secta o el teórico que desvela la conciencia de clase, no tal y como es, sino como debería ser».[3]

De hecho, la afirmación de que toda política es sobre identi­dad es tan general que los observadores pueden usarla para dar una visión de casi cualquier fenómeno político. Después de todo, cada movimiento posiciona un «nosotros» en contra de un «ellos» y genera apoyo al reclutar personas para unirse a un grupo e identificarse con una causa.

Que esta afirmación se puede aplicar a tantos casos no es una fortaleza. El paradigma rechaza un análisis de lo particular para fingir maestría en lo general, borra las especificidades históricas de luchas y movimientos dados, y pinta todo con el mismo pincel.

Identidades armadas

Una revisión escrupulosa de lo que los movimientos socia­listas y de la clase trabajadora normalmente han exigido (atención médica universal, educación gratuita, vivienda pú­blica, control democrático de los medios de producción), no cuadra fácilmente con la forma típica en que se entienden las políticas de identidad. En su sentido más estricto, la política de identidad describe cómo las personas marginadas adoptan identidades previamente estig­matizadas, crean comunidades sobre la base de atributos e in­tereses compartidos (que típica­mente se consideran esenciales e inmutables) y se agrupan para obtener autonomía o derechos y reconocimientos. Lle­varía este argumento un paso más allá y diría que incluso los nuevos movimientos sociales de izquierda que dieron origen al término política de identidad no siempre se ajustan a este molde.

Considerando el movimiento gay, a finales de la década de 1960, la política gay tuvo menos que ver con la pompa de la identidad que con las demandas urgentes para terminar con la violencia y la opresión. Los activistas primero pidieron que los policías salgan de nuestros bares, que las instituciones de­jen de estar encima de ellos, y que los psiquiatras se retiren de nuestras vidas.

La identidad aparece temprano, por supuesto, generalmente en las discusiones sobre salir del closet. En este contexto, sin embargo, los activistas no dieron indicios de buscar lo que Nancy Fraser llama «reconocimiento», ni cosificar la homose­xualidad como la esencia inmutable de una persona.

Examinando su investigación sobre la historia temprana de la liberación gay, Henry Abelove argumenta que hoy, a pesar de las preconcepciones post-Stonewall, fundamentalmente no comprendemos la relación que los primeros activistas gay tenían para identificarse. «Me parece poco sugerir», escribe, «que [los primeros liberacionistas] vieron surgir, como el re­sultado de una búsqueda de la verdad en lo profundo de un supuesto yo interior. Pensaron en esto más bien como una li­beración de una reticencia asumida deliberadamente”[4]. Es de­cir, consideraron públicamente identificarse como gay como un “medio indispensable» para construir un movimiento po­lítico, una militarización suave y persistente del individuo en las luchas colectivas de los homosexuales. Entre otras cosas, esto significa que los liberacionistas generalmente adoptaron un enfoque dialéctico de las categorías sexuales. Desde el co­mienzo, sostuvieron que etiquetas como heterosexual y ho­mosexual serían descartadas después de la liberación.

La influyente protesta de Carl Wittman, “El manifiesto Gay”, publicada en 1970 por el Red Butterfly Bridge del Frente de Liberación Gay, nos da una visión útil del pensamiento de los primeros militantes. Lejos de celebrar el ghetto gay, Wittman trata a San Francisco como un «campo de refugiados». Recha­zando el matrimonio gay como un objetivo político, él llama en cambio a alternativas al matrimonio. Y mientras enfatiza la necesidad política de salir del closet, Wittman subraya la tentativa de la identidad con miradas hacia un futuro libe­rado de la bisexualidad: «Seremos homosexuales hasta que todos hayan olvidado que es un problema». Del mismo modo, la polémica de Dennis Altman en 1971, liberación y opresión homosexual, concluye con un capítulo titulado «El fin del ho­mosexual».

Bajo la rúbrica de la liberación, los activistas adoptaron la identidad para abolirla. Las ideas marxistas sobre la lucha de clases -que culminan de manera similar con la abolición de las clases sociales- influyeron en sus ideas. Se unieron en tor­no a las demandas de ingresos adecuados, vivienda, atención médica, bienestar ecológico y empleo significativo. Su lucha de liberación fue finalmente un llamado revolucionario a la acción con una visión universalista de la libertad.

El cambio a la identidad como el tropo político clave, así como el recorte gradual de las demandas para ajustarse a este con­cepto más restringido, surgió a raíz del surgimiento político original, a medida que las comunidades gay urbanas crecían, mientras que los homosexuales emergían como un nicho de mercado y cuando el discurso político cambió de la liberación social a la personal. En este contexto, las identidades cada vez más cosificadas saldrían de los armarios para reclamar sus derechos, cada una compitiendo por acrónimos cada vez más elaborados. A continuación se presenta una historia comple­ja de separatismos, nacionalismos e interseccionalidades.

Liberación universal

Todos los nuevos movimientos sociales de izquierda trazan trayectorias similares. En el transcurso de la década de 1970, el movimiento de mujeres, el movimiento negro y el movi­miento gay se retiraron de sus visiones originales y radicales para asumir visiones del mundo esencialmente liberales. A medida que los imaginarios políticos se contrajeron, cada uno comenzó a vivir más cómodamente en la casa de la identidad. Este proceso encajó con las nuevas formas de consumismo y el estilo de vida del posfordismo y el neoliberalismo. Los brotes periódicos de radicalismo ocasionalmente interrum­pieron esta tendencia, pero estos brotes se calmaron, domes­ticaron y reabsorbieron el movimiento principal.

La política de identidad, desde esta perspectiva, no es coex­tensiva con la política ni la forma adoptada invariablemente por los nuevos movimientos sociales de izquierda; más bien, describe la forma que tomaron estos movimientos en cir­cunstancias cambiantes. Esta evolución ha tenido resultados importantes. Debemos el hecho de que los Estados Unidos se haya vuelto más tolerante e incluyente con respecto a los éxi­tos de las políticas de identidad y las reformas liberales que han ganado. Pero este tipo de compromiso político ha fallado en abordar las clases de inequidad social en torno a las cuales los liberacionistas anteriores centraron su activismo. Y aho­ra, a medida que las desigualdades de clase se han dilatado, los políticos de la derecha se alían con grupos de identidad para apuntalar el neoliberalismo contra cualquier resistencia hacia él.

Démosle a la política de identidad su tarea, pero también sea­mos claros acerca de sus limitaciones. Podemos aprender del pasado, pero no de las historias encapsuladas que convierten los términos como identidad en abstracciones. Y nos enga­ñamos a nosotros mismos si pensamos que el camino hacia adelante implicará la acumulación de minorías en una mayo­ría, una sola amalgama de identidades pre construidas en un movimiento socialista.

La izquierda ahora debe descubrir cómo ganarse a los públi­cos que están siendo representados por intermediarios de identidad con un programa socialista incluyente y universa­lista.


[1] Originalmente publicado en jacobinemag.com bajo el título “Identity Politics Can Only Get Us So Far?” Traducción: Claudia Lorena Agudelo. Ojo Zurdo agradece la autorización del autor.

[2] El autor se refiere a las elecciones presidenciales de Estados Unidos y los debates alrededor del significado de la victoria de Trump (N.T.)

[3] Thompson, E.P. La formación de la clase obrera en Inglaterra. Barcelona: Editorial Crítica, 1989, XIV, énfasis del original.

[4] “Stonewall Obscures the Real History of Gay Liberation”, The Chronicle of Higher education, June 26, 2015 (N.T.).