El Frente Amplio de cara al pasado y al futuro de las izquierdas y el país.

Álvaro Campana Ocampo

Descargar aquí

El avance electoral expresado en la importante votación obtenida por Verónika Mendoza y el Frente Amplio que bordeó el 20% de las preferencias, logró conquistar 20 escaños en el Congreso y expresar las expectativas y malhumores particularmente del sur y de sectores sociales que siendo supuestamente el espacio natural de representación política de izquierdas le habían sido esquivos en las últimas décadas. Este proceso electoral, marcado por situaciones fortuitas bastante determinantes, ha contribuido a abrir una oportunidad importante para forjar un proyecto histórico de izquierdas en el país tras una profunda derrota enmarcada en la caída del bloque socialista, la guerra interna y la contraofensiva autoritaria del capital que se traduciría en las reformas neoliberales profundas en las últimas décadas. También es preciso decir que, a contramano de esto, hoy el país está ad portas de una segunda vuelta en la que están en competencia dos fuerzas de derecha, y estamos ante el riesgo de un triunfo del fujimorismo. Las izquierdas peruanas se constituyeron en una de las principales fuerzas a fines de los 80s; no obstante, tras el golpe de estado del fujimorismo entraron en una etapa de marginalidad política. Entonces el país se hallaba exhausto, debido a la violencia política, la crisis económica y la ineficacia de la democracia para responder a estas circunstancias, que nos pusieron una encrucijada histórica. Importantes cambios se dieron en el marco de un proyecto de signo autoritario, conservador y neoliberal, transformando también a la propia sociedad y los sentidos comunes en que se haría hegemónico.

La hegemonía neoliberal de la mano del fujimorismo se configuró como la estructuración de un poder sostenido en los grupos de poder económico, mediático, militar e incluso religioso, que dieron a luz una Constitución que hasta ahora nos rige. Esto sobre la base de la ruptura del orden democrático, la captura de las instituciones, la corrupción, el clientelaje y, por supuesto, la represión y el asesinato. Se instauró así un tipo de Estado, de modelo económico y de reproducción del sentido común que no fue totalmente superado tras la llamada transición democrática. No obstante, como todo poder genera resistencia, aun cuando las organizaciones políticas y sociales vinculadas a las izquierdas entraron en crisis, éstas fueron uno de los pilares de la resistencia y derrota del fujimorismo. Al finalizar la década de los noventa, se dio forma a lo que se llamó entonces la “izquierda social” conformada principalmente por sindicatos y frentes de defensa. Para la historia de las izquierdas fue importante impulsar la lucha democrática, ya que no obstante existir una vertiente democrático-popular aunque minoritaria, en su cuestionamiento a los límites de la democracia burguesa no se valoró la democracia política de la manera en que se hizo al calor del enfrentamiento a la dictadura fujimorista. Pero junto a esta “izquierda social”, otras corrientes contribuirían a la derrota del fujimorismo: la emergencia de una nueva generación, de la juventud que empezaba a superar los traumas del “tiempo del miedo” en el que se asociaba la política “progresista” y de izquierdas con el terrorismo. Núcleos juveniles populares de izquierda en las universidades públicas buscaban reorganizarse política e ideológicamente tras ser derrotados por el fujimorismo y el senderismo, pero también un importante sector de jóvenes de clase media de las universidades particulares, sensibilizados con la necesidad de recuperar o frenar la destrucción de las instituciones democráticas, se convirtieron en un factor fundamental de la movilización y la caída del fujimorismo. Desde entonces, una vez recuperada a medias la institucionalidad democrática, permaneció en lo fundamental el modelo económico y societal e incluso se profundizó la desposesión neoliberal. Se pasó de una demolición de los derechos laborales y la privatización de los bienes públicos a la apropiación de los recursos naturales en el contexto del llamado “extractivismo”. Una y otra vez se expresaron nuevas subjetividades con un contenido generacional (no etario, sino vinculado a la sensibilidad de una época) y social, con nuevas demandas que han ido creando las bases para un nuevo protagonismo popular y una nueva radicalidad política democratizadora. Cabe mencionar en estas expresiones la Marcha de los Cuatro Suyos, el Arequipazo en el gobierno de Toledo, las luchas ecoterritoriales, las movilizaciones por el Baguazo en defensa de los pueblos indígenas, pasando por las protestas contra los proyectos Conga y Tía María, las luchas por la diversidad sexual y los derechos de las mujeres, hasta finalmente articular a un gran movimiento juvenil en rechazo a la llamada “Ley Pulpín” que buscaba crear un nuevo régimen laboral flexibilizando aún más las condiciones laborales de los jóvenes. Este acumulado de luchas ha sido la base para avanzar primero hacia un empate estratégico que electoralmente se mostró con el triunfo de Ollanta Humala, y hoy configura ya en un momento de reflujo la base de una alternativa de izquierdas. Su reflejo electoral a lo largo de estos años fueron los triunfos de candidaturas anunciadas e identificadas con el cambio; sin embargo, no hicieron más que seguir sosteniendo las vigas maestras del neoliberalismo fujimorista, solo que en un contexto donde las actividades extractivas cobrarían un protagonismo particular. El triunfo electoral de Ollanta Humala, alguien identificado como “nacionalista”, de origen militar y en consonancia con los gobiernos progresistas del continente, evidenciaría el mayor desafío al neoliberalismo y los llamados poderes fácticos. Habiendo canalizado un proceso de acumulación política y social importante, pudo concretar una gran transformación en el país. Sin embargo, Humala se inclinó nuevamente por mantener el “modelo”, con las consecuencias de ello en cuanto a la frustración de las expectativas de cambio de la población, ahora además agobiada por la recesión, la inseguridad, corrupción y la precariedad laboral en un ciclo de caída de los precios de los minerales que fueron sustento del aparente éxito neoliberal en su versión democrática. Es en ese contexto, y ya en pleno viraje político en América Latina hacia la derecha en condiciones generadas por los propios gobiernos progresistas, que las izquierdas en el país impulsaron varios intentos de reagrupamiento. El más importante entre ellos fue el del Frente Amplio, que en un primer momento logró agrupar a casi todas las fuerzas de izquierda, las nuevas y las históricas, hasta que un sector de ellas se retiró debido a diferencias tácticas. Tales diferencias tácticas evidenciaron culturas políticas distintas, lecturas políticas diferentes, pero también tensiones generacionales. Caracterizadas por su extrema ideologización las izquierdas históricas en medio de la llamada crisis de representación, pasaron a circunscribir su acción política al control de espacios gremiales en crisis o convirtiéndose en maquinarias electorales pragmáticas que buscaban salir de su marginalidad vinculándose a otros proyectos electorales. En el proceso que hemos delineado gruesamente, las nuevas generaciones de militantes políticos de las izquierdas, forjados al calor de la lucha contra la dictadura fujimorista y lo que vendría después, tampoco lograron constituir nuevos referentes ni organizaciones. Entretanto, las viejas generaciones obturaron las posibilidades de democratización de sus propios espacios. En esa perspectiva es preciso establecer algunas circunstancias comunes pero también las diferencias tácticas, para entender el avance modesto pero importante que fueron dando las izquierdas y que puede ser la base de un nuevo proyecto histórico.

Valga decir además que las izquierdas no desaparecieron del escenario. Así como subsistieron en forma de “izquierda social” en las regiones, pasaron a ser parte de fuerzas independientes y de movimientos regionales. En diversas regiones muchas de las autoridades se han reconocido de este espectro a lo largo de estas décadas, más allá del pragmatismo que tuvo formulaciones tecnocráticas como la de Susana Villarán, quien llegó a ser alcaldesa de Lima mostrando a pesar de todo la persistencia de una corriente progresista en el país.Luego de la derrota histórica sufrida por las izquierdas, éstas se hallan en un proceso de reagrupamiento y es bajo esta dinámica que su unidad cobra sentido. Bajo distintas identidades en las recientes décadas se han dado esfuerzos por forjar espacios nuevos. Tal ha sido la historia de los colectivos políticos, como también por mantener los viejos partidos. El reagrupamiento creciente de fuerzas implica apuestas por ir trascendiendo tanto la lógica de los colectivos como de los menguados partidos incapacitados en sí mismos de acometer tareas de alcance estratégico. No solo se trata de lo electoral, sino de la posibilidad de vincularse más estratégicamente con los movimien
tos sociales y los sectores populares de los cuales han estado alejados, así como generar condiciones para forjar desde el campo intelectual y cultural una nueva mirada sobre el país, nuevos sentidos comunes y capacidad gubernamental. Esto se ha traducido en la conformación de coordinadoras diversas tanto en lo social como en lo político, buscando superar el carácter disperso y fragmentado de las luchas sociales y de las apuestas políticas. La fragmentación y las brechas políticas, sociales y territoriales históricas se han exacerbado con el neoliberalismo, siendo el terreno en el que deben moverse las izquierdas. La unidad está lejos de ser solo la añoranza de una Izquierda Unida que fue forjada luego de un largo proceso de acumulación política y social de décadas, siendo hoy más bien un punto de partida necesario no como alianzas de orgánicas debilitadas, sino como espacios de acción común. Más allá de las diferencias tácticas que hicieron fracasar al FA en su primera versión, también lo es que la fuerza que permitió no solo el triunfo de Verónika Mendoza en las primarias de la nueva versión del FA, sino tener la capacidad de operar a lo largo del país en el proceso electoral vinculándose con las organizaciones populares, fue un discurso unitario e inclusivo hacia las diversas fuerzas, incluyendo a las que se hallan fuera del FA. Otro elemento importante a considerar es lo que en los 90s y como parte de un sentido generacional, se denominó una nueva radicalidad política propugnada y buscada en diversos agrupamientos que iban en consonancia con la subjetividad democratizadora a la que ya hemos aludido, y que son parte de la impugnación que se hizo desde las izquierdas radicales tanto contra los regímenes del socialismo real como del capitalismo liberal en décadas pasadas. La idea de democracia radical, respeto de identidades diversas, autogobierno y poder popular que rondaban a las tradiciones derrotadas dentro de las corrientes socialistas, empataban bien no solo con la reivindicación de la democracia política a nivel institucional sino en el conjunto de ámbitos de la vida social. La lucha por los derechos de las mujeres, los pueblos indígenas, la comunidad LGTBI, por justicia ambiental, entre otras, se hicieron centrales en las demandas generacionales, a la base de una nueva composición identitaria, política y programática de las izquierdas. La democracia y el respeto a la diferencia es clave, ya que implican además un cambio epistemológico dentro de las izquierdas, que rebate la convicción de la existencia de una “línea correcta” predefinida científicamente, y que no implica un aprendizaje sobre la base del ensayo-error y la experiencia. Asimismo la prueba de múltiples posibilidades es importantísima en medio de una historia caracterizada más bien por permanentes imposiciones y rupturas doctrinarias, y por tanto por dogmatismos y vanguardismos autoritarios. En ese marco, la apuesta de abrir a la participación de la población la toma de grandes decisiones resultó muy importante. Someter a elecciones ciudadanas algo tan básico como las candidaturas para la elección presidencial y congresal, es parte de los vientos de renovación que alcanzaron su mayor expresión en el FA. Los desafíos que se deben enfrentar de cara al futuro son grandes, tanto hacia afuera como hacia adentro del FA y de las izquierdas en su conjunto. El proceso de reagrupamiento de fuerzas y renovación generacional se hallan en medio de procesos de descomposición política y fuerzas centrífugas que son parte de la política en su conjunto, incluidas las izquierdas que impiden construir proyectos más estables que articulen las diversas realidades sociales y territoriales. Por otro lado, el haber logrado empatar con un sector importante de ciudadanos abre una oportunidad que puede cerrarse si no se actúa adecuadamente, y peligra aún más con el posible triunfo del fujimorismo.