El fujimorismo de ayer y hoy en el Perú neoliberal

Descargar PDF aquí

Alonso Marañon1Politólogo (PUCP y FLACSO Ecuador). Docente universitario. Correo electrónico: alonsomaranon@gmail.com

A fines del 2016 Fuerza Popular (FP), actual vehículo principal del fujimorismo, era una organización poderosa. Tenía la bancada mayoritaria en el congreso, su lideresa Keiko Fujimori casi ganó la presidencia y el gobierno de PPK estaba arrinconado por la presión fujimorista. Dos años después la situación de FP es totalmente opuesta: la bancada perdió su mayoría y se viene reduciendo progre­sivamente, Keiko está en prisión preventiva con una desa­probación pública del 90%, finalmente el presidente Viz­carra ha encontrado en la lucha contra el fujimorismo su principal capital político. ¿Qué pasó con esta organización que, según algunos analistas, era el partido mejor consti­tuido del Perú?

Este artículo sostiene que FP ha actuado como si estuviéramos en la década de los noventas, cuando el fujimorismo era la fuerza central de un régimen autoritario. A partir de la “transición democrática” en el 2001, si bien la hegemo­nía neoliberal fundada por el fujimorismo se mantuvo, no lo hizo sin sufrir algunas transformaciones. Otros actores y fuerzas (los presidentes y sus grupos políticos, la oposi­ción legislativa, grandes grupos empresariales) asumie­ron la dirección de la política –de maneras heterogéneas y contradictorias– y desplazaron así al fujimorismo de su centralidad. El nuevo régimen construido desde la transi­ción, que restableció varias instituciones liberales, permi­tió un contexto de mayores pugnas inter-élites que se dis­putan entre sí la dirección del neoliberalismo. Además, la movilización social contra el fujimorismo está mucho más empoderada sin los cercos estatales de los noventas. Por último, lejos de la imagen noventera de un fujimorismo alejado de la política tradicional, ahora este es percibido como una fuerza más de la estructura del poder.

1. La hegemonía neoliberal y el fujimorismo (1992-2000)

El fujimorismo y el actual proyecto de país nacieron simultáneamente. La inesperada victoria de Alberto Fujimori en las elecciones generales de 1990 está situada en los inicios de un “nuevo Perú”. Fujimori venció a los partidos de iz­quierda y derecha buscando la representación de nuevas fuerzas emergentes: pequeños y medianas empresas, igle­sias no-católicas, comercio ambulante, etc. A diferencia de los partidos que invocaban a los movimientos obreros o a las organizaciones de la burguesía, Fujimori se apoyo en las consecuencias de la crisis hiperinflacionaria. Así, grandes cambios estructurales en el país, pero también en el mundo, dieron paso a “la emergencia de un universo nuevo de relaciones, identidades e instituciones sociales” (Quijano 1998, 191), cuestión que fue aprovechada por Fujimori al prometer estabilidad a los “chinos” y “cholos” sin trabajo.

Desde el autogolpe de 1992 el proyecto neoliberal fue hegemónico bajo la dirección del fujimorismo. Por un lado, el Estado fue reestructurado según las tendencias del capitalismo internacional: reconcentración del poder en ciertas áreas estatales y en un pequeño núcleo de corporaciones ligadas al capital extranjero (Durand 2016), impulso del “desarrollo” a través de la inversión extranjera, privatiza­ciones, flexibilización laboral, etc. Todo ello fue plasmado institucionalmente en la nueva constitución aprobada en 1993. Los resultados en la estabilización de las condiciones de vida y la debilidad de las fuerzas opositoras para plan­tear alternativas dieron fundamento al neoliberalismo.

Por otro lado, el fujimorismo legitimo un régimen autoritario a través del consenso de la “antipolítica”, es decir, de que un mejor país sería posible sin los políticos de siempre y con especialistas en el manejo económico para conseguir la tan ansiada estabilidad. A la representación de las fuerzas del universo “informal”, el fujimorismo le sumo las alianzas que hizo en el gobierno con militares, grandes empresarios y narcotraficantes, articulando todo bajo el consenso antipolítico y presentándolo como la me­jor alternativa del interés nacional. El fraude electoral, la represión selectiva, el control de la inflación y la captura de Abimael Guzmán (presentada como logro presidencial), aspectos estratégicos que el asesor Montesinos comanda­ba, fueron claves para impulsar este protagonismo fujimo­rista.

La hegemonía fujimorista comenzó su crisis en 1997 por la crítica extendida contra el explícito uso del poder para asegurar la segunda reelección. Al principio fueron los jóvenes y estudiantes universitarios quienes participaron masivamente de las marchas, luego se fueron sumando los sindicatos, las organizaciones de mujeres, los frentes cívicos regionales, los colectivos artísticos y otros más. Esta variopinta coalición, cuyo único consenso era el re­torno de una democracia liberal, presiono considerable­mente a través de las movilizaciones callejeras, un campo en el cual el fujimorismo nunca destaco. Sin embargo, el gobierno supo contener las iniciativas contenciosas a tra­vés de la represión, el fraude, la manipulación mediática y demás aspectos que su autoritario uso del poder estatal le permitían. Fujimori juramentó como presidente el 2000 y parecía que conseguiría estabilizar el escenario, pero los problemas con Estados Unidos por las conexiones de Montesinos con las FARC ocasionaron disputas al interior del bloque gubernamental y en cuestión de tres meses Valen­tín Paniagua juramentaba como el presidente de la transi­ción democrática.

En suma, durante los años noventa el fujimorismo fundo un nuevo tipo de política, articulando desde el Estado a una serie de fuerzas que impulsaron el consenso antipolí­tico y la agenda neoliberal en nombre del interés nacional. Frente a las acciones opositoras, el régimen autoritario contaba con las estrategias montesinistas de represión y manipulación. Si bien la hegemonía fujimorista terminó el 2000, la del neoliberalismo aún se prolongaría. Las fuer­zas políticas principales del antifujimorismo comenzarían a disputarse la dirección del modelo fundado en los no­ventas.

2. La hegemonía neoliberal sin dirección fujimorista (2001-2019)

La “transición democrática” planteó restaurar la autono­mía e imparcialidad de las instituciones políticas. Desde el 2001 los procesos electorales dejaron de tener evidencias de fraude y órganos como el Tribunal Constitucional, el congreso y el Poder Judicial dejaron de estar controlados por una cúpula estatal. Asimismo, la represión estatal se volvió más selectiva para ciertas zonas y tipos de conflic­tos. En suma, se planteó que la democracia volvería des­pués de un largo letargo autoritario producido por el fu­jimorismo.

Aunque actualmente es explícito que la transición no cumplió gran parte de sus promesas, sí logró abrir un cam­po de disputa por la administración del neoliberalismo. Las élites antifujimoristas, como Alejandro Toledo y Alan García, comenzaron a competir electoralmente por acce­der al gobierno y, una vez en este, mantuvieron las reglas de juego de los noventas. Los presidentes y sus allegados se alternaban en el poder, pero todos formaron parte de una amplia red de corrupción junto a empresarios, jue­ces y otros políticos. En el modelo neoliberal se asegura­ron grandes cuotas de poder para su enriquecimiento. A su vez, las fuerzas que intentaron delinear otro proyecto político fueron reprimidas, derrotadas electoralmente sin fraude o una vez en el gobierno traicionaron sus prome­sas de cambio. El Perú siguió siendo uno de los países más neoliberales del continente, pero de una manera distinta a la de los noventas.

El fujimorismo recuperó su protagonismo a partir de las elecciones generales del 2011. Keiko Fujimori, una de las hijas de Alberto, pasó a la segunda vuelta y perdió por una diferencia del 3%. Aún así, Keiko se posicionó como la lí­der indiscutible en el retorno del fujimorismo. Posterior­mente, en las elecciones generales del 2016, Keiko volvió a pasar a segunda vuelta mediante FP y perdió esta vez por una pequeñísima diferencia. No obstante, en esta ocasión ganó el control del congreso pues colocó 73 congresistas sobre un total de 130. Desde los inicios del nuevo gobierno parecía ser que las condiciones eran muy favorables para FP: el gobierno de PPK no ofrecía ninguna resistencia a las demandas fujimoristas y la oposición política y social estaba desarticulada. FP con su mayoría legislativa pasó entonces a censurar ministros, a aprobar y denegar las le­yes que quisiera de modo arbitrario, a colocar a sus allega­dos en puestos claves del Estado, e incluso hasta impulsar la vacancia presidencial. El fujimorismo encabezado por Keiko se sintió como en los noventas cuando poseía un po­der apabullante.

¿Cómo así entonces FP se desplomó en el 2018? Existen tres factores del contexto del siglo XXI que pueden re­saltarse para explicar su errónea lectura y su (aparente) derrota. En primer lugar, en las condiciones del régimen vigente el fujimorismo ya no ocupa el lugar central de la política, sino que compite con otras fuerzas y actores en un marco institucional que no controla por completo. FP sobreestimó su posición en la estructura del poder y se peleó exacerbadamente con el gobierno, con ciertos ór­ganos autónomos (Tribunal Constitucional y Ministerio Público), con distintos grupos políticos y con importantes grupos empresariales como el Grupo El Comercio. A par­tir de Julio del 2018, en el contexto del caso de los “cuellos blancos” y de Odebrecht, FP entró en una fase defensiva ante la propuesta de referéndum de Vizcarra, las marchas contra la corrupción, y las investigaciones de cierta pren­sa, fiscales y jueces. En esta situación la bancada mayori­taria fue desintegrándose, pues ahora FP no es ya la única organización que puede acoger a las fuerzas “informales” para futuras trayectorias electorales.

En segundo lugar, los ánimos antifujimoristas fueron subestimados. Estos, que principalmente se expresan a través de movilizaciones y redes sociales, fueron fundamentales para evitar la victoria de Keiko en el 2011 y el 2016. A dife­rencia de los años noventas, ya no existen las estrategias montesinistas que atemorizaban y detenían a los mani­festantes antifujimoristas, por lo que estos tienen mayor libertad para desplegarse contenciosamente. A su vez, el fujimorismo ha mantenido tanto su debilidad en accio­nes callejeras como su estilo conservador y autoritario, promoviendo así la memoria de aquellos que luchan por la democracia y los derechos humanos. Esta base antifujimorista, de escasas definiciones políticas pero importante en los últimos años, está siendo capitalizada exitosamente por Vizcarra a través de la bandera anticorrupción en el contexto del caso Odebrecht y sus conexiones con Keiko.

En tercer lugar, el consenso antipolítico ahora le juega en contra al fujimorismo. En el siglo XXI se mantuvo el mito de que la mejor alternativa para el Perú es el proyecto neoliberal. Es decir, que el país progresará siempre y cuando unos técnicos sigan manejando una economía que privile­gie la inversión extranjera y la estabilidad fiscal. De aquí se desprende la difundida idea de que en el Perú “la políti­ca anda mal pero la economía anda (relativamente) bien (a comparación del pasado)”. Desde hace ya un buen tiempo el fujimorismo ha pasado a ser parte, en la percepción de mucha gente, de esa política tradicional de corruptos y traidores. Ello por la explícita manipulación del poder en los noventas, su desempeño en el congreso actual y por su conexión con el caso Odebrecht. Así, el retorno fujimorista con el liderazgo de Keiko en el 2011 no pudo ofrecer una renovación y todas sus acciones (de estilo hostil, altanero y autócrata) continuamente los colocan en el grupo de los políticos que usurpan la voluntad popular.

3. Breve apunte sobre el análisis político

La situación actual del fujimorismo podría servir para traer de vuelta la advertencia de Gramsci (1933) sobre el análisis de las situaciones para la estrategia política. El marxista italiano dijo que había que evitar dos peligros: el economicismo y el ideologismo. El primero consiste en considerar que un determinado contexto produce automáticamente ciertos resultados políticos. El segundo supone que la voluntad individual o colectiva está por encima de cualquier contexto histórico. El análisis correcto se sitúa entonces cuidadosamente entre ambos extremos. De los párrafos anteriores puede concluirse que FP erró tanto por considerar que su mayoría congresal y su vota­ción presidencial les garantizaba poder absoluto, como por desmerecer las condiciones de la política peruana del siglo XXI. En su caso, estimada militante o activista, ¿cree que su grupo político favorito atiende correctamente al contexto actual? ¿Comete errores economicistas y/o ideo­logistas?

Bibliografía

Durand, Francisco. 2016. Cuando el poder extractivo captura el Estado: lobbies, puertas giratorias y paquetazo ambiental en el Perú. Lima: Oxfam.

Gramsci, Antonio. 1933. “Análisis de las situaciones. Rela­ciones de fuerzas”. Disponible en: http://www.gramsci.org. ar/TOMO3/065_analisis_situc.htm

Quijano, Anibal. 1998. “Populismo y fujimorismo”. En El fantasma del populismo: aproximación a un tema (siempre) actual, editado por Felipe Burbano de Lara, 171-205. Cara­cas: ILDIS, NUSO.


[1] Politólogo (PUCP y FLACSO Ecuador). Docente universitario. Correo electrónico: alonsomaranon@gmail.com