El momento más grave… Perú en la crisis global del nuevo coronavirus

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Ramón Pajuelo Teves1Investigador del IEP y miembro del colectivo editorial de Ojo Zurdo.

Un virus recorre el mundo. Nadie imaginaba, en ple­na cúspide de la globalización, que un virus desco­nocido podría ocasionar una emergencia de alcance planetario, completamente inédita en nuestro tiem­po. Se trata de la primera pandemia efectivamente global. Esta idea puede ayudarnos a situar el asunto en términos amplios, a fin de abordar enseguida la situación particular del Perú.

I

El nuevo coronavirus ha paralizado de golpe el rit­mo frenético, aparentemente indetenible, de un mundo cada vez más desbocado. Un mundo globali­zado e interdependiente pero también brutalmente desigual. En década de 1960, Edmund Leach habló de un “mundo en explosión” resultante de la acele­ración de la vida humana en un planeta cada vez más exhausto.2El antropólogo inglés reflexionó sobre la escena mundial de entonces en una serie de conferencias radiales de la BBC, posteriormente reunidas en: Edmund Leach, Un mundo en explosión (Barcelona: Anagrama, 1967). La globalización llevó a sus extremos di­chas tendencias. Luego de la guerra fría, los cambios globales fueron vertigino­sos. El capitalismo históri­co, tal como lo conocíamos hasta entonces, fue trans­formado velozmente por algunos procesos decisivos: predominio del capital financiero/mercantil, formación de una nueva eco­nomía-mundo especulativa, desplazamiento del eje de acumulación desde Occidente hacia Oriente (es­pecialmente a China), así como la puesta en moda de un sentido común hegemónico dirigido a legitimar el nuevo escenario.

Con el nuevo siglo y milenio, emergieron nuevos problemas globales, entre ellos el deterioro ambien­tal y la variación del clima. En términos sociales, cambios en las formas de vida, movilidad territorial y diferenciación social, coincidieron con el avance de una nueva imaginación acerca del mundo (un “ecúmene global”, a decir de Hannerz3Ulf Hannerz, Conexiones transnacionales. Cultura, gente, lugares. Madrid: Ediciones Cátedra, 1998., nunca an­tes conocido, ni siquiera con el advenimiento de la temprana modernidad posterior al descubrimiento de América, o con la más tardía vinculada al siglo de las luces y la revolución industrial). Se acentuó el desequilibrio entre el poblamiento humano y la sostenibilidad de los frágiles entornos naturales. Así, no tardaron en aparecer enfermedades y virus que, ya en el presente siglo, ocasionaron emergencias sa­nitarias en diversos lugares. Pero ninguno de ellos -VIH, SARS, Ébola, enfermedad de las vacas locas, gripe aviar o el rebrote de H1N1 como gripe porci­na- llegó a alcanzar la dimensión de una pandemia global. Hasta que en diciembre pasado salieron a luz las primeras noticias sobre un virus desconocido que causaba estragos en la ahora tristemente céle­bre Wuhan (China).

Así, el inicio del 2020 estuvo marcado por el salto de la incredulidad a la sorpresa, y luego al temor generalizado frente el riesgo de la muerte y el conta­gio. Las noticias sobre el drama ocurrido en China, y el esfuerzo de otros países orientales para evitar un mal que desbordaba todas las previsiones, rega­ron el miedo casi simultáneamente a la propagación del virus.4Ahora se sabe que el nuevo coronavirus estaba difundiéndose desde antes de las noticias oficiales ofrecidas por el gobierno chino en diciembre del 2019, y de las recomendaciones de organismos internacionales como la OMS. Las imágenes de ciudades en cuarentena, control violento de la población y lucha denodada en los hospitales, expandieron la sensación de zozo­bra y desprotección, confirmada por las estadísticas de contagios y víctimas mortales.

En las sociedades andinas, al ocurrir la invasión eu­ropea del siglo XVI, algunos males letales llegaron antes que los propios conquistadores. Durante el ca­pitalismo temprano, las vías de trasmisión de virus y enfermedades alrededor del mundo entonces cono­cido, fueron personas y animales viajando de forma lenta, aunque segura, en barcos, carretas y simple lomo de bestia. La globalización actual, permitió al nuevo coronavirus trasladarse con la rapidez de los aviones que cubren los cielos, siguiendo los trazos in­visibles de una inmensa telaraña aérea. De esa forma, lo que inicialmente parecía una réplica de anteriores epidemias, resultó ser algo sustancialmente distinto. No solo por tratarse de un virus desconocido asolan­do a poblaciones sin defensas biológicas. También porque emergió en un mundo atrapado en una frené­tica globalización. Los virus del pasado viajaban lentamente y la gente se enteraba del riesgo por la vía de periódicos o rumores. Ahora las noticias son tan ve­loces como las señales de los celulares. Pero las redes no solo informan: también pueden regar un tipo de pánico global inédito, que parece mostrar el otro lado de la hegemonía China. En marzo, cuando la OMS encendió el botón rojo, declarando que el mundo en­frentaba una pandemia, ya era demasiado tarde.

Súbitamente, el coronavirus pasó a ser el principal desafío del presente. Quebró con ello el espejismo de una globalización exitosa. Desmoronó completa­mente la idea de una comunidad internacional. Ni siquiera la Comunidad Europea -simbólicamente deshecha frente a la tragedia de países como Ita­lia y España- pudo articular una respuesta común. Ocurrió todo lo contrario: el pánico restableció las fronteras de la segunda guerra mundial. El resultado ha sido una pandemia global combatida casi exclu­sivamente en términos nacionales. El mercado glo­bal salvaje de nuestros días terminó de quitarse la mascareta: la competencia por recursos sanitarios insuficientes, terminó mostrando de forma grotesca la enorme disparidad de poder y recursos entre paí­ses y regiones de la sociedad global.5Con el avance del virus, la competencia internacional desató la inflación sin precedentes del material médico (especialmente respiradores, insumos de protección sanitaria personal, pruebas de diagnóstico, mascarillas y otros). Ello dejó prácticamente indefensos a los países menos poderosos y más pobres (especialmente de América Latina y África). Surgieron además nuevas formas de piratería global (algunos Estados llegaron a retener los equipos médicos comprados por otros, mientras agentes comerciales y diplomáticos, sobre todo norteamericanos, ofrecían sobreprecios para hacerse de los productos destinados a otros países). Más allá de las orientaciones de una OMS bastante desgastada, en términos reales se impuso entonces un mercado salvaje global de acceso diferenciado a la salud, en el cual los Estados nacionales llevaron la voz cantante de sus propias posibilidades y penurias.

La evolución de la pandemia ha mostrado varias fases temporales y territoriales, que pueden distin­guirse a pesar de ocurrir en gran medida de manera superpuesta. La primera, correspondiente al brote e inicial propagación del virus, ocurrió entre fines del año pasado e inicios del actual. Tuvo como epicen­tro a China (Wuhan), extendiéndose a otros países orientales. En un segundo momento, la pandemia avanzó plenamente sobre Europa. Italia (sobre todo Lombardía), y seguidamente España (con Madrid como foco), han sido hasta ahora los escenarios más afectados por el impacto del coronavirus en el viejo continente. La cifra dantesca de muertos y conta­giados, ha hecho recordar la destrucción ocasiona­da por las dos guerras mundiales. Pero entonces el mundo no era un pañuelo. Ni existía un andamiaje multilateral largamente sobrepasado por la pande­mia.

El infierno ocurrido en Italia terminó de espantar un sentimiento comunitario europeo cada vez más debilitado: en vez de congregarlo hacia una forma de acción internacional común, restableció viejas rencillas y egoísmos intolerables. En España, uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo resul­tó insuficiente para frenar el violento avance del virus. El cuadro terrible, difícil de creer en pleno tercer milenio, de un mal desconocido arrasando a humanos sin tratamiento ni vacuna, se proyectó también, aunque con menor intensidad, hacia el resto de países europeos. Reino Unido (tercer epi­centro europeo de la pandemia), Francia, Alemania y los países nórdicos, sufrieron también su embate, desplegando además diferentes estrategias de res­puesta.6En marzo, un reporte ahora célebre del Imperial College, con proyecciones escalofriantes sobre la cantidad posible de muertes debido a una reacción pasiva, replanteó internacionalmente los términos de las estrategias de salud pública frente a la pandemia. Las aguas se dividieron entonces entre dos opciones básicas: la de adoptar una estrategia más o menos blanda de aguante y mitigación, o la exactamente contraria, con acciones drásticas de confinamiento social y vigilancia, dirigida a suprimir de golpe la expansión del virus (el martillazo). A la luz de esa distinción, se pueden clasificar las diversas reacciones y estilos de políticas sanitarias ante la pandemia, no solo en los países europeos sino a nivel global. Véase: The Global Impact of Covid-19 and Strategies for Mitigacion and Suppression. London: Imperial College, Report 12, march 2020. Disponible en: https//doi.org/10.25561/77735.

El desastre vivido en Europa, mostró los puntos cie­gos de una civilización que, como en la peor pesadilla de tiempos pasados, resultó arrasada por la impoten­cia, el dolor y la muerte. No por casualidad, acaba de surgir un creciente debate en torno a los alcances ci­vilizatorios de la crisis des­atada por el virus (pienso especialmente en el grito de alerta de Giorgio Agamben sobre la derrota civilizato­ria asociada al miedo en Italia, así como el retorno a un estado de barbarie y excepción legalizadas, hasta hace poco inimaginables en la Europa actual).7Las ideas siempre polémicas de Agamben -quien primero apresuró su catalogación de la pandemia, pero luego aclaró pertinentemente su preocupación- alentaron un intercambio crítico con varios otros filósofos, cuyos textos se pueden encontrar en distintos recursos en línea.

Un tercer momento de la pandemia incorporó al radar de la crisis a los Estados Unidos y América Latina, al tiempo que se encendieron las alarmas en torno a los países africanos. En EE.UU. resultó muy caro el doble castigo del virus y las tropelías de un gobernante tirano desprovisto de límites. Especial­mente en New York, y luego en Washington, las cifras sombrías de contagios y muertes llevaron al país al primer lugar del ranking de la enfermedad a nivel mundial. Y mostraron que la ignorancia de Trump es el otro lado de su alucinado complejo de superioridad.

En América Latina, como en un juego de dominó, casi todos los países reaccionaron temprano, adop­tando la opción drástica de intentar frenar al virus mediante cuarentenas y otras medidas excepcio­nales, con resultados diferenciados. La opción con­traria fue asumida por Brasil, México y Nicaragua. Pero fue Brasil que mostró, en consonancia con el fundamentalismo de Jair Bolsonaro, el mayor recha­zo a la opción de enfrentar la pandemia mediante el aislamiento social. Esto generó una peculiar crisis gubernamental, en la medida que diversos estados regionales decidieron seguir ese camino, confron­tando así a su propio gobierno en medio de renun­cias ministeriales e inquietud en los cuarteles. Brasil (con Sao Paulo como foco y poblaciones periféricas devastadas como la amazónica Manaos) ha pasado a liderar las estadísticas de avance de la pandemia en la región, recordando además endémicos proble­mas de pobreza, desigualdad social y debilidad ins­titucional aún característicos de América Latina. La pandemia también desnudó la reciente prosperidad falaz de algunos países, siendo el caso de Ecuador el más impactante hasta el momento, por el grave co­lapso sanitario ocurrido en su región costera (Gua­yaquil).

Parece posible una siguiente fase de propagación de la pandemia, en la cual un drama humanitario sin precedentes podría ocurrir en países de África, así como en lugares duramente golpeados por diversos problemas recientes (Oriente Medio). También se aprecian brotes agresivos del virus en otras regiones (Rusia), mientras que en tanto no exista una vacu­na, siempre existe el peligro de rebrotes localizados (como ya se ha notado en países orientales como Singapur). Otros países simplemente parecen difu­minarse tras la sombra del autoritarismo y la impo­sibilidad de información confiable (Irán, Venezuela, Nicaragua, Siria y muchos otros).8Sin embargo, cabe precisar que la poca transparencia no es atributo exclusivo de países pobres y periféricos. También las potencias mundiales como China, EE.UU., Rusia y otras, utilizan velos informativos útiles a sus intereses. El tema puede mostrar el inicio de una nueva modalidad de guerra fría global posterior al coronavirus, sobre todo tras el opaco manejo de la pandemia por el Estado chino y sus planes de dominio mundial.

La pandemia ha hecho estallar en pedazos la ilusión de un capitalismo globalizador irreversible. Lo que ahora puede vislumbrarse -con más de la mitad de la población del planeta en situación de confinamien­to, millones de contagiados y centenares de miles de muertos- es una enorme incertidumbre hacia el fu­turo inmediato. La ciencia -otro protagonista funda­mental de la crisis- desarrollará sin duda tratamientos y vacunas efectivas. El problema es cuándo y de qué forma podrán estar al alcance de todos. Entretanto, la población mundial sobrevivirá en estado perma­nente de miedo, emergencia y riesgo. A su paso por el planeta, el coronavirus ha abierto una crisis múltiple, la cual, más allá de los aspectos estrictamente sanita­rios o económicos, transformará significativamente las condiciones de vida en todos lados. La encrucija­da planteada en diversos países, confrontados a optar entre la salud de las personas o la marcha de la eco­nomía, refleja plenamente el tipo de dilemas y falsos dilemas en un nuevo escenario global.

II

En Perú, las primeras noticias sobre una nueva en­fermedad que estaba causando estragos en China acompañaron el inicio del nuevo año sin despertar mayor preocupación. Ello fue cambiando en cues­tión de semanas. Como en otros lugares, el virus probablemente se coló hacia territorio peruano a través de viajeros que retornaban a sus hogares, y turistas extranjeros que ansiaban descubrir las ma­ravillas de un país milenario, convertido cada vez más en una marca comercial exitosa. Algunos ba­rrios acomodados de Lima fueron la primera escala de la enfermedad. Pronto aparecieron casos en otras ciudades. Probablemente a inicios de marzo, hacia el viernes 6, cuando el propio presidente anunció de forma solemne la confirmación del primer caso positivo, el virus ya se había diseminado hacia di­versas regiones. Hubiese sido necesario cerrar mu­cho antes las fronteras, y echar a andar cuidadosos controles sanitarios. Pero nada de ello era posible, considerando la poca información disponible y la precariedad del sistema público de salud.

El miércoles 11 de marzo, horas antes de que la OMS anunciara que el mundo se enfrentaba a una pandemia, el gobierno declaró la emergencia sanitaria. Sin embargo, era tarde para evitar el embate de la enfermedad. Durante los días siguientes el número casos positivos comenzó a crecer rápidamente den­tro y fuera de Lima. La multiplicación de los conta­gios condujo entonces a imaginar el peor escenario. Ello explica la firme decisión de las autoridades para decretar, apenas cuatro días después, el estado de emergencia y la imprevisible cuarentena.

En un primer momento, siguiendo un criterio epidemiológico en torno al proceso evolutivo de la enfermedad, se pensó que con dos semanas de estricta cuarentena podría controlarse la situación. Dicha previsión inicial resultó largamente sobrepasada por la expansión del coronavirus a casi todo el país. Así, cerca de dos meses después, el 8 de mayo, el pre­sidente peruano Martin Vizcarra tuvo que anunciar por cuarta vez consecutiva la prolongación del esta­do de emergencia y cuarentena9Hasta el momento, han transcurrido cerca de dos meses desde el inicio de la cuarentena, la cual fue decretada por el gobierno el 15 de marzo, extendiéndose cuatro veces consecutivas mediante anuncios presidenciales efectuados los días 26 de marzo, 8 de abril, 23 de abril y 8 de mayo.. La decisión de combatir el virus con una medida drástica, a fin de frenar su expansión y conseguir tiempo para actuar en medio de la urgencia, fue tomada de forma acertada y temprana por las au­toridades. Sin embargo, luego de ocho semanas el avance del virus ha seguido causando una escalada de contagios y muertes. La estrategia del gobierno evitó sin duda una crisis humanitaria sin preceden­tes, pero no fue suficiente para detener el trágico tsunami del coronavirus.

En este contexto nacional (y global) de la pandemia, la experiencia del Perú puede comprenderse mejor tomando en cuenta tres elementos fundamentales. El primero de ellos es que el virus irrumpió en un escenario de considerable precariedad política e institucional. A pesar de las apariencias -exitosos indicadores económicos y relativa estabilidad de­mocrática- el país arrastra una seria crisis de repre­sentación, a estas alturas endémica, que ha corroído profundamente a instituciones, partidos políticos y organizaciones sociales. 10El régimen actual del presidente Vizcarra proviene justamente del relevo de su antecesor, Pedro Pablo Kuczynski, desaforado mediante una vacancia presidencial por escándalos de corrupción. Posteriormente, un fuerte conflicto de intereses entre Ejecutivo y Legislativo, terminó con el cierre del Congreso y la convocatoria a nuevas elecciones, realizadas a fines de enero del presente año.El segundo elemento es el abandono por décadas del sistema público de salud. Una sola cifra resulta reveladora: al momento de desatarse la epidemia, el Perú contaba con apenas un centenar de camas UCI disponibles para atender la emergencia. Un diagnóstico comparativo ubicaba al país en el penúltimo lugar latinoamericano en dis­ponibilidad de ventiladores médicos por cada cien mil habitantes.11El balance del total de camas hospitalarias también refleja el completo abandono del sector durante décadas. De acuerdo a datos oficiales del Ministerio de Salud, entre los años 2003 y 2018 el total de camas por cada diez mil habitantes prácticamente se mantuvo estancado: pasó apenas de 15.5 a 16 camas. Ver: www.minsa.gob.pe/reunis/recursos_salud/index_camas_hospitalarias.asp En tercer lugar, resulta clave consi­derar que Perú muestra el predominio de un modelo de acumulación y desarrollo de tipo neoliberal, que puede describirse como uno de los más arraigados en América Latina. Se trata de una fuerte hegemo­nía que se sostiene, entre otras cosas, en un extendi­do sentido común proclive al fundamentalismo de mercado (con el precepto normativo, elevado inclu­sive a rango constitucional, de que el Estado reduci­do al mínimo debe dejar completo espacio libre a la iniciativa privada).12En torno a la prolongada hegemonía neoliberal vigente en Perú puede verse: Ramón Pajuelo, Un río invisible. Ensayos sobre política, conflictos, memoria y movilización indígena en el Perú y los Andes. Lima: Ríos Profundos Editores, 2016.

Considerando estos aspectos, se puede apreciar la magnitud de una emergencia sanitaria que mues­tra, en realidad, el impacto cruzado del embate de la pandemia, la insuficiencia de un precario sistema sanitario y una dura cuarentena obligatoria. Pro­yectada inicialmente por dos semanas, la cuarente­na no solo ha evitado muchas muertes: también ha mostrado la dificultad real –más allá del optimismo oficial- de frenar el avance del virus. Vale remarcar ante ello que el verdadero Perú, sencillamente no era el paraíso del discurso neoliberal dominante. As­pectos como la pobreza todavía existente, cambios de la movilidad espacial, crecimiento precario re­ciente de diversas ciudades, así como una estructura familiar que implica condiciones de hacinamiento e insuficiencia de servicios básicos, pueden rastrear­se a profundidad para encontrar razones confiables en torno al peculiar ritmo de expansión del virus en el territorio y la población del Perú.13En ese sentido, no resulta casual que la pandemia haya alcanzado con mayor gravedad a ciudades intermedias de regiones con reciente crecimiento explosivo, como Loreto, Lambayeque, Piura y ahora Ucayali. Tampoco que luego de irrumpir en barrios acomodados de Lima, se haya diseminado con toda su carga de muerte y destrucción hacia los distritos más pobres de la enorme ciudad capital. Entretanto, el marco de un estado de emergencia nacional que no se vivía en Perú desde los tiempos aciagos de la vio­lencia política, la cuarentena ha arrastrado una casi completa parálisis económica, que ha terminado golpeando enormemente al país en su conjunto.

Una característica fundamental del manejo de la crisis ha sido el protagonismo del propio presiden­te. Sus conferencias de prensa, realizadas primero casi diariamente y luego con menor regularidad, se convirtieron en el principal espacio de información pública sobre la evolución de la crisis. Se ha preferi­do así un estilo de manejo político de la pandemia similar al de países en los cuales se buscó transmitir mayor liderazgo y autoridad presidencial, dejando en segundo plano el uso de una vocería científica o especializada con cierta independencia (como en el caso de España). En Perú dicho rol ha recaído en la doble figura -política y técnica- del ministro de sa­lud, Víctor Zamora, y en menor medida en la jefa del comando Covid, Pilar Mazzetti.14Solo de forma esporádica, se ha hecho mención al concurso de científicos e investigadores reunidos en comités técnicos.

Temas como la gestión de salud o el manejo de los ahorros de los trabajadores por las AFP, han per­mitido sin embargo un vuelco de trascendencia. La exigencia de transformaciones estructurales había sido hasta ahora la principal bandera de oposición al modelo neoliberal de desarrollo vigente, espe­cialmente por parte de la izquierda. Pero en el país simplemente resultaba más eficaz la censura ante cualquier reclamo de cambio estructural, en aras de mantener la vigencia del modelo. En medio de la crisis de la pandemia, parece evidente que estamos asistiendo a un quiebre del consenso neoliberal que durante décadas ha sostenido la continuidad del or­den de cosas en Perú. Ejemplo de ello es el propio discurso presidencial. En varias ocasiones, al men­cionar las graves deficiencias del funcionamiento de los servicios de salud, o de la gestión de los fondos de pensiones, el discurso de Vizcarra ha logrado saltar de los aspectos procedimentales, señalando la necesidad de efectuar cambios estructurales.15Es la primera vez -luego del fiasco del régimen de la “gran transformación” de Ollanta Humala- que el propio discurso oficial rebasa el consenso neoliberal vigente, logrando plantear el rediseño de elementos centrales del sistema vigente (incluyendo la necesidad de priorizar la vida humana, así como una perspectiva de servicio público por encima del predominio del mercado y el interés de lucro). Se ha abierto un nuevo contexto para la discusión de estos temas, así como de otros que resultan esenciales para el buen funcionamiento de la gestión pública en su conjunto.

Apenas cinco días después del inicio de la cuarente­na, juramentó como nuevo ministro de salud Víctor Zamora, un especialista en salud pública. Fue una decisión que otorgó al gobierno un horizonte más claro, no solo en términos administrativos –conside­rando el desorden heredado en aspectos cruciales, como la información sobre la atención hospitalaria y disponibilidad de camas UCI- sino por aportar una perspectiva más integral de los servicios de salud. Ello se vio reflejado inmediatamente en el discurso del gobierno al tiempo que Zamora, desplazando en cierta medida al primer ministro Vicente Zeballos, fue asumiendo el rol activo de segundo vocero del régimen. Unas semanas después, una segunda re­moción ministerial volvió a mostrar la enorme de­bilidad institucional subsistente en los niveles más altos del Estado. La renuncia del ministro de interior Carlos Morán, quien hasta entonces era un miem­bro muy influyente del gobierno, mostró serios pro­blemas de corrupción, así como fuertes conflictos en todos los niveles del gremio policial.16Dichos problemas pueden verse como la punta del iceberg de un serio problema de corrupción institucionalizada en diversas instituciones del Estado. El nuevo ministro del Interior, Gastón Rodríguez, rápidamente fue cuestionado por nombrar como cercanos colaboradores, a personas acusadas de vínculos con grupos corruptos y malos manejos en la función pública. En el contexto de la emergencia, la propia Contraloría de la República, encargada de efectuar el control de los gastos del Estado, terminó envuelta en un escandaloso caso de compra sobre valuada de productos de prevención.

Otro aspecto que desde el principio despertó preo­cupación, es el rol de los militares en el manejo de la emergencia. La cuarentena peruana ha sido asimila­da a la declaratoria de un estado de emergencia que asegura restricciones y limita derechos fundamen­tales. Solo tres días después de decretada la cuaren­tena, el 18 de marzo, se estableció un toque de queda poniendo el manejo del orden público en manos de las fuerzas armadas y policiales.

Coincidentemente con la emergencia, en Perú se instaló un nuevo Congreso elegido en los comicios extraordinarios del 26 de enero de 2020. De modo que Ejecutivo y Legislativo tuvieron que estrenar relaciones en el contexto de la pandemia. El pri­mer acto de los nuevos parlamentarios fue un acto de juramentación que desacataba la cuarentena y aislamiento social. Poste­riormente, la actuación política del Congreso ha resultado patética, mos­trándose como una institu­ción que en vez de apoyar dificulta en gran medida los esfuerzos del gobierno central para combatir la epidemia.17Debido al descuido y falta de previsión entre los parlamentarios, al menos una decena de ellos resultaron contagiados, básicamente por sostener reuniones presenciales a pesar de la vigencia de la cuarentena. Si el porcentaje de contagios registrado en el Congreso hubiese ocurrido a nivel del conjunto de país, más de dos millones de personas hubiesen contraído el virus en plena cuarentena.

El tipo de vín­culo entre los dos princi­pales poderes del Estado, puede ser descrito como un choque de baja intensidad, a todas luces contraprodu­cente en un momento de emergencia nacional. Di­cha situación, no ha contribuido a la búsqueda de salidas constructivas en relación a temas de fondo, tales como el manejo de los aportes de afiliados a las AFP, el combate de la corrupción y control de gastos durante la emergencia, o el otorgamiento de faculta­des extraordinarias solicitadas por el Ejecutivo para efectos tributarios.

El desempeño lamentable del Congreso ha vuelto a evidenciar un serio problema de eficiencia y probi­dad en la gestión de los diversos niveles del Estado. Ha resultado imposible una respuesta conjunta al ni­vel que las circunstancias requerían. La ausencia de un nivel intermedio eficaz (regional y municipal) ha sido uno de los aspectos más críticos de la respues­ta estatal ante la epidemia. Afectó la posibilidad de acometer de mejor manera temas concernientes al funcionamiento del sistema de salud –preparación y aprovisionamiento de hospitales y otros centros de atención médicas-, así como adecuado control municipal de la comercialización en los mercados y unidades de transporte público. Ello muestra el desgaste del diseño de descentralización y regiona­lización del Estado (tema simplemente postergado luego de los últimos intentos de reforma ocurridos a inicios de la década pasada).

Otro tema central en el contexto de la crisis, ha sido el del manejo económico. En lo referido a la aten­ción social de la emergencia, la fórmula utilizada, de manera progresiva a medida que se iba alargando la cuarentena, ha consistido en la emisión de un con­junto de bonos de ayuda social. Hasta el momento se han lanzado cuatro principales, destinados a fami­lias en extrema pobreza, trabajadores independien­tes, familias rurales y familias que no cuentan con ingresos estables (es decir, con miembros en plani­llas laborales formales con acceso a los beneficios de ley).18Adicionalmente se han otorgado bonos de reconocimiento y ayudas más específicas, para los trabajadores de salud o miembros de las fuerzas policiales. El problema ha sido la enorme dificultad para hacer efectiva la entrega de dichas ayudas. A pesar de la existencia del Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social, a cargo de dicha labor y que tie­ne largos años administrando programas sociales, se hizo evidente que existe un enorme abismo entre la data de la población beneficiaria, y la existencia en el país de una masa no identificada de población que no existe en los registros oficiales. No son bene­ficiarios de programas sociales, no son titulares de cuentas bancarias, y probablemente mucha gente ni siquiera tienen el documento nacional de identidad que facilitaría su identificación.

En el camino, fueron emergiendo otro tipo de difi­cultades. Una de las más impactantes fue la apari­ción de los denominados “caminantes”. La sucesiva ampliación de la cuarentena, generó el desplaza­miento de personas desesperadas por retornar a sus lugares de origen. Viajeros ocasionales, pacientes de hospitales, trabajadores despedidos y familias ente­ras de migrantes con empleos precarios, se vieron enfrentados al completo abandono en las ciudades, al perder sus fuentes de trabajo y/o residencia. 19Según informaron algunas autoridades, existirían alrededor de 700,000 personas en dicha condición, y cerca de 150,000 registrados por sus gobiernos regionales. Los casos más visibles fueron los de “caminantes” de Huancavelica, Huánuco, Apurímac, Cuzco, Piura, San Martín, Cajamarca, Loreto y Ucayali. Tras el fenómeno, se aprecian nuevas formas de movilidad territorial, residencia variable e inserción laboral precaria existentes en el país, en relación a factores como la rotación del calendario agrícola rural, demandas de acceso a servicios urbanos y nuevas dinámicas urbano/rurales. Por ello, muchos “caminantes” son jóvenes, expulsados súbitamente de vuelta a sus lugares de origen. En torno a las nuevas dinámicas de ruralidad existentes en el país y los cambios recientes en comunidades campesinas, véase: Ramón Pajuelo, Trayectorias comunales. Cambios y continuidades en comunidades campesinas e indígenas del Sur andino. Lima: Grupo Propuesta Ciudadana, 2019. Es­pecialmente desde el mes de abril, el fenómeno de los llamados caminantes se hizo crucial, desatando una situación que no pudo ser manejada adecuada­mente por las distintas instancias de gobierno, na­cionales y regionales. El drama de los caminantes no solo añadió mayor gravedad a la situación de mu­chos peruanos dispersos por el mundo buscando ser repatriados. Lamentablemente, facilitó asimismo la movilidad del virus hacia diversas regiones y zonas rurales.

Pero también resulta necesario destacar aciertos y avances ocurridos a pesar de las circunstancias difíciles. Un ámbito especialmente difícil pero que tuvo una buena respuesta, ha sido el de la educa­ción básica. Con rapidez, el gobierno consiguió di­señar e implementar una estrategia ambiciosa para la continuidad de las labores educativas en todo el país, adecuándolas a las condiciones impuestas por la situación de emergencia. Así, la implementación del programa educativo denominado “Aprendo en casa”, no solo respondió a una necesidad apremian­te, sino que brindó la oportunidad de incorporar se­riamente el ámbito digital en la educación pública. Ha mostrado que existen aptitudes y una indudable reserva de entusiasmo en la comunidad educativa (estudiantes, maestros, hogares e instituciones), jun­to a retos imprescindibles de acometer en el futuro inmediato.20Se ha evidenciado la necesidad de rediseñar el conjunto del sistema educativo, considerando el rol de la educación privada en dicho contexto. Y no sólo en lo referente a la educación básica. Múltiples quejas en torno al costo de las pensiones escolares y universitarias, han sacado a luz un problema de fondo: el abandono durante décadas del derecho a educación, y su conversión paulatina en un servicio supeditado fundamentalmente al funcionamiento del mercado, así como a intereses privados con fines básicamente lucrativos.

III

A pesar del enorme esfuerzo realizado por el gobier­no para esquivar o disminuir los efectos múltiples de la emergencia del coronavirus, el Perú se enfren­ta ante el momento más grave de su historia recien­te. El más dramático desde la experiencia de guerra interna fratricida que desangró al país durante las dos décadas finales del siglo XX. Se trata de una crisis nacional sin precedentes, por tratarse de una pandemia global que ha terminado adoptando un rumbo peculiar, correspondiente a las propias cir­cunstancias del país.

Como toda crisis, es una coyuntura que saca a luz problemas y dilemas profundos, pero también nue­vas posibilidades de acción. Esto viene ocurriendo de forma acelerada debido al propio ritmo de la emer­gencia. Así, resulta clave destacar que apreciamos el agrietamiento de un largo consenso neoliberal, así como un inédito protagonismo del Estado. Aunque prevalece un sentido de estabilidad asociado a la continuidad del modelo, se aprecia un novedoso re­clamo de cambios estructurales, así como el retorno de una imagen del Estado asociada a la cautela del interés público. Estos clivajes de la hegemonía neo­liberal se resolverán en el futuro posterior a la crisis del coronavirus.21Tras las crisis sanitaria y económica, crece la angustia de sectores privilegiados, ante la pérdida de una normalidad que en realidad ocultaba enormes injusticias y desigualdades. El discurso neoliberal, reflejado en los gremios empresariales y ciertos círculos intelectuales, enfatiza la necesidad de cautelar que no se arriesgue el rumbo de lo avanzado. Un nuevo discurso republicano liberal, insiste en la urgencia de recuperar sentidos comunes ante el reto planteado por las circunstancias críticas y la cercanía del bicentenario. Desde la orilla de la izquierda no se aprecia un discurso realmente alternativo. Más allá de sugerencias específicas respecto a temas de política inmediata, la izquierda en su conjunto exhibe una enorme carencia para recuperar una visión de los asuntos públicos a partir de un nuevo proyecto de país. El reto de entrelazar concretamente las perspectivas de revolución y democracia aún continúa pendiente. Entretanto, el desempeño político concreto desplegado por la izquierda en los últimos años, luego de las auspiciosas elecciones del 2016, arroja un balance sumamente deficitario. A ello se suma el costo del divorcio entre las prácticas concretas (en espacios como el parlamento y la política electoral) y el añejo discurso de unidad programática y acción.

A inicios de marzo, al adoptar las medidas necesa­rias de la emergencia nacional, una vez más el pre­sidente Vizcarra demostraba coraje ante situaciones complicadas. Y una vez más demostraba que en un país de extremos como el Perú, puede resultar más difícil conducir el rumbo de las acciones que decidir­se a abrazarlas. La crisis de la cuarentena ha sacado a flote diversos problemas históricos de largo plazo, así como deficiencias estructurales todavía vigentes, en una sociedad rápidamente transformada por tres décadas sucesivas de crecimiento neoliberal, pero sin adecuada democratización social. Todo ello sin conseguir frenar al virus, o al menos detenerlo su­ficientemente para no tener que hacer malabares al borde del abismo.

Los datos estadísticos disponibles, en medio de la opacidad que suele acompañar toda epidemia y los problemas añadidos de sub-registro oficial, muestran una carrera dramática entre el ritmo de avance de la enfermedad y la respuesta estatal (es­pecialmente en cuanto al acondicionamiento de los servicios de salud mediante ampliación de camas hospitalarias y de UCI, disposición de personal, ob­tención de ventiladores y hasta balones de oxígeno). El esfuerzo realizado por un Estado atrofiado debido al predominio neoliberal, y un gobierno en apren­dizaje acelerado por el ritmo de las circunstancias, ha sido enorme y encomiable. Pero no ha evitado la sensación de riesgo permanente, reflejado en las du­ras estadísticas de contagios y muertes.

El estado real del país, luego de dos meses de una cuarentena inevitable (resulta necesario remarcar­lo) parece lejos del cuadro de riesgo controlado que el presidente intenta mostrar casi diariamente en sus conferencias de prensa. Siempre hay varias formas de tomar el pulso a una emergencia semejante. De­trás de las conferencias de prensa y las estadísticas oficiales, la imagen de las calles y las noticias resulta más cruda y fidedigna: refleja la real dimensión de la desigualdad incubada en el país tras décadas de he­gemonía y estabilidad neoliberal. Es lo que muestra la tragedia ocurrida en las regiones más golpeadas (Loreto, Lambayeque, Piura, y cada vez más Ucayali). La enorme Lima, con más de diez millones de habi­tantes, concentra la mayor cantidad de afectados y muestra -a pesar de las medidas de urgencia y los esfuerzos médicos- el colapso práctico de un sistema sanitario completamente desbordado por el aluvión inesperado de enfermos.

Una larga cuarentena puede leerse como una situa­ción límite que exhibe las estructuras históricas a través de las conductas cotidianas visibles, persona­les e institucionales. Siempre puede conducir a un resultado inesperado, imprevisto por la voluntad oficial. Abiertas las puertas, puede mostrar la leja­nía del peligro, pero también la dura evidencia del fracaso y nuevas amenazas. En todo caso, plantea siempre el dilema de optar por la añoranza o por asumir el riesgo de seguir hacia adelante. Es lo que parece ocurrir en Perú, incluso antes de llegar al fi­nal del túnel, al término del largo encierro. Algunos simplemente aspiran a restaurar lo perdido, ponien­do como siempre sus propios privilegios por delante de cualquier noción amplia y democrática de país.22La presidenta de la CONFIEP, María Isabel León, no tardó en cuestionar las nuevas medidas diseñadas por el gobierno para la reapertura económica, señalando enfáticamente que el Perú no era Europa. Desde su óptica, los protocolos laborales y de seguridad que el gobierno plantea siguiendo mínimos estándares internacionales, simplemente no resultan aplicables en el país. Lamentablemente, buena parte del empresariado nacional solo busca seguir manteniendo su posición privilegiada, sueña seguir gobernando desde la sombra un país de cholos baratos. Un empresario del rubro de bebidas declaró que el 2020 iba a ser un año espectacular. Otros buscan la mejor manera de continuar, a pesar de todo el riesgo e incertidumbre del horizonte in­mediato. En todo caso, lo interesante es que ahora resulta evidente la necesidad de cambiar muchas cosas de fondo en la sociedad peruana, como condición impostergable para seguir hacia adelante. El espejismo neoliberal se ha difuminado en gran me­dida como producto de la crisis.

La gravedad de la situación se grafica en el rostro in­visible de muertos solitarios y sin registro adecuado, que por esa razón ni siquiera ingresan a las estadísti­cas oficiales. En el drama de enfermos críticos que en diversos lugares ya ni siquiera aspiran a alcanzar el auxilio de un ventilador, sino apenas el aire de un ba­lón de oxígeno. De caminantes desperdigados en las carreteras a lo largo y ancho del país, tratando deses­peradamente de escapar de sus propias vidas, a fin de volver a casa y seguir enfrentando un futuro no escri­to. Frente a ello, los peruanos hemos observado semanas de angustiosa gestión institucional de un Estado corroído por décadas de abandono y precariedad. Un enorme vacío institucional, reflejado en ineficiencia y lentitud, así como en la corrupción existente en to­dos sus niveles, ha mostrado el agotamiento del dise­ño de Estado garante del orden neoliberal.

Así, hemos tenido que dejar abruptamente el pasatiempo de la auto celebración de nuestros éxitos: el boom gastronómico, las cifras en azul del crecimiento, la clasificación al mundial de fútbol, la garantía comercial de la “marca Perú” y un largo etcétera. Han sido reemplazados por la dura experiencia del aislamiento social sin plazo fijo, por la imagen dolorosa del verdadero rostro nacional frente al espejo, por el estrepi­toso cierre del telón de nuestro propio sueño de opio neoliberal.

En el futuro inmediato, el momento más grave que nos ha tocado vivir debido a la crisis del coro­navirus, podría ser recordado como un breve pa­réntesis que no impidió la restauración del orden extraviado: el retorno pleno a la normalidad neo­liberal. Quizá decorado con el añadido de algunos protocolos de buena conducta comercial. Pero también podría ser una oportunidad para volver a alzar el dedo en el aire y escribir, a pesar de todo, una historia nacional sustancialmente distinta, verdaderamente democrática. Una historia al nivel de la capacidad de lucha y resistencia que sigue mostrando la gran mayoría de peruanos y peruanas.


[1] Investigador del IEP y miembro del colectivo editorial de Ojo Zurdo.

[2] El antropólogo inglés reflexionó sobre la escena mundial de entonces en una serie de conferencias radiales de la BBC, posteriormente reunidas en: Edmund Leach, Un mundo en explosión (Barcelona: Anagrama, 1967).

[3] Ulf Hannerz, Conexiones transnacionales. Cultura, gente, lugares. Madrid: Ediciones Cátedra, 1998.

[4] Ahora se sabe que el nuevo coronavirus estaba difundiéndose desde antes de las noticias oficiales ofrecidas por el gobierno chino en diciembre del 2019, y de las recomendaciones de organismos internacionales como la OMS.

[5] Con el avance del virus, la competencia internacional desató la inflación sin precedentes del material médico (especialmente respiradores, insumos de protección sanitaria personal, pruebas de diagnóstico, mascarillas y otros). Ello dejó prácticamente indefensos a los países menos poderosos y más pobres (especialmente de América Latina y África). Surgieron además nuevas formas de piratería global (algunos Estados llegaron a retener los equipos médicos comprados por otros, mientras agentes comerciales y diplomáticos, sobre todo norteamericanos, ofrecían sobreprecios para hacerse de los productos destinados a otros países). Más allá de las orientaciones de una OMS bastante desgastada, en términos reales se impuso entonces un mercado salvaje global de acceso diferenciado a la salud, en el cual los Estados nacionales llevaron la voz cantante de sus propias posibilidades y penurias.

[6] En marzo, un reporte ahora célebre del Imperial College, con proyecciones escalofriantes sobre la cantidad posible de muertes debido a una reacción pasiva, replanteó internacionalmente los términos de las estrategias de salud pública frente a la pandemia. Las aguas se dividieron entonces entre dos opciones básicas: la de adoptar una estrategia más o menos blanda de aguante y mitigación, o la exactamente contraria, con acciones drásticas de confinamiento social y vigilancia, dirigida a suprimir de golpe la expansión del virus (el martillazo). A la luz de esa distinción, se pueden clasificar las diversas reacciones y estilos de políticas sanitarias ante la pandemia, no solo en los países europeos sino a nivel global. Véase: The Global Impact of Covid-19 and Strategies for Mitigacion and Suppression. London: Imperial College, Report 12, march 2020. Disponible en: https//doi.org/10.25561/77735.

[7] Las ideas siempre polémicas de Agamben -quien primero apresuró su catalogación de la pandemia, pero luego aclaró pertinentemente su preocupación- alentaron un intercambio crítico con varios otros filósofos, cuyos textos se pueden encontrar en distintos recursos en línea.

[8] Sin embargo, cabe precisar que la poca transparencia no es atributo exclusivo de países pobres y periféricos. También las potencias mundiales como China, EE.UU., Rusia y otras, utilizan velos informativos útiles a sus intereses. El tema puede mostrar el inicio de una nueva modalidad de guerra fría global posterior al coronavirus, sobre todo tras el opaco manejo de la pandemia por el Estado chino y sus planes de dominio mundial.

[9] Hasta el momento, han transcurrido cerca de dos meses desde el inicio de la cuarentena, la cual fue decretada por el gobierno el 15 de marzo, extendiéndose cuatro veces consecutivas mediante anuncios presidenciales efectuados los días 26 de marzo, 8 de abril, 23 de abril y 8 de mayo.

[10] El régimen actual del presidente Vizcarra proviene justamente del relevo de su antecesor, Pedro Pablo Kuczynski, desaforado mediante una vacancia presidencial por escándalos de corrupción. Posteriormente, un fuerte conflicto de intereses entre Ejecutivo y Legislativo, terminó con el cierre del Congreso y la convocatoria a nuevas elecciones, realizadas a fines de enero del presente año.

[11] El balance del total de camas hospitalarias también refleja el completo abandono del sector durante décadas. De acuerdo a datos oficiales del Ministerio de Salud, entre los años 2003 y 2018 el total de camas por cada diez mil habitantes prácticamente se mantuvo estancado: pasó apenas de 15.5 a 16 camas. Ver: www.minsa.gob.pe/reunis/recursos_salud/index_camas_hospitalarias.asp

[12] En torno a la prolongada hegemonía neoliberal vigente en Perú puede verse: Ramón Pajuelo, Un río invisible. Ensayos sobre política, conflictos, memoria y movilización indígena en el Perú y los Andes. Lima: Ríos Profundos Editores, 2016.

[13] En ese sentido, no resulta casual que la pandemia haya alcanzado con mayor gravedad a ciudades intermedias de regiones con reciente crecimiento explosivo, como Loreto, Lambayeque, Piura y ahora Ucayali. Tampoco que luego de irrumpir en barrios acomodados de Lima, se haya diseminado con toda su carga de muerte y destrucción hacia los distritos más pobres de la enorme ciudad capital.

[14] Solo de forma esporádica, se ha hecho mención al concurso de científicos e investigadores reunidos en comités técnicos.

[15] Es la primera vez -luego del fiasco del régimen de la “gran transformación” de Ollanta Humala- que el propio discurso oficial rebasa el consenso neoliberal vigente, logrando plantear el rediseño de elementos centrales del sistema vigente (incluyendo la necesidad de priorizar la vida humana, así como una perspectiva de servicio público por encima del predominio del mercado y el interés de lucro). Se ha abierto un nuevo contexto para la discusión de estos temas, así como de otros que resultan esenciales para el buen funcionamiento de la gestión pública en su conjunto.

[16] Dichos problemas pueden verse como la punta del iceberg de un serio problema de corrupción institucionalizada en diversas instituciones del Estado. El nuevo ministro del Interior, Gastón Rodríguez, rápidamente fue cuestionado por nombrar como cercanos colaboradores, a personas acusadas de vínculos con grupos corruptos y malos manejos en la función pública. En el contexto de la emergencia, la propia Contraloría de la República, encargada de efectuar el control de los gastos del Estado, terminó envuelta en un escandaloso caso de compra sobre valuada de productos de prevención.

[17] Debido al descuido y falta de previsión entre los parlamentarios, al menos una decena de ellos resultaron contagiados, básicamente por sostener reuniones presenciales a pesar de la vigencia de la cuarentena. Si el porcentaje de contagios registrado en el Congreso hubiese ocurrido a nivel del conjunto de país, más de dos millones de personas hubiesen contraído el virus en plena cuarentena.

[18] Adicionalmente se han otorgado bonos de reconocimiento y ayudas más específicas, para los trabajadores de salud o miembros de las fuerzas policiales.

[19] Según informaron algunas autoridades, existirían alrededor de 700,000 personas en dicha condición, y cerca de 150,000 registrados por sus gobiernos regionales. Los casos más visibles fueron los de “caminantes” de Huancavelica, Huánuco, Apurímac, Cuzco, Piura, San Martín, Cajamarca, Loreto y Ucayali. Tras el fenómeno, se aprecian nuevas formas de movilidad territorial, residencia variable e inserción laboral precaria existentes en el país, en relación a factores como la rotación del calendario agrícola rural, demandas de acceso a servicios urbanos y nuevas dinámicas urbano/rurales. Por ello, muchos “caminantes” son jóvenes, expulsados súbitamente de vuelta a sus lugares de origen. En torno a las nuevas dinámicas de ruralidad existentes en el país y los cambios recientes en comunidades campesinas, véase: Ramón Pajuelo, Trayectorias comunales. Cambios y continuidades en comunidades campesinas e indígenas del Sur andino. Lima: Grupo Propuesta Ciudadana, 2019.

[20] Se ha evidenciado la necesidad de rediseñar el conjunto del sistema educativo, considerando el rol de la educación privada en dicho contexto. Y no sólo en lo referente a la educación básica. Múltiples quejas en torno al costo de las pensiones escolares y universitarias, han sacado a luz un problema de fondo: el abandono durante décadas del derecho a educación, y su conversión paulatina en un servicio supeditado fundamentalmente al funcionamiento del mercado, así como a intereses privados con fines básicamente lucrativos.

[21] Tras las crisis sanitaria y económica, crece la angustia de sectores privilegiados, ante la pérdida de una normalidad que en realidad ocultaba enormes injusticias y desigualdades. El discurso neoliberal, reflejado en los gremios empresariales y ciertos círculos intelectuales, enfatiza la necesidad de cautelar que no se arriesgue el rumbo de lo avanzado. Un nuevo discurso republicano liberal, insiste en la urgencia de recuperar sentidos comunes ante el reto planteado por las circunstancias críticas y la cercanía del bicentenario. Desde la orilla de la izquierda no se aprecia un discurso realmente alternativo. Más allá de sugerencias específicas respecto a temas de política inmediata, la izquierda en su conjunto exhibe una enorme carencia para recuperar una visión de los asuntos públicos a partir de un nuevo proyecto de país. El reto de entrelazar concretamente las perspectivas de revolución y democracia aún continúa pendiente. Entretanto, el desempeño político concreto desplegado por la izquierda en los últimos años, luego de las auspiciosas elecciones del 2016, arroja un balance sumamente deficitario. A ello se suma el costo del divorcio entre las prácticas concretas (en espacios como el parlamento y la política electoral) y el añejo discurso de unidad programática y acción.

[22] La presidenta de la CONFIEP, María Isabel León, no tardó en cuestionar las nuevas medidas diseñadas por el gobierno para la reapertura económica, señalando enfáticamente que el Perú no era Europa. Desde su óptica, los protocolos laborales y de seguridad que el gobierno plantea siguiendo mínimos estándares internacionales, simplemente no resultan aplicables en el país. Lamentablemente, buena parte del empresariado nacional solo busca seguir manteniendo su posición privilegiada, sueña seguir gobernando desde la sombra un país de cholos baratos. Un empresario del rubro de bebidas declaró que el 2020 iba a ser un año espectacular.