El último contra el penúltimo: la migración y los retos de la izquierda

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Eduardo González1Sociólogo y defensor de derechos humanos.

Introducción

La migración es uno de los fenómenos más notables de nuestra época. Con la fuerza de sus números y su perseverancia, los migrantes traspasan las alambradas, y cambian el rostro de países enteros del mismo modo masivo en que lo hicieran, en la segunda mitad del siglo XX, la transición rural-urbana y la descolonización.

Esa transformación, inexorable en un mundo cada vez más físicamente integrado, desborda mercados, hace ob­soletas a las leyes y desata ansiedades. En su versión más modesta, el temor se expresa como prejuicio xenofóbico, pero pronto evoluciona hacia formas más agresivas y vio­lentas.

Y como no hay tragedia que no genere ganancias, la migración masiva ha creado una rama entera de la economía capitalista, tan rentable como la industria del oro y tan ilegal como la de las drogas: el tráfico de personas. El “emprendedor” de este negocio es el coyote que pasa mexicanos a Estados Unidos, marroquíes a España o haitianos al Brasil: es apenas el eslabón inicial de una cadena que incluye, entre sus aspectos más oscuros, el trabajo forzado y la esclavitud sexual.

Los Estados empeoran la situación con leyes que descono­cen el derecho humano fundamental de migrar. Las políti­cas migratorias expresan selectividad racista, intereses de lobbies económicos y concesiones al sentido común más autoritario.

Un proyecto transformador de izquierda no puede abstenerse de tomar posición frente a este fenómeno. Es inacep­table que la izquierda no afirme con claridad el derecho a la movilidad humana, afirmando la solidaridad, y reco­nociendo los aportes de las diásporas en el mundo actual.

Magnitud del reto

Como toda tendencia mundial, la migración internacional no ha dejado de lado al Perú. Cifras conservadoras esti­man que tres millones de peruanos viven en el exterior, y, que, recientemente, casi 600,000 venezolanos han llegado al Perú, con un posible escalamiento del fenómeno.

El fenómeno de la presencia de venezolanos ha resultado en toda suerte de paradojas brutales. La clase media, que ayer celebraba el fin de la exigencia de visas a los perua­nos, pasa a demandar controles migratorios para los inmi­grantes; pasan de lamentar la fuga de talentos al exterior, a criticar la llegada de migrantes educados; pasan de cele­brar la remesa del familiar en el extranjero a envilecer al inmigrante; pasan, en fin, del prejuicio contra el migrante andino que dejaba un campo injusto y empobrecido, al prejuicio contra el migrante caribeño –venezolano, pero también colombiano y haitiano- que busca refugio ante las crisis de su región.

Como resultado, la población migrante enfrenta hostili­dad, desprotección y explotación. Igual que en las socieda­des desarrolladas del norte global, nuestras sociedades del sur democratizan el desprecio: si antes éste era un privile­gio de las élites, hoy, en el inmigrante, hasta los más pobres encuentran a alguien a quién despreciar.

¿Cómo debiera actuar la izquierda ante este fenómeno? Algunos creen que lo mejor que puede hacer la izquierda es alimentarse del prejuicio de buena parte de la población. Lo hizo, por ejemplo, la organización Perú Libre, apostan­do por la candidatura xenofóbica de Ricardo Belmont, fi­nalmente fracasada. Otros piensan que, aunque el prejui­cio es detestable, tiene raíces razonables en la precariedad de los sectores populares y la respuesta, antes que marca­da por la política o los argumentos emocionales, debe ser técnica. Es lo que algunos economistas progresistas han planteado.

Una respuesta meditada requiere una visión de conjunto, que recoja las raíces históricas y el proceso ideológico de la izquierda, sin los cuales su identidad queda en cuestión.

Raíces profundas de la migración masiva

¿Por qué ocurre la migración internacional, y por qué a estos niveles masivos, que parecen desbordar procesos anteriores?

Millones de personas no empiezan un proceso tan violen­to, que altera sus condiciones completas de vida, por pura decisión individual. Una transformación como la actual es intrínseca a dinámicas propias de cuatro dimensiones: el capitalismo, la colonialidad, el patriarcado y la degrada­ción ambiental.

Vivimos el impacto masivo de un cambio de época, y ninguno de los sistemas de control del cuerpo y del territorio, mantiene su eficacia normal. Ninguna de las prohibicio­nes del poder va a convencer a la gente de que se quede donde está y se muera de hambre.

Primero: Las prohibiciones a la movilidad humana son un ejercicio descarado de hipocresía: el neoliberalismo globalizó la economía bajo la premisa de que la libre circulación de las mercancías y del capital resultaría en más producción y consumo, las variables a las que reduce el desarrollo. Sin embargo, no le permitió a la fuerza laboral la misma libertad que le permitía a los bienes y al dine­ro. Un banquero transfiere capitales de Shanghai a Nueva York con un clic. Un agricultor haitiano pasa años de ries­go para llegar a Estados Unidos.

Segundo: La descolonización de la segunda mitad del siglo XX rompió las barreras que ataban a los sujetos coloniales a la periferia. El sostenido subdesarrollo y conflicto here­dados del orden colonial generó y sigue generando olea­das de migración que ha combinado, por épocas, el refugio humanitario o la migración económica. Ante estos flujos migratorios, los países del norte se encuentran ante la paradoja de pretender detener la consecuencia lógica de haber preconizado por siglos la superioridad de la metrópolis colonial.

Tercero: el orden patriarcal es infinitamente adaptable y se desliza también en los patrones migratorios: el tráfico de personas tiene una de sus vetas más rentables en la explotación sexual y en el trabajo doméstico feminizado, las mujeres migrantes son víctimas de acoso y violencia a lo largo de toda la ruta y terminan convirtiéndose en el pretexto en el que la población local proyecta todas sus fobias y prejuicios: la mujer inmigrante es estigmatizada, acosa­da y violentada.

Por último: el cambio climático y la degradación ambiental no dejan otra alternativa que migrar: la desertificación aumenta los conflictos por recursos escasos, y ambos, desertificación y conflictos resultan en hambrunas y expulsión de población. Cambios en las líneas costeras o ribereñas destruyen el hábitat de millones que deciden emprender el camino, no por capricho, sino por sobrevivencia. Pocas cosas explican la migración del Africa subsahariana a Eu­ropa mejor que la expansión de la faja desértica del Saha­ra, causando conflictos entre poblaciones en ambientes frágiles.

Así, el capitalismo moderno, un sistema que permanentemente destruye para construir, se enfrenta a la con­tradicción básica de que se le terminan los territorios de frontera, los mercados coloniales y los recursos infinitos, y que –más bien- esos territorios acortan distancias, esos mercados emprenden su propia ruta, y esos recursos, ahogados en polución y cambio climático, no alcanzan para mantener a la gente en el territorio prescrito.

Los sistemas estatales, basados en la ficción jurídica de la nación homogénea, se revelan cada vez más incapaces de mantener el orden de los cuerpos y los territorios en sus propias jurisdicciones. Frente a millones que se presentan en las fronteras, las viejas formas de ordenamiento de la migración, en hilera y con pasaporte, colapsan, y empie­zan las distinciones del material humano para poder selec­cionar y reducir y, por supuesto, para rechazar o expulsar.

Migración, ideología y prejuicio

Y si el sistema económico y político se muestra incapaz de controlar la realidad de la migración, el sentido común cae en similares contradicciones. La esfera pública empieza a funcionar de tal manera que los que son normalmente discriminados (por su clase, su género, su identidad étnica o racial, etc.) puedan, a su vez, discriminar.

Así, ocurren paradojas grotescas. Peruanos en el exterior, que enfrentan ellos mismos el racismo y la xenofobia, to­man las redes sociales para expresar opiniones discrimi­nadoras sobre los inmigrantes que llegan al Perú. El can­didato xenófobo Ricardo Belmont se quejaba de que los venezolanos migrantes reciban “los mismos beneficios” que los peruanos, ocultando que los peruanos viven en un sistema neoliberal que regatea o niega todo beneficio.

Y emergen dobles estándares, anclados en el racismo y el clasismo. La migración haitiana, aunque en menores números, ha sufrido brutal discriminación y tráfico, pero apenas se registra preocupación en la esfera pública, por­que es completamente invisibilizada. La migración espa­ñola ha sido significativa, pero no hay mayor evidencia de preocupación o crítica, porque nadie se atreve a declararla indeseable.

El prejuicio xenofóbico es el barniz ideológico que normaliza la explotación y la discriminación. Su eficacia consiste en que –en vez de mostrar a los explotados una vía de transformación del orden- le ofrece la satisfacción sicológica inmediata de culpar a otros, igualmente pobres, por sus condiciones de vida. En vez de luchar organizadamente para que los empleadores paguen sueldos dignos, se le dice a los trabajadores peruanos que deben atacar a migrantes que trabajan por menos.

“Primero los peruanos”, el eslogan que empiezan a agitar los xenofóbicos, es el eco perfecto del “America primero” de Donald Trump, o “Escoge a Francia” de Marine Le Pen. La fuerza de la xenofobia puede traducirse en apoyo polí­tico, como antes ha ocurrido con la homofobia: se trata de un prejuicio profundamente reaccionario y lamentable­mente potente.

Vocación universalista y humanista de la izquierda

La visión ideológica de la izquierda, desde sus raíces socialistas, es internacionalista y cosmopolita. Cuando se pretendía agitar el nacionalismo europeo, los marxistas respondían “los obreros no tienen patria”, y años después, los bolcheviques se negaban a participar en guerras entre imperios nacionales, llamando a revoluciones de alcance universal. Algunos ecos de esa tradición se respiran aún en las tradiciones y discursos de la izquierda latinoameri­cana y peruana.

La izquierda es escéptica ante las herencias coloniales, las guerras por territorio y las supuestas identidades nacio­nales únicas y acabadas. En el Perú, Mariátegui y su idea del país como “nación en formación” fue una auténtica declaración de guerra al chauvinismo reaccionario, que suponía una cierta “esencia” inalterada, fija y final de la peruanidad, surgida con la Conquista española.

La izquierda no cree que haya seres humanos “ilegales”, sino que todas las personas tienen iguales derechos. Priorizamos el concepto de derechos “humanos”, esto es los derechos de todos, independientemente de su nacionali­dad. Denunciamos la hipocresía de un prejuicio que busca dividir para facilitar la dominación.

Ahora bien, un enfoque de este tipo tampoco puede caer en el mero idealismo. No se puede descartar sin más el fenómeno xenofóbico, tratándolo en forma clasista y privilegiada, humillando esas posiciones como torpezas de los poco educados. Al fin y al cabo, desde los estratos profesionales con educación superior, es fácil ser cosmopolita. Esto ocurre por una gran hipocresía que protege a las cla­ses media de la competencia con los migrantes: éstos a ve­ces no pueden hacer valer sus títulos y terminan buscando trabajos menos calificados.

Una respuesta coherente a los retos planteados por la inmigración masiva requiere verla integralmente, como movilidad humana. Han emigrado millones peruanos al exterior y han inmigrado al Perú cientos de miles de extranjeros recientemente: ese no es un acto criminal, sino un derecho humano fundamental. La culpa de las tensio­nes no es del inmigrante, peruano, venezolano, haitiano o español, sino de un sistema brutal que destruye la vida y obliga al ser humano a migrar, mientras que al mismo tiempo lo estigmatiza.

La política de la izquierda debe demandar que toda políti­ca de movilidad humana del estado peruano comprenda a los inmigrantes extranjeros y a los emigrantes peruanos. Todos, nuestros connacionales en el exterior, así como los inmigrantes al Perú merecen protección para vivir una vida digna, libre del miedo y capaz de aportar, tanto al país al que llegan como a su país de origen.

Retos y conclusiones

Para alimentar el debate de la izquierda, pueden identificarse las siguientes áreas como espacio de retos y respues­tas:

Primero: los migrantes son seres humanos con derechos, más aún en el caso de quienes buscan refugio ante situaciones de crisis. El Estado debe proteger a los migrantes de toda forma de violencia, pero, en especial, de aquellos abu­sos específicamente dirigidos contra ellos como el tráfico y la trata de personas. El Estado, además, debe abstenerse de deportar a personas que enfrenten riesgo de violencia o represión si son devueltos a su país de origen.

Segundo: el trabajo de los migrantes es un factor económi­co que debe ser reconocido y protegido, tanto en su país de origen como en el de asentamiento. Las destrezas y ca­rreras de los trabajadores migrantes dinamizan el mundo del trabajo, sus salarios animan el sector de los servicios y sus remesas compensan y moderan los ciclos económicos.

Tercero: los migrantes tienen derechos como trabajadores; las malas condiciones de trabajo, el empleo no pagado, los obstáculos a la sindicalización, son abusos que deben ser frenados, y que se combaten con mayor reconocimiento de los migrantes, no con su ocultamiento. Los sindicatos deben tener protagonismo para que la presencia de nue­vos trabajadores fortalezca, en vez de debilitar los dere­chos laborales.

Cuarto: debe existir una protección específica para aque­llos sectores migrantes que tienen situaciones particular­mente vulnerables. Las mujeres, los niños, las personas LGTBI, las poblaciones indígenas y afrodescendientes deben ser especialmente protegidos del prejuicio y de la violencia.

Quinto: los migrantes que conservan su nacionalidad de origen deben ser capaces de ejercer sus derechos políticos sin obstáculos en su país. El voto y la representación del exterior le da a las comunidades migrantes la posibilidad de abogar por sus derechos, aunque no estén físicamente en su país de origen.

Sexto: los migrantes enriquecen culturalmente al país que los recibe y a su país de origen. Los migrantes son puen­tes culturales que deben aprovecharse para profundizar el aprendizaje entre los pueblos: el sistema educativo debe ver a la migración como una oportunidad para introducir a los niños y jóvenes al mundo y sus retos.

En resumen:

La izquierda peruana ha expandido en las últimas décadas su concepción de la emancipación: esto es innegable. Aho­ra, una propuesta de izquierda incluye, además del mundo del trabajo, que sigue teniendo un rol fundamental y prio­ritario, los escenarios del género, la ecología, los derechos humanos. La izquierda además ha incluido en su matriz ideológica y programática perspectivas indígenas de Buen Vivir para cuestionar el desarrollismo y el extractivismo. Ha cuestionado el autoritarismo y el terror en nombre de los derechos humanos y los valores democráticos. Se ha dotado, en fin, de un programa que –sin ignorar su diversi­dad ideológica- busca unir todas las luchas. Esa izquierda no puede permanecer en silencio ante la emergencia de una nueva exclusión y un nuevo frente en la lucha por la justicia social

Así como en la izquierda debemos defender a los migran­tes latinoamericanos, africanos y asiáticos que enfrentan olas de xenofobia en el norte desarrollado, igualmente de­bemos combatir la xenofobia local contra los nuevos mi­grantes. La xenofobia es un pretexto para que el penúltimo luche contra el último, en vez de unir sus fuerzas y luchas.

La lucha contra el prejuicio es una obligación que la izquierda debe asumir.


[1] Sociólogo y defensor de derechos humanos.