El triunfo del Uribismo y el nacimiento de la Nueva Izquierda en Colombia

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Alexander Gamba Trimiño[1]

El pasado 17 de junio se llevó a cabo la segunda vuelta presidencial en Colombia entre el candidato del uribismo Iván Duque y el de Izquierda del movimiento Colombia Humana, Gustavo Petro. El presidente elegido fue Iván Duque con el 53, 98 % de los votos frente al 41,81 % que obtuvo la izquierda en cabeza de Petro. La jornada electoral dejó varios aspectos para analizar: en primer lugar, la derrota de las elites nacionales y en esa línea la consolidación del uribsimo como el proyecto hegemónico entre las clases dominantes; en segundo lugar, el crecimiento histórico de la izquierda colombiana, algo sin precedentes y la renovación absoluta de esta, con un nuevo y prometedor proyecto, la Colombia Humana, y por último los vientos de un nuevo gobierno que al parecer trae consigo un nuevo ciclo de violencia en el país.

La derrota de las élites nacionales y la consolida­ción del Uribismo

En Colombia entre mediados del siglo XIX hasta 1958 las elites políticas nacionales se dividieron en los partidos tradicionales Liberales y Conservadores. Llevaron a cabo 9 guerras civiles nacionales; la última, entre 1946 a 1953, culminó en un acuerdo de alternancia en el poder. Este acuerdo llamado Frente Nacional se implementó por vía constitucional en 1958 y perduró en la práctica hasta 1986 y le daba a cada facción de las elites políticas la posibili­dad de cogobernar en una suerte de régimen de coalición permanente.

A mediados de la década del ‘80 se dio una nueva fractura; ya no entre los Partidos Liberal y Conservador, sino entre las elites nacionales, que habían gobernado el país desde la independencia, y las elites regionales. La presencia del narcotráfico y la aparición del paramilitarismo hicieron que estas elites regionales vinculadas a la gran propiedad de la tierra ganaran poder y autonomía frente a las elites nacionales. En el 2002 lograron conquistar la presidencia de la República en cabeza de Álvaro Uribe Vélez con un discurso de seguridad y militarización de la sociedad.

Así surgió el Uribismo y entre 2002 y 2006 las elites re­gionales subordinaron a las nacionales. En 2006, ante la inminencia de una reforma constitucional que permitió la reelección presidencial de Uribe, el sector más liberal de las elites nacionales se distanció del caudillo. En 2010 la Corte Constitucional decidió que Uribe no podía presen­tarse a una segunda relección, por lo que el relevo se dio en cabeza de Juan Manuel Santos quien fue elegido pre­sidente el 2010 con el apoyo de Uribe y de todas las elites nacionales. Al ser un tradicional político del país, nieto de presidente, y ser uno de los representantes de la clase po­lítica tradicional, logró marcar distancia de Uribe, armó una nueva coalición de gobierno, afincado en los sectores más liberales de las elites nacionales y avanzó un proce­so de paz con las FARC en contravía del interés de Uribe de acrecentar la guerra como vía para solucionar el largo conflicto armado.

A partir de allí se dio una división entre Uribe y las elites nacionales con Santos a la cabeza. En 2014 Santos se pre­sentó a la reelección; en primera vuelta gana el candidato de Uribe y en segunda vuelta, tuvo que hacer alianzas con la izquierda lo que significó seguir en el poder con la pro­mesa de continuar con el proceso de paz. El acuerdo con las FARC se logró en septiembre de 2016 y pasó a ser refrenda­do vía plebiscito en octubre de 2016. La alianza se repitió y la izquierda junto a las elites nacionales se presentaron juntas para apoyar el proceso de paz. En tanto, el Uribismo hizo una coalición con los sectores más conservadores: las iglesias evangélicas y los sectores de derecha de la iglesia católica. Así, además de oponerse a los acuerdos de paz, el uribismo asumió un discurso conservador contra los de­rechos sexuales y reproductivos, el matrimonio LGBTI y la mal llamada “ideología de género”.

Para las elecciones de 2018 el Uribismo entendió que debía reeditar la coalición triunfante del No y logró que las prin­cipales iglesias evangélicas le apoyaran al igual que los sec­tores más conservadores del catolicismo. Finalmente, y en un proceso de consulta entre estos sectores, definieron un candidato único: el joven y casi desconocido Iván Duque, quien había llegado al senado en 2014 con el apoyo de Uri­be Vélez y cuya única experiencia había sido ser coordina­dor del área cultural del Banco Mundial en Washington.

En tanto, las elites nacionales le apostaron a un doble dis­curso. De un lado, German Vargas Lleras, quien se presen­taba como la cara de derecha y buscaba arrebatarle los votos al Uribismo con un discurso crítico a los acuerdos de paz —aunque prometía mantenerlos pero reformándo­los—; y del otro, Humberto de la Calle, que buscaba una coalición con sectores de centro izquierda para defender los acuerdos de paz.

Pese a que formalmente las dos candidaturas de las éli­tes nacionales contaban con el apoyo de la clase política tradicional, nunca despegaron y prácticamente estos can­didatos se quedaron solos haciendo campaña. Al verlas inviables, los políticos profesionales se fueron en su gran mayoría con Duque, prefiriendo además el retorno del uri­bismo al triunfo de la izquierda.

El proyecto progresista y el nacimiento de una nueva izquierda: Colombia Humana.

En la vía contraria del uribismo, y más parecido a las fuerzas políticas de las élites nacionales, el proyecto pro­gresista se presentó en dos candidaturas. De un lado una coalición entre la izquierda histórica agrupada en el Polo Democrático Alternativo unido con el Partido Verde y el Movimiento Político Compromiso Ciudadano quienes decidieron presentar una sola candidatura en cabeza del matemático y ex profesor universitario Sergio Fajardo proyectado como el centro que no polariza.

Así se gestó una mezcla entre la izquierda tradicional y sectores independientes. Una alianza basada en la lucha contra la corrupción, la defensa del proceso de paz y la continuidad del modelo económico, añadiendo reformas en las políticas sociales. Fajardo construyó un discur­so contra la corrupción y la polarización. En el primero apuntó a las elites tradicionales y al uribsimo, y en el se­gundo se concentró en descalificar las propuestas de Gus­tavo Petro acusándolas de radicales y de polarizar al país.

Pese a que Humberto de la Calle de un lado, y Gustavo Pe­tro de otro, le solicitaron hacer una consulta interpartidis­ta para definir un candidato único, Fajardo se negó a esta opción. Con de la Calle argumentaba que representaba a las elites tradicionales al estar apoyado por el Partido Li­beral, y con Petro que era una opción muy radical. Paulati­namente la campaña de Fajardo enfiló su discurso contra Petro al presentarlo como un proyecto que prometía cosas inviables; así mismo, miembros de la campaña de Fajar­do les hacían eco a las afirmaciones del Uribismo sobre la cercanía de Petro al proceso venezolano y sostenían que el único que podía derrotar al candidato del Uribismo en segunda vuelta era Fajardo. El discurso caló y las clases medias urbanas en su mayoría apostaron por esta opción. No obstante, no le alcanzó para pasar a segunda vuelta.

Por el otro lado se dio una confluencia entre organizacio­nes sociales, con gran protagonismo del movimiento in­dígena y campesino con Gustavo Petro, ex alcalde Bogotá. Este líder, ex guerrillero del M-19 y con más simpatías con proyecto como Podemos de España que con la izquierda tradicional, insistió siempre en una gran confluencia con Fajardo y de la Calle para derrotar al uribismo. Estos can­didatos no quisieron hacer alianzas y Petro decidió ir a una consulta con un movimiento político regional, donde ganó.

La Colombia Humana estuvo liderada por Gustavo Petro y por Ángela María Robledo, feminista, senadora y activista social, cuya figura fue clave para movilizar organizaciones sociales y ponerle a la campaña un talante de política he­cha desde las mujeres lo que sumó un importante caudal electoral. Su campaña se caracterizó por llegar a las zonas de la periferia del país y consolidar fuerzas en las ciudades capitales y su público mayoritariamente fueron las clases populares urbanas y las regiones más golpeadas por el conflicto armado. Así mismo se sumaron intelectuales de izquierda y a nivel urbano el movimiento juvenil y estu­diantil. En líneas generales, la agenda de Petro se caracte­rizó por la defensa de un cambio de la matriz energética, la gratuidad de la educación superior en las universidades públicas, una reforma agraria integral y la implementa­ción y profundización del acuerdo de Paz.

Una segunda vuelta inédita: entre el uribsimo y la nue­va izquierda colombiana.

De manera inédita se presentó en Colombia una segunda vuelta entre dos antípodas de la política colombiana. Nun­ca antes un candidato abiertamente de izquierda había estado cara a cara disputando la presidencia de Colombia.

Los resultados de la primera vuelta permitían dos lecturas. Una gran distancia entre el ganador de la primera vuelta, Duque, y Petro, de otra un triunfo sin precedentes, pese a lo ajustado, si se suman las fuerzas progresistas en un solo bloque frente a las elites nacionales y el uribismo en el otro bloque. Mientras en 2002 el bloque uribismo-elites nacionales sumaba el 84,9% frente al 12% de las fuerzas progresistas, el panorama en 2018 cambio a un empate técnico, en dónde las fuerzas progresistas pasaron a la de­lantera con el 48,8% frente al 48,5 % del bloque de las elites.

Sin embargo, la tendencia de la primera vuelta prevaleció en la segunda. El uribismo logró aglutinar a toda la clase política tradicional a su favor, los partidos de las elites na­cionales que apoyaban a Santos se sumaron a la campaña de Duque, igual lo hicieron los grandes medios y los em­presarios más poderosos.

Por el lado progresista la tendencia fue contraria. Tanto Fajardo, como el principal dirigente de la izquierda tradi­cional, Jorge Robledo, manifestaron que esto eran dos ex­tremos que no eran alternativa para el país y llamaron a votar en blanco, camino que también asumió Humberto de la Calle. La campaña se tornó así bastante desigual, y si bien Petro contó con el apoyo de congresistas y sectores políticos que apoyaron a Fajardo y De la Calle en primera vuelta, no logró contar con un apoyo homogéneo para en­frentar el nuevo reto. Los resultados fueron igual bastan­te impresionantes. Petro y la Colombia Humana lograron subir su intención de votos casi en el doble en apenas 2 semanas.

Duque sumó los votos de las élites tradicionales, las maqui­narias y además un sector del voto de Fajardo de las clases medias. El discurso del miedo a volverse como Venezuela fue central en la segunda vuelta y caló mucho en un sector de las clases medias, que si bien apoyaron a Fajardo en pri­mera vuelta prefirieron irse con Duque que apoyar a Petro.

¿Qué habría pasado si Fajardo y Robledo en vez de llamar a votar en blanco hubiesen apoyado a Petro en segunda vuelta? Es imposible saberlo, pero si bien su llamado al voto en blanco no caló, si es cierto que los votantes de Fa­jardo son de opinión y quizá con un guiño de este hacia Pe­tro, la campaña habría estado menos infestada de miedo. No es lo mismo que Uribe, quien tiene poca legitimidad en el electorado de Fajardo ataque a Petro, a que lo descalifi­que Fajardo o Robledo que cuentan con capital simbólico en estos sectores sociales.

Las perspectivas de un nuevo gobierno

A un mes del triunfo del gobierno de Iván Duque las pers­pectivas son complejas en temas centrales de la política nacional. Los asesinatos de líderes sociales se han incre­mentado en los últimos meses; así como la incertidumbre sobre el futuro del proceso de paz. La figura de la Justicia de Paz núcleo de los acuerdos de paz han sido objeto de ataques muy fuertes desde el Uribismo, y ya se definió que en esta no participarán los militares ni los civiles. Lo que era un tribunal para cambiar penas por verdad, quedó re­ducido a un solo actor: las FARC.

Así mismo el crecimiento de la violencia de grupos de cri­men organizado, mucho de estos antiguos combatientes de las FARC, está siendo presentado como un resurgir de esta guerrilla, lo cual es falso. Se trata de grupos que están más en la lucha por recursos y no del renacer de una gue­rrilla que ya se desmovilizó, entregó las armas y hoy acude a los tribunales.

El último aspecto es el de la independencia judicial. Uno de los ejes de la campaña de Duque fue la idea de suprimir las altas cortes y constituir una sola. Esto en el marco de una Corte Suprema de Justicia que lleva adelante sendos procesos contra el expresidente Álvaro Uribe, y que de he­cho ya lo llamó a indagatoria. Duque cuenta con la alianza con las elites nacionales que le da mayoría absoluta en el Congreso y hace posible que cualquier reforma a la cons­titución sea factible, desde cambiar los acuerdos de paz, hasta revivir la reelección presidencial, hoy prohibida, o promover la llamada reforma a la justicia que posibilite el cierre de las cortes y la creación de una súper corte nom­brada por el uribismo.

No obstante, el uribismo se enfrenta a tres fuerzas: la co­munidad internacional que acompañó el proceso de paz y que presionará para que este acuerdo se cumpla; la Co­lombia Humana que tiene una gran capacidad de movili­zar al país en las calles; y por último, la Corte Suprema de Justicia quien lleva adelante importantes procesos contra el Uribismo, empezando por el mismo expresidente Uribe.

Lecciones y desafíos para la izquierda

Pese a la derrota en segunda vuelta, es innegable el gran avance de la Colombia Humana y la presentación de una nueva izquierda que irrumpió con fuerza inusitada en el escenario nacional y es el logro más grande en toda la his­toria de la izquierda colombiana.

Entre los elementos del gran crecimiento de esta opción política caben desacatar la renovación discursiva, la arti­culación de las principales organizaciones sociales de Co­lombia, el haber logrado llegar a las zonas más periféricas del país y el posicionar a Petro en el principal opositor de Uribe Vélez, el político más influyente de Colombia de las últimas décadas.

La principal tarea de la nueva izquierda es crecer rápida­mente en un electorado de clases medias. Lo que lleva a consolidar una fuerza política propia. Por ahora la Colom­bia Humana es una iniciativa que articula a movimientos sociales, con mayor capacidad de hacer machas que de ga­nar elecciones.Si logra construir una estructura, un apara­to político pequeño pero eficiente para tal objetivo, puede lograr una articulación siempre necesaria en la política de izquierda: la movilización, con la que ya cuenta, con una gran capacidad electoral.

Dado que la actual ley electoral le posibilita a Gustavo Pe­tro ser senador, hoy tiene una tribuna para ser la principal figura de oposición del país, aglutinando movimientos so­ciales, representación parlamentaria y un gran apoyo de un sector muy amplio de la ciudadanía: una oportunidad única para ser gobierno en el 2022. La tarea es, una vez más, organizarse.


[1] Profesor universitario colombiano. Sociólogo, maestro en Estudios Latinoamericanos y doctorando en Ciencias Sociales.