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Yuri Gómez Cervantes[1]

En su primer libro publicado en español, el sociólogo ale­mán Wolfgang Streeck aborda un tema actual y urgente: la crisis del capitalismo y su relación con la democracia. Una crisis que es expresión de tres crisis distintas pero interco­nectadas. Una crisis bancaria, resultado de la ampliación desmedida del crédito financiero que contrae la voluntad de los prestamistas. Una crisis fiscal, por los déficits presu­puestarios y las altas deudas de los Estados, volviéndolos sujetos sin crédito. Una crisis económica, por el desempleo y estancamiento de la producción ante la falta de crédito disponible.

El autor propone la necesidad de volver a integrar la eco­nomía y la política. Esto implica reconocer que el mercado actúa dentro de la política. Y si la economía es una cuestión política, producto de la lucha de intereses opuestos entre empleadores y trabajadores, entonces la crisis, entendida como decrecimiento y desempleo, resulta del desinterés de los dueños del capital por arriesgar en el mercado. Por tan­to, el capitalismo es un orden social histórico, producto de una continua renegociación y reestructuración, donde los intereses del mercado juegan un rol importante.

En los tres capítulos del libro, Streeck realiza una revisión histórica para comprender la magnitud de la crisis del ca­pitalismo en relación con la democracia en la Unión Euro­pea. Su punto de partida es la disolución del Estado fiscal posterior a la Guerra Mundial: un modelo de Estado que entretejió la consolidación democrática con la redistribu­ción, sostenido por una relación estable entre el capital y la cobertura de la demanda de empleo, garantizando al mis­mo tiempo la valorización. A las décadas de crecimiento y pleno empleo de este régimen de capitalismo democrático siguieron las efervescentes huelgas de 1968 y 1969, gene­rando en los capitalistas desconfianza y desinterés por el modelo de posguerra. Esto provocó una desaceleración de la inversión en relación a la demanda de trabajo que, junto con el avance de la inflación durante la crisis de la década del setenta, puso fin al Estado fiscal.

Ante la imposibilidad de recuperar las condiciones anterio­res del capitalismo democrático, ganó consenso la incor­poración de una fuente adicional de ingresos a través del consumo. Los Estados europeos, en consecuencia, comen­zaron a sostenerse con deuda pública durante la década del ochenta. Esta alternativa abrió la puerta a un nuevo mode­lo: el Estado deudor, que cubre más gastos con préstamos, en lugar de incrementar la recaudación fiscal. La imposi­bilidad de recuperar las condiciones sociales anteriores, junto con el incremento de la deuda pública, derivó en la década del noventa hacia la búsqueda de préstamos en el mercado privado, mientras los ciudadanos comienzan a cubrir parte de sus necesidades usando el crédito bancario. La crisis del Estado deudor será el promotor de la conoci­da reforma neoliberal. Las principales implicaciones de lo anterior fueron una serie de reformas que impactaron en los trabajadores –reducción de derechos laborales, privati­zación de servicios públicos e incremento del desempleo- y una desregularización del mercado de trabajo, bienes, ser­vicios y capitales, controlado corporativamente.

Streeck propone que ocurre un desdoblamiento del pue­blo. De un lado, la ciudadanía (Staatvolk) como grupo de referencia en el Estado moderno. Y de otro lado, emerge el pueblo del mercado (Markvolk), una comunidad de inver­sores con origen en la baja carga impositiva a la clase alta durante las reformas neoliberales que alimentó su nuevo rol prestamista. Siendo el pueblo del mercado producto de un proceso de reforma económica global, su integración como pueblo se organiza transnacionalmente desde el capitalismo financiero que se vincula con los Estados mo­dernos de forma contractual. La presencia de este segundo pueblo cambió las relaciones entre capitalismo y democra­cia. El capital desplazó la vieja fórmula de influencia sobre la democracia –la elección sobre el mejor momento para invertir en un país- por una forma de influencia directa: elegir entre financiar o no financiar a un Estado. Aparece, entonces, un nuevo conflicto de intereses: ¿a quién debe rescatarse en situación de crisis? La respuesta es harto co­nocida: a los acreedores. El capitalismo, a través de una red internacional de prestamistas, doblega la soberanía nacio­nal, dado que la nueva política se teje como una diploma­cia financiera intergubernamental que supervisa y regula el manejo fiscal de los Estados nacionales, erosionando las bases de la democracia.

La expansión desregularizada del crédito para financiar bienes públicos y complementar los ingresos familiares fue el nuevo punto de inflexión. Los acreedores arriesgaron más de lo que la economía real podía pagar hasta causar la crisis financiera en el 2008, marcando el final del Esta­do deudor en Europa y el inicio del denominado Estado de consolidación neoliberal. De ese modo, concluye un proce­so de inserción del neoliberalismo iniciado en las décadas del ochenta y noventa con la eliminación de la fuerza sindi­cal. La Unión Europea, sostiene Streeck, se conduce por un proceso dual que desdemocratiza la economía y desecono­miza la democracia beneficiando los intereses del pueblo del mercado, como lo ejemplifican las experiencias recien­tes de España y Grecia.

A pesar de la sugerente lectura de un proceso histórico de profundización de las reformas neoliberales, dos cuestio­nes llaman la atención del libro. Hay una identificación muy institucionalista de la democracia, quizá por su rela­ción con el capitalismo desde la posguerra. En ese sentido, su principal propuesta es una medida económica que res­tituya a la democracia algo del poder perdido. El recurso de la devaluación, también formulado por Friedman, un propulsor y defensor del liberalismo económico, parece arriesgar poco para la seriedad de la problemática descrita y la posición de izquierda del autor. Más interesante resul­ta su propuesta de sustituir el modelo de la Unión Europea y la unión monetaria por un modelo de comunidad euro­pea que reconozca la heterogeneidad entre las sociedades que la conforman. Sin embargo, esta idea termina en la propuesta de constituir un Bretton Woods europeo, en lí­nea con la propuesta Keynesiana, donde la devaluación es la última alternativa, la medida extrema, para estabilizar la diferencia entre sociedades y la recuperación del terre­no político, permitiendo una articulación laxa donde cada país mantenga en vigencia su moneda en coexistencia con el Euro como moneda de referencial.

Llama la atención que Streeck describa la contradicción de intereses entre capital y democracia, donde los represen­tantes del primero solo buscan mejorar las condiciones de su acumulación, pero su alternativa se reduzca a controles sobre el mercado que no garantizan ningún cambio en la correlación de fuerzas, solo una contención a la consolida­ción del neoliberalismo. Si parte de la crisis corresponde con una ausencia de la redistribución, ¿por qué no se pro­mueve un consenso sobre la recaudación de impuestos en toda la Unión Europea? Pasar del consenso de ajuste fiscal y de reducción de gasto a compromisos de recaudación mínima, por ejemplo. Si el nuevo elemento de la crisis es la liberalización del capital financiero, ¿por qué no armar una agenda para regular la especulación y la facilidad del crédito de estos actores?

El libro quizá sea muy cauto con las propuestas, pero es un aporte para comprender el devenir de la Unión Europea y el Euro. En un momento de drásticos cambios en la política europea, una economía en crisis y la emergencia de popu­lismos de derecha, acudir a una mirada desde la econo­mía-política alimenta y enriquece el debate actual, todavía muy asentado en ciertos sentidos y principios comunes.


[1] Integrante del comité editorial de la revista Ojo Zurdo.