Crisis de Estado y Época de Revolución en el Perú del Bicentenario

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Luis Rodríguez1Investigador y miembro del Comité Editorial de Ojo Zurdo. Tomo prestado el título del capítulo VII del libro La potencia Plebeya de Alvaro García Linera.

«Una coalición de salvadores había recogido los despojos que quedaban del régimen zarista; se los estiraba, se los hilvanaba y terminaban formando un delgado velo de legalidad democrática. Pero debajo de él todo hervía y se agitaba»

Lenin, Trostky

Hablar de momento constituyente, como salida real a la crisis profunda del sistema político, en el proceso del Bicentenario supone hablar de un “desborde democrático de la sociedad” (García Linera) que impulse una segunda emancipación, cambiando la estructura de poder vigente y (re)fundando la Republica. Algunos/as conciben el Bicentenario como efeméride. Es necesario tomar distancia de esta actitud por demás conservadora. La emancipación de las clases subordinadas y sectores plebeyos en Perú, si­gue siendo una tarea pendiente.

Es curioso, pero como ha señalado la historiadora Cecilia Méndez, nuestro país es el único en América Latina en el cual no se conmemora la independencia en fecha del pri­mer grito emancipatorio (generalmente vinculado con la ruptura del orden colonial y desconocimiento del poder y gobierno virreinal, que en el caso peruano, se expresó a través del establecimiento de una Junta de Gobierno luego de la insurrección en Huánuco de 1812). Por el contrario, en Perú se conmemora la Independencia en fecha de su proclamación reemplazando el proceso revolucionario (con participación y protagonismo plebeyo, campesino e indígena) por la imagen estática de criollos, curas y milita­res en la proclama independentista de 1821.

Lecciones de la Transición Democrática del 2000

Verónika Mendoza comentó en entrevista relativamente reciente que la actual crisis de Régimen “es la oportunidad histórica de concluir esa transición democrática inconclusa que no pudimos hacer adecuadamente en el año 2000”2Entrevista a Verónika Mendoza en RPP Noticias del 4 de junio 2019 recuperado de: https://rpp.pe/politica/congreso/veronika-mendoza-si-los-congresistas-dan-el-voto-de-confianza-sera-para-aferrarse-a-su-sueldo-y-su-inmunidad-noticia-1200826. Esta invitación cobra importancia a la luz del proyecto de ley 4637/2019-PE de adelanto de elecciones al 2020, presentado por el Ejecutivo como una salida a la crisis bastante parecida a la del año 2000. Corresponde, por tanto, pensar la salida a la crisis actual, a la luz de lecciones aprendidas de aquella transición fallida.

Lo primero, a señalar es que el carácter de la salida a la crisis del 2000 fue (neo)liberal. Ese es el núcleo que explica su fracaso. La estructura de poder se mantuvo inalterable en tanto la crisis no se convirtió en una “crisis orgánica” (Gramsci). Las elites econó­micas lograron seguir vincu­lando su agenda de clase a la idea (procedimental) de demo­cracia y a las ideas de orden, progreso y patria, organizan­do y cohesionando a la so­ciedad peruana alrededor de la articulación de estas ideas fuerzas. Así, siguieron manteniendo la adhesión de las clases y sectores subalternos a su proyecto histórico de clase. Es decir, siguieron mantenien­do poder y hegemonía. Javier Silva Ruete a cargo del MEF en el Gobierno de Transición y luego Pedro Pablo Kuczy­nski a cargo del MEF con Toledo, daban cuenta de que la salida a la crisis había sido (neo)liberal.

Hay quienes piensan que la Transición se puso en riesgo el 2011 o el 2016 cuando el Fujimorismo estuvo a punto de ganar las elecciones. Es necesario recordar con Theodor Adorno que “luego de lo que pasó en el campo de Auschwitz es cosa barbárica escribir un poema”3Adorno, Theodor, Prismas. La crítica de la cultura y la sociedad. Traducción de Manuel Sacristán. Barcelona Ediciones Ariel, 1962. Recuperado de https:// sociologiaycultura.files.wordpress.com/2014/02/adorno-theodor-1955-prismas.pdf. ¿Cómo puede enton­ces hablarse de transición democrática después de Bagua? Evidentemente un sector del progresismo está atrapado al interior de las coordenadas de la democracia procedimen­tal, representativa (neo) liberal y termina constituyéndose en un tapón, que imposibilita, el cambio.

En segundo lugar, la transición del 2000 fue una transi­ción en las alturas de las instituciones. Una “revolución sin revolución”, un hecho “democrático” trunco. Qué es el Acuerdo Nacional sino el síntoma de una sociedad profundamente despolitizada, expresión de una instituciona­lidad que termina por docilizar a los movimientos sociales y populares y desperfilando la iniciativa y capacidad de organización y movilización que tienen las clases subal­ternas, propiciando más bien mecanismos de “convocato­ria controlada” (Modonesi, 2013). Luego de movilizaciones multitudinarias contra la dictadura, la transición se per­filó finalmente como una transición sin pueblo; en suma como una “revolución pasiva” (Gramsci). Un nuevo tipo de estatalidad debe surgir a partir de una nueva mayoría social y política que aglutine a los de abajo alrededor de un nuevo bloque histórico, recuperando y refundando las instituciones, cambiando la estructura de poder heredada que el viejo bloque histórico construyó.

Pero esta irrupción plebeya (y este es el tercer elemento) requiere de un instrumento político capaz de articular una voluntad colectiva nacional y popular con capaci­dad de expandir lo posible y que no adscriba al axioma conservador de que “el arte de la política es el arte de lo posible”. El núcleo argumen­tativo de esta premisa es que no existe alternativa. Un mo­mento constituyente requiere de un partido jacobino (un ins­trumento político del pueblo con capacidad de articular las distintas luchas esporádicas e inorgánicas alrededor de un proyecto hegemónico lo­grando cambiar las relaciones de poder) que no se plantee como reto administrar o gestionar lo establecido sino que busque transformarlo. Construir orden (nuevo) pasa por la capacidad del partido de inaugurar un tiempo nuevo. Si el gobierno de transición no convocó una Constituyen­te, como parte de un proceso constituyente, fue porque no hubo una fuerza política que lo hiciera posible y que llevase la transición más allá de donde las elites estaban dispuestas a tolerar.

¿De qué depende que la historia no se repita? Podemos mencionar:

a) De la imperiosa necesidad de pensar, y construir, la alternativa más allá de las instituciones (y en general del poder constituido). Nunca el poder constituido (instituciones, normas, autoridades) puede estar por encima del Poder Constituyente (la gente, la ciudada­nía, el pueblo). Como ha dicho Pablo Iglesias “en de­mocracia son las leyes las que se tienen que adaptar a la voluntad mayoritaria de los ciudadanos, no al revés, muchos dicen la democracia es cumplir lo que diga la ley, eso ocurre en las dictaduras, en las democracias es la ley la que se tiene que adaptar a lo que decidan la mayor parte de los ciudadanos”4Entrevista a Pablo Iglesias realizada por periodista Pepa Bueno, en diciembre de 2017, en programa de radio española Hoy por Hoy de Cadena Ser. Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=epY89Qeyd1s (minuto 12:10);

b) Es necesario construir una nueva mayoría social y política. Es decir, disputar el liderazgo, político, inte­lectual y moral (la hegemonía) al bloque histórico em­presarial en el poder, cuya estructura de poder hoy se tambalea.

El carácter de la salida a la crisis actual dependerá de lo que las fuerzas en disputa sean capaces de articular alre­dedor de dos estrategias más o menos claras. La(s) dere­cha(s) hasta ahora son las que han tomado la iniciativa y apuestan por una salida (neo)liberal y conservadora cuyo núcleo es una “revolución pasiva”, salvando y profundizan­do el modelo económico. Si Vizcarra propone adelanto de elecciones y a la par impulsa el Plan Nacional de Compe­titividad y Productividad y el proyecto minero Tía María, paralizado por la protesta popular, es porque la salida es (neo) liberal, es una “revolución pasiva”. El bloque empre­sarial en el poder no está dispuesto a perder su proyecto histórico de clase.

Las fuerzas del cambio buscan en mayor o menor medida abrir un proceso constituyente. Que no se reduce a cam­biar el texto de la Constitución. La derecha puede convo­car a “letrados”, “expertos”, “técnicos” y “constituciona­listas”. Las fuerzas del cambio no deben hacer lo mismo sino por el contrario construir un pueblo con los de abajo cuya presencia históricamente ha sido negada y burlada. No se trata únicamente de hablar en “nombre y represen­tación” del pueblo (con el riesgo de convertirse en casta) sino ser la bisagra para que la gente de a pie y marginada de la política hable e irrumpa en ella. Se trata de expandir el campo político y construir una mayoría movilizada ca­paz de cambiar la correlación de fuerzas aun antes de ga­nar el gobierno. Para lo cual es necesario desprenderse de una lógica institucionalista y una tradición de resistencia heredadas inútiles cuando lo que se requiere es dirigir el avance generalizado de la sociedad canalizando el descontento y rabia popular hacia un proyecto nacional.

Revolución pasiva o momento constituyente

Durante la solicitud de confianza al Congreso, el Primer Ministro del Solar señaló que “es nuestro deber construir otra normalidad”. Era un guiño a las fuerzas del cambio. De eso trata la política en sentido hegemónico: construir orden (nuevo) y normalizar los cambios. La etapa actual de la larga crisis (neo)liberal viene signada tanto por una fuer­te recesión económica (el empleo ha caído de manera drás­tica en medio de una economía claramente estancada, en mayo la economía creció solo 0.63% y entre enero y mayo únicamente 1.45%) como por una apuesta de la derecha en el Ejecutivo para impulsar una restauración conservadora o “revolución pasiva” como salida a la crisis.

Para Gramsci un grupo o bloque hegemónico puede seguir siéndolo a través de un mecanismo “restaurador”: la “revolución pasiva”. Esta tiene que ver con la capacidad del actor hegemónico de atender, hasta cierto grado, algunas de las demandas populares que se vienen manifestando en la sociedad esporádicamente y de modo desarticulado e inorgánico. Al atenderlas, de forma “sectorial” y fragmentada las absorbe y evita que se articulen alrededor de un proyecto de país alternativo. Gramsci llamó a este mecanismo “transformismo”. En este proceso, el actor hegemónico incorpora, en su proyecto histórico de clase, a sus opositores de modo subordinado y fragmentado, neutralizando sus intereses y su capacidad de subvertir el orden establecido. En una “revolución pasiva”, la reacción (la ini­ciativa) del bloque hegemónico frente al reclamo popular es presentada como el avance generalizado, el progreso, de la sociedad.

Una “revolución pasiva” es, “una estrategia de cambio orientada a garantizar la estabilidad de las relaciones fundamentales de dominación”; El núcleo “restaurador” de las revoluciones pasivas combina renovación y conservación y remite a “los contenidos de clase de las políticas emprendidas por las clases dominantes” (Modonesi, 2013: p. 213). En Perú, las transiciones de 1977 – 1980, identificada con acier­to por Nicolás Lynch como transición conservadora, y la del 2000 – 2001 se constituyeron claramente como revolu­ciones pasivas. En ambas la “transferencia fue de gobierno mas no de poder” como dijera Morales Bermúdez en 1978.

El proyecto restaurador actual se presenta como la combinación de tres elementos o dispositivos. El primero tiene que ver con un “cierre político, que es un cierre democrático” (Blanco, 2018; p. 34) donde lo realmente democrático (la intervención popular, no para discutir y “decidir” dentro de los márgenes del Régimen del 93, sino para discutir el propio régimen caduco e instituir uno nuevo) se presenta obstruido. La dicotomización del campo político entre fu­jimorismo y anti-fujimorismo (funcional a las elites para salvar el sistema, cerrándolo sobre sí mismo) supone, en el fondo, un desplazamiento, de la rabia de la gente en la calle (por el fracaso de las instituciones (neo) liberales) a un conflicto en (y entre) las instituciones (neo) liberales. El Régimen (neo) liberal contiene y despliega mecanismos que le permiten superar sus propias crisis (lo que algunos llaman “salida constitucional”) reinventándose a través de salidas (neo) liberales, imposibilitando una salida Constitu­yente que supondría necesariamente cambiar la estructu­ra de poder establecida.

Lo segundo, tiene que ver con el cierre del campo político que se configura como una parálisis para las fuerzas del cambio. La reforma política, que abría el campo político, promovida por el Ejecutivo hoy se encuentra en entredi­cho por iniciativa del propio Ejecutivo. El adelanto de elec­ciones si logra darse con las reglas de juego vigentes no cambia nada. A la fecha el Congreso recién ha remitido al Ejecutivo las autógrafas de 4 proyectos que modifican leyes orgánicas (inscripción y cancelación de partidos políticos, financiamiento de partidos, democracia interna y paridad y alternancia). El proyecto presentado por Vizcarra es ambiguo: señala la no aplicación del artículo 4 de la ley orgá­nica de elecciones pero a su vez deja abierta la posibilidad de que sean promulgados (o no) posteriormente al proceso del 2020 para no afectar el cronograma electoral que la propia propuesta del Ejecutivo contiene y que se presenta apretada de tiempos. ¿Qué va a pasar con la reforma po­lítica y el proyecto de adelanto de elecciones? Nada está claro, excepto el proceso de “pasivización” en marcha con una “convocatoria controlada” de la ciudadanía, desde la altura de las instituciones (neo) liberales, “desperfilando” “la emergencia y florecimiento de la subjetividad política de las clases subalternas (en un proceso que finalmente) reproduce la subalternidad como condición de existencia de la dominación” (Modonesi, 2013).

Lo tercero, si las derechas se ponen de acuerdo en lo fundamental (el manejo de la economía) ¿Qué significa que la corrupción se presen­te desvinculada del Régimen y su política económica y se presente más bien vinculada al accionar directo de ex autoridades, líderes y funcionarios varios procesados y otros en cárcel? Bueno, presentar la corrupción como con­secuencia de “una clase política” y no como consecuencia del sistema político y del modelo económico supone, en el fondo, salvar el régimen y el modelo con una “nueva clase política” que elegirán los/as peruanos/as el 2020 de pros­perar la Reforma Constitucional.

En suma, la salida (neo) liberal o “revolución pasiva” en curso impulsada por la derecha en el Ejecutivo, no resuel­ve la crisis. Y por esto es necesario tomar la iniciativa e impulsar un proceso que inaugure un tiempo nuevo. Que pasa por construir un nuevo bloque social histórico con­tra hegemónico a partir de la articulación de los intereses de los grupos y clases populares, hoy en un rol subalterno, alrededor de una nueva voluntad colectiva nacional popular. La crisis de régimen y la crisis económica – en general la crisis del orden (neo) liberal – expresan un agrietamiento del bloque empresarial en el poder. Está sobre la mesa la posibilidad de articular nuevos discursos y creencias mo­vilizadoras frente al agotamiento del discurso neoliberal y su promesa de felicidad que articula a gobernantes y gobernados. Las certezas estatales se han erosionado. Se trata de construir otras y no de fortalecer las caducas, pues debajo del velo de legalidad democrática todo hierve y se agita.

Bibliografía

García Linera, Alvaro. La potencia plebeya. Acción colectiva e identidades indígenas, obreras y populares en Bolivia. Bogotá: Siglo del Hombre Editores y CLACSO, 2009.

Gramsci, Antonio. Cuadernos de la Cárcel. Edición critica del Instituto Gramsci a cargo de Valentino Gerratana. México: Ediciones ERA, 1984.

Modonesi, Massimo. Revoluciones pasivas en América Latina. Una aproxima­ción gramsciana a la caracterización de los gobiernos progresistas de inicio de siglo. En: Modonesi, Massimo (Coordinador), Horizontes gramscianos. Estudios en torno al pensamiento de Antonio Gramsci. México: UNAM, 2013.

Mouffe, Chantal. Hegemonía e ideología en Gramsci. En: Hernán Suárez (ed.), Antonio Gramsci y la realidad colombiana, Bogotá: Ediciones Foro Nacional por Colombia, 1991.

Polo Blanco, Jorge. No es una máquina sin fisuras, es un campo de batalla. El pa­radójico rol del Estado en la era del autoritarismo de mercado. En: Peña y Lillo, Julio y Polo Blanco, Jorge (eds). El Estado en disputa. Frente a la contraofensiva neoliberal en América Latina, Quito: CIESPAL, 2018.

Portelli, Hugues. Gramsci y el Bloque Histórico. México: Siglo XXI, 1977.


[1] Investigador y miembro del Comité Editorial de Ojo Zurdo. Tomo prestado el título del capítulo VII del libro La potencia Plebeya de Alvaro García Linera.

[2] Entrevista a Verónika Mendoza en RPP Noticias del 4 de junio 2019 recuperado de: https://rpp.pe/politica/congreso/veronika-mendoza-si-los-congresistas-dan-el-voto-de-confianza-sera-para-aferrarse-a-su-sueldo-y-su-inmunidad-noticia-1200826

[3] Adorno, Theodor, Prismas. La crítica de la cultura y la sociedad. Traducción de Manuel Sacristán. Barcelona Ediciones Ariel, 1962. Recuperado de https:// sociologiaycultura.files.wordpress.com/2014/02/adorno-theodor-1955-prismas.pdf

[4] Entrevista a Pablo Iglesias realizada por periodista Pepa Bueno, en diciembre de 2017, en programa de radio española Hoy por Hoy de Cadena Ser. Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=epY89Qeyd1s (minuto 12:10)

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