Continuismo y recomposición política en la Francia de Macron

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Romain Migus[1]  

Nos habían prometido una campaña electoral con un resultado impredecible. Y al final, los franceses se despertaron el 8 de mayo con un presidente cuya línea principal es profundizar el desastre neoliberal empezado en las últimas décadas. Emmanuel Macron, el nuevo presidente de la república francesa, es ante todo un representante de la oligarquía, los banqueros y la sumisión a la Unión Europea. ¿Cómo llegamos a este resultado pese a una campaña llena de sobresaltos?   

Las últimas elecciones en Francia fueron convocadas en medio de una profunda crisis de los partidos tradicionales. La hidra bicéfala que compartía el poder desde 1958[2] terminó por aplicar las mismas políticas neoliberales con algunas leves diferencias en el plano societal. Sin embargo, la llegada en 2012 de un presidente proveniente del Partido Socialista (PS Socialdemócrata), después de 17 años de dominio presidencial de derecha, suscitó una esperanza que fue traicionada a medida que François Hollande aplicaba una agenda neoliberal y sometía a la nación a las imposiciones de la Unión Europea[3]. El presidente francés, contribuyó notoriamente a alimentar una rabia contra todos los representantes de la casta política. Este alejamiento radical del partido socialdemócrata de su base electoral, fue llevado al límite por François Hollande. Una situación nueva en Francia, pero que hace eco a lo ocurrido hace décadas en América Latina con las caídas electorales de partidos como Acción Democrática (AD) en Venezuela, el APRA en Perú, o el Partido Liberal colombiano, para citar algunos casos. Como consecuencia, el mismo sentimiento cruzó el charco para imponerse en los ciudadanos del país galo: “Que se vayan todos”.

Una sucesión de hechos inéditos

El diciembre de 2016, François Hollande anunció que no volvería a postularse para un segundo mandato presidencial. Era un hecho histórico pues en los últimos 60 años nunca un presidente había desistido de presentarse después de haber asumido el cargo de Jefe de Estado. Para intentar sentar una nueva legitimidad en un electorado agotado por sus políticas, los dos partidos tradicionales que compartieron el poder a lo largo de la Quinta República (PS y los Republicanos LR) decidieron escoger su candidato a través de elecciones primarias.

En dichas elecciones primarias, los simpatizantes de dichos partidos escogieron sendos outsiders como candidatos presidenciales: François Fillon (LR) y Benoit Hamon (PS), quienes prontamente marcaron una clara ruptura con la línea tradicional de sus respectivos partidos[4].

Un golpe mediático

Cabe resaltar que el sistema de elección francés es universal, directo, y a dos vueltas. Es decir que, para elegir presidente, en la primera vuelta califican dos “finalistas” que van a una segunda vuelta, salvo que un candidato obtenga 50% más un voto, hecho improbable dado la multiplicidad de opciones divergentes. En este sistema, ya es casi una tradición política que los partidos se unan al candidato mejor ubicado para vencer al Frente Nacional (FN). En una Francia que no supera aún las distinciones políticas del siglo pasado, siempre suma alertar sobre el riesgo “fascista”, “nazi” o de amenaza contra la República que significaría un triunfo de FN. Si bien en 1972 algunos fascistas franceses participaron en la creación de este partido, hoy es bastante antihistórico tildar así al partido de Marine Le Pen, quien reivindica una pertenencia más “nacional-populista” o de populismo de derecha.

Se sabe así que la fuerza política que pase a la segunda vuelta contra el FN tiene una ventaja considerable para vencer. El 2002, Jacques Chirac se benefició del apoyo de toda la clase política y del aparato mediático para salir victorioso frente a Jean Marie Le Pen con un histórico 82,21%. El partido, ahora conducido por su hija, a pesar de haber objetivamente cambiado su línea económica y política, todavía sirve de espantajo, lo que le impide lograr la victoria definitiva. Por lo tanto, la elección presidencial francesa se juega en realidad en una sola vuelta, donde quien califica al segundo round contra el FN, prácticamente asegura la victoria final. Y en este espacio poco democrático, entran en escena los medios de comunicación y las encuestadoras, montando una verdadera operación psicológica sobre los electores.

Para diciembre de 2016, las empresas de sondeos parecían unánimes: La segunda vuelta traería un enfrentamiento entre el candidato LR, Francois Fillon, y Marine Le Pen, con un 29% y 24% de las intenciones de votos. Frente a lo que se perfilaba como la victoria anunciada de Fillon, los medios de comunicación y sectores empresariales fueron creando un nuevo outsider político: Emmanuel Macron.

Este joven político, apoyado en política por todas las redes neoliberales[5], fue asesor personal de François Hollande en temas económicos, Secretario General Adjunto de la presidencia (2012-2014) y luego Ministro de Economía e Industria (2014-2016). En otros términos, fue uno de los responsables principales de la aplicación de la política neoliberal en la última gestión presidencial. Sin embargo, en abril 2016, tomó distancia del gobierno y fundó su propio movimiento político: En Marche.

A la luz de los hechos, es claro que la elección de Emmanuel Macron respondió a un verdadero bombardeo mediático que transformó a un eminente miembro de la casta política en la opción del “cambio y progreso”, al mejor estilo de un Mauricio Macri o un Guillermo Lasso en América Latina. Así, antes del inicio de la campaña electoral, fueron lanzados más de 17.000 artículos elogiosos en la prensa nacional y centenares de reportajes en los medios audiovisuales[6], logrando los medios cambiar radicalmente la imagen de Macron en la opinión pública.

Su juventud fue asociada al deseo de novedad política, cuando en realidad encarnaba la aplicación de una política iniciada hace más de 20 años. Pero sabiendo que pocos electores deciden su voto leyendo programas de gobierno, Macron se dio el lujo de criticar a todos, ampliando su potencial electoral. Sus asesores movilizaron en los electores una serie de emociones que permitieron superar la racionalidad política y juzgar al candidato sobre sus hechos políticos. Al fin y al cabo, lograron que a los electores les “cayera bien” el joven político, convenciéndolos de otorgarle un cheque en blanco.

Sin embargo, para sentar a Emmanuel Macron en la silla presidencial, había que eliminar al hasta entonces candidato favorito: François Fillon. Con la misma fuerza que levantaron a Macron, los medios de comunicación destrozaron al candidato de LR revelando unos “empleos ficticios” favorables a su familia. Para un político que había ganado en las primarias levantando un discurso de austeridad, estas revelaciones fueron demoledoras. Se desató una propaganda de guerra para sacar de juego al candidato mejor ubicado de la carrera presidencial[7]. Más que por el contenido de la denuncia, muchos electores sancionaron el abismo entre el discurso (de austeridad para todos) y los hechos (la opulencia para sus familiares). La garantía de honestidad que había favorecido a Fillon durante las primarias se volvió en su contra.

Todo este ensamblaje construido para lograr la victoria de Emmanuel Macron estuvo a punto de derrumbarse con el ascenso de Jean-Luc Mélenchon. Con una campaña innovadora y una movilización sin precedentes tanto en las redes sociales como en los eventos públicos, Jean-Luc Mélenchon hizo exactamente lo contrario de Macron: Elaboró con un año de antelación un programa colectivo de gobierno que dejaba plasmado una hoja de ruta programática, bien ubicada a la izquierda[8]. Mélenchon hizo una campaña de educación popular que apelaba a la inteligencia colectiva, dejando las emociones y temores a un lado para ofrecer una visión positiva sobre el futuro de la gente. Sumando el talento oratorio y la experiencia política de su líder, el movimiento de la Francia Insumisa no paraba de subir en las encuestas, constituyéndose en una verdadera amenaza al guion preestablecido por la mediocracia y las elites en el poder, que desplegaron feroces campañas para desacreditarlo. Como argumentos destacaban su cercanía a los progresismos latinoamericanos, acentuando que el futuro de Francia podía ser similar al de la crisis en Venezuela, o tergiversando la situación en Rusia o en Siria. En fin, se desató también con éxito otra propaganda perversa para que el líder de la Francia Insumisa no accediera a la segunda vuelta.

Lo planificado ocurrió

Los resultados de la primera vuelta fueron bastante similares a los que habían profetizado las encuestas, calificando para la segunda vuelta Emmanuel Macron y Marine Le Pen. Por primera vez en la historia de la Quinta República francesa, ninguno de los dos partidos históricos protagonizaría el duelo final. La voluntad del pueblo francés de barrer con la política tradicional se expresó claramente en las urnas.

De modo similar a la victoria de Donald Trump en Estados Unidos, el voto francés apareció doblemente dividido. Primero, entre las ciudades y el campo: Las primeras favoreciendo a Macron y el mundo rural o periférico a su oponente. Los resultados de esta contienda confirmaron lo que el Instituto Francés de opinión política (IFOP) había demostrado en el año 2016: Tanto en Estados Unidos, como en Francia, mientras más lejos estamos de una gran ciudad, más altos son los votos para el populismo de derecha[9]. Asistimos a una primera dicotomía entre una Francia urbana, con altos estudios, hiper conectada y bombardeada de información, y una Francia periférica, excluida de los beneficios de la globalización, y olvidada por los relatos mediáticos y políticos.

La otra separación clara es también territorial, entre el oeste y el este de Francia. El primero, favoreciendo a Macron y el segundo a Le Pen. Como lo ha mostrado el economista Jacques Sapir, el mapa electoral del FN se superpone al mapa de industrialización de Francia[10]. El voto para Marine Le Pen revela un claro rechazo a las políticas de desindustrialización que se aplicaron a Francia desde los años ochenta, con sus consecuencias de desempleo, reconversión forzada y malestar social. Tanto en estas zonas como en el campo olvidado, el FN prospera donde el Estado no ha jugado su papel intervencionista y deja al mercado acabar con los territorios.

Por otra parte, los resultados revelan la consolidación del discurso euroescéptico o soberanista. Por primera vez en una elección presidencial, los candidatos que criticaban el funcionamiento de la Unión Europea lograron sumar cerca del 47%. Esta orientación soberana se convertirá en un marcador importante dentro de la recomposición del ajedrez político francés.

Macron: Un presidente rechazado pero electo

La elección de Emmanuel Macron con 66.68% contra 34.32% votos para Marine Le Pen en la segunda vuelta, realizada el domingo 7 de mayo de 2017, no va a resolver ninguno de los problemas de fondo que atraviesa Francia. Estas cifras son una cortina de humo. En realidad, Macron fue electo con apenas 43.75% de los electores inscritos[11]. Esta desmovilización revela bien la fragilidad del presidente francés. Además, su política europeísta y neoliberal de seguro empeorará las condiciones actuales de los franceses y agravará los conflictos políticos. Como consecuencia, podemos estar seguros que crecerá el rechazo hacia la clase política en general, y decaerán las condiciones de gobernabilidad.

Si bien el campo político que apuesta por la continuidad económica y geopolítica debería estar unido al momento de tomar las grandes orientaciones de estos próximos cinco años, aparece una fractura irreconciliable entre las dos grandes tendencias contestatarias al sistema. Para la Francia Insumisa, el Frente Nacional representa más un enemigo que una fuerza con la cual se podría construir una alternativa o encontrar coincidencias. Eso es recíproco en los electores conservadores del FN que dudarían en votar por una opción tildada de “chavista”, “comunista” o “atea”. Esta frontera política establecida entre los dos partidos populistas es la mejor garantía actual que tiene el sistema para perdurar en el poder. A diferencia de los países de América Latina[12], una amplia alianza populista parece imposible en Francia, pese a que la Francia Insumisa es la única que posee un verdadero programa de Gobierno radicalmente en oposición al sistema. Sin embargo, las líneas políticas estarán llamadas a pruebas legislativas sobre las políticas económicas del presidente Macron y sobre la base de la defensa del interés general y las soberanías nacionales y populares. La recomposición total del campo político francés está por empezar.


[1] Sociólogo y periodista francés/latinoamericano, autor de libros como El Nuevo Paquetazo Made in USA, La telaraña imperial; enciclopedia de injerencia y subversión (Caracas, 2008), entre otros.

[2] La quinta república francesa fue aprobada en 1958, abriendo el ciclo político hoy en crisis.

[3] Ver Serge Halimi, “¿De nuevo, la trampa del voto útil?”, Le Monde diplomatique en español, Abril 2017.

[4] Fillon por su conservadurismo social y su línea de detente con Rusia. Hamon, por siempre haber sido la fracción de izquierda del PS.

[5] Network Point Zero, “2017, le coup d´Etat”, Investig´action, 30 de abril de 2017.

[6] Vincent Ortiz, “Comment les médias ont fabriqué le candidat Macron”, Le vent se lève, 2 de febrero de 2017.

[7] Bruno Dary, “Affaire Fillon: opération psychologique de grande ampleur contre la démocratie”, Le Figaro, 13 de febrero de 2017.

[8] Ver el programa de gobierno de La France Insoumise disponible en www.laec.fr

[9] “Trump, Brexit, Hofer, FN : Les ressorts de la vague « nationale-populiste »”, Ifop, 6 de diciembre de 2016. Disponible en http://www.ifop.fr/media/poll/3576-1-study_file.pdf

[10] Jacques Sapir, “Deux cartes et une élection”, Russeurope, 25 de abril de 2017.

[11] Según las cifras oficiales del Ministerio del Interior, disponible en http://www.interieur.gouv.fr

[12] Ver William Izarra, Del MBR 200 al MVR, Caracas: Centro de Estudios e Investigación de la Democracia Directa, 2004, pp. 4-5.