Dos poemas

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Leda Rocío Quintana Rondón[1]
El tiempo de Saturno –
A Rudy Pacheco,
Virginia Benavides, Eduardito Braga... y
a los otros hermanos de Saturno, poetas de los 90

¿Qué sabes tú,

que solo eres Luz,

me reclamabas,

de la muerte que sigue

luego de devorar a los hijos recién nacidos

de vomitar a los pocos vástagos salvados

como versos y bilis de las horas muertas?

Tú me reclamabas, hermano,

por las horas que le quitaba a la poesía

revisabas mi mochila llena de libros

y trabajos de mis estudiantes

movías tristemente la cabeza

y me expulsabas de tu reino…

Te falta ensuciar tu luz, me decías

Pero me aconsejabas corresponder al amor del dios de la

alborada.

Hermano, tú eras Saturno, pero no vivías en el Olimpo,

la morada en la que morías cada noche conmigo y con los

demás dioses caídos

era un colchón de pasto y de rocío

un parque lleno de malezas y chapitas de cervezas que

nunca fueron azules

y que crecían como flores silvestres cada madrugada.

Allí todos los que nos reuníamos éramos ciegos

y caminábamos abrazados al abismo.

Afuera de nuestro parque

-incluso en la alborada-

reinaba una oscuridad llena de explosiones…

Tus hermanos, los titanes,

eran hermosos y violentos

se besaban entre ellos

hacían el amor en templos hindúes

y tocaban los cuerpos de sus amantes de turno

como la música de una sonaja de degollados.

Mientras tanto, nuestro país estaba en escombros

nuestro lenguaje era una ciudad fantasma,

como decía Miguel,

una casa umbría, diría Adán,

una casa que no podía decir nada

y tampoco escuchaba su propia voz.

Mi hermano Saturno volaba

al corazón enfermo de la ciudad

se incendiaba como Ícaro

agonizaba y resplandecía

en sus cientos de versos.

Sus alas carbonizadas eran fuertes,

pero un día se enfermaron

y a los pocos meses amanecieron muertas.

Mis hermanas sobrevivientes y yo

nos peleamos con el tiempo, con ese tiempo

pero después en nuestros vientres se cultivó la Lluvia

y un dioscuro que siempre dibuja y canta.

Ahora ellas y yo

escribimos dentro de cajas de fósforos

abrazamos los latidos muertos de Saturno

y enterramos sus cenizas

en nuestras gargantas

que fraguan ahora nuestra propia luz.

Dentro de mí vuelan mariposas

Dentro de mí vuelan mariposas.

Tienen alas con rayas de tigre, con el arco iris de la muerte, con pétalos de sol, con el sol

adherido a una noche, con muchos ojos en la piel, con túneles luminosos que sangran sobre sus

enigmas.

Mis mariposas son latidos que escriben los pasos que llevan de regreso a la niña a su quinta de

Lima, a su silencio sepia.

Mis mariposas son cuchillos con alas lilas, azules, turquesas que vuelan debajo de mi vientre

rasgando los espejos de luces para que fluya el río de sombras… Vestigios de la niña que

murió engullida por un mar negro cuando intentaba escapar de la tierra en llamas que era su

cuerpo.


[1] Poeta peruana