El Frente Amplio chileno: de la emergencia a la radicalización plebeya

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Felipe Lagos Rojas[1]

Pese a que el multimillonario derechista Sebastián Piñera es el nuevo presidente de Chile, las elecciones de 2017 mostra­ron la emergencia de una fuerza política capaz de confrontar el consenso neoliberal imperante: El Frente Amplio chileno (FA) irrumpió como tercera fuerza política, al lado de una de­recha rejuvenecida y de una centroizquierda moribunda. En este artículo se presenta el contexto de emergencia del FA y sus principales desafíos a futuro.

Consolidación del consenso, acumulación de descontento

Desde el retorno a la democracia en 1990, la política chile­na se ha configurado en base a un consenso neoliberal eco­nómico, fiscal, social y del orden público. La Concertación, el bloque de centroizquierda que asumiera el gobierno tras la derrota de Pinochet en el plebiscito del 88, administró por 20 años el edificio neoliberal. Esto implicó la normalización y fortalecimiento del carácter subsidiario del Estado, que de este modo actuaba en los márgenes de los mercados creados a partir de la privatización de los derechos sociales alcanza­dos por la clase trabajadora (pensiones, vivienda, educación y salud). Con todo, las elecciones del 2009 mostraron el ago­tamiento del Concertacionismo, llevando a la derecha al go­bierno por primera vez en medio siglo por la vía de los votos, de la mano de Piñera.

A contracorriente de este consenso, entre 2006 y 2011 Chile fue testigo de la multiplicación del descontento y la moviliza­ción callejera. El 2006, los estudiantes secundarios se levan­taron a nivel nacional para poner fin a la Ley de Enseñanza vigente desde la dictadura. El 2008 fue el turno de los traba­jadores subcontratistas, quienes paralizaron la producción minera durante días en una demostración sin precedentes. Otros movimientos regionales, feministas y ecologistas se volcaron a la calle con el fin de frenar o revertir proyectos asociados a lo que David Harvey llama “acumulación por desposesión”. A comienzos del 2011 el movimiento ‘Patago­nia sin Represas’ convocó a protestas multitudinarias en las principales ciudades del país.

El mismo 2011 los estudiantes universitarios salieron a las calles demandando “no al lucro en la educación” y “educa­ción pública, gratuita y de calidad”. El movimiento fue capaz de combinar de modo efectivo la protesta masiva en las ca­lles (las más grandes desde 1988), la ocupación y paralización de colegios y facultades, un conjunto de voceras y voceros ca­rismáticos, y pliegos suficientemente concretos que incluían nacionalizar el cobre, reforma tributaria y una nueva Cons­titución. Únicamente el desgaste del movimiento hacia el fin del año académico impidió avances sustantivos hacia en­tender la educación como un derecho social universal. Con todo, se puso de manifiesto un profundo descontento con el neoliberalismo neo-extractivista y de Estado subsidiario. La educación permaneció como un mercado como cualquier otro, pero aun así a muchos quedaba claro que algo había cambiado, que un movimiento heterogéneo y joven comen­zaba a tomar distancia del consenso neoliberal y, al hacerlo, proyectaba su voluntad de transformar Chile. Después de veinte años de resaca transicional, no era poca cosa.

Politizando la movilización

El 2013 Bachelet comenzó su segunda campaña presidencial sobre la base de un programa que incluía una nueva Consti­tución, educación pública gratuita y una reforma tributaria progresiva. Su liderazgo individual (contracara de la desle­gitimación de los partidos) alcanzaría para sumar al Partido Comunista en la alianza que paso así de llamarse Concertación a Nueva Mayoría. Después de veinte años de marginalidad político-institucional, el PC asumía en el papel un programa reformista mientras contribuía en los hechos con el intento de restauración del consenso neoliberal. Esta táctica le per­mitió elegir cuatro parlamentarios (los primeros desde 1972), siendo la más conocida Camila Vallejo, ex líder estudiantil del 2011. Pero el PC pagaría un precio por ello, en tanto la izquierda del espectro político fue abandonada, deviniendo espacio disponible. Tres otros exlíderes estudiantiles fueron electos en 2013: Karol Cariola del PC, y los independientes Gabriel Boric y Giorgio Jackson; los dos últimos jugarían un papel relevante en la articulación del Frente Amplio chileno.

El programa de reformas prometido por Bachelet y la Nueva Mayoría resultó un mero reajuste de las antiguas reglas del juego (sin sorpresa). Lo que es peor, su gobierno logró, con el apoyo de la Central Unitaria de Trabajadores encabezada por el PC, la aprobación de una reforma laboral que refuerza aún más el poder empresarial. Encima de todo, el 2014 quedaría al descubierto un mecanismo de financiamiento ilegal de cam­pañas políticas, transversal a todo el arco de partidos. Otros casos recientes de corrupción y cohecho a parlamentarios, en el Ejército y Carabineros, han contribuido a incrementar la desconfianza hacia la política organizada en torno al con­senso neoliberal. Asimismo, desde 2016 se levanta un movi­miento nacional contra el actual sistema previsional basado en las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP). El mo­vimiento ‘No más AFP’ ha convocado multitudes en rechazo a estas corporaciones privadas que administran y lucran con los fondos previsionales. Las AFP son uno de los legados más perversos de Pinochet, en tanto se proyectan pensiones de hambre para la mayoría de la población en retiro.

La emergencia del Frente Amplio chileno

El FA arremetió en el escenario político en medio de este pe­ríodo de insurgencias, con el mandato de servir de platafor­ma política para los movimientos sociales y las fuerzas trans­formadoras en un horizonte posneoliberal, y cuyo principal objetivo en el plano político-institucional es transformar el carácter del Estado chileno. La constitución de esta plata­forma política tuvo varios orígenes (como muchas de estas experiencias), aunque no resulta riesgoso situar uno de ellos en las elecciones nacionales municipales del 2016. En esta ocasión, organizaciones recientemente formadas como Re­volución Democrática (RD), Movimiento Autonomista (MA), Nueva Democracia (ND) e Izquierda Libertaria (IL) formaron un pacto. Por este medio, Jorge Sharp (otro ex líder estudian­til) fue electo Alcalde de Valparaíso, la segunda ciudad del país y su puerto principal. Su triunfo inyectó la proyección de esta nueva fuerza política, autónoma de ambas expresio­nes del consenso neoliberal.

Fue así como la ‘tesis de la emergencia’ de la izquierda anti­neoliberal en el escenario político-institucional comenzó a ser elaborada y discutida, para ser finalmente asumida como la ‘tesis del período’.

A comienzos del 2017 se unieron otras diez organizaciones, dando nacimiento al Frente Amplio. También se decidió ha­cer uso de las primarias legales recientemente promulgadas, lo cual implicó actos de generosidad pocas veces vistos en política. La periodista Beatriz Sánchez y el sociólogo Alber­to Mayol fueron a las primarias presidenciales por el sector; también se organizaron varias primarias parlamentarias. Con una participación de más de 320 mil personas, el 2 de julio Sánchez fue elegida candidata presidencial.

En paralelo, el FA desarrolló un ambicioso proceso partici­pativo de elaboración de su programa de gobierno. Para ello, se levantaron Comunales Frenteamplistas para proponer, dis­cutir y elaborar propuestas programáticas para el eventual gobierno del FA, y toda medida del Programa Final tuvo su origen en el proceso participativo desde la discusión comu­nal. Durante siete meses, 224 Comunales (en Chile y el ex­tranjero) reunieron a miles de militantes de base e indepen­dientes para trabajar en el ‘Chile deseado’, un ejercicio de imaginación colectiva sin precedentes en la historia del país. Este proceso culminó con un plebiscito sobre los principales disensos.

El “Programa de Muchos” incluyó entre sus propuestas: Una nueva Constitución mediante una Asamblea Constituyente; fin a las AFP y establecimiento de un sistema de pensiones solidario tripartito; condonación de la deuda privada en edu­cación superior y restitución del derecho universal a edu­cación, salud y vivienda; definición de Chile como Estado Plurinacional y reconocimiento de derechos, jurisdicción y autoridad (es decir, autodeterminación) de los pueblos indí­genas sobre sus territorios ancestrales. A esto se debe sumar que Beatriz es la primera candidata presidencial declarada­mente feminista en la historia de este país.

El establishment acusó con todo a Sánchez y al FA de irres­ponsabilidad y populismo, y abundaron comparaciones con Cuba, Venezuela y Corea del Norte.

Todo este proceso alcanzó su clímax electoral el 19 de no­viembre, cuando Sánchez obtuvo un sorprendente 20,3% mientras que a nivel parlamentario el FA logró una bancada de 21 representantes (20 diputados y 1 senador). Ni los más optimistas Frenteamplistas esperaban estos resultados, en parte pues tanto la prensa como las encuestas predijeron sistemáticamente un 9-10% para la coalición. La candidata del FA enfatizó en su discurso de esa noche que “con encues­tas honestas, seríamos nosotros quienes hubiésemos pasado a segunda vuelta”; Sánchez terminó menos de tres puntos porcentuales por debajo del candidato de la NM, Alejandro Guillier.

Hacia una política plebeya: tareas antineoliberales, horizontes posneoliberales

Después de un cuarto de siglo de resaca pos autoritaria, y en medio del agotamiento del consenso reinante, la izquierda chilena emerge una vez más al servicio de los movimientos sociales y populares articulados en torno a un programa pos neoliberal, proponiendo para esto una forma radicalmente democrática de ejercer la actividad política.

La tesis de la emergencia resultó correcta, lo que da hoy al FA una bancada parlamentaria significativa aunque no de­cisiva, sumada a importantes liderazgos nacionales. Los de­safíos a futuro son mayúsculos. El nuevo gobierno de Piñera buscará profundizar los dispositivos neoliberales y frenar algunos avances democráticos recientes, por ejemplo en ma­teria de derechos sexuales y reproductivos. Respaldado por una coalición que agrupa a las derechas liberal, tecnocrática, populista y conservadora-militar, Piñera seguramente bus­cará alinear a Chile con el ‘giro neoliberal’ que actualmente encabezan Temer y Macri en Sudamérica. Esto será acom­pañado de una ofensiva en la configuración de espacios de gestión del malestar social: el proyectado Ministerio de Fami­lia apunta en ese sentido. La derecha chilena se muestra hoy más preparada que antes para disputar los sentidos comu­nes, sin duda gracias a décadas de progresismo light.

En el corto plazo, el FA debe definir qué tipo de oposición quiere ser. Se corre el peligro de escoger, en este escenario, el camino fácil de ‘todos contra la derecha’, tratando de ga­narse rápidamente el flanco izquierdo del espectro político. Esto sería un error, no solo porque la centroizquierda man­tiene importantes vínculos orgánicos con el gran capital e ideológicos con el neoliberalismo. Sobre todo, el FA perdería la oportunidad de dar un cierre definitivo al ciclo histórico anterior. El FA puede y debe redefinir el clivaje político fun­damental, que significa pasar de la dicotomía dictadura-de­recha / democracia-centroizquierda a la oposición entre neoli­beral / post-neoliberal. Aprovechar entonces esta oportunidad consolidaría al tiempo que instalaría al FA en el centro de la escena política.

La representación obtenida por el FA es un piso, pero no se acerca aún al techo de posibilidades para la izquierda. Por lo mismo, aproximaciones apresuradas hacia el centro po­lítico arriesgan cerrar más y más los márgenes de su propio crecimiento hacia afuera del actual arco de representación. El fortalecimiento y expansión del sector en el mundo po­pular, así como la articulación de aquella presencia con las instancias de representación, han sido parte de los énfasis en las discusiones sobre el futuro de la coalición. El arraigo popular y de clase del FA es aún embrionario, algo que guar­da relación con el carácter “superestructural” que la política en su conjunto tiene para parte importante de la población (en Chile la participación electoral no alcanza al 50%). En un escenario más que probable de creciente polarización políti­ca, la “basificación” debiese ser central para disputar los sen­tidos comunes y arrebatarle el monopolio de la gestión del malestar a un Estado que mantiene su naturaleza neoliberal y su carácter subsidiario.

Para estos desafíos, varias de las actuales estructuras orgá­nicas que componen el FA han perdido vigencia. Revolución Democrática alcanzó ocho diputados y un senador, el Par­tido Humanista cuatro diputados, el Movimiento Autono­mista tres, el Partido Liberal dos; cuatro organizaciones un representante, y otras cuatro ninguno. Este resulta un esce­nario propicio para la convergencia o integración política y orgánica de fuerzas pequeñas pero con una significativa pre­sencia popular y sectorial, junto a una identidad socialista que aún se encuentra en un momento preliminar de su ela­boración ideológica. Un instrumento político de la izquierda radical sin duda contribuirá en la maduración del FA como proyecto transformador, en vistas a profundizar su trabajo popular y extender su radio de interpelaciones, anclajes y ar­ticulaciones posibles. La heterogeneidad interna del FA sólo puede ser beneficiosa, tanto a ojos del electorado (reducien­do la complejidad y profundizando la diferencia específica entre distintas posiciones) como en el proceso de definicio­nes político-programáticas.

Con todo, se debe insistir en el carácter unitario del proceso por venir, lo que significa evitar disputas internas que jue­guen en contra del objetivo común: Consolidar el FA como alternativa real y confiable (y ambas conjuradas al unísono) de gobernabilidad hacia un Chile pos neoliberal. Para este objetivo, todas las fuerzas mancomunadas son aún escasas, y el tiempo (que es el tiempo del capital) ha demostrado re­iteradas veces que juega en sentido estadocéntrico, fomen­tando nuevos abismos entre política y sociedad. Se trata, una vez más, de la posibilidad de una política plebeya, popular, donde el ejercicio radical de la democracia se constituya en alternativa de gobierno. ¿Será una aproximación producti­va al socialismo del siglo XXI, o bien un nuevo ejercicio de ‘transformismo’ lo que emerja de este proceso en Chile? Ma­riátegui pensaba que la historia es un reformismo, pero sólo a condición de que los revolucionarios operen como tales.


[1] Investigador independiente, trabaja aspectos del pensamiento radical en las Américas. Miembro de Nueva Democracia, organización perteneciente al Frente Amplio chileno. Agradezco los aportes y conversaciones con Francisca Gómez, Pablo Sepúlveda, Cristián Lagos e Ismael Puga en el desarrollo de estas ideas.