Los síntomas de una camiseta neo-nazi o la articulación microfascista del Chile neoliberal

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Oscar Ariel Cabezas V.1Doctor en Estudios Latinoamericanos, Duke University. Profesor de filosofía de la cultura y director de revista de Escrituras Americanas de la UMCE, Santiago de Chile.

Los réditos del crecimiento económico y de las mejorías de las clases medias logradas mediante la crueldad de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1989) no convencen a las clases subalternas, a los movimientos sociales, a los estudiantes endeudados y a las movilizaciones feminis­tas de la sociedad chilena. La consigna sigue siendo resis­tir, resistir incluso a la falta de un “mundo de vida” que oponga las sociedades a la devastación social y política generada por la guerra permanente del neoliberalismo. Lo constitutivo de un país como Chile, al que la dictadura de Pinochet no deja de pasarle, a pesar de los gobiernos de la Concertación y la Nueva Mayoría, es la imperceptibilidad de indiferencia política respecto de los microfascismos de la vida cotidiana. La guerra del neoliberalismo contra las comunidades mapuche, la guerra contra los estudiantes, contra los ancianos y ancianas que no podrán obtener ju­bilaciones dignas, la guerra contra las mujeres y las disi­dencias sexuales, son guerras que están articuladas desde los ámbitos de la vida cotidiana. Se trata de la vida cotidia­na que la “democracia neoliberal” (1989 – siglo XXI) sostie­ne en virtud de la vida orientada en las compulsiones del consumo de una clase media que ya no puede ser discerni­da en términos de sus diferencias políticas.

En un mundo de vida mercantilizado por el supuesto milagro de la economía heredada del pinochetismo, la clase media que sostiene el orden neoliberal no es distinguible a partir de la diferencia moderna entre la izquierda y la derecha. Esta distinción se ha vuelto imposible, porque todo el modo de vida está hegemonizado por una clase media que funciona como el “colchón ideológico” de propuestas políticas que deberían ser el fundamento de la trasformación política y social del Chile heredado del pacto entre el pinochetismo genocida y la izquierda neoliberal (Con­certación y Nueva Mayoría). ¿En qué consiste el colchón ideológico de las clases medias? La respuesta a esta pregunta debe entrelazarse a la imposibilidad buscada que la izquierda neoliberal, en Chile, ha tenido con respecto a sostener de manera fuerte una agenda en que la prioridad política sea el cambio de la Constitución de 1980. La imposibilidad de cambiar la Constitución por parte de una casta de gobierno que lleva más años que lo que duró la dictadura militar (1973-1989), se halla acompasada por el poder adquisitivo y de endeudamiento de los paraísos de un mundo de vida mercantilizado y orientado al consumo. Esta es una relación que ha sido descrita de manera ejem­plar en un pequeño libro que los nuevos ideólogos de la izquierda, medio han olvidado.

El libro de Tomás Moulian, El consumo me consume (1998) y, antes que este, el bestseller Chile actual: Anatomía de un mito (1997) pueden perfectamente ser leídos como diagno­sis de la actualidad del régimen neoliberal, cuya matriz se articula desde los arcanos del mercantilismo subjetivo de la clase media y una dictadura genocida que, posiblemen­te desplegada en el tiempo de larga duración, se halla simplemente metamorfoseado en lo que actualmente se cele­bra como régimen democrático. Esta metamorfosis no es otra cosa que la mutación del genocidio perpetrado por la Junta Militar, encabezada por Pinochet, Richard Nixon en 1973, en una dictadura del mercado y las transnacionales cuyas cabezas visibles han sido la izquierda neoliberal y los dos gobiernos de Sebastián Piñera. Este último, respon­sable de haber introducido las tarjetas de crédito con las que amasó una enorme fortuna.

En Chile, lo que el bello prefacio al libro Anti-Edipo. Capitalismo y esquizofrenia (1972) escrito por Michel Foucault lla­ma “vida fascista” es algo que ocurrió en el paso de lo que Moulian caracteriza como la metamorfosis del ciudadano moderno del Estado de Bienestar al ciudadano crediticio o “credit card” de la guerra neoliberal. Este ciudadano no tie­ne una posición política en el espacio deliberativo de una democracia que se supone debe regir los asuntos públicos de la nación. Por el contrario, como resultado de la sínte­sis entre la dictadura terrorista de Pinochet y los milagros crediticios de la izquierda neoliberal, el chileno medio se halla articulado por un mundo de vida microfascista, en el que el dominio de las formas prevalece como criterio de distinción en el consumo y, a su vez, como dispositivo de expulsión de todas aquellas clases subalternas empobreci­das o excluidas del régimen de representación neoliberal basado en el emprendimiento y en la pseudodemocracia que camufla una guerra civil sin nombre debido a que su belicosidad aún esta por entenderse.

Este modo imperceptible de articulación del mundo de vida es lo que, al parecer, defienden y emulan los chicos brabucones de los nuevos fascismos de la sociedad estadounidense. En Portland, hace justo un año, bajo la impunidad absoluta que les confiere el gobierno de Trump, neofascistas estadounidenses se atrevieron a lucir el dise­ño de una camisa que en su parte frontal dice “Pinochet Did Nothing Wrong” (Pinochet no hizo nada malo”) y en la espalda “Make Communists Afraid Of Rotary Aircraft Again” (Vuelvan a hacer que los comunistas teman heli­cópteros). Transformemos la crueldad de estas consignas globalizadas de un mundo en que el diseño y los estampa­dos de la moda neofascista transgrede los límites del dis­curso de los Derechos Humanos, en una pregunta que a 44 años del Golpe Militar en Chile puede despejar la confu­sión del héroe neofascista de los jóvenes de Portland: ¿Qué hizo Pinochet para merecer su inscripción en el interior de la tradición del liberalismo extremo o neoliberalismo a la chilena?

En breve, los méritos de Augusto Pinochet y sus secuaces no son fascistas en un sentido tradicional moderno. Se tra­ta de un dictador que literalmente era un semi-analfabeto, de lo cual hay registros visuales y escritos que hoy cual­quiera tiene acceso. Por otro lado, Pinochet nunca ganó una elección, ni tampoco tuvo carisma alguno como po­lítico, era ignorante y prácticamente no sabía hablar en público. Su mala dicción y su falta de cultura eran tan sorprendentes, que una vez confundió al filósofo español Ortega y Gasset con dos filósofos, debido a que el conecti­vo “y” le indicaba que se trataba de dos personas: Ortega y Gasset. Sus “méritos”, si es que se puede hablar de méritos, son el haber asegurado el liderazgo brutal de un estado te­rrorista que aniquiló de un golpe el proyecto democrático y socialista de la Unidad Popular; el haber aplicado mé­todos sanguinarios de tortura y desaparición de personas durante 17 años y el de haber hecho posible la consuma­ción de una Constitución ilegítima que hasta hoy tiene al país condenado a una dictadura espectral. Esta dictadura espectral, cuya fuerza reside en el hecho de que sigue ate­rrorizando el mundo de vida, se afirma en la Constitución de 1980 y en el régimen policial que funciona más o menos de la misma manera que funcionaba durante los peores años de la dictadura.

A pesar de que algunos ideólogos de la nueva izquierda (FA) crean que no se puede seguir culpando a Pinochet de todo, en Chile hasta el día de hoy existe una democracia gobernada por el espectro de Pinochet y en la que los gobiernos de la Concertación y Nueva Mayoría no han podido convertirse en una oposición que ofrezca cambios estructurales; es decir, en una opción que abra a la sociedad chilena a una vida no fascista, a una vida sin pinochetismo como herencia y, por lo tanto, sin los microfascismos del mundo de vida cotidiana de los y las chilenas. Esta heren­cia espectral que los chicos neofascistas en la ciudad de Portland mostraban en su camiseta, es extremadamente preocupante. El espectro de Pinochet globalizado en una camiseta moviliza el odio racial, político y social. Este odio encarnando en los mitos de la América Blanca y protes­tante que, sin duda, ha desatado Trump como fenómeno mundial es el mismo odio que articula los microfascismo de la sociedad chilena. Estos odios se expresan hacia las clases subalternas y en particular hacia la migración de los hermanos y hermanas del golpeado pueblo haitiano; el racismo hacia los hermanas y hermanos latinoamerica­nos migrantes es sin duda un racismo blanco que proviene de la subjetividad heredada de los ideologemas que encar­nó el golpe militar que apoyó Estados Unidos para hacer desaparecer y tirar cuerpos al mar, tal como lo muestran las camisas de los chicos de Portland.

Sin duda, la lectura de esta camiseta puede ser motivo de todo un manuscrito de estados de corrupción moral y de naturalización de la crueldad en el que se encuentran las “sociedades globalizadas”. Por un lado, que la tortura y la desaparición forzada de personas esté naturalizada hasta el punto que un grupo de jóvenes blancos y de clase media puedan hacer una playera en apoyo a crímenes de lesa humanidad es un síntoma del estado de descomposición total de los “valores democráticos”. Por otro, que uno de los dictadores más ignorantes y crueles del Cono Sur llegue a valorizarse como icono de apoyo a la xenofobia, el racismo y el anticomunismo habla de que el espacio público de la política no tiene ya ninguna relación con los valores que promueve la democracia, a menos que se piense que entre democracia y violación a los derechos humanos hay un secreto vínculo.

El síntoma de la iconización de Pinochet como paradigma de la lucha contra el comunismo explica que el propio horizonte liberal-democrático de las sociedades multiculturales no es un muro de contención a la violencia de grupos neofascista. La democracia liberal -al no resolver las dife­rencias de clases y los modos arbitrarios de ostentación y acumulación de riquezas- es el modo por el que el racismo neofascismo vehiculiza, como diría Freud, el malestar en la cultura. La camiseta que alegoriza el genocidio de Pino­chet y que encarna la cultura de los grupos de extrema de­recha en los EE.UU. es también el síntoma de que la cultura de la izquierda liberal no ha logrado elaborar una “visión de mundo” que se oponga a la cultura visual de lo que Mi­chel Foucault llamó la vida fascista como fenómeno, cuyo epicentro ya no era su articulación desde el Estado-nación. Se trata de la vida que hoy aparece como fenómeno encar­nada en grupos como los de Portland. Grupos que en Chile tienen antecedentes en la derecha más reaccionaria que se opuso al socialismo democrático de Salvador Allende a través del grupo Patria y Libertad. Si bien el contexto his­tórico ha cambiado, estos grupos no han desaparecido. El Chile del presidente neoliberal Sebastián Piñera se ha vis­to re-articulado desde el municipio que controla la alcal­desa de derecha Evelyn Matthei para destruir el comercio ambulante, único sustento de las clases más desposeídas de la población chilena.

La historia de la reacción a la Unidad Popular conoció, como adelantamos, este tipo de grupos como los de Port­land. Patria y Libertad compartía el mismo patrón nacio­nalista, xenófobo y en disposición de asesinar a quienes se le opusieran. Sin embargo, a diferencia de los neonazis de Portland, el matonaje de Patria y Libertad se inscribía en las luchas anticomunistas de la Guerra Fría que generaba un balance de poderes globales entre la URRS y EEUU. En cambio, el neonazismo abiertamente xenófobo y racista de la postguerra se articula en el contexto de sociedades postnacionales donde la defensa de la nación resulta ser puramente retórica. En un sentido más preciso, el neofascismo aparece como complemento extremista de la defen­sa de la libertad de mercado. De manera que los neonazis a los que se les ocurre iconizar y defender la imagen de lo indefendible son neoliberales de extrema derecha. En otras palabras, son la parte extrema de aquellos que defen­diendo los mitos de los “milagros de la economía chilena” han venido justificando no solo la tortura y el lanzamiento de los cuerpos de los opositores (“comunistas”) desde un helicóptero, sino también el genocidio masivo en nombre de la democracia liberal. En ninguna parte del mundo es posible imaginar que estos grupos neonazis lleguen a convertirse en un partido político con capacidad de ganar masivamente elecciones. Sin embargo, la proliferación del matonaje y la colusión de estos grupos con la extrema derecha está a la orden del día porque, en última instancia, son un componente importante de la defensa de un pro­grama globalizado de políticas neoliberales.

A 44 años del golpe militar en Chile, lo que los chicos de Portland y su célebre playera con cueros de comunistas cayendo de un helicóptero evidencian es que el nombre de Pinochet ya no tiene la fuerza ni el arraigo que tuvo durante los conflictivos sociales de la transición democrá­tica. Como es sabido, Pinochet perdió el plebiscito con el histórico triunfo del No en 1989. En aquel entonces goza­ba de la popularidad y el apoyo de un 44% de la sociedad chilena. Ese porcentaje fue declinando por el destape del genocidio que cometió contra el gobierno constitucional de Allende, aunque su fin como icono indiscutible de la cultura de la derecha no llegaría por el hecho de ser un ge­nocida, sino más bien por ser un “cleptómano”. El famoso caso Riggs Bank, en el que se descubrió que Pinochet había malversado fondos y que con distintos nombres mantenía cuentas bancarias millonarias, no le gustó a varios secto­res de la derecha chilena. El caso Riggs convirtió al héroe militar del neoliberalismo en un ladrón. Sin embargo, la impunidad y la falta de juicios políticos y legales que con­denen sus fechorías es un gran problema para una socie­dad enajenada en el consumo de los grandes Malls y des­garrada por la falta de bienestar social en salud, educación y vivienda para las clases más desposeídas de la sociedad chilena.

Chile no ha podido superar el trauma histórico del golpe. El genocidio acometido contra la sociedad civil entre 1973 y 1989 no solo fue pactado con los partidos políticos de la derecha y algunos de centro como el Partido de la Democracia Cristiana, sino también con los poderes internacionales del gobierno de Richard Nixon y de su principal asesor en asuntos de intervención internacional, Henry Kissinger. Los efectos del trauma dejado por la dictadura no son solo sicológicos y tampoco pueden ser reducidos al derecho a recordar y tener memoria. Entre muertos, des­aparecidos, torturados y exiliados son más de 40 mil las víctimas dejadas por el régimen de Pinochet. El daño so­cial y los efectos en el conjunto de la sociedad parecen hoy irreparables porque, sin duda, hay grupos neonazis como los de Portland y, sobre todo, porque la vida fascista ya ni siquiera necesita de estos grupos. Chile es una sociedad en la que el microfascismo a veces perceptible y a veces im­perceptible compone el dominio de lo cotidiano.

El milagro económico del Pinochetismo ha terminado con prácticamente toda la vida política fundada en con­diciones mínimas para que la sociedad pueda coexistir en común. La vida fascista excluye y produce guerras intes­tinas entre las clases sociales que componen el Chile de Postdictadura. En Chile la izquierda tradicional no tiene un debate importante sobre lo común ni sobre qué es la nación en contextos postnacionales y globalizados. Tam­poco hay un concepto de coexistencia ciudadano que vaya más allá de la compulsión hedonista al consumo y el aco­modo de las clases adineradas. Esto tiende a discriminar y racializar de manera fuerte a todos los inmigrantes que no tienen dinero —haitianos, afrocolombianos, peruanos, bo­livianos, etc.— y que, no obstante, son parte de esa ciuda­danía arrestada o robada en la cancelación del imaginario emancipatorio para América Latina. En el caso de Haití, la izquierda parece olvidar que este país del Tercer Mundo constituye uno de los primeros conatos independentistas en el siglo XIX.

En Chile, la destrucción de lo público, sin duda, es la destrucción de los espacios sociales que el imaginario socialista y comunista vislumbró en el proyecto liderado por Salvador Allende. Lo público era una idea de coexistencia reconociendo que somos seres que habitamos en común. El proyecto de Allende era la posibilidad de un reparto equitativo de las riquezas producidas sociablemente y la inclusión y reconocimiento de la población indígena den­tro de una nación plural e inclusiva. Aunque todavía de manera desigual, la UP fue un proyecto de coexistencia co­mún que minimizara las brechas sociales. Pinochet puso fin a la posibilidad de imaginar un modo de coexistencia en lo común y con esto puso fin a una izquierda que no ha podido transformar su figura trágica en la de un programa capaz de oponerse a la vida fascista desde la imaginación política que necesita el presente.

En Chile la clase media sostiene el orden y funciona como el opio contra las revueltas y los intentos por cambiar la sociedad chilena. El socialismo como política de izquierda es una pieza de museo porque la izquierda ha desaparecido o ha sido domesticada por la compresión de que la política es el arte de lo posible, y lo posible es lo que está delimitado por la Constitución golpista de 1980. Así, los herederos del socialismo “con empanada y vino tinto” duermen en la pereza de una izquierda que hoy ocupa cargos de gobierno, pero sin ninguna visión de mundo; es decir, sin ninguna potencia de imaginar mundos. Mientras tanto, la sociedad neoliberal estira y ejercita sus músculos en el amanecer consumado de la sociedad del fascismo cotidiano, cuya estampa en las camisetas de los neonazis de Portland nos recuerda que a la izquierda tradicional le sigue faltando la potencia con la cual imaginar la hegemonía de una nueva cultura y un nuevo frente antifascista.


[1] Doctor en Estudios Latinoamericanos, Duke University. Profesor de filosofía de la cultura y director de revista de Escrituras Americanas de la UMCE, Santiago de Chile.

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