César Lévano: tenaz ejemplo de aprender

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Paco Moreno1Periodista y colaborador de César Lévano.

El arte y la ciencia son sus báculos más poderosos contra los que manchan la vida en estas tie­rras. En la cárcel conoce a un matón bravo que después de leer un libro se convierte en camarada.

Tiene razón César Hildebrandt al decir: “Lévano, como otras figuras estelares, no deja sucesores”. “Amaba a Bach tanto como a Acosta Ojeda y podía leer a Goethe en su idio­ma original”. También sabía inglés, francés, italiano, ruso, portugués y cierto día le pregunté por el quechua. No sabía quechua y me dijo: “Lo que pasa es que no he tenido la oportunidad de vivir entre gente que lo hablara”. El quechua es una lengua ágrafa. Lévano aprendía con diccionario y perfeccionó muchos idiomas en las cárceles, a donde fue por defender ideas y derechos ajenos.

Era un gran poeta que derivó en varios oficios, y se hizo conocido como periodista porque los hombres y mujeres de prensa publican su trabajo. Compuso canciones, fue ensayista, comentarista político; fue político, profesor universi­tario, lustrabotas juvenil, canillita infantil. Fue quizá el pri­mer canillita que llegó a ser director de diarios y revistas.

Yo lo seguí de cerca y de lejos desde que cierto día de 1997 en San Marcos me enteré que había cruzado al otro lado de la reja por ejercer la política y el periodismo. La primera vez que cayó preso tenía 24 años de edad. No había caído por ladrón ni corrupto, sino por luchar de manera valiente a fin de ayudar a cambiar este país que en aquel tiempo peleaba contra la dictadura de Odría. Sobre este punto le hice varias preguntas, algunas de las cuales aparecen en mi libro Rebelde sin pausa.

— ¿Y cuánto tiempo estuvo en la cárcel la primera vez que lo apresaron?

— Un año. En aquel tiempo era un periodista poco cono­cido, pero tenía mucha energía porque estaba convencido de que luchaba por una causa justa. Me liberaron gracias a una amnistía no solo para mí, obviamente, sino para mu­chos otros que habían sido encarcelados injustamente. En 1951 hubo un gran movimiento en Arequipa y otras regio­nes contra la dictadura que exigía, entre otras cosas, la liberación de los presos políticos y salí.

— Pero siguió en la lucha…

— Digamos que salí un jueves y casi sin descanso ya es­taba confabulando contra la dictadura el sábado. Llevé una carta de los apristas rebeldes encarcelados a Nadeira Barahona, quien estaba enferma y presa en un espacio vi­gilado por dos policías en el hospital Arzobispo Loayza de la avenida Alfonso Ugarte. Escondí la carta en una bolsa de frutas que le llevaba diciendo que era primo hermano de ella. “¿Quién es usted?”, me preguntaron. “Soy César Lé­vano Barahona”, respondí y, por suerte, pasé. Le entregué el mensaje de sus compañeros presos, que eran apristas auténticos, luchadores sociales. En ese tiempo ella ya era camarada. Era una joven bellísima, loca y brava. Una mu­jer verdaderamente valiente. La apresaron porque resistió revólver en mano cuando los tanques de la dictadura entraron en la Casona de San Marcos. En aquel tiempo, ella tendría 15 o 16 años de edad. Después de unos años, se casó con el historiador Virgilio Roel y yo siempre he dicho que ella era más brillante que él. Imagina de quién se trataba. Hubo una época en que almorzábamos casi todos los días en mi casa. No éramos enamorados ni nada; pero nos unía mucho la política. Era hija de un panadero jubilado que había conocido a mi abuelo y a mi padre.

— Si le encontraban la carta dirigida a Nadeira Barohona, ¿lo metían preso de nuevo?

— Podían encarcelarme de nuevo, sí. No se dieron cuenta. Sin embargo, volví a caer después de unos años. Me capturaron el 31 de enero de 1953. En esa ocasión sí me condena­ron a cinco años; pero salí en diciembre del 55. Salí después de tres años de cárcel, gracias a otra amnistía.

— ¿Fue en esa época que llegó a El Frontón?

— La primera vez que caí preso me llevaron a El Sexto. La segunda vez estuve en El Panóptico y en El Frontón. An­tes de llegar a El Frontón pasé otra vez por “San Quintín”. Aquel lugar era realmente sombrío como te dije hace un momento. No había luz eléctrica y las tardes frías parecían noches de infierno. En la entrada, en un espacio más arri­ba de la puerta, un amigo mío muy alto y fuerte llamado Pedro Durán, quien también había caído preso por política como yo, había escrito: “Pata, pálido pero sereno”.

— Como la novela de Carlos Eduardo Zavaleta.

— Sí, pero la novela salió muchos años después. Antes de la novela, hacia 1974 salió la portada de “Caretas” con el titular: “Aquí estamos. Pálidos, pero serenos”. Fue por influen­cia mía. Resistíamos los embates del gobierno del general Juan Velasco Alvarado. Ya en El Frontón hicimos una huel­ga en alianza con los presos comunes para que nos mejoren la paila. Los presos comunes no entendían las razones por las cuales a los políticos nos habían apresado. Ellos estaban en otras cosas. Muchos de ellos, en las drogas y el alcohol; muchos vestían con harapos. Recuerdo que había un preso llamado Augusto Sierra Chanamé, con quien había conver­sado cuando estaba en El Sexto. En este penal, la primera vez que caí preso, ocupaba la celda con tres compañeros apristas. Juntos le pusimos nombre a nuestra celda: Lima al cielo; y, cuando llegué a El Frontón, mi celda daba al mar. A veces pensaba que me llevaban de vacaciones.

— Me gustaría que me hablara más sobre el chiclayano Au­gusto Sierra Chanamé.

— Éramos amigos desde El Sexto. Era muy inteligente y colaborador. En El Frontón, él participó activamente en la protesta para que nos mejoren la paila. Hicimos una huelga de hambre contra la mala comida y contra el tráfico ilegal de alcohol y cocaína en el que estaban metidos los policías que custodiaban el penal. En la noche, los presos comunes más ingeniosos quemaron sus colchones y frazadas cuyas llamas y el humo se veían desde el Callao. Las autoridades se asustaron tanto que el prefecto llegó a El Frontón en un yate blanco para solucionar el problema como en las pelí­culas estadounidenses. Nosotros teníamos la información detallada de que la comida era realmente una porquería, teníamos incluso el dato de cuánto nos daban de cada cosa todos los días y cómo se traficaba con alcohol y cocaína. Nos hicieron caso. Al día siguiente, mejoraron la paila y nos enfermamos de indigestión porque no estábamos acostumbrados a comer tanto.

— ¿En qué gastaba el tiempo en el penal?

— En El Frontón, como en otros penales, había una divi­sión muy clara entre los presos políticos y los comunes. En­tre los presos políticos había apristas, casi todos abogados. Los del Partido Comunista Peruano éramos como 25. Desde mi cama podía ver a los presos comunes pescar todas las mañanas. Ellos me saludaban desde la playa alzando la mano. Nosotros, los políticos, casi siempre armábamos ja­rana, hacíamos música con lo que encontrábamos: cucha­ras, platos, palitos, con cualquier cosa. Yo había armado una pequeña biblioteca.

— ¿Natalia (su amor de toda la vida) iba a visitarlo?

— Siempre. Ella siempre estaba pendiente de mí. Nunca se cansó de esperarme.

— ¿Después de la protesta por la paila hubo represalias?

— A los organizadores más visibles, nos enviaron en un yate blanco a la Cárcel Central de Varones que estaba al costado de El Panóptico, donde ahora funcionan un hotel cinco estrellas y un centro comercial casi frente al Palacio de Justicia. Bueno, cuando estaba en la Cárcel Central salió la amnistía para los presos políticos y me liberaron junto a varios compañeros. Después de recobrar mi libertad, gra­cias a Francisco Castillo, publiqué el artículo “Tres años de cárcel” en “Caretas”. En ese artículo denuncio el maltrato del régimen contra los presos. El texto lo encabecé con unos versos de Nicolás Guillén: “Malo es ser libre y estar preso, / malo estar libre y ser esclavo”. Había coca, prosti­tución, crimen, hambre y locura para los presos comunes; y tortura y hambre para los políticos. Recibí golpes de todo tipo, cachiporras en la espalda, los brazos.

— ¿Cómo se llevaba usted con los presos comunes?

— Bien. Yo he sido muy amigo de los presos comunes. Cualquiera diría que había una afinidad con ellos, que de repente he practicado el oficio. (Sonríe). Se acercaban a mí porque me gustaba cantar y porque sabía las letras de las canciones. También porque tenía libros. No faltaba por ahí un pericote que quería leer algo para entretenerse. Pero yo no tenía libros de diversión. En El Sexto había un estan­te de libros para presos políticos y comunes. Yo leía, por ejemplo, la novela Talón de hierro de Jack London, escri­ta a comienzos del siglo XX y que retrata en ese tiempo lo que podía ser la dictadura nazi. A los presos políticos los domingos siempre nos visitaban amigos y familiares y nos traían platanitos, naranjas y otras cosas. Los comunes sa­bían eso y se acercaban a nosotros cuando nuestras visitas se habían ido para ver si les “llovía algo” y, por supuesto, nosotros compartíamos. Era una forma de confraternidad con ellos que estaban en la misma situación que nosotros: sin libertad.

— ¿Así conoció al “Camarada Guarderas”?

— Te cuento que cierto domingo subió a mi celda. Era uno de los presos comunes más bravos del penal. Su nombre era Federico Guarderas. Era alto y blanco. Tenía cortes y cicatrices de tajos por todo el cuerpo. Era un matón que se enfrentaba incluso a los policías. No había subido por comida. Me dijo algo así: “Oiga, usted, profesor; usted tiene muchos libros, ¿no?”. “Sí, pues”, le contesté con algo de miedo. “¡¿Y qué libro me puede prestar, pe?!”, me gritó. Enton­ces, como había terminado de leer El talón de hierro, le di el libro. Él lo leyó y se hizo camarada. Increíble. Todo el mun­do le decía: “Camarada Guarderas”, “Camarada Guarderas”.

Cuando hubo un pleito entre apristas y comunistas en El Sexto, el “Camarada Guarderas”, al enterarse del asunto, subió corriendo al piso de los presos políticos y me dijo como para que todos escucharan: “A usted no lo tocan, ah. Si hay algún problema, usted me pasa la voz y sube un gru­po de muchachos para hacer añicos a cualquiera que quie­ra hacerle daño”. ¿Qué habrá sido de la vida del “Camarada Guarderas”?

Lévano fue también, junto a muchos líderes de izquierda, apresado por los esbirros de la dictadura de Morales Bermúdez, quien traicionó al general Juan Velasco Alvarado, y por eso se quedó con el apelativo de “El Felón”. Siempre luchó. Incluso cuando tenía 92 años. Yo lo vi pelear, de frente, en el semanario Perfil.

Sobre su paso por las cárceles, Lévano escribió estos versos en su libro Tono peregrino, aparecido en 1963:

A prisión y tortura me llevaron.
Allí vi el diamante de los héroes
purificados por tortura o muerte
Si llamas a la puerta de mi casa
No preguntes por mí, que no estoy.
Sigue el camino de la luz nocturna
Si es que quieres llegar por dónde voy.

Arte y ciencia

José Carlos Mariátegui fue su gran maestro. No era dogmático ni extremista. No se dejaba llevar por la turba o las emociones exacerbadas. El arte y la ciencia eran sus bácu­los más poderosos contra los que manchan la vida en estas tierras. Cierto día le dijo a Hildebrandt: “Quizá lo que más temo en la vida es quedar tan pobre que un día tenga que vender mis libros”.

Mariátegui construyó una frase bella para César Vallejo. Hay que usarla ahora para su admirador Lévano: “Su poe­sía y su lenguaje emanan de su carne y su ánima. Su men­saje está en él. El sentimiento (proletario) obra en su arte quizá sin que él lo sepa ni lo quiera”. El brillante ensayista Víctor Hurtado Oviedo dijo: “Lévano es un genio que se­ría insoportable si tuviese la vanidad que le corresponde”; también, que es tenaz ejemplo de aprender.


[1] Periodista y colaborador de César Lévano.

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