El tiempo de Aníbal Quijano

Descargar aquí
Ramón Pajuelo Teves[1]

La obra de Aníbal Quijano representa la más ambiciosa y fecunda propuesta de conocimiento y transformación so­cial elaborada en Perú desde la muerte de Mariátegui en 1930. No es por casualidad que comienzo señalando esta conexión. Quijano fue, justamente, uno de los mariate­guistas más empeñados en sacar a luz, reconstruir y dar continuidad a la perspectiva que nutrió la aventura vital del Amauta. Esa agenda, tan significativa en la historia de la izquierda política e intelectual del país, tan esencial para tanta gente que destinó su vida a la lucha de izquier­da, fue la que hizo de Mariátegui —quien había terminado sus días en una situación de franca derrota[2]— nada menos que el símbolo mayor de una opción alternativa de futuro para la sociedad peruana.

En ese escenario, Quijano no sólo contribuyó desde muy temprano al rescate y redescubrimiento de la escritura de Mariátegui.[3] También se dedicó a la tarea de pensar su perspectiva de conocimiento y transformación (es decir, de revolución social). Empeño muy difícil, considerando las circunstancias que rodearon la existencia de Mariáte­gui, así como el hecho de que su pensamiento discurrió a través de una escritura fundamentalmente periodística, dispersa en miles de textos que, sin embargo, a la luz de las velas de su sentido epistemológico y la lucha vital que cobijo su elaboración, muestran una coherencia extraor­dinaria.

Esta pasión por Mariátegui terminó brindando a Quijano una de las principales fuentes de su propia mirada y de su apuesta indeclinable contra el poder.[4] Temas como la he­terogeneidad, el papel de la subjetividad y la búsqueda de una racionalidad alternativa para el futuro, figuran entre los aspectos centrales que Quijano pudo explorar a par­tir de su permanente diálogo con quien fuera el fundador del socialismo peruano. Pero es la idea de revolución, en­tendida como lucha por una racionalidad distinta a la del capitalismo, como democracia radical y socialización del poder, como forma de liberación cotidiana de la existencia en todas sus dimensiones, la utopía que conecta las vidas y luchas de ambos personajes.

Otra fuente indispensable del pensamiento de Quijano se halla en la obra de Marx. Contra el uso escolástico de sus escritos, alentó desde las aulas universitarias y la forma­ción política de izquierda una lectura distinta, interesada en ir más allá del dogmatismo y academicismo.[5] Nunca dejó de rastrear las ideas de Marx como herramienta cog­noscitiva y ética para repensar la específica experiencia social peruana, andina, latinoamericana, como parte del engranaje mundial del capitalismo. El rechazo de Quija­no al asfixiante predominio del “materialismo histórico y dialéctico” en las universidades y, en general, en la ima­ginación de izquierda, lo condujo a reivindicar –a partir del propio pensamiento de Marx– un marxismo abierto pero al mismo tiempo riguroso en términos teóricos. Un marxismo dirigido a la elaboración de alternativas de libe­ración anticapitalista, no de forma teorética sino a través de la exhaustiva indagación de las tendencias de cambio existentes en la realidad social, en la evolución histórica y las luchas de los dominados y explotados.

El encuentro con Marx y Mariátegui, permitió a Quijano esa ruptura personal, teórica y política, que procesó no poca gente de su generación: dejar atrás un aprismo juve­nil, en gran medida heredado por circunstancias familia­res y de época, para asumir con madurez una plena identi­dad de izquierda revolucionaria. En el contexto del Perú de mediados del siglo XX, esto implicaba no solo una ruptura con el entorno inmediato, sino también plantearse el di­lema de tomar o no un horizonte “comunista”, tal como era conducido por la ortodoxia bolchevique que capturó el Partido Socialista de Mariátegui inmediatamente después de su muerte. El riesgo de no someterse a la escolástica del PC consistía en ser tildado de “traidor”, “anti revoluciona­rio” o “trotskista”, como justamente comenzó a ser tildado Quijano desde sus años formativos en la Casona de San Marcos. Pero más que trotskismo en el sentido estricto, lo que reverberaba en el joven Quijano era una comprensión propia de la teoría de Marx, que a la postre le condujo a elaborar una vertiente original del marxismo latinoame­ricano.

En Marx se encuentran las claves de un método de com­prensión y exploración analítica de la vida social, que Quijano siempre evitó asumir como molde a seguir o re­cetario para aplicar, optando más bien por asumir el ries­go de la exploración analítica constante, persistente, de la compleja realidad social articulada por el poder. De allí su insistencia en la cuestión de la totalidad, no solo como he­rramienta de análisis sino como perspectiva de completa liberación humana. Y no existe un poder único e inmarce­sible. Por el contrario, se trata de una formación histórica, que se conforma en el transcurso del tiempo, abarcando te­rritorios concretos y gentes concretas, por vía de estructu­ras de dominación y explotación social. Así, para Quijano el capitalismo, como forma de organización del poder en la modernidad, no es solo un objeto de conocimiento, sino fundamentalmente una realidad histórica ante la cual lu­char. Esa apuesta por la transformación social anticapita­lista, no encuentra su razón última en motivos heurísticos sino más bien éticos: se trata de una lucha constante con­tra toda forma de explotación y dominación. O en sentido inverso: de una opción por la liberación humana en todas sus dimensiones; por la gesta de un horizonte de futuro al­ternativo al capitalismo, en la medida que éste se sustenta en la condena al sufrimiento y deshumanización de sus víctimas. En esa ruta, el trabajo del conocimiento, el riesgo de pensar, es una faceta más de la lucha implacable contra el poder en todos sus ámbitos y expresiones.

Durante los años noventa, en un número de la revista Caretas apareció un curioso comentario sobre Quijano, a quien describieron –literalmente– como “prestigioso di­nosaurio de la escolástica marxista”. Bromeamos mucho al respecto, pues su marxismo era justamente de sentido contrario, pero en Perú –luego del horror de la guerra in­terna ocurrida desde 1980– ya estaba instalado un clima de chantaje, ignorancia y violenta represión neoliberal contra el pensamiento de izquierda. La frase de Caretas, sin embargo, traslucía también cierto respeto ante quien ya era uno de los intelectuales marxistas más reconocidos a nivel internacional. Desde entonces, la imagen de Aníbal Quijano como uno de los más originales representantes del marxismo latinoamericano no dejará de acrecentarse. Y es que, entre otras cosas, su aporte al conocimiento del capitalismo y la modernidad resulta esencial: Quijano lo­gró desvelar el lado invisible que ha sustentado la forma­ción y expansión del capitalismo moderno: la colonialidad del poder. Discrepo con quienes consideran que se trata de una noción centrada exclusivamente en la idea de “raza”. La racialización de los seres humanos es, al mismo tiempo, fundamento y resultado de la expansión capitalista sobre pueblos, culturas e identidades a lo largo de la historia. De modo que la colonialidad no se agota en una de sus fuen­tes: el perverso mecanismo que desde la temprana moder­nidad legitimó la desigualdad social mediante la idea de la diferencia racial, al punto de instituir la creencia en la existencia de formas “superiores” e “inferiores” de natura­leza humana.

¿Cómo y qué implica tomar conciencia de la colonialidad, en tanto fundamento oculto del capitalismo moderno? En primer término, la perspectiva de la colonialidad aporta hacia una comprensión más cabal del capitalismo, como forma de acumulación y dominio a escala mundial. En ese sentido, permite historizar nuestra comprensión del orden capitalista, como estructura de poder que se confi­guró en/con el propio tiempo de la modernidad, abarcan­do diferentes sociedades y espacios territoriales median­te la creación de un sistema-mundo que incluye centros, periferias, semiperiferias y otros territorios (Wallerstein). Ello incluye distintas oleadas de colonialismo, así como la concomitante construcción del racismo, como discurso legitimador de las peores atrocidades humanas que han acompañado la voracidad del capital en todo el mundo, así como los inconclusos e incompletos procesos de naciona­lización, democratización y estatalización (es decir, la for­mación de naciones, democracias, ciudadanías y Estados). Un mecanismo clave de esa configuración, ha sido la difu­sión de una perspectiva de conocimiento y comprensión del mundo que coloca a Occidente, y a Europa en parti­cular, como punta de lanza del progreso y la modernidad universal. De modo que el propio capitalismo moderno instauró una jaula mental a la medida de sus necesidades: el eurocentrismo. Nada menos que el conocimiento esta­blecido en torno a la cientificidad (las disciplinas científi­cas), con base en una epistemología de raigambre eurocén­trica, así como las propias perspectivas de futuro, progreso y “desarrollo” (noción relativamente reciente difundida a lo sumo desde la segunda posguerra), hacen parte de esa pesada jaula eurocéntrica de la razón y la subjetividad.

Mariátegui vivió y pudo elaborar su pensamiento, en un contexto de tumultuosos cambios sociales directamen­te relacionados al impulso modernizador que alcanzó su cénit en la década de 1920. El tiempo de Aníbal Quijano fue ciertamente distinto y cronológicamente posterior, pero su obra responde también al desafío de encontrar respuestas (no sólo en el sentido de comprender sino fundamentalmente de actuar políticamente), ante un es­cenario de transformaciones aceleradas y profundas, de escala local y mundial. Durante la modernización de la segunda posguerra, hizo parte de una brillante genera­ción de intelectuales latinoamericanos que, a propósito de las discusiones en torno a la “teoría de la dependencia”, plantearon nuevos rumbos para el pensamiento crítico, aportando desde América Latina a una renovación de las ciencias sociales. Posteriormente, vivió con especial inten­sidad las décadas de acentuación de la globalización neo­liberal, derrumbe del socialismo realmente existente y, en Perú, imposición del oscuro tiempo de cambios asociados al fujimorismo. Muchos de sus textos buscan respuestas a ese nuevo escenario global, así como a la derrota de la más amplia movilización popular de la historia latinoamericana, que en Perú alcanzó su pico en las décadas de 1960 y 1970, derivó primero en el régimen militar, luego en el infierno de la violencia política, y finalmente desembocó en la instauración de una brutal dictadura neoliberal. Pero los datos de la realidad que más le interesaban, fueron siempre aquellos que permitían vislumbrar una opción de liberación, una alternativa real ante las jaulas del poder, el capitalismo y el neoliberalismo, en tanto dominación y explotación en todas sus formas, y en cualquier sitio, so­bre los seres humanos. Quizá por ello, siempre mantuvo íntegro su espíritu matinal, su optimismo, la alegría de vivir con extraordinaria coherencia e integridad con sus ideas y sueños.

El tiempo de paso de aquellas personas que nos muestran la opción de vivir sin contemplaciones ante el poder, fren­te al poder, más allá del poder, es un tiempo que encierra también las razones profundas de sus utopías y luchas. El de Aníbal Quijano fue un tiempo que, sin lugar a dudas, por encima de la dolorosa noticia de su partida, nos abre perspectivas esenciales para proseguir esa senda. Ese ri­tual de escribir con urgencia sobre quienes se van, a modo de conjuro lanzado al vacío de lo inevitable, tiene por ello, en estas líneas, un tono fundamental de inicio, continui­dad y proyección hacia el futuro. ¡Hasta siempre Aníbal!


[1] Investigador y director de Ojo Zurdo.

[2] El mejor cuadro de esa situación sigue siendo el de Alberto Flores Galindo: La agonía de Mariátegui. Lima, varias ediciones.

[3] En 1956, Quijano elaboró una antología de textos de Mariátegui que constituye uno de los aportes más tempranos de reencuentro con su escritura y pensamiento. Fue una línea de trabajo constante a lo largo de su vida, que lo llevó a escribir varios otros textos fundamentales.

[4] Queda por hacer una biografía integral, no sólo del pensamiento sino de Aníbal Quijano en tanto político e intelectual orgánico en la historia de la izquierda peruana.

[5] Cabe destacar el testimonio de Guillermo Rochabrun en su libro: Batallas por la teoría. En torno a Marx y el Perú (Lima, IEP, 2009), así como la conocida vinculación de Quijano con la CUAVES de Villa el Salvador desde inicios de los 70s, su actividad como impulsor de la revista Sociedad y Política —por la cual fue deportado—, así como del Movimiento Revolucionario Socialista (MRS), en experiencias como el Comando Unitario de Lucha (CUL) y la Alianza Revolucionaria de Izquierda (ARI) durante los años de resistencia a la dictadura militar.