De Reagan a Trump: derecha populista, Estado y clase obrera en el capitalismo financiarizado de los Estados Unidos

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Matari Pierre Manigat1Economista, Instituto de Investigaciones Sociales (IIS), UNAM Mexico.

La crisis de 1973/74 creó las condiciones económicas de la correlación de fuerzas políticas que auparon a las políti­cas neoliberales en los países desarrollados. En particular, la crisis y la estanflación que fue aparejada, anunciaron el ocaso del keynesianismo como forma de política eco­nómica y argamasa ideológica de la burguesía en torno de los intereses del capital industrial después de la Gran Depresión. Margaret Thatcher y Ronald Reagan fueron las máximas expresiones de ese cambio político en Inglaterra y Estados Unidos. Domar a los sindicatos fue, simultáneamente, causa y objetivo de la respuesta a la crisis. En los Estados Unidos, la ofensiva republicana se apoyó en los altos niveles de desempleo que apalearon los bastiones de la industria fordista como la siderurgia y las automotrices, al grado que algunos sindicatos apoyaron la fórmula pre­sidencial -Reagan y Bush- del partido republicano en 1980. La expresión Reagan democrats designa precisamente a es­tos segmentos de obreros blancos de la Rust Belt (“cinturón de óxido”), simpatizantes históricos del partido demócrata y desde entonces tentados por el voto republicano. Un año y medio antes, en un contexto político e ideológico muy di­ferente, Margaret Thatcher obtenía una corta victoria en las elecciones generales del Reino Unido. Allí, la ofensiva antisindical del nuevo gobierno conservador culminó el 5 de marzo de 1984 con el anuncio de un vasto plan de res­tructuración del sector minero; decisión que provocó una huelga de un año, la más violenta de la Inglaterra de la posguerra. Dicha huelga acabó en la primera gran derrota del sindicalismo británico desde 1926. Esta “guerra total” – inmortalizada por el novelista David Peace en GB 84– mar­có la entrada de Gran Bretaña en la era del neoliberalismo. Dos años más tarde, el Big Bang de la City -el conjunto de medidas de liberalización de los mercados financieros de Londres- coronaba este cambio de correlación de fuerzas políticas entre trabajo asalariado y capital y aceleraba la financiarización del capitalismo. Los triunfos electorales de Reagan 1980 y de Thatcher iban aparejados de trans­formaciones sociológicas, estatales e ideológicas más pro­fundas.

I

De la misma manera que el keynesianismo sirvió de argamasa para reunificar a las grandes burguesías del Centro en torno de los intereses del capital industrial2Hacemos uno de la noción de “capital industrial” en un sentido genérico y no en el sentido usual -sector segundario- derivado de los trabajos de Colin Clark. después de la Depresión y la guerra, el neoliberalismo otorgó un programa de política económica a las clases dominantes a partir de la crisis de 1973/74; crisis que abrió paso al triun­fo del capital financiero como fuerza rectora de la mun­dialización y de la transformación de los Estados. Una triple tendencia marca el financiamiento de los Estados contemporáneos: 1) un aumento de los empréstitos; 2) una disminución de los impuestos sobre el capital, los patrimonios y las herencias y 3) un aumento de los impuestos indirectos sobre el consumo como el IVA (por naturaleza los más socialmente injustos). Mientras que, por una par­te, la carga tributaria recae mayormente sobre el conjunto de sociedad, por otra parte, las Haciendas se vuelven es­tructuralmente dependientes de la renovación de un ca­rrusel de préstamos en mercados financieros liberalizados e internacionalmente conectados. En los países del Tercer Mundo y, especialmente en América Latina, la crisis de las deudas públicas externas de los años 1980 marcó un paso decisivo en este proceso de reconstitución del poder finan­ciero a escala mundial y, recíprocamente, en el cambio de la orientación y forma de la política económica. Bajo este respecto, el neoliberalismo encontró sus fuentes intelec­tuales y académicas más sólidas y proselitistas en el mone­tarismo de la escuela de Chicago, la Nueva Escuela Clásica y la Harvard Business School. Los dos primeros redefinieron los objetivos de la política monetaria, fiscal y laboral, en el sentido de la lucha contra la inflación, la disciplina fiscal y la flexibilidad del mercado laboral. La tercera formalizó el adiestramiento de los altos managers de las grandes cor­poraciones a las desideratas de los accionistas y grandes operadores bursátiles.

Ahora bien, las mutaciones sociológicas subyacentes a es­tos cambios de política económica obedecieron a factores que desbordan la sola problemática de la transformación de la composición de las clases trabajadoras en las socieda­des “post industriales”. La mutación abarcó también a las consecuencias políticas de las modalidades de luchas sindicales que se desarrollaron durante la Economía Mixta (el capitalismo de la posguerra). En septiembre de 1978, en “The forward march of Labour Halted”, publicado en Marxism today, la revista teórica del partido comunista britá­nico, Eric Hobsbawm exponía un análisis sociopolítico de las tendencias que habían prevalecido en el movimiento obrero británico, haciendo énfasis en las consecuencias del corporativismo en las organizaciones proletarias para el alcance futuro de esas luchas. En un régimen de econo­mía mixta, explica Hobsbawm, las huelgas de los grupos organizados de la clase obrera no apuestan a infligirle pérdidas a los patrones, por el contrario, la estrategia seguida por los sindicatos de causar molestia a sus conciudadanos a fin de ejercer mayor presión sobre el gobierno y llegar en posición de fuerza a la mesa de negociaciones, generaba un debilitamiento estructural del movimiento obrero en su conjunto.

Pero lo anterior no condicionó unilateralmente la evolu­ción de las relaciones de las organizaciones y partidos de la derecha liberal con amplios sectores organizados de trabajadores industriales y de clase media. Dicha evolución fue sincrónica con los cambios registrados durante el mis­mo periodo en las relaciones entre las principales fuerzas y organizaciones políticas de la Economía Mixta para con los mismos sectores sociales.

II

A partir de finales de los 1970 y a lo largo de los 1980, las discusiones en torno de los programas de los partidos demócrata y laborista evidenciaban la crisis de las formas de colaboración de clase que sustentaron los bloques de poder que habían prevalecido durante la Economía Mixta (en Estados Unidos dicho periodo corresponde al intervalo situado entre los años 1930 e inicios de los años 1970). En Estados Unidos, el debate interno del partido demócrata hacía eco al aggiornamento que registraban los partidos y sindicatos que respaldaban los diferentes regímenes de Economía Mixta: el reformismo socialdemócrata en los países del Centro y el desarrollismo en amplias regiones del Tercer Mundo. En Estados Unidos, el aggiornamento resul­tó en el surgimiento de los Nuevos Demócratas, corriente crítica y reformadora. Los Nuevos demócratas adoptaron posiciones neoliberales en materia de política económica y redefinieron la concepción de la justicia social a partir del nuevo dogma del condicionamiento de los derechos socia­les. Las propuestas de los New Democrats fueron las semi­llas del social-liberalismo o “tercera vía” que el sociólogo Anthony Giddens sistematizó, en la segunda mitad de los 1990, como programa para la “nueva” social democracia en Europa occidental. El distanciamiento demócrata para con los obreros quedaba compensado por el acercamiento del partido a la “clase creativa” propia de una sociedad ur­bana postindustrial y a las sinergias entre la Silicon Valley y Wall Street, entre el poder de esta nueva “clase creativa” y el poder del capital financiero. En ese mismo sentido se situó el acercamiento de los New Democrats a las luchas asociadas a las cuestiones de «identidad» (identity politics); razón por la cual esta corriente se reclama muchas veces del pensamiento de Robert F. Kennedy (por la cercanía de éste con el movimiento de derechos cívicos en los años 1960 cuando fue Procurador general). Entre los New Demo­crats destacaron Albert Gore, Joseph Biden, Hilary Clinton y Barack Obama. Organizados como facción tras la tercera derrota consecutiva del partido ante los republicanos en 1988, triunfan finalmente con la elección de William Clin­ton en 1992. De manera que, en Estados Unidos, el cambio de correlación de fuerzas políticas a partir de la década de los 1970 se plasmó en un consenso a nivel de la política económica, los reaganomics, mezcla de neoliberalismo y de keynesianismo militar.

La alternancia entre republicanos y demócratas desde los años 1980 ha respetado los márgenes de maniobra de la política económica trazada por los reaganomics. A su vez, en el plano de la diplomacia económica, republicanos y demócratas combinan medidas proteccionistas y librecambistas, aun cuando promueven imperturbablemente la apertura comercial en el resto del mundo. Desde que el Senado rechazó los Acuerdos de la Habana (1948)3Instauradora de una Organización Internacional del Comercio., la dosi­ficación de librecambio y proteccionismo en la diplomacia económica de Estados Unidos depende de la necesidad de ampliar/proteger los mercados y regiones de inversión de las grandes corporaciones, así como paliar las crisis secto­riales de las mismas. La política económica de Obama no fue la excepción. Estados Unidos fue el país que adoptó la mayor cantidad de medidas proteccionistas desde 2008. El presidente Obama había inclusive prometido renegociar el Tratado de Libre comercio de América del Norte.

Expresión práctica de la ortodoxia en el terreno de la política económica, los reaganomics inspiran también el recetario anticrisis. El keynesianismo militar de Reagan en los 1980 había demostrado que el fondo de la diferen­cia entre neoliberales y keynesianos radicaba en la defi­nicion de una jerarquía en los gastos del Estado. Treinta años después, en 2008, para enfrentar a la Gran Recesión, Obama adoptó una suerte de contra New Deal financiero4A diferencia del New Deal de la Gran Depresión estructurado en torno del rescate a la industria. consistente en rescatar el sistema bancario a expensas del erario. Pero el restablecimiento de las condiciones de re­producción del capitalismo financiarizado, tras la crisis de 2008, exacerbó contradicciones propias de las mutaciones sociales en curso desde los setenta. He aquí un elemento central de la problemática contemporánea de las llamadas derechas populistas en general y de la victoria de Donald Trump en particular.

III

No sin razón los efectos de la mundialización del capital sobre las condiciones de vida de los trabajadores en los países desarrollados entre los años 1970 y la crisis de 2008 dominan los análisis sobre «el populismo de derecha». Se multiplican amalgamas entre desempleo, precariedad y caída del nivel de vida de los trabajadores, por un lado, y deslocalizaciones, dumping comercial, inmigrantes y automatización, por el otro. En Estados Unidos, sus expresiones abrevan de la larga tradición anti-establishment que singulariza un sistema político cimentado, a nivel nacional, en la ausencia de partidos que expresen los intereses de la clase trabajadora5Como lo notó muy tempranamente el sociólogo Werner Sombart en su ¿Por qué no hay socialismo en los Estados Unidos?.

Por ejemplo, la recurrente oposi­ción entre Main St. y Wall Street designa alegóricamente el antagonismo entre los trabajadores, los pequeños empre­sarios e inversores, por un lado, y las grandes corporacio­nes e instituciones financieras, por el otro. Institucional­mente, este populismo made in USA se potencializa con las ilusiones que aureolan la función de jefe de Estado en un régimen presidencialista y por algunos usos y costumbres de la rústica cultura política local. “Cual sea el partido, el tipo de candidato “popular” tiende a ser el mismo: simple, simpático, de sonrisa fácil y de bella estatura. El público exige de ellos cierta familiaridad. Es muy bueno que pre­sentan a su mujer, hija o, si hace falta, su hermana” señala André Siegfried, uno de los analistas más penetrantes de la vida social y política de ese país en la primera mitad del siglo pasado. Pero más allá de estos atuendos demagógicos que integran lo que Gramsci llama el “arte de suscitar un sentimiento popular”, los temas del populismo de Trump se arraigan en tendencias que trabajan la sociedad nortea­mericana desde la crisis de los 1970.

Desde este punto de vista, la campaña presidencial de Ross Perot, multi billonario tejano carente de experiencia política, frente al presidente republicano saliente Bush y el New Democrat Clinton, en el año 1992, es rica de enseñanzas. Crítico del “elitismo”, de la prensa liberal y de la cúpula del bipartidismo, Perot prometía “recoger una pala y lim­piar el establo de Washington”. ¿Su programa? “Proteger el empleo” en Estados Unidos impidiendo la aprobación del TLCAN y frenando la inmigración.6R. Perot y P. Choate: Norteamericano: salva tu trabajo…salva tu país, Lasser Press Mexicana, 1993. ¿Su estrategia? “Comprar” la Casa Blanca para devolverla “a los america­nos que no pueden pagársela”. Obtuvo el 19% de los votos. Éxito electoral que se explica, en gran medida, por el fuer­te eco que tuvieron sus argumentos en los sindicatos, en la izquierda del Partido Demócrata (old democrats) y en la extrema derecha del Partido Republicano. Versión paródi­ca de Perot,7Trump había participado en las primarias presidenciales (2000) del partido de la Reforma creado por Perot. la retórica proteccionista de Trump y su apo­logía de la diplomacia bilateral es, con todo, un indicador de nuevos antagonismos entre los intereses y las condicio­nes de vida de las diferentes clases sociales en la era de la mundialización en Estados Unidos desde la crisis de los años setenta.

La universalización del trabajo asalariado y su correlato, la transnacionalización de las inversiones, modificaron las relaciones entre los flujos de exportación de capital y la conciencia política de los trabajadores en las grandes potencias industriales imperialistas. Las migajas de la explotación colonial favorecían, según Lenin, el debilitamiento de la conciencia política de los trabajadores europeos a inicios del siglo XX. El fenómeno era tanto más observable que la mayoría de las colonias y semi-colonias no conta­ban aún con un pleno desarrollo de las relaciones asala­riadas, es decir de la forma de existencia de la mano de obra propia de la producción capitalista. Un siglo después, la competencia de los trabajadores asalariados a escala mundial pone en evidencia efectos inversos y negativos del imperialismo (entendido en su sentido clásico, como política distintiva de una era económicamente dominada por corporaciones monopólicas que exportan capitales) sobre las condiciones y niveles de vida de los trabajadores en el Centro. La generalización de los flujos migratorios, las deslocalizaciones, el outsourcing, etc. asociados a esta universalización de la condición asalariada son los fenómenos-blancos de las reacciones políticas neo-fascistas asociadas a las actuales derechas populistas.

En ese sentido, la mayoría de las consideraciones sobre el fenómeno Trump centran el análisis de su discurso y su política en los efectos de la mundialización del capital en las regiones industriales, en las estructuras de clases y en las evoluciones demográficas y étnicas de las economías desarrolladas en general. Desde un punto de vista discursivo, el antagonismo entre financieros voraces, por un lado, e industriales, trabajadores y Estados endeudados, por el otro, otorga su forma y lenguaje a los movimientos anti-establishment que proliferan en Estados Unidos y Europa. «La globalización ha enriquecido a la élite financiera que dona dinero a los políticos, pero ha dejado a millones de nuestros trabajadores sin nada más que pobreza y aflicción»8Discurso pronunciado en Monessen (Pennsylvania), una antigua plaza fuerte de la industria siderúrgica, disponible en Politico <www.politico.com/ story/2016/06/full-transcript-trump-job-plan-speech-224891>. pronunciaba Trump en su campaña presidencial del 2016. Corresponde efectivamente a una versión estadouni­dense de los movimientos que condujeron a la multiplica­ción de referendos anti-inmigrantes y, de manera general, a la consolidación y auge de movimientos y partidos de extrema derecha en Europa. En el caso especial de Estados Unidos, el lucro político que las derechas populistas obtie­nen de las contradicciones que acompañan a la mundia­lización del capital se arraiga, cultural e históricamente, en las fobias que cada ola migratoria infunde sobre todo entre los anglosajones y protestantes del mundo rural. La forma moderna de esa reacción atávica remonta, por lo menos, a la gran ola migratoria eslavo-latina (1890-1920) que conformó el núcleo del proletariado estadounidense durante la formación del capitalismo monopolista en ese país. El fin de la Primera Guerra Mundial destapó una sen­sación de amenaza a la integridad cultural y racial de los «100% americanos», en particular entre descendientes ru­rales de los primeros colonos del siglo XIX. Esta reacción desembocó en las leyes de 1921 y 1924 que restringieron la inmigración eslavo-latina y prohibieron la asiática. De tal modo que las groseras amalgamas y las propuestas antiin­migrantes de Trump se inscriben en una sólida tradición de la historia social y demográfica de la «patria de los in­migrantes». La historia crítica de la derecha populista en Estados Unidos de Reagan a Trump contribuye a definir el marco general de análisis concretos de las característi­cas del Estado, las formas de la lucha de clases, así como de algunas de sus expresiones políticas que acompañan la actualización de la estructura imperialista de la economía mundial en la era del capitalismo financiarizado, especial­mente después de la crisis mundial del 2008.


[1] Economista, Instituto de Investigaciones Sociales (IIS), UNAM Mexico.

[2] Hacemos uno de la noción de “capital industrial” en un sentido genérico y no en el sentido usual -sector segundario- derivado de los trabajos de Colin Clark.

[3] Instauradora de una Organización Internacional del Comercio.

[4] A diferencia del New Deal de la Gran Depresión estructurado en torno del rescate a la industria.

[5] Como lo notó muy tempranamente el sociólogo Werner Sombart en su ¿Por qué no hay socialismo en los Estados Unidos?

[6] R. Perot y P. Choate: Norteamericano: salva tu trabajo…salva tu país, Lasser Press Mexicana, 1993.

[7] Trump había participado en las primarias presidenciales (2000) del partido de la Reforma creado por Perot.

[8] Discurso pronunciado en Monessen (Pennsylvania), una antigua plaza fuerte de la industria siderúrgica, disponible en Politico <www.politico.com/ story/2016/06/full-transcript-trump-job-plan-speech-224891>.