El duro y largo camino de la educación de los jóvenes indígenas

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Rossana Mendoza Zapata[1]

Este breve artículo contiene algunas reflexiones en torno a la educación de los jóvenes indígenas, y sus posibilidades en el mundo de hoy bajo las actuales políticas nacionales.

La educación para los pueblos indígenas

Existe un consenso social en relación a la educación como necesaria para alcanzar las oportunidades que permitan una vida digna, pero además como vehículo para el desarrollo de los pueblos. Está en los discursos de campaña, en los documentos de política nacional e internacional y en el imaginario popular: La educación es un derecho y debe ser para todos y todas. Más reciente es el discurso de la calidad de la educación y es que en el Perú se atendió prioritariamente las coberturas y el consiguiente acceso. Hasta hace 50 años podía nombrarse docente para una escuela rural a un egresado de la secundaria que hubiera realizado un cursillo sobre pedagogía; y más antes, bastaba que tuviera primaria para ser destacado a alguna escuela perdida en los Andes o en la Amazonía peruana. La educación llegó tarde para la mayoría de los pueblos indígenas o nunca llegó.

Solo hasta 1972 asistimos a la creación de un área del Ministerio de Educación especializada en la educación bilingüe e intercultural, siendo la principal prioridad el cómo enseñar a los niños indígenas en su lengua materna. Con el transcurrir de los años las experiencias de diversas organizaciones de la sociedad civil en las comunidades mostraron el camino: La educación para los niños indígenas debe ser intercultural y bilingüe y, para todos los niños y niñas sin excepción, no indígenas también, debe ser intercultural.

Han pasado 34 años desde entonces para que el Estado Peruano cuente con dos instrumentos en esta materia: La Política Sectorial de Educación Intercultural y Educación Intercultural Bilingüe (julio 2016) y el Plan Nacional de Educación Intercultural Bilingüe al 2021 (diciembre 2016). Sin duda son avances importantes en materia educativa. El primero, porque sitúa al Perú como un país con alto potencial, rico en culturas y lenguas que necesita transitar hacia la integración nacional, plantea el cierre de brechas educativas en relación a oportunidades para la población indígena y además enfrenta la discriminación que vivimos en nuestra sociedad con una educación democrática que reconozca y valore nuestras diferencias. El segundo instrumento plantea la ruta para fortalecer la Educación Intercultural Bilingüe (EIB) en todos los niveles y con ello cerrar brechas de docentes especializados en EIB y mejorar la calidad de la educación para el millón y medio de niños y niñas indígenas peruanos.

En cuanto a la EIB, cabe destacar algunos avances emprendidos con mayor fuerza a partir del 2011, con el registro de escuelas y docentes EIB; la promoción de la formación docente a través de becas EIB y la especialización de docentes en servicio; el trabajo de acompañamiento pedagógico intercultural; y la producción de material EIB, entre otras acertadas actividades a cargo de la Dirección General de Educación Básica Alternativa, Intercultural, Bilingüe y de Servicios Educativos en el Ámbito Rural del MINEDU.

Hasta aquí los marcos de política y avances expresan, en cierta forma, una vocación del Estado peruano por asegurar el derecho a la educación de todos los niños y niñas sin excepción. La pregunta es: ¿Existe correspondencia entre las expectativas respecto a la educación de los Pueblos indígenas y lo planteado por el Estado peruano?

Mis hijos deben aprender en castellano

Una de las principales barreras para el desarrollo de la EIB está en el rechazo de las mismas familias a que sus hijos afirmen o revitalicen su lengua originaria. Pero esta posición no es caprichosa, hay que comprenderla desde lo que ha significado para el oficialismo y para el mismo Estado Peruano la existencia de los pueblos indígenas con sus culturas y lenguas, considerados como símbolos de atraso de una ciudadanía de segunda categoría. Bajo el hegemonismo de la lengua y cultura castellana, manejar una lengua originaria tiene escaso valor y por eso sus hablantes suelen restringir su uso a los ámbitos familiares, en especial fuera de sus territorios de origen. Las 47 lenguas originarias que se hablan en nuestro territorio, son nocturnas (como diría Fidel Tubino), permanecen en la oscuridad y a veces en el silencio.

Las madres y padres que cuando niños fueron buleados, discriminados y maltratados por su apariencia, su lengua, su cultura, no querrán que sus hijos sufran la misma situación. Hablar el castellano “correctamente” y dejar atrás las prácticas culturales se imagina así como el camino hacia un cambio, el progreso y un nuevo futuro, que no será en la comunidad sino en la ciudad.

No obstante, en la educación superior se está gestando una presencia cada vez mayor de jóvenes indígenas que a través del Programa Beca 18, han accedido a una universidad o instituto superior y pueden en el mediano plazo modificar el destino de sus familias y de sus comunidades. El caso de becarios de la carrera de EIB resulta particular, porque son precisamente los futuros docentes que se están formando para hacer posible una educación pertinente y apropiada para los niños y niñas de sus comunidades y constituyen un modelo para las familias y niños que ven a un joven indígena educándose a nivel superior, fortalecido en su identidad indígena y con dominio de su propia lengua y del castellano. Lo que queda por delante para estos jóvenes educadores es alcanzar un puesto de trabajo que reconozca con justicia el nivel profesional alcanzado.

Enséñame para vivir mejor

No hay niño o niña que no le guste aprender, su mente y su cuerpo están hechos y dispuestos para ampliar su mundo. Pero, ¿Qué es lo que debieran aprender nuestros niños y niñas indígenas? La respuesta parece simple, pero no lo es: Debieran aprender lo que necesitan para vivir mejor. Son muchos los propósitos de la educación, pero rescato varias oraciones dichas por niños y niñas en distintas comunidades de Cusco y Puno donde tuve la oportunidad de escucharlos: “Quiero aprender a cambiar mi casa”; “Quiero aprender todo lo que hay en el mundo”; “Quiero aprender para estar contento”; “Quiero aprender de los abuelos”; “Quiero aprender a trabajar”; “Quiero aprender la computadora”; “Quiero que me enseñen a vivir mejor”.

El qué y para qué educar a los niños y niñas debe ser una pregunta a resolver con los mismos niños y niñas, sus padres y sus comunidades. Esa es la tarea docente, transformar las demandas de la educación en un programa para sus estudiantes en determinado contexto, considerando sus realidades, su lengua y su cultura. Los educadores no necesitamos paquetes de sesiones educativas creadas en alguna oficina del Ministerio de Educación. Los educadores necesitamos conocer a los niños y niñas, diseñar procesos de aprendizajes y llevarlos adelante con los actores de la educación de las formas más creativas, saliendo fuera de las paredes del aula, encontrándonos con el mundo cotidiano del niño, con todos los seres de la naturaleza, su historia y sus secretos, usando su lengua, el castellano o más lenguas.

Estudiar para superarse: ¿Mito o realidad?

En el libro La etnicidad y la persistencia de la desigualdad de Thorp y Paredes, se encuentra un artículo coescrito con el destacado economista Adolfo Figueroa en el que analiza las desigualdades persistentes en la educación y concluyen entre otras ideas:

…podemos incrementar los años de educación de los niños (y adultos) indígenas…pero la política será más efectiva si es que ella puede mejorar la calidad de la educación de la población indígena… e incrementar las oportunidades de empleo…[2]

El artículo se basa en un estudio que evidencia que hay más jóvenes indígenas desempleados y sub empleados. La situación no es distinta para los que obtienen un empleo porque ganan menos que los jóvenes “mestizos” y “blancos”.

Estamos ante varios desafíos que no podrán abordarse sectorialmente si es que realmente se quiere que la situación de los jóvenes mejore y sus comunidades logren el ansiado desarrollo. En primer lugar, cerrar brechas de educación sigue siendo un desafío. Según la ENDES 2016 el 84.1% de los adolescentes acceden a la educación superior pero en el ámbito rural sólo el 76.5%. En segundo lugar, es indispensable mantener y ampliar el Programa Beca 18 para los jóvenes indígenas como una medida de acción afirmativa. En tercer lugar, invertir en la Política Sectorial de Educación Intercultural y EIB. La interculturalidad promovida a través de la educación puede transformar los imaginarios en torno a las culturas y lenguas que cohabitan en el territorio, generar valoración hacia ellas y reivindicarlas en todas sus manifestaciones. Por su parte, la EIB en construcción necesita ser fortalecida en todos los niveles de la educación básica propiciando que sus actores tengan participación directa e influyente en su diseño y desarrollo. Finalmente, la educación de los pueblos indígenas debe permitirles mejorar sus condiciones de vida, que pasa entre otras medidas, por el acceso al empleo digno que, al igual que las becas, debiera incluir medidas de afirmación positiva que promuevan oportunidades de empleo para jóvenes indígenas, comenzando por las regiones con población indígena, en las cuales puede promoverse la contratación de personal bilingüe en organismos públicos y privados.

Políticas de juventudes

El Perú es uno de los últimos países de la región en crear una instancia rectora en materia de política de juventudes. Entre los años 2002-2007, el CONAJU, fue instalado en la Presidencia del Consejo de Ministros, luego a partir del 2007 fue convertida en Secretaría Nacional de Juventudes como un órgano de asesoramiento del despacho del Ministerio de Educación y desde allí gestiona el Plan Nacional de Juventudes al 2021-PENJ. Como es de suponerse, con una opacada y limitada posición en el sistema de gobierno, los temas de juventudes no son prioridad en la agenda política.

El PENJ incluye dentro de sus ejes estratégicos fortalecer las capacidades de las y los jóvenes que viven en áreas rurales y comunidades nativas (Lineamientos de Políticas de Juventudes D.S. 061-2005-PCM). Asimismo concuerda la política 7 de obligatorio cumplimiento: Fortalecer las capacidades de los jóvenes rurales e indígenas en sus espacios sociales y políticos locales, así como su proyección hacia los ámbitos regional y nacional, reconociendo y promoviendo sus culturas e identidades (Políticas Nacionales de Obligatorio Cumplimiento D.S. 027- 2007-PCM).[3]

No obstante, los enunciados anteriores no tienen metas, indicadores ni presupuesto que puedan asegurar a la juventud indígena que el Estado Peruano cumplirá dichos compromisos. Muy poco parece ser lo que el Estado hace al respecto.

A manera de conclusión

La condición de joven indígena se corresponde mayoritariamente con la condición de pobreza. En un contexto de sobre valoración del mercado como determinante de las oportunidades para las personas, es necesario pensar en alternativas integrales para su desarrollo personal y social. Un tema es la educación, pero también lo es la salud y el empleo. Mientras más jóvenes sigan viviendo en condiciones de exclusión y discriminación, menos oportunidad tendrán ellos, sus familias y comunidades para potenciar su capital social y agenciarse de medios que les permita remontar su situación.

Por otro lado, las políticas dirigidas a mejorar las condiciones de vida de los jóvenes y en particular el Plan Nacional de Juventudes, deviene en una política pública de tan sólo palabras. Si bien contiene diversas demandas de los jóvenes, también de los jóvenes indígenas, es un documento pobre e incompleto, pero sobre todo, irrelevante para la gestión pública. Contrariamente, son estas políticas de papel, las que luego generan el descrédito de los gobiernos y sus organizaciones e inhiben la participación política de los jóvenes.

En cuanto a las políticas del sector educación, necesitan estar sometidas a permanente reflexión y análisis, para esclarecer participativamente su sentido más profundo y encontrarle el contenido en las mismas demandas y voces de los jóvenes. Maquillar los discursos con las palabras: Libertad, autonomía y emprendimiento, solo hacen eco a la filosofía que el modelo neoliberal le ha impreso a la educación. Aquella que hace a los niños más individuos y menos ciudadanos, que los aleja de sus identidades colectivas, que los distancia de la escena pública, que los uniformiza bajo el manto del currículo único, que los hace competidores y no hermanos solidarios en el camino de la vida.


[1] Educadora y activista de izquierda en temas de infancia y juventudes. Docente y coordinadora de la carrera de EIB en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya.

[2] Thorp, R. y Paredes, M. (2011): La etnicidad y la persistencia de la desigualdad. El caso peruano. Lima, IEP, pág.112.

[3] http://juventud.gob.pe/media/documents/PENJ-AGOSTO-2013.pdf