¿Dónde está el piloto?

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Eduardo Ballón Echegaray[1]

Un escenario complejo

El país vive una aguda crisis marcada por el debilitamiento de la hegemonía político ideológica del neoliberalismo, sustentada en el crecimiento de los últimos 15 años, afectada por el fin del ciclo de los precios altos de los commodities y una menor entrada de capitales. En ese escenario general, vemos un gobierno débil, fuertemente tecnocrático y sin capacidad política. Un gobierno incapaz de enfrentar a una oposición fujimorista vocinglera y altisonante, que comparte con el Ejecutivo la defensa del modelo económico y la apuesta por la reactivación sustentada en el destrabe de los grandes proyectos heredados, la formalización y la flexibilización laboral en curso y el aliento a las APP y OXL, donde la reconstrucción de infraestructura (no la gente) afectada por el Niño, es vista como un motor de la ansiada reactivación.  

Un año atrás el país optó por PPK. La mayoría de sectores encontraron argumentos para sentirse, por lo menos, aliviados. La gran empresa y el capital, porque se hacían del Ejecutivo y el Congreso, blindando definitivamente su modelo. Los sectores medios y altos, convencidos de haber elegido a los que “sabían” y recuperarían el crecimiento económico, que empezaban a añorar. Buena parte de las izquierdas, porque el resultado de Verónica Mendoza podía abrirles una nueva “oportunidad” para el futuro, además de impedir, creían, el retorno fujimorista. Los electores naranjas veían en sus 73 congresistas, razones para imaginar un futuro triunfador. Solo Keiko Fujimori, su núcleo directo y la derecha más conservadora y autoritaria, sentían con molestia el riesgo de un acuerdo entre “caviares” de izquierda y “liberales” de derecha. Todos, eso sí, con mayor o menor intensidad, tenían la preocupación por la polarización que se instalaba, agravada por el silencio de la candidata derrotada y la convicción del “robo” de su triunfo.  

Un año después, la sensación de todos es otra. Desde hace meses, es claro que tenemos un gobierno sin Norte y trabado, en medio de sus disputas cotidianas con el Congreso; una economía con un crecimiento virtualmente paralizado; una población más insegura y atemorizada por una delincuencia más violenta; la corrupción que involucra a algunas de las principales empresas nacionales y extranjeras que actúan en el país, todo indica que alcanzando a figuras importantes de nuestros tres últimos gobiernos (incluyendo los Presidentes) y la lucha anticorrupción sin conducción. Por si fuera poco, la polémica reconstrucción de los efectos del Niño Costero, aún sin empezar. Los malestares en este marco se van multiplicando y la presencia de la gente en las calles anuncia la inminencia de una ola reivindicativa, fragmentada y fuertemente sectorializada y territorializada.  

Las encuestas más recientes son apenas una pálida radiografía de la situación[2]. Una aprobación presidencial que cayó en un año del 70.4% al 26.3% mientras la desaprobación trepó hasta el 69.5%, apenas por encima de la perfomance de la gestión Toledo; las principales instituciones públicas reprobadas (79.5% el Congreso, 76.5% el Poder Judicial, 71.6% el Ministerio Público); la gente indicando que delincuencia y corrupción son nuestros principales problemas, pero ya 21.7% indicando que la situación económica del país, el alza de los alimentos y la falta de empleo, lo son. En lo que hace a la corrupción, su mayor nivel se identifica en el gobierno central y los ministerios (32.9%) y en el Poder Judicial (24.1%).  

Como es obvio, lo único que permanece desde el inicio de la gestión gubernamental hasta hoy, es la polarización creciente que se observa en la política y en la sociedad. Los límites del modelo evidenciados los últimos meses –la insistencia en el contrato del aeropuerto de Chinchero, el escándalo lechero y el caso Pura Vida, la corrupción sistémica que muestra Lava Jato, el patético y descarado papel del Contralor Alarcón o la dramática muerte de dos jóvenes en el incendio de Las Malvinas, revelando las condiciones de esclavitud en las que trabajan miles de personas en nuestro país–, alcanzan para la indignación pero no aseguran la propuesta, ni siquiera la articulación social del malestar, porque, adicionalmente, en nuestro escenario no hay actores sociales ni políticos fuertes. El mito del país de clases medias que quisieron vendernos, se agota rápidamente y resulta cada vez más difícil mirar la luz al final del túnel en que nos encontramos.  

Los técnicos que no fueron

PPK heredó una economía semiparalizada, que no creaba empleos formales, con un déficit fiscal mayor al promedio de la última década y que contaba con la mitad de las reservas de divisas que tenía el 2013. A partir de allí, los errores son suyos y de los tecnócratas que “sabían”: Mantuvo la política restrictiva de Humala y aplicó un innecesario recorte de la inversión pública para reducir el déficit fiscal, pretendió la reactivación mediante el destrabe de la inversión privada a través de las concesiones gubernamentales y, para impedir la expansión de la inversión pública, mantuvo el tope de 30% del PBI, imponiendo un límite de 4% al fondo de estabilización fiscal[3].

En ese camino, descuidó la gestión y la inversión pública que mantuvo su caída. A mayo de este año su evolución seguía negativa (-5.6%), mientras que la caída libre de la inversión privada también continuaba (-16%); también disminuyó la recaudación tributaria, aumentando el déficit fiscal porque los ingresos corrientes del gobierno general pasaron de 22.6% en el 2014 a 18.9% en el 2016. En este escenario, la inversión pública está semiparalizada: A fines de junio, según el portal del MEF, los tres niveles de gobierno habían ejecutado el 24.4% de los recursos en proyectos (22.1% el nivel nacional), donde algunos sectores como salud (10.6%) y agricultura (19.9%), llamaban la atención por el gran retraso que muestran.  

Como parte de la parálisis de la economía, el empleo se deteriora y cae[4] y el ingreso de la PEA ocupada también lo hace (disminuyó 4.2% en abril, acumulando cuatro meses de caída consecutiva). Las proyecciones del BCR, responsable de mantener los intereses altos en el contexto actual, para lo que resta del año son a la baja[5]. El crecimiento previsto ha sido reajustado a 2.8%, la inversión privada a -1.8% y la proyección del crecimiento de la inversión pública llega apenas a 7%. En este contexto, la principal “varita” mágica para los empresarios, es el inicio del proceso de reconstrucción, que no obstante sus limitados recursos, aparece como la inyección de recursos previsible en los próximos meses.  

Si los errores de sus tecnócratas le pasan factura al gobierno, su descuido frente a la corrupción, más aún en el contexto Lava Jato, también. Desde el “escándalo” Moreno, los distintos cuestionamientos al uso regular de la “puerta giratoria” (INDECOPI, DINI, el primer director de SENACE, la renuncia de un viceministro y un largo etcétera), hasta la adenda de Chinchero y el reciente nombramiento de Fiorella Molinelli como responsable del MIDIS, evidencian una gestión, si no ciega, frívola. En ese marco, la figura del Contralor dio relevancia a un personaje que desnudó las miserias de un sistema de control, más allá de faltas, si no delitos, del involucrado. Enfrentado oportunamente al gobierno por el aeropuerto cusqueño, no contento con Vizcarra, “entregó” la renuncia de Thorne, presionando a favor de Chinchero en un diálogo que envidiaría la mafia italiana.

El Congreso, el fujimorismo y la falta de políticos en el gobierno.

Desde el inicio se esperaban relaciones difíciles entre el Ejecutivo y el Congreso. El inicial voto de confianza a Zavala, no obstante los 121 votos, dejo claro que el fujimorismo y los pocos apristas le harían sentir su poder al Ejecutivo, pero no se proponían un enfrentamiento abierto. La vieja figura del matrimonio de años mal avenido que se ladra pero no termina nunca de divorciarse: No hubo observaciones a las propuestas económicas del gobierno, menos aún a la continuidad de la arquitectura del modelo que comparten.  

En un Parlamento con ideas y propuestas limitadas, las relaciones obedecieron a las maneras empleadas antes que a enfrentamientos sustantivos. Cierto, se sucedieron desavenencias (elección del Defensor del Pueblo, nombramiento de directores del BCR, exclusión del fortalecimiento de la UIF en la delegación de facultades legislativas, disputas sobre la ley por crímenes de odio, temas sobre igualdad de género y el bloqueo de la reforma electoral); sin embargo, los momentos más “duros” partieron de errores flagrantes del Ejecutivo. Las interpelaciones a Saavedra, Vizcarra, Thorne y Basombrío, más allá de las circunstancias particulares y las razones fundadas en dos de los casos, evidenciaron las limitaciones de la representación –el fujimorismo en particular–, antes que argumentos y diferencias de fondo. Así, las malas relaciones entre ambos poderes, terminaron de hartar a una opinión pública que cada vez cree menos en los políticos y en la propia política, al extremo de aparecer fuertemente desinformada de los sucesivos “momentos dramáticos” de la coyuntura, como lo demuestran sistemáticamente las encuestas.  

La polarización así construida estableció un escenario con dos fuerzas, donde los grupos minoritarios en el Congreso virtualmente desaparecieron al carecer de posicionamientos propios. Particularmente dramático es el caso del Frente Amplio, la primera minoría en el Congreso, que llevado por el calculado comportamiento de Marco Arana, caminó a su parálisis y al suicidio de un proyecto que despertó expectativas. El fujimorismo por su parte, carente de propuestas, sigue atrapado en su afán por “resolver” la situación de Alberto Fujimori. Los sucesivos “ofrecimientos” del Presidente –que parece convencido de que se trata de su principal arma de negociación– y las presiones del ex mandatario por obtener su libertad, por la vía que fuera, evidenciaron sus límites. Así apareció un Kenji tolerante y menos antidemocrático, respondiendo bien asesorado a los dictados de su padre y exasperando a los “voceros” más duros de su partido, todos ellos recién llegados, hasta forzar el nuevo diálogo entre PPK y Keiko. Ésta, afectada por las disminuidas resistencias que sigue generando el fujimorismo y preocupada por lo que le supone la libertad de su padre, no encuentra la forma de asegurar su liderazgo sobre todo este sector, que también la presiona desde su flanco más derecho y reaccionario, diluyendo la imagen “liberal” que buscó labrar en su campaña.  

La falta de actores fuertes

En este marco, la debilidad de los actores sociales también es llamativa. La conflictividad del ciclo de crecimiento ha disminuido, pero los “malestares” se han multiplicado. Los movimientos sociales y la movilización cambiaron de contenido, marcados por la disputa por territorios, recursos y población, alrededor de proyectos de control y ejercicio de autoridad. En este escenario, los movimientos aparecen como articuladores temporales de los distintos intereses en el territorio y los sectores (por ejemplo maestros y médicos), en disputas en un contexto de escasez de recursos y con elecciones el próximo año, lo que permite avizorar meses de importante convulsión social. Una vez más, la impericia política del gobierno y su banalidad, lo llevan a agudizar los enfrentamientos, como se ve con claridad en el caso magisterial, donde un Ejecutivo perdido en entender la pugna entre diversas dirigencias radicalizadas y la conducción del SUTEP, no entiende ni atiende las legítimas demandas de la mayoría de maestros, que no responden a ese enfrentamiento.  

Desde el campo empresarial, la situación tampoco es de fortaleza. Interesados en resolver el ruido político, desde la CONFIEP presionan por el indulto y por acelerar la reconstrucción, aunque están obligados a mantener un perfil bajo por las denuncias que alcanzan a algunos de sus “buques insignia” (Graña y Montero, Gloria), además de temerosos de una arremetida en su sector del fujimorismo más duro, como se vio en las elecciones de la SNI.  

Parece claro entonces que el escenario tumultuoso que vivimos, sin actores políticos o sociales significativos, que no estén encerrados en su propio laberinto, difícilmente se desanudará en el corto plazo, que inevitablemente estará plagado de incertidumbre y riesgos. Esto nos obliga a recuperar la política, evitando el continuo vaciamiento de contenido de nuestra precaria democracia. Recetas existen. Lo que no se ve es la capacidad y la fuerza necesarias.


[1] Antropólogo y analista político.

[2] CPI: El primer año de gestión del presidente Pedro Pablo Kuckzynski: Evaluación. Estudio de opinión pública a nivel nacional urbano y rural, 1-5 agosto 2017, Lima.

[3] Dancourt, Oscar: “Las vacas flacas y el primer año del gobierno de PPK”, en www.otramirada.pe

[4] Sobre el particular ver: Pedro Francke, “Que PPK abra la mente”. En: Hildebrandt en sus Trece, Año 8, N° 353, Lima, 23 de junio 2017, pp.13.

[5] Banco Central de Reserva del Perú: Reporte de Inflación: Panorama actual y proyecciones macroeconómicas 2017-2018, Lima: BCR, 2017.