Construir un proyecto de izquierdas para el Perú ¿Quién dijo que sería fácil?

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Álvaro Campana Ocampo[1]

“Una crisis es tanto un momento de pérdida por la descomposición de lo existente, como una oportunidad de recomposición de cara al futuro” – Ezequiel Adamovsky

La promesa de construir un espacio político social capaz de disputar el gobierno y a la vez convertirse en una fuerza capaz de transformar el país, se expresó como posibilidad tras los últimos resultados electorales del Frente Amplio (FA). Existían importantes condiciones: Una candidata (Verónika Mendoza) con proyección política que casi alcanza a pasar a la segunda vuelta; un espacio político aglutinante que pese a sus divergencias contenía a una fuerza militante con talante renovador y referentes jóvenes (el FA); y una bancada de veinte congresistas que volvían al Parlamento. Todo esto luego de la orfandad política de las izquierdas producto de la derrota estratégica de los años 80. Sin embargo, los problemas internos surgieron inmediatamente, evidenciando la crisis e inmadurez de los actores, pero también la potencialidad y, por tanto, la posibilidad de un proyecto de izquierdas de largo alcance para el país.

El presente artículo busca aproximarse a esta situación a partir de las experiencias del FA y del Movimiento por el Nuevo Perú (MNP), enfatizando las dificultades y posibilidades de construir un proyecto histórico de izquierdas en el país.

El sueño y la necesidad de la unidad

La Izquierda Unida (IU) fue la aspiración de conformar un gran Frente Revolucionario de Masas en el Perú. Fue quizá la experiencia más concreta de construcción de un instrumento de acumulación y construcción de poder, a la vez que de conquista del gobierno, impulsado en un momento en el que las organizaciones sociales y políticas se hallaban fuertes; un momento de transición histórica que requería la articulación de fuerzas. La IU entonces fue resultado de un largo proceso de construcción y acumulación social y política, de lucha y también de negociación. No vamos a ahondar aquí en las razones de su fracaso, aunque no está demás mencionar que su fantasma ha rodeado todo el proceso del FA.

A diferencia de lo ocurrido en los años 80, el actual momento de las izquierdas es resultado de una derrota estratégica; es decir, del fracaso de varios presupuestos y métodos que guiaron la lectura de la realidad y la acción de los partidos y movimientos durante décadas. Tal derrota significó para las fuerzas de izquierda la dispersión programática y organizativa, llevándolos a atravesar por un largo proceso de descomposición, pero a la vez, desde la dictadura fujimorista y la implantación autoritaria del neoliberalismo, de progresiva recomposición. Un proceso de marchas y contra marchas que abarca toda la transición democrática trunca, en medio de profundos cambios de la sociedad peruana.

El proceso unitario del FA era expresión de ese sinuoso proceso de recomposición por una parte, aunque por otra parte revelaba la necesidad de articulación a fin de acometer tareas consideradas estratégicas para cualquier proyecto político. Tareas como el rearme programático y político, la vinculación con el movimiento social y la ciudadanía, la forja de una plataforma electoral y la construcción de un instrumento organizativo capaz de sostener estos esfuerzos solo es posible hacerlas reagrupando fuerzas. No cabe duda que las distintas vertientes que conformaron el FA no podían acometer estas tareas dispersas o solas; la articulación estratégica era el mejor camino para superar la marginalidad y avanzar con pasos más certeros hacia el sueño de la unidad.

La crisis e inmadurez en el proyecto unitario

Pese a los visibles avances en el proceso unitario del FA, emergieron grietas que se profundizarían posteriormente, como resultado del proceso electoral de abril del 2016. La derrota en las elecciones primarias de Tierra y Libertad (TyL), dueña de la inscripción legal, fue y sigue siendo un golpe difícil de procesar para un sector de la dirigencia de este espacio. Asimismo, se manifestó una gran incapacidad para comprender que la conducción de la campaña electoral no podía sujetarse a la maduración organizativa, generándose también distancias entre el núcleo responsable de la campaña y la dirección política del FA. La dirección del FA, denominado Comité Permanente (CP), fue además el espacio donde se vivieron más intensamente las tensiones en la construcción de alianzas y en la conformación de las listas parlamentarias, de las cuales varios de sus miembros fueron parte.

Así, tras los buenos resultados en las elecciones presidenciales y parlamentarias, el esfuerzo encalla. Las razones son diversas pero podemos resaltar algunas, tales como la corta visión de varios de sus actores, las inevitables disputas de poder en el marco de una institucionalidad aún incipiente, las pretensiones de poseer una ideología omnicomprensiva o más coherente, y la persistencia del culto a la lucha interna purificadora, todo esto atizado por las características de nuestro sistema político electoral. A ello podríamos agregar la inestabilidad de los grupos y la persistencia de los mencionados procesos de descomposición en la izquierda, expresada en la supervivencia de viejas taras políticas, la presencia de lógicas centrífugas, la crisis de representación que alcanzan a todos los actores políticos, y las dificultades para articular demandas sociales, asumiendo que los problemas de las mayorías no son patrimonio exclusivo de las izquierdas.

De esta forma, como ya se mencionó, prontamente aparecieron las disputas internas, siendo más evidente la tensión en momentos tales como la definición del respaldo al candidato opuesto al Fujimorismo en la segunda vuelta, la problemática elección de Marco Arana (MA) como congresista por Cajamarca, la definición de coordinación de la bancada parlamentaria, la distinción entre militantes y activistas, y la negativa de TyL a incorporar a las otras organizaciones en las estructuras formalmente inscritas del FA cuya inscripción posee. Asimismo, al interior del FA se configuraron tres bloques: uno compuesto por TyL, el partido ecologista por autodefinición y leal a su líder MA, otro el llamado Bloque Socialista (BS) autodenominados marxistas-leninistas, y el otro el espacio articulado en torno al liderazgo de VM. Los dos primeros acabaron siendo aliados y, en palabras de los miembros del BS, lo fueron porque Arana tenía una mayor ligazón a las luchas populares, a diferencia de Mendoza, caracterizada como social-liberal y sumamente mediática. A todas luces se desató una disputa interna por el liderazgo en la cual TyL y sus aliados buscaron evitar que VM se proyectara con “ventaja” en el próximo evento electoral si es que formalizaba algún tipo de responsabilidad dirigencial más allá de su pertenencia al CP. En esta línea, no dudaron en bloquear todas sus iniciativas e ir copando los diversos espacios, tanto los orgánicos como los vinculados al Parlamento. Esta tensión acabó por acelerar el resquebrajamiento de las propias organizaciones componentes del FA, especialmente en el caso de TyL y de Sembrar, organización a la que pertenecía VM.

La ruptura del Frente Amplio

Ante tal situación de crisis que se vivía en el FA, al interior del bloque cercano a VM se plantearon dos opciones: Insistir en el FA sin formar un nuevo espacio con inscripción legal, o empezar pronto la conformación de un espacio con inscripción propia. Ambas opciones tácticas, no obstante, buscaban mantener el FA, apostando a la vez por aprovechar el capital político obtenido. Finalmente, ganó la primera opción que sostenía que apuntar a una inscripción propia sería el pretexto de TyL para terminar de apropiarse del FA. En medio de estas tensiones se llevó a cabo el II Congreso Nacional del FA en el marco del cual se expresaron nuevamente tres posiciones diferenciadas. La primera postura fue la de TyL, que aunque no participó formalmente del evento, propugnaba un acuerdo político entre organizaciones antes que un Congreso, persistiendo en la idea de un FA donde ellos fueran los poseedores de la inscripción y garantes de las decisiones del conjunto, argumentando que el FA no debía volverse un partido con inscripción sino seguir siendo un frente. La segunda posición era la de los “centristas” que consideraban que esta era una disputa de líderes (sino caudillos), por lo que no cabía presionar a TyL ni buscar una nueva inscripción electoral pues el debate era en las bases y debía darse con más tiempo. Y una tercera postura, que consideraba que no había más tiempo que perder, que era hora de buscar una inscripción electoral y que debía darse en el marco del FA como una apuesta por su democratización. En el marco del Congreso, la mayoría de sus participantes -1500 delegados y delegadas de todo el país- ante la negativa de TyL de reconocerlos como militantes plenos, plantearon la necesidad de optar por una nueva inscripción sin que eso representara la ruptura del FA. Además, apareció aquí un sector importante, el pueblo frenteamplista, las bases que se conformaron en todo el país y que fueron el soporte real de la campaña electoral más allá de las pequeñas organizaciones componentes del FA. Finalmente, y a pesar de la posición mayoritaria por democratizar y abrir el FA, el II Congreso terminó forzando una salida poco clara, que confirmaba lo que ya era evidente: Que el FA, como lo vemos ahora, no daba para más y virtualmente estaba roto.

El surgimiento del Movimiento por el Nuevo Perú (MNP)

Es entonces que organizaciones y militantes deciden dar el paso para conformar el MNP. El proceso de este nuevo agrupamiento no ha sido fácil. En primer lugar porque, como en todas las izquierdas, prevalecen concepciones vanguardistas y burocráticas de la política, a lo que se sumó el que los actores que podrían representar la renovación venían de sus propias rupturas en el proceso del FA. Estas concepciones vanguardistas, que justifican en realidad la defensa de los pequeños espacios o cuotas de poder ganadas, plantean que es sobre la base de los “partidos” (colectivos o pequeñas agrupaciones políticas en realidad) que debe construirse el MNP. Replican así el esquema de un Frente de organizaciones, desdeñando la apuesta por ganar al pueblo frenteamplista al nuevo espacio político, habiéndole negado ser parte de los espacios de dirección nacional.

A esta dificultad se agrega la indecisión del naciente agrupamiento por resolver pronto los impasses con TyL, organización con la que comparte la bancada del FA, insistiendo además en un camino de acuerdos institucionales a todas luces imposible. Con ello, replica la culpa y miradas cortoplacistas en la que las izquierdas siguen atrapadas; culpa de aparecer como anti unitarios, necesidad inmediata de no echar abajo los puentes pues las elecciones del 2018 están cerca y algunos plantean factible resolver las distancias con TyL.

No obstante, el MNP tiene varias ventajas. El pueblo frenteamplista apuesta y reconoce mayoritariamente el liderazgo de VM, y sabe que es uno de sus principales capitales políticos frente al país. Asimismo, pese al intento de algunos por convertir la disputa dentro del FA como una tensión entre los populares y provincianos (cercanos a TyL) versus los limeños y clase medieros (con el MNP), el MNP ha logrado una presencia nacional importante, particularmente en el sur del país. También muchos de los mejores cuadros políticos y técnicos, han decidido apoyar el esfuerzo del MNP. Finalmente, vale destacar la fuerte voluntad de movilización y organización de la militancia articulada en torno al MNP, que ha demostrado estar dispuesta a sumir el gran esfuerzo que implica lograr la inscripción electoral.

Retos y posibilidades para el Nuevo Perú

Las rupturas en un proyecto político son lamentables, más cuando no median verdaderas diferencias estratégicas y programáticas. A la fecha, las grandes tareas estratégicas aludidas siguen pendientes de desarrollar y, por tanto, sigue abierta la posibilidad de construir una coalición capaz de trascender lo inmediato. Desarrollar estas tareas implica: La construcción de una nueva síntesis política y programática, capaz de ofrecer una visión de futuro, bienestar y democracia a la mayoría de peruanos, revirtiendo la arremetida conservadora y autoritaria dirigida a los sectores populares. La disputa no sólo por el pueblo frenteamplista, que sigue siendo pequeño, o siquiera de las izquierdas, sino del concepto mismo de pueblo, lo cual implica acercarse a la cotidianidad y las necesidades de los sectores populares e impulsar la construcción de espacios de centralización de luchas desde abajo, articulando una mayoría social para ejercer poder. Requiere también construir un instrumento político a la altura de los desafíos, que sea innovador y que responda a una sociedad marcada por la contingencia y la incertidumbre, verdaderamente democrático y abierto a la ciudadanía. Por último, implica asumir el desafío de ser gobierno, para lo cual es necesario construir una mayoría electoral y política, articulando a los sectores “radicales” y también a los sectores “liberales” construyendo una propuesta con voluntad hegemónica, sin que por ello peligre la apuesta por cambios de fondo y se desdibuje la identidad del proyecto.

Los tiempos no son fáciles, pero una propuesta de izquierdas en el Perú tiene una gran oportunidad, principalmente por la bancarrota del Estado y la economía neoliberal que hoy vive el país y que parece anunciar una situación destituyente y constituyente. Esto abre la posibilidad de refundar el país, pero a la par abre la posibilidad de recaer en recetas autoritarias y populistas de derecha, que cobran fuerza cuando fracasan o están ausentes los proyectos transformadores. La tarea es desmesurada, pero contribuir a generar un cambio real lo es siempre. No se trata de caer en mistificaciones o catastrofismos de ninguna índole sino de un trabajo riguroso de comprensión de lo que ocurre, de un acendrado realismo utópico y laico para pensar y actuar políticamente.


[1] Historiador, militante del Movimiento Nuevo Perú y miembro del Comité Editorial de Ojo Zurdo.