De silencios y otros ruidos

Descargar aquí
Rafael Salgado Olivera[1]

Silencio… no hay mejor palabra para describir una gran etapa de mi vida. Muchas razones hubo para no decir nada a nadie. Cómo podría ser de otra forma… finalmente mi padre era militante del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru –MRTA– y para el año de su asesinato, ya llevaba años de clandestinidad. Siento que no hubo otra manera de vivir, por lo menos, no para mi familia. El silencio fue nuestra forma de sobrevivencia, representaba la ilusión de seguridad, de no correr peligro. Aprendí a vivir así, jugan­do a que me conocían, coqueteando con la idea de que era totalmente sincero cuando conocía a alguien. Vivir rodea­do de tanta gente y sentir que no te conocen es una extra­ña sensación. ¿Mientes? ¿Ocultas? ¿Silencias?

Estuve en tantas conversaciones en las que se habló de la época del terrorismo, de los terroristas, del miedo, de tantas cosas. Frecuentemente quienes hablaban parecían no conocer a quienes fueron parte directa de esa historia. Muchas veces yo no decía nada, cambiaba de tema, o con­sentía sus afirmaciones o sus negaciones según el caso. Aunque yo conocía de cerca esa época sentía que no la po­día contar. ¿Qué hubieran dicho al saber, que entre ellos, había alguien que tenía un familiar en el bando de lxs per­petradores? ¿Habrían hablado de la misma forma? Defini­tivamente mi padre no fue parte de todas las acciones que se contaban. Ni siquiera de la mayoría. Pero sí fue parte de un grupo armado. ¿Cómo se habrán sentido esas perso­nas, amigas mías o no, al descubrir mi historia, o bueno, esa parte de mi historia, la de ser hijo de un militante del MRTA?

Casi nadie percibía que vivía en silencio, que había mu­chas cosas que no decía. Pero una persona sí y se aprove­chó. Juan Borea, el director de mi colegio sabía lo de mi padre. Sabía que yo no hablaba de que lo asesinaron. Sabía de mis problemas familiares. Sabía, que a casi nadie conta­ba lo que vivía. Supo con certeza que seguiría en silencio, y lo aprovechó. Desde que entré a secundaria comenzó a usarme para su placer. Muchas veces pensé que el direc­tor de mi colegio me hizo lo que hizo porque sabía que yo no diría nada. Pensé que quizás fuera el hecho de que mi padre militara en el MRTA. Seguro pensó que alguien con una historia así no diría nada y si dijera algo mi historia haría que nadie me creyera. Pensé también que confiaba en mi silencio porque mi familia era muy pobre. Seguro pensó que por el apoyo material que daba a mi familia, yo no hablaría. Solo cuando logré romper con ese sentimien­to de agradecimiento hacia él comprendí que nada justifi­ca lo que me hizo. Ese silencio se acabó. Veinte años más tarde lo denuncié.

***


En abril de 1993 llegué a vivir al barrio. Cambiamos de dis­trito, dejamos la clase media, el departamento de Pueblo Libre por un terreno en un pueblo joven de San Juan de Lurigancho (SJL). Ahí terminaba la pista, la luz, el agua y desagüe, ahí terminaba la vida material como la había vi­vido y comenzaba otra. Nos habíamos ido lejos, no sólo en distancia, lejos también porque era otro mundo. Seguía­mos en Lima, sí, pero era otra Lima. Era un contexto com­pletamente diferente. En suma, dos realidades, dos Lima, dos yo, dos voces, dos ruidos, dos silencios. Una vida de contradicciones, de contrastes. Polladas y fiestas alterna­tivas, Vaso de leche y consejo estudiantil. Comedor popu­lar y restaurantes. Algo de cada lado en mí, ¿algo de mí en cada lado?

Pero de cierta forma no estábamos. Nadie conocía lo que traíamos, nadie debía saberlo, era mejor así. Igual mantu­ve un pie en la anterior vida, pues continué estudiando en el mismo colegio alternativo y de clase media. No pude, ni intenté, mezclar ambos espacios. No tuve que hacer mu­cho para tener vidas en paralelo, marcadas por la sensa­ción de no poder ni deber contar a nadie lo que vivía en el otro lado.

El silencio es una cosa bien compleja, porque te ayuda y te jode a la vez. Si nosotros hubiéramos contado nuestra historia en el barrio quién sabe qué hubiera pasado. Posi­blemente no tener una vida como la que tuvimos, no hu­biéramos pasado piola. Por el contrario, en mi colegio mi historia era un secreto a voces, la mayoría sabía. Al final lo mismo, nada de preguntas, solo silencio en ambos lados. Nunca conté como me sentía por todo lo que había pasa­do, nadie preguntó tampoco. Era algo que pasaba solo y en silencio. La consecuencia lógica era no querer estar en ninguno de los dos lados. ¿Cómo, si en cada lado me espe­raban violencias? Creo que por eso nunca llegué a tiempo a ningún lugar, no quería llegar. Pero siempre llegaba, no había otra opción. Llegaba tarde. Al colegio y a casa, siem­pre tarde a los dos. Una pequeña demostración de incon­formidad. Comenzó así la sensación de no sentirme más nunca realmente parte de algún lugar.

***

Mi padre militó en el MRTA. Tengo también un tío que está desaparecido, y uno más que pasó ocho años preso. No es un secreto que para mí las razones por las cuales decidie­ron tomar las armas eran justas. Siento que esa decisión estuvo marcada por su contexto, era el debate de una gran parte de la sociedad peruana de la época: la vía armada –léase guerrilla– o la vía pacífica –léase electoral–. Sé que intentaron ser una experiencia guerrillera como otras que se dieron en América Latina, y con las cuales tuvieron vínculos. Todo eso no es una justificación de los actos que considero nunca debieron pasar, ni de la guerra. Actos del MRTA como la matanza de homosexuales o el asesinato del líder Asháninka Alejandro Calderon me parecen nefas­tos. Siento que esas acciones, como también los asesinatos de empresarios, tuvieron el efecto inverso a lo que espera­ban pues los alejaron cada vez más de la gente por la que intentaban luchar. Siento también que su guerra contra el Estado ocasionó mucho dolor en muchas familias, incluso en las suyas propias.

Sin embargo, yo crecí sintiendo un orgullo enorme por mi padre, por su historia, por lo que había hecho, y por lo que quería construir. Orgulloso de su compromiso. Alguien que pudo dejar todo de lado para dedicar su vida a cons­truir una mejor sociedad, una en la que yo viviría, cum­pliría mis sueños y sería feliz. Crecí aceptando su muerte como un acto heroico, como un destino del camino que eli­gió, porque en una revolución verdadera se triunfa o se muere, decía el Che. Crecí convencido de que su lucha y su muerte eran consecuencia de este sistema. Crecí culpando sobre todo al sistema capitalista, al gobierno de Fujimori, a los policías y militares de todo lo que viví.

Crecí sintiendo que al lado de la pena por su ausencia ha­bía la alegría y orgullo por un padre como el mío. Llené su ausencia con su heroísmo. Llené su ausencia con los pocos recuerdos al lado de él. Llené su ausencia en un lugar sin fondo. Quizás cuando asumí que su tortura y asesinato fueron actos heroicos que permitieron a muchos seguir viviendo, fue cuando se hizo más fácil aceptar que ya no estaba a mí lado. Que ya nunca lo estaría. ¿Cuándo comen­cé a preguntar por lo que pasó? ¿Cuándo empezaron a ex­plicarme lo sucedido? ¿Cuándo empecé a cuestionar todo lo que me decían?

***

Quizás si mi padre hubiera muerto en combate, en un enfrentamiento, en alguna acción armada de ataque o defensa, hoy yo no reclamaría por su reconocimiento y el mío como víctimas del conflicto armado interno. Pero eso no fue así, la policía lo capturó junto a Gladys Espinoza. A él lo torturaron hasta matarlo, a ella la revivieron va­rias veces para luego meterla presa veinticinco años. Yo me enteré de lo que le había pasado días después. Íbamos rumbo al trabajo de mi mamá, en el camino compraron unos periódicos. Ahí encontré una noticia sobre mi padre. Vi su rostro, golpeado, los ojos cerrados, muerto.

Para gran parte de la familia de mi papá, es muy difícil de aceptar que él decidió luchar por una sociedad más justa, más fácil es pensar que fueron otras «malas» personas las que lo llevaron por el “mal camino”. ¿Podrían reaccionar de otra forma? ¿Cómo aceptar que su familiar fuera mi­litante del MRTA? Nuestro caso es similar al de muchas familias en el Perú que viven con el miedo a aceptar que quienes empuñaron un arma no son extraños, más aún son nuestros familiares, nuestros amigos, nuestros cono­cidos… Es tremendamente difícil procesar lo vivido cuan­do persiste el miedo a escuchar lo que tantos repiten: eso les pasa por terroristas.

Lo sucedido con mi padre se convirtió en un “caso” de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), gracias a que ese año de 1993 mi madre denunció el hecho. Durante las audiencias públicas Gladys Espinoza también denun­ció la tortura y su asesinato. Así, su caso fue considerado dentro del grupo de los 46 casos que la CVR recomendaba judicializar inmediatamente al existir pruebas que demos­traban violación a los derechos humanos. A partir de ese día sentí que había algún tipo de respaldo “legal”, lo que hizo que empezara a tener la confianza necesaria para “iniciar” el proceso de lucha contra la impunidad.

Hasta el momento se han realizado tres juicios, obtenién­dose en todos los mismos resultados: la absolución de to­dos los acusados. En ninguno de esos procesos se ha ne­gado o se ha puesto en cuestión la tortura y asesinato de mi padre, pero tampoco se ordena una investigación para identificar a los culpables. Peor aún a la fecha, mi padre no es considerado una víctima. El 2013 me enteré que él había sido incluido en el Registro Único de Víctimas (RUV). El 17 de abril de ese año fui a recoger su certificado de víctima, y aproveché para inscribirme como tal en ese mismo regis­tro. Me dijeron que me darían respuesta aproximadamen­te en seis meses. Así conmemoré los 20 años de la tortura y asesinato de mi padre. Dejé pasar el tiempo y cuando el 2016 retorné a continuar los trámites me informaron que mi denominación legal de víctima no se había aceptado y que además habían retirado a mi padre del RUV por tener un juicio por terrorismo, me dijo en voz baja el funcionario, yo en voz alta dije, pero mi papá está muerto… él me respon­dió eso no lo sabemos.

Y entonces… ¿Qué soy? ¿Víctima? Como podría serlo si mi padre es terrorista. Podría poner entre comillas “terrorista” y algunos dirían que yo no acepto lo que él hizo, o podría dejarlo así, terrorista, y otros me dirían que me acomodé al discurso oficial y no soy digno hijo de mi padre. Al fi­nal una cosa no tendría que ver con la otra, lo que hizo mi padre no debería ser motivo para que algunos policías en nombre del Estado lo torturen y asesinen. ¿Victimario? Eso no soy, aunque seguramente muchos dirán que yo soy lo mismo que mi padre. Estamos en Perú y la imagen se hereda, y por ende el estigma.

***

Las violencias que sufrimos muchos ante los ojos de miles son cosas que no se quieren ver, no son marcas que sólo lleve yo, aunque sea a mí a quien le pasó a la vez la violen­cia política y sexual. Ambas siguen impunes. El asesinato de mi padre y el abuso sexual. Ambas me convirtieron en víctima no solo de los perpetradores, sino también de la sociedad peruana que los produjo. Ambos casos sucedie­ron cuando era niño. Ambos también los he comenzado a hablar ya de adulto.

A medida que he denunciado las violencias vividas he re­cibido todo tipo de mensajes. Muchos inician con un “no estoy de acuerdo en cómo piensas, pero estoy contigo en tu lucha contra esas violencias”. Pareciera que antes que nada tuvieran que afirmar la distancia con ese horror que signi­fica mi padre, para recién poder afirmar una sensibilidad hacia mí y lo que he vivido. Solo así pareciera válida la soli­daridad. Alguna vez me dijeron que si cuento mi historia y termino llorando ya no se puede dialogar. ¿El sufrimiento anula la posibilidad de dialogar? ¿las otras víctimas no llo­ran? Entonces ¿Por qué sí se puede dialogar con las otras víctimas? O es que acaso no dialogan con ellas y más bien las usan para demostrar que son personas sensibles y soli­darias ante el sufrimiento. Así están validando un dolor y sufrimiento y se prohíben muchos otros. A esos otrxs nos intentan condenar al silencio.

Yo lucho contra eso. Es mi derecho decir o callar. Alzar la voz para denunciar ha sido una de las formas mediante las cuales he afrontado muchas de las violencias que viví cuando era niño. En ese camino tuve que reconocer que esas violencias hacían parte de mi y que debía afrontarlas. Hoy soy padre y uno de los mayores retos es saber cómo le contaré a mi hija sobre su abuelo y mi infancia. Es tam­bién quizás una forma de contarme, de explicarme a mí mismo porqué viví lo que viví. Mi familia comenzó un ca­mino para sanar, nos ha costado mucho, sobre todo a mi madre. Nos cuesta mucho mirarnos hacia adentro y reco­nocer nuestros errores y perdonarnos. Sobre todo, ahora que somos adultos y que cada uno puede y debe hacerse cargo de sus propias cosas. Pero ahí vamos.

Mi colegio, ese conjunto de alumnos, profesores, adminis­trativos, padres y madres… prefiere no mirar para adentro. Les cuesta más porque los conmina a asumir su cuota de responsabilidad en relación a todo lo que hizo su director. No logro entender cómo pudieron suceder estos hechos y que nadie se diera cuenta. Quizás no supieron de la violen­cia sexual contra muchos niños en más de 30 años, pero si supieron de su violencia verbal y física, de sus insultos y burlas, de su despotismo… y no hicieron nada. Aun hoy no hacen nada, sólo aquellos que sufrimos lo más terrible de todo lo que él hizo, luchamos y ya logramos que Juan Borea sea condenado socialmente.

En la sociedad peruana están quienes no se quieren mirar y sé esfuerzan por demostrar que nada tienen que ver con la violencia, ni con los actores armados. Están también miles de víctimas que luchan de diversas formas para afrontar ese duro pasado. Y estamos los demás, los como yo, los que de ninguna manera podemos negar nuestras “conexiones con el terrorismo”, y que frecuentemente somos usados para seguir perpetuando el miedo y el estigma. Pero cada vez más se alzan voces que cuestionan la verdad oficial. Ninguna busca justificar la guerra, ni justificar el accionar de aquellos como mi padre y quieren ser oídas. Esas voces se suman a las que como las mía buscamos meter ruido en un país de tantos silencios.


[1] Fundador e integrante de Hijxs de Perú. Este texto es una parte del libro en construcción «De silencios y otros ruidos».