El espíritu de Bolaño

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Alejandra Bottinelli[1]

Bolaño se moría de su hígado y de su escritura, esto lo sabemos no solo porque él mismo reconoció la relación punzante entre literatura y enfermedad (otro par misterioso, otro siamés de entre los que rondan su obra, apuntaría Jeremías Gamboa), sino también porque nos quedamos con el fruto (y diría motivo también) de su mal: ese monstruo de cinco cabezas que es 2666. “En parte, será de ciencia-ficción”, afirmó sobre la hidra, y a estas alturas del siglo que presagió con una cifra, vamos asumiendo que sus montones de ojos nos siguen, nos definen, pues, ¿qué literatura ha logrado, con tal elocuencia, avisarnos del laberinto que vive bajo el desierto de las fronteras del capitalismo snuff, del sistema de producción de muerte que repta tan cerca que para avizorarlo debemos pasar por mirarnos espectadores del abuso sobre las mujeres? Lo más íntimo no puede sino reconocerse en un afuera, como extimidad, ha dicho Jean-Luc Nancy, y la obra de Bolaño no hace sino lanzarnos sin precaución al externo total, al desierto cegador, al afuera de las mujeres víctimas de la ginofobia y el mercado, que desea a su vez ver-se in extremis reflejado en sus ojos moribundos. Todo esto sea por el abismante deseo de poder que portamos, sea, como apuntó implacable Bolaño, por puro aburrimiento, por ver.

La recién publicada El espíritu de la ciencia ficción[2] nos llega filosa, dentada, por motivos que tienen todo que ver con la literatura. Las sospechas sobre intereses extraliterarios en la decisión editorial conocido el estado primario en que el autor dejó la novela en 1984, son el tapiz estriado que precede su ingreso al corpus bolañeano. Pero no es solo por eso. No hay un lugar a salvo para la literatura, para el escritor, pero tampoco para el lector: No sean lerdos, no estamos solos frente al texto, tiene una historia adelante, atrás, al lado y sobre todo, en frente: no hay un lugar de la lectura inocua, nos hubiese apercibido el poeta vanguardista que fue Roberto Bolaño.

Para una vocación de obra, dicen algunos, la intervención posmortem de ese todo es una tranza difícil de disculpar. ¡Pero es Bolaño! Su concepción de obra –no es tan difícil verlo– como un todo mutuamente gestual e infinitamente proliferante, que postuló además a las obras menores como el torrente de energía que permitía abrir vía las mayores, podría aguantar sin daño la emergencia de aquéllas, las menos vistosas. Aquí reside el valor principal de esta novela: su energía primigenia es la misma por la que iban a circular luego Los detectives salvajes, Amuleto o 2666. Mas, por supuesto que algo nos falta, y eso es la edición de su puño. Es por ello que, leyéndola, no dejamos de sentirnos fisgones de una intimidad que es la de su personal laboratorio de escritura: sus dudas, sus formas primigenias están dispuestas a la vista. La vocación detectivesca no sale indemne del patetismo voyeur. Patéticos nos vemos entonces reconocer en Estrellita, la poeta anciana de su novela del 84, los primeros trazos de la entrañable Auxilio Lacouture, madre de los poetas mexicanos. O en el poeta detective José Arco, en Remo Morán o Jan Schrella y sus reflexiones sobre los war games, las formas primeras de Ulises Lima, Arturo Belano y/o García Madero. O la relación de literatura y enfermedad en el episodio de los carpinteros congoleses aquejados por “el virus de la tristeza y la exaltación”; o la crítica al intelectual, en el doctor Carvajal, coleccionista de fanzines poéticos del DF; o la obsesión que traspasa toda 2666, en la nube, el Huracán o el ojo que se acerca a la ciudad. Al reconocer estos tanteos nos acercamos a las decisiones literarias del autor y nos congratulamos. Pero es cierto también que el efecto de infracción no cesa. Y es por eso que el lector que se maravilla con el saber que le provee El espíritu, debe ser capaz de leerse-leyendo y acusar recibo de una interferencia en ese laboratorio escritural, de una impertinencia de base en el ejercicio de la lectura. Hay secretos que, bien supo Roberto Bolaño, es importante avizorar. Las respuestas, sin embargo, a veces nos roban el espíritu; por eso no permitimos todas las fotos ni cualquier grabación, por eso a veces preferiríamos imaginar y recordar ecos de las voces. Y probablemente por eso Bolaño no nos entregó su espíritu. Leerlo exige, entonces, la templanza de reconocer que lo hacemos condicionados por difíciles y oblicuas relaciones entre saber y poder, y que leer nunca ha sido, tampoco, como la escritura, un ejercicio ni higiénico ni inocuo.


[1] Docente e investigadora de la Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile.

[2] Roberto Bolaño. El espíritu de la ciencia ficción. Editorial Alfaguara, 2016. 256 págs.