Filosofía

Sobre: Jaime Ortega, La incorregible imaginación. Itinerarios de Louis…

María Elena Rojas
Universidad Autónoma Chapingo-México

Los trabajos de Louis Althusser impactaron el pensamiento humano en todo el mundo de una manera trascendente aunque desigual, América Latina no estuvo exenta de ese fenómeno iniciado a mediados de la década de 1960. En La incorregible imaginación: Itinerarios de Louis Althusser en América Latina y el Caribe, el investigador Jaime Ortega de manera muy fluida nos expone este proceso mediante un recorrido por las diversas formas de recepción que tuvo su obra.

Althusser, filósofo nacido en Argelia pero avecindado en Francia, movió las coordenadas de la discusión del marxismo. Para buen parte de quienes generacionalmente vivimos el auge del marxismo, aquello bien se presentaba como la “última moda” europea –más aún, francesa– o bien como el salvavidas que debía ser tomado ante la cada vez más notoria impotencia de cierto marxismo. Justo esta es la primera cuestión que devela el libro que ahora comentamos, al mostrarnos que, para Althusser, quien se mantuvo en un cerrado horizonte en el que escribía para sus pares franceses y discutía con ellos; mayúscula fue su sorpresa al observar las reacciones en dominó que tenían sus planteamientos, tanto en Europa como fuera de ella.

El autor hace un recorrido con carácter de estudio académico sobre la obra de Althusser que tuvo una impronta universitaria, pero también extra-universitaria. Es decir, nos coloca en el contexto de recepción, apelando al estatuto de conocimiento que se tiene ya sobre las diversas ediciones y lugares en las que estas obras aparecieron. De manera original, presenta las tierras caribeñas de Cuba como las primeras en donde Althusser tuvo eco, al calor de la revolución de1959 y nos lleva hacia México, Argentina y Colombia. Países en donde sus planteamientos no solamente replicaron lo acontecido en la Antilla mayor, sino que llevaron el nombre del francés a unos niveles de conocimiento poco usual entre los filósofos contemporáneos.

El segundo momento de reflexión encuentra su potencial en de-estructurar la categoría de “althusserianismo” sobre la cual se han construido gran parte de las trayectorias al interior de las historias del marxismo, y a la vez, presenta un trazado tradicional dividido por países. Límite epistemológico que se le impone al autor en la medida en que el “archivo” sobre Althusser resulta desmedido y por tanto de difícil trato. La salida lógica, aunque quizá no la única que habría que ensayar, es la de revivir la nación.

Sin embargo, la nación no resulta estanca, sino un indicador. Justamente se realizan cruces “trasnacionales” que permiten observar como la obra de Althusser circuló más allá de las fronteras nacionales y fue parte de un diálogo de época, aquella que vio los más duros escarceos de la lucha armada, la movilización política y la idea de la construcción del socialismo. Las universidades, los partidos y después las guerrillas, fueron sus lugares de anidamiento.

 Echando abajo el epíteto –que pasó de categoría a insulto– de “althusseriano” se esconden como paraguas, una multiplicidad de significados, todos muy diversos e imposibles de ser captados en un solo movimiento. Así, bajo esta corriente se escudaron quienes pensaron otras formas de trabajo con Marx, sobre la base del rechazo de categorías que se habían fijado como inamovibles en tanto filosofía de la historia. Frente al uso de enajenación, fetichismo, alienación y su adjudicación indiferenciada a la obra de Marx, los seguidores latinoamericanos de Althusser encararon frontalmente a dicha tradición y la colocaron en cuestión. Ello permitió formas distintas de trabajar la obra de autores que se consideraban clásicos.

Existen, sin embargo, un conjunto de elementos que permiten pensar el fenómeno de Althusser. La mayor parte de ellos tienen que ver con la ruptura del impasse que había generado entre el pensamiento marxista y comunista la crisis del stalinismo iniciada a mediados de la década de 1950. Como se sabe, posterior a este proceso, un conjunto de directrices políticas emergieron desde Moscú e irradiaron al conjunto de los Partidos Comunistas. Una en particular destacó, la del humanismo socialista. Junto a ella, sin embargo, se mantenía la idea del economicismo, es decir, la primacía de las fuerzas productivas como demiurgo de la historia.

Los lectores de Althusser realizaron operaciones de crítica a estos elementos y avanzaron en la formación de un conjunto de ideas, las que, sin estar en diálogo entre ellas, lograron cristalizar en una forma avanzada del marxismo. Un grupo amplio de autores argentinos, por ejemplo, optaron por la crítica desde el psicoanálisis, herramienta con la cual asediaron tanto al “freudo-marxismo” como a las visiones individualistas y humanistas. Otros, como el mexicano Carlos Pereyra, realizaron la crítica de la visión de la “praxis”, encadenada a una “filosofía de la conciencia” de viejo cuño, señalando que este horizonte no permitía comprender la historia como proceso. Unos más incursionaron en debates –el caso no tratado de Clodovis Boff u Horacio Cerutti– reiterados ya en la bibliografía, como lo fueron la teología de la liberación y la filosofía de la liberación. Otros más, por no decir la mayoría, encontraron que Althusser funcionaba para pensar la especificidad del “modo de producción” y optaron por realizar trabajos a medio camino entre la historia y la filosofía, en donde se buscaba lo característico de las llamadas “formaciones-sociales”.

Los temas convocados por Althusser y a partir de los cuales se sumaron numerosos pensadores latinoamericanos fueron variados. Ortega nos muestra esta diversidad en un recorrido de diferentes escalas, que, aunque tienen un principio en lo “nacional”, demuestran su amplitud. Algunos recurren al psicoanálisis, otros a la crítica del arte, otros se enfocan en los problemas de la política y la “intervención” en la coyuntura, otros tantos abrevan de la historia y los modos de producción. Por lo que no hay, más allá de las referencias de principio a Althusser, un punto articulador único.

Esto remite al siguiente nivel, expuesto en el trabajo de Ortega, al mostrar que a pesar de que Althusser tuvo numerosos lectores y seguidores, más tarde que temprano todos ellos se separaron o ejercieron algún grado de crítica. Althusser les era necesario para romper ciertos diques, pero de ninguna forma era el único referente. Prácticamente ninguno de los que leyeron y trabajaron sobre Althusser se abstuvo de realizar un ejercicio crítico. Algunos casos sobresalen, como el de Oscar del Barco quien en su exilio mexicano lanzó su artillería en contra del francés; otro fue Enrique González Rojo, quien asumió que Althusser sólo servía en el nivel epistemológico, pero renunciaba a cualquier explicación totalizante; el venezolano Rigoberto Lanz usaba sus conceptos y aprovechaba las discusiones abiertas por él pero se declaraba seguidor de Sartre y Lukács.

De entre los temas, el teórico es el que más páginas demanda en La incorregible imaginación, pero de ninguna forma es el único. Hacia el final se delinean los perfiles políticos de los lectores de Althusser y la discusión que generó al seno de las organizaciones. De nuevo, se encuentra una variedad ilustrada en casos como los siguientes: Orlando Millas, dirigente comunista chileno rechazaba su obra a nombre del humanismo, en tanto que Sergio Ramos, un economista militante de su partido, analizaba el gobierno de la Unidad Popular sobre la base de conceptos vinculado al francés. La variedad de lectores, iban desde militantes comunistas (Carlos Pereyra en México o Carlos Cerda en Chile) a comunistas sin partido (como Alberto Híjar), cristianos de izquierda (como el joven Tomás Moulian) y numerosos personajes de adscripción de izquierda, pero no partidaria (José Aricó, J. R. Núñez Tenorio).

Destaca, en el ámbito de lo político, la recepción a partir de los grupos armados, en donde Ortega sigue de cerca las investigaciones del argentino Marcelo Starcenbaum, entre otros, para mostrar su incidencia en las organizaciones que reivindicaron la violencia política. El caso más conocido, sin embargo, es el que involucró al alumno de Althusser, el también filósofo Regi Debray, quien a la postre sería conocido como uno de los principales teóricos de la lucha armada. Ortega sigue el recorrido de las polémicas levantadas por éste –involucrando a personajes tan disímiles como Roque Dalton o a los socialistas norteamericanos de Monthly Review– y sus distintas derivas, en donde el mismo Althusser participó. Finalmente, el nombre de Marta Harnecker, recientemente muerta, aparece en escena con legitimidad y plenitud, al ser ella el vínculo, a decir del autor, entre la lucha armada de la década de 1980 y la perspectiva althusseriana.

Finalmente, desde la perspectiva del autor el periodo de la primera fase de lectura corre de 1965 a 1989. Otra nueva aparecería con las entrevistas realizadas por Fernanda Navarro, pero ella no es analizada, como no lo es tampoco el conjunto de críticas ejercidas por otros latinoamericanos, huecos que señalan aún parte del trabajo por realizarse. Así, con pretensión de exhaustividad, el texto puede tomar por momentos giros demasiado abrumadores, al entregarnos una gran cantidad de obras y autores, así como contextos disímiles. De la misma forma, la división nacional es útil para términos expositivos, pero corta la secuencia de temas entre los que se podría tejer cierta unidad. De cualquier forma, nos encontramos ante un esfuerzo panorámico, abarcador y totalizante, y que se conecta a partir del vínculo inquebrantable, en aquella época, entre “teoría y política”.