Cultura

PASADO Y PRESENTE Y PENSAMIENTO CRÍTICO

Gramsci entre dos proyectos editoriales en la crisis de la izquierda latinoamericana de los 60

Luis Alvarenga
Departamento de Filosofía
UCA, El Salvador

¿Qué le dijo el movimiento comunista internacional a Gramsci?
No tengo edad, no tengo edaaaad para amarte….”.
Roque Dalton

Las revistas Pasado y Presente y Pensamiento Crítico, surgidas ambas en los años sesenta, la primera en Argentina y la segunda en Cuba, tienen como elemento común el hecho de haberse constituido en proyectos editoriales (y apuestas políticas) que intentaron dar una respuesta, desde lecturas originales del marxismo, a la crisis del marxismo de matriz estalinista y sus insuficiencias, comprobadas décadas atrás por Mariátegui, para comprender y ayudar a transformar las realidades latinoamericanas. Se trata de dos publicaciones surgidas en la misma década, con apenas algunos años de diferencia, en ese momento histórico abierto con el triunfo de la revolución cubana, caracterizado por una fecunda crisis en la izquierda latinoamericana, en el que se impugnó el paradigma estalinista defendido por los partidos comunistas tradicionales, prosoviéticos, y surgieron diferentes propuestas de izquierda. No solamente la izquierda revolucionaria armada, sino expresiones y articulaciones políticas y teóricas de nuevos sujetos revolucionarios: la lucha feminista, la teología de la liberación, la teoría de la dependencia, por citar algunas. Se trata del período que Michael Löwy denomina “el nuevo período revolucionario, después de la Revolución Cubana, que ve la ascención (o consolidación) de corrientes radicales, cuyos puntos de referencia comunes son la naturaleza socialista de la revolución y la legitimidad, en ciertas situaciones,  de la lucha armada y cuya inspiración y símbolo en su máximo nivel, fue Ernesto Che Guevara”.1Michael Löwy, El marxismo en América Latina, p. 10. Este período surge del desgaste del larguísimo período de hegemonía estalinista (“de mediados de la década de 1920 hasta 1959”,2Ibídem, p. 9. según la periodización de este mismo autor).

Otro elemento común entre Pasado y Presente y Pensamiento Crítico lo constituye Gramsci, tanto así que en los textos reunidos en el libro La cola del diablo. Itinerario de Gramsci en América Latina, de 1988, José Aricó, uno de los principales impulsores del colectivo editorial de Pasado y Presente, hace un recuento de la historia de esta revista impulsada por un grupo de jóvenes disidentes del PCA, en el que la figura de Gramsci es fundamental, incluso para comprender por qué estos jóvenes intelectuales fueron expulsados del comunismo argentino tras la primera edición de la revista. En lo que hace a Pensamiento Crítico, si bien el nombre de Gramsci es fundamental en el recuento que hace, por ejemplo, Fernando Martínez Heredia, el teórico comunista italiano fue parte de una compleja empresa político-editorial en la que Gramsci fue una de las muchas fuentes, entre marxistas latinoamericanos, africanos y europeos heterodoxos, que fueron difundidos por el grupo de jóvenes profesores de filosofía de la Universidad de La Habana que animó esa revista.

En este artículo, queremos comparar los itinerarios (para retomar la palabra usada por Aricó) de ambas revistas, en diferentes aspectos. El primero, son los usos de Gramsci en ambas publicaciones y a qué realidades y posicionamientos políticos constituyen dichos usos. El segundo, es la relación entre las revistas cubana y argentina y la lucha de la izquierda en sus países. El tercero recoge un tema típicamente gramsciano y que sigue siendo espinoso: La relación de los intelectuales con los movimientos políticos. A este respecto, permítasenos adelantar algo: ambas publicaciones dejaron de circular tras problemas políticos. No obstante, las posturas políticas de los responsables de ambos colectivos editoriales con respecto a los proyectos de transformación político en sus respectivos países, difirieron sustancialmente, y con ello también, la manera de entender cuál es el papel del pensamiento crítico.

1. Los usos de Gramsci

La crisis del pensamiento estalinista en América Latina llegó a su punto más alto en los años sesenta, como consecuencia del triunfo de la revolución cubana.  Esto se tradujo en las crisis internas dentro de la izquierda tradicional  y en las diversas búsquedas de referentes ideológicos alternativos al paradigma estalinista, ya fuera para apuntalar el rechazo al mal llamado «marxismo-leninismo», y/o para fortalecer la opción armada. Un punto en el que ambas publicaciones convergen fue Gramsci. El fundador del Partido Comunista Italiano, introducido en América Latina en los años 60, plantea una serie de tesis novedosas en las que las búsquedas teóricas y políticas de los sectores de izquierda críticos del marxismo soviético encuentran un lugar espléndido.  Ambas publicaciones usan a Gramsci para fundamentar sus posiciones, bastante opuestas en sus consecuencias políticas prácticas.  No hay nada peyorativo en estos usos de Gramsci, para recoger el título homónimo del libro de Juan Carlos Portantiero. Usar a un autor o autora es apropiarse crítica y creativamente de sus tesis, aún yendo contra su interpretación canónica. Lo contrario es la pretensión hermenéutica de todo dogmatismo: lograr y proteger la recta interpretación de una fuente de pensamiento o de doctrina, cuya aplicabilidad en todos los contextos es indubitable.

1.1. Un Gramsci antileninista

Las publicaciones de las que nos ocuparemos forman parte de ese vasto contexto. La primera de ellas, Pasado y Presente, fue fundada en 1963 en la ciudad argentina de Córdoba por un grupo de jóvenes militantes del PCA. El grupo, del que formaron parte José Aricó y Juan Carlos Portantiero, se definió como gramsciano. Se trata de un grupo bastante peculiar. Como bien lo señala Aricó, el grupo editorial -cuya labor tendría más adelante una repercusión importante fuera de Argentina- surgió en la ciudad de Córdoba. Es decir: no surgió en Buenos Aires, centro, como han sido todas las capitales latinoamericanas que han padecido la tradición colonialista de un centralismo excesivo, de la actividad política e intelectual, sino en una “provincia”. Provincia que, como lo recuerda el autor, albergó fábricas automotrices y, como resultado de ello, dinámicas sociológicas, culturales y políticas novedosas, como resultado de este nivel de desarrollo industrial.3“Una revista que se edita en Córdoba no puede desconocer la profunda transformación que se está operando en la ciudad y que tiende a convertirla rápidamente en un moderno centro industrial de considerable peso económico. El proceso de crecimiento de la industria al disgregar la arcaica estructura «tradicional» sobre la que se asentaba la función burocrática-administrativa cumplida por la ciudad ha contribuido a transformar también el clásico distanciamiento ciudad-campo que caracteriza la historia de nuestra región. Sería interesante rastrear en el pasado cómo se configuró este distanciamiento. Retomar el discurso que con profunda sagacidad crítica iniciara Sarmiento en el Facundo. Sin embargo, podemos quizás afirmar que las transformaciones provocadas han abierto las posibilidades para que esta ciudad, tradicionalmente vuelta de espaldas al campo, pueda cambiar de función y estructurar una unidad profunda con las fuerzas rurales innovadoras, vale decir, que la Córdoba monacal y conservadora comience a perfilarse como uno de los centros políticos y económicos de la lucha por la reconstrucción nacional”. José Aricó, “Pasado y Presente” (Editorial del primer número). Juega también un rol importante la influencia de producciones políticas y culturales italianas de la época. Junto a Gramsci, “importado” de la península por un viejo dirigente del PCA, Héctor Agosti, se veía mucho el Cinema Nuovo y se leían a los grandes escritores de la posguerra. No es extraño, tratándose la Argentina de un país con una fuerte emigración italiana, reforzada por los exiliados intelectuales del fascismo, siendo Rodolfo Mondolfo uno de los nombres más reconocidos.

El mismo título de la publicación, Pasado y Presente, alude a las notas de los cuadernos carcelarios de Gramsci con este título. La publicación nació como un esfuerzo propio  del equipo editorial y no como un órgano oficial del Partido. En su recuento sobre la revista, Aricó recuerda que el grupo fue expulsado de las filas del PCA tras salir a la luz el primer número de esta revista cuya primera época llegó hasta 1965. No es difícil adivinar el porqué.  El editorial del primer número, escrito por Aricó, parte de un texto de Gramsci en el que se plantea la relación dialéctica entre pasado y presente. A partir de esta idea, el editorialista hace varios señalamientos críticos a la izquierda tradicional argentina, señalamientos que incluían a la linea política del PCA. Hacer esos señalamientos en público y no en el nivel partidario interno ya era de por sí un rechazo explícito al partido y a cualquier posible debate interno.

Gramsci aparece aquí como la expresión de la necesaria renovación del marxismo y de la superación de la obsolescencia teórica y práctica, pero también como un rechazo indiferenciado al marxismo leninismo. Interesante, porque el Gramsci que Aricó, Portantiero y otros intelectuales argentinos tradujeron, editaron y difundieron (y desde el cual polemizaron) llegó a la Argentina gracias a un antiguo dirigente del PCA, Héctor Agosti, quien formó un colectivo de traductores y editores (entre los que estaban los responsables de Pasado y Presente), lo cual posibilitó la publicación de los Cuadernos en la Editorial Lautaro. Es decir, la introducción de Gramsci fue algo avalado por la dirigencia comunista argentina. En virtud de la publicación de los Cuadernos, Gramsci comenzó a circular en América Latina, incluyendo Cuba. Como lo señala Néstor Kohan en su balance crítico de la labor del grupo de Aricó, Agosti no sólo fue el impulsor de la publicación de Gramsci, sino que además había dirigido publicaciones culturales de izquierda y emprendido, según Kohan y Aricó, un estudio del novelista Esteban Echeverría y de los procesos culturales y políticos de la construcción de la nación sudamericana con categorías gramsciana. Según Kohan,

Interlocutor de Henri Lefebvre, con quien se carteaba, Agosti fue el “padrino” intelectual del joven Portantiero. Aricó, que vivía en Córdoba, se vinculó con él poco después. Ambos fueron alentados por Agosti, director de Cuadernos de Cultura, donde los dos jóvenes comenzaron a escribir. En esa mítica revista comunista, en 1957, Aricó arremetió duramente contra Rodolfo Mondolfo. En 1960 Portantiero hizo lo mismo escribiendo contra la nueva izquierda.4Néstor Kohan, “Pasado y Presente y los ‘gramscianos’ argentinos”. Disponible en: https://marxismocritico.com/2014/11/10/jose-arico-pasado-y-presente-y-los-gramscianos-argentinos/

Ahora bien, nadie podría sospechar el alcance de Gramsci en el contexto de los debates de la izquierda latinoamericana.  En particular, Gramsci contrastaba con la línea política del PCA. Para más señas, su secretario general desde 1941 había sido Victorio Codovilla. De origen italiano, este cuadro incorporado al PCA protagonizó una recia polémica contra las tesis heréticas de Mariátegui en el seno de la conferencia de Partidos Comunistas sostenida en Buenos Aires en 1929. El novedoso análisis de los Siete ensayos se contrastaba con las tesis estalinista de la revolución por etapas, la tesis igualmente estalinista de las nacionalidades y la conceptualización de las formaciones económico sociales latinoamericanas como «feudales». Otro dato: las posiciones de Codovilla, Ghioldi y el PCA son criticadas duramente por Roque Dalton en su libro ¿Revolución en la revolución? y la critica de derecha (Casa de las Américas, 1970), como ejemplo, justamente, de los argumentos «de derecha» de los partidos comunistas más tradicionales contra las tesis de Régis Debray a favor de la lucha armada.

El Gramsci de Pasado y Presente se diferencia radicalmente de las posturas conservadoras del PCA, pero el camino al que esta diferenciación conduce no es el de la radicalización de izquierda (como en el caso de Dalton o el de la línea política dentro de la revolución cubana representada en el plano teórico por Pensamiento Crítico.  Al contrario, se perfila como una crítica hacia el leninismo, confundiéndolo con el dogmatizado «marxismo leninismo» soviético. Si hubo alguna referencia a Lenin, es con un Lenin debidamente podado para que no tuviera mayor parecido de familia con el contexto soviético: “Lenin era, para nosotros, la demostración práctica de la vitalidad de un método y no una suma de principios abstractos e inmutables; su filosofía no debía buscarse allí donde se creía poder encontrarla sino en su acción práctica y en las reflexiones vinculadas a esta. No en Materialismo y empiriocriticismo, sino en las Tesis de Abril, para dar un ejemplo”.5José Aricó, La cola del diablo. Itinerario de Gramsci en América Latina, p. 64. Un Lenin que, a la postre, termina diluyéndose en el rechazo al dogmatismo del PCA, pero también un rechazo a las posturas más de izquierda y un paulatino alejamiento del ejercicio intelectual con respecto a la lucha política.

Pasado y Presente circula, ya al margen del PCA y con ciertas afinidades a sectores nuevos de la izquierda argentina como Montoneros (aunque sin una conexión orgánica con este movimiento armado) hasta 1965. Tendrá un breve resurgimiento algunos años más tarde. A raíz de la dictadura, sus integrantes se van al exilio. Particularmente, Aricó, quien se va a México, hace un trabajo editorial importante con Siglo XXI, impulsando colecciones como la Biblioteca del Pensamiento Socialista y los Cuadernos de Pasado y Presente. Ni Aricó ni Portantiero tuvieron mayores vinculaciones con movimientos políticos de izquierda. El final lógico de un debate, o de una falta de debate, de parte de la izquierda tradicional.

1.2. Gramsci y la herejía cubana

En el emblemático año de 1967, aparece en La Habana una publicación animada por un grupo de jóvenes profesores de filosofía de la universidad de la capital cubana. Su nombre: Pensamiento Crítico. Al contrario de Pasado y Presente, la publicación de la que nos ocupamos en este apartado no sólo no surgió al margen (o, mejor aún, con una “autonomía relativa” que, en el caso de la publicación argentina devino en enfrentamiento y ruptura) de la organización de izquierda, sino, más bien, como algo requerido por las autoridades revolucionarias. Sin formar parte oficial del Partido Comunista Cubana, Pensamiento Crítico fue la concreción del planteamiento hecho por Fidel Castro a un grupo de profesores universitarios jóvenes, entre los que estaban Fernando Martínez Heredia y Aurelio Alonso, entre otros, en el sentido de que era importante trabajar arduamente en el plano teórico del proceso revolucionario. “La revolución cubana no cabía, ni en sus realidades ni en sus necesidades, dentro de la manera que existían para las revoluciones. Eso hacía que en la práctica fuera una herejía. Pero era necesario que fuera una herejía también en el pensamiento”,6Fernando Martínez Heredia, Pensar en tiempo de Revolución. Antología esencial, p. 1218. como señala Martínez Heredia, para quien…

La revolución cubana realizaba unas prácticas extraordinarias, pero no tenía un pensamiento organizado, estructurado, que pudiera satisfacer aquella necesidad. La transición socialista –que es como le llamo a esta época, porque el comunismo solo puede ser mundial– no puede vivir si no es capaz de pensar lo que quiere hacer; planear, inclusive, algo de lo que quiere hacer, aun si después no le sale bien el planeamiento. Y sobre todo está obligada a inventar, crear, ser original: a no imitar. Eso era muy duro y difícil. El Che había emprendido una campaña muy radical en el Ministerio de Industrias y en el conjunto de su actividad, una conspiración dentro de la propia revolución. Su Sistema Presupuestario de Financiamiento era solo la punta de un iceberg. ¿Cómo hacer que el pensamiento de Cuba fuera idóneo para empujar a la revolución hacia adelante, para forzarla a revisarse ella misma, autocriticarse, renovarse, cambiarse, ser superior? Y a la vez, ¿cómo multiplicar las fuerzas con que contaba, que eran tan pequeñas, comparadas con las fuerzas del imperialismo, o con las del capitalismo mundial y las capacidades que ejerce sobre cada persona?7Ibídem, p. 1219.

Fue así cómo, a raíz del llamado de Fidel, estos intelectuales, que venían impartiendo una filosofía marxista distinta a la del canon soviético en las aulas y que, como en el caso de Martínez Heredia, provenían también del trabajo editorial y cultural en publicaciones como El Caimán Barbudo, crean primero el Instituto del Libro en 1966, para poner al alcance de la población obras científicas y culturales de gran valor, a fin de elevar el nivel de conocimiento de la sociedad cubana, para luego lanzarse a la publicación de una revista teórica que fuera también el punto de contacto con las corrientes críticas del marxismo y los movimientos revolucionarios de liberación nacional. La revista, llamada Pensamiento Crítico no era una revista teórica para un público reducido. La tirada inicial, de 4,000 ejemplares, que en cuestión de las primeras ediciones llegó a los 15,000, nos dice mucho de la importancia que le daba la dirección cubana a este esfuerzo de divulgación del pensamiento crítico.

Al igual que en el caso de Pasado y Presente,  Gramsci ocupó un lugar importante en Pensamiento Crítico. Su trayectoria de marxista, de comunista militante, pero también de hereje con respecto al dogmatismo soviético (Martínez Heredia recuerda, con justeza, el texto en el que el pensador italiano critica severamente el manual de Bujarin), hace que Gramsci caiga al pelo en el ambiente cubano:

La herejía cubana asumió a Gramsci con naturalidad cuando aún resultaba muy problemático hacerlo en la URSS y Europa oriental. Conocimos los Cuadernos de la cárcel a partir de aquella edición de los cuatro “libros verdes” de Lautaro (les llamábamos así por sus portadas verde oscuro, en rústica), traídos a Cuba en cantidad apreciable antes de 1965. Un folleto biográfico, el artículo “Una revolución contra El Capital” (Gramsci, 1917) y algunos otros textos gramscianos iban ampliando la información de cierto número de cubanos ansiosos de conocer marxismo en esos primeros años sesenta.8Ibid., p. 182.

Pensamiento Crítico, y con él, la formidable recepción cubana de Gramsci y otros autores heréticos, llegó hasta 1971. En este año, en el que inicia el llamado “Quinquenio Gris”, como le llama Ambrosio Fornet, se da un retroceso político y de pensamiento en el proceso cubano, caracterizado por la influencia soviética en diferentes planos, incluyendo el del pensamiento. El recrudecimiento del bloqueo estadounidense obliga a Cuba a estrechar vínculos y a depender de la ayuda soviética. A esto se le suma, como lo dice Martínez Heredia, que la muerte del Che y la derrota de diferentes experiencias guerrilleras se tradujo en un reflujo de la lucha armada y en una correlación de fuerzas en América Latina sumamente adversas para Cuba, cuya máxima expresión se daría con el golpe de estado en Chile en 1973.  A nivel interno, estos factores fortalecieron las posiciones de un sector de las fuerzas de izquierda cubana vinculado al viejo Partido Socialista Popular (PSP), el PC tradicional -no el PCC, que fue resultado de la unificación de las fuerzas revolucionarias, incluyendo al Movimiento 26 de Julio. Este sector y sus prácticas terminaron imponiéndose por encima de los dirigentes procedentes del movimiento de la Sierra Maestra, quienes sostenían una postura “herética” y más independiente del canon soviético.

Conclusión

Las experiencias de estas dos publicaciones son sumamente ricas y estas líneas no alcanzan a examinarlas en su complejidad. Pero quisiéramos concluir, provisionalmente, planteando cuáles son las problemáticas que ponen de manifiesto estas publicaciones.

Una, las relaciones complejas entre los intelectuales y los procesos revolucionarios. Pesa mucho aquello que Roque Dalton llama el “espíritu de secta” de este grupo social que muchas veces se autoconcibe como al margen del conjunto social al que pertenece. En ciertas palabras de Aricó brilla un poco este espíritu, cuando alaba al Gramsci que se dirige “a nosotros, los intelectuales”. Pesa también, como en el caso del enfrentamiento del PCA y la expulsión de Aricó y compañía -quienes parecían haber escrito un editorial exprofeso para que los expulsaran-, la ausencia de una mejor gestión de las discrepancias. Es diferente el caso de Pensamiento Crítico, pues expresa una mejor articulación entre el proceso revolucionario y los intelectuales que participan en él, al menos antes del Quinquenio Gris.

La segunda cuestión viene con Gramsci y sus usos. Las lecturas o usos distintos del autor italiano nos muestran cómo puede verse a un Gramsci no leninista (y que se aproxima mucho al Gramsci culturalista de ciertos estudios) o a un Gramsci “herético”, pero militante y crítico hacia el mal llamado “marxismo leninismo”. Lo que podríamos decir, ya para cerrar, es que en los años sesenta, y posiblemente hasta el presente, nos ocurra lo que indican las palabras tragicómicas de una canción romántica italiana en la que se describe la imposibilidad del amor entre una jovencita y un hombre ya mayor, palabras que fueron recogidas por Dalton para responder a la pregunta sobre qué le dijo el movimiento comunista internacional a Gramsci: “No tengo edad para amarte”.


Bibliografía

Aricó, José (1988). La cola del diablo. Itinerario de Gramsci en América Latina. Caracas: Nueva Sociedad.

Aricó, José. Pasado y Presente. Editorial del primer número de la revista. Disponible en: http://www.filosofia.org/hem/dep/pyp/6301001.htm. Consultado el 1° de septiembre de 2020.

Kohan, Néstor.  “Pasado y Presente y los ‘gramscianos’ argentinos”. Disponible en: https://marxismocritico.com/2014/11/10/jose-arico-pasado-y-presente-y-los-gramscianos-argentinos/. Consultado el 1° de septiembre de 2020.

Löwy, Michael (2007). El marxismo en América Latina. Santiago: Lom. Martínez Heredia, Fernando (2018). Pensar en tiempos de Revolución. Antología esencial. Buenos Aires: CLACSO.


[1] Michael Löwy, El marxismo en América Latina, p. 10.

[2] Ibídem, p. 9.

[3] “Una revista que se edita en Córdoba no puede desconocer la profunda transformación que se está operando en la ciudad y que tiende a convertirla rápidamente en un moderno centro industrial de considerable peso económico. El proceso de crecimiento de la industria al disgregar la arcaica estructura «tradicional» sobre la que se asentaba la función burocrática-administrativa cumplida por la ciudad ha contribuido a transformar también el clásico distanciamiento ciudad-campo que caracteriza la historia de nuestra región. Sería interesante rastrear en el pasado cómo se configuró este distanciamiento. Retomar el discurso que con profunda sagacidad crítica iniciara Sarmiento en el Facundo. Sin embargo, podemos quizás afirmar que las transformaciones provocadas han abierto las posibilidades para que esta ciudad, tradicionalmente vuelta de espaldas al campo, pueda cambiar de función y estructurar una unidad profunda con las fuerzas rurales innovadoras, vale decir, que la Córdoba monacal y conservadora comience a perfilarse como uno de los centros políticos y económicos de la lucha por la reconstrucción nacional”. José Aricó, “Pasado y Presente” (Editorial del primer número).

[4] Néstor Kohan, “Pasado y Presente y los ‘gramscianos’ argentinos”. Disponible en: https://marxismocritico.com/2014/11/10/jose-arico-pasado-y-presente-y-los-gramscianos-argentinos/

[5] José Aricó, La cola del diablo. Itinerario de Gramsci en América Latina, p. 64.

[6] Fernando Martínez Heredia, Pensar en tiempo de Revolución. Antología esencial, p. 1218.

[7] Ibídem, p. 1219.

[8] Ibid., p. 182.

COVID-19

LA LITERATURA EN TIEMPOS DE PANDEMIA

José David Ugarte Boluarte

La literatura en general y la novela en particular siempre han jugado un papel importante dentro de la sociedad, generando espacios y realidades ficticias con sus espacios y tiempos narrativos que revelan, sin embargo, a la propia realidad. Vargas Llosa en su ensayo “La verdad de las mentiras” señala que la habilidad del autor literario es introducir al lector en un mundo falso, pero que parezca cierto y hermoso”.

Como señalan los novelistas, la novela es una corriente caníbal, esa que devora a otros géneros de la literatura, no solamente a la poesía con su prosa, sus versos, su retórica, sino a los cuentos que termina ensamblando. Podríamos enumerar otros tantos géneros que son engullidos por la novela, de una manera artística, estética.

La novela caníbal es la placenta de historias, abarca todo, se ha escrito sobre las guerras, el amor, las injusticias, etc., y cómo no, también de pandemias, epidemias, contagios, que son y han sido parte de la historia de la humanidad.

“El Amor en tiempos del cólera” de Gabriel García Márquez, “Ensayo sobre la Ceguera” de José Saramago y “La Peste” de Albert Camus, son tres novelas que se han desarrollado teniendo como marco epidemias y pandemias. Estas novelas son ahora muy pertinentes pues nos pueden decir mucho sobre la situación dramática que hoy vivimos con la pandemia.

La primera plaga en la que se narra la primera novela, es el cólera, epidemia todavía no extinta en nuestros tiempos y que se propagó en siglos pasados, sobre todo en lugares pobres, donde no había higiene. En el Perú nos atacó a principio de los noventa del siglo pasado, se esparció como sabiendo que padecíamos hambre, violencia, corrupción, desorden.

En Colombia, específicamente en Cartagena de las Indias, apareció esta peste a mediados del siglo XIX y principios del siglo XX; siendo retratado este hecho en “El Amor en tiempos del Cólera”. Todo hace suponer que es en esta ciudad donde se desarrolló esta totémica novela, aunque el genio del realismo mágico nunca puso el nombre de la ciudad donde se desarrolló la plaga, pero es en la ruta macondiana navegando el río Magdalena, San Juan de la Ciénaga donde germina esta historia de amor meliflua y perseverante, como la propia novela señala en una de sus frases célebres, “el amor se hace más fuerte y más noble en los tiempos de peste”.

‘El amor en los tiempos del cólera’, de García Márquez, ilustrada por Luisa Rivera.

“El Amor en tiempos del Cólera”, narra la historia de Florentino Ariza, quien gestó uno de los amores más longevos y leales de los que se haya escrito en la literatura mundial, su amor sempiterno hacia Fermina Daza, fueron cincuenta y un años, nueve meses y cuatro días que tardó hasta profesarle otra vez su amor. Aguardó a que el esposo de Fermina, él Dr. Juvenal Urbino luchara épicamente contra el cólera. Esperó la viudez de Fermina. Vio languidecer en el tiempo a la epidemia que mató a mucha gente, aprendiendo a superar esos síntomas de mal de amor, que parecían o eran idénticos al mal del cólera: El tema principal en “El Amor en tiempos del cólera”, es la lucha por el amor dentro de un contexto epidémico.

En este clásico literario Gabriel García Márquez muestra como preponderante la lucha por la salud del alma, el amor genuino, en la que un cuerpo enamorado y luchador resiste todo, pelea hasta que llegue su momento. Hoy estamos ante una pandemia ¿Cómo podemos empatar la coyuntura al mensaje de esta obra? Una pandemia genera distintas crisis, sobre todo la sanitaria, pero como en un dominó esto genera también graves problemas políticos, económicos y sociales. Es así que, este virus neumónico Covid 19, fértil e invisible para el contagio, que no sólo cobra vidas sin misericordia, sino es letal también en la salud socio-emocional de la sociedad, al que hay que enfrentarlo amando, generando endorfinas.

En “Ensayo sobre la Ceguera”, la obra mayor de José Saramago, el autor hace el ensayo sobre el origen de una pandemia. Al igual que García Márquez el autor no da el nombre de la ciudad, y aun va más allá, no da nombres a sus personajes, los nombra por sus profesiones, oficios, roles o características de cada miembro dentro de la novela. Todo se inicia cuando a un hombre se le cegó la vista manejando su auto, en pleno semáforo rojo. Este ya no pudo continuar el viaje por sí solo, lo auxilian rápidamente por el tráfico que estaba ocasionando. Así empieza esta plaga a propagarse en toda la ciudad, en toda la sociedad, de forma rápida, violenta. Era una ceguera blanca la que se propaga, como si las personas se hubieran cegado con leche, diferente a la ceguera que suele ser oscura. Esta era distinta, era como un baldazo de pintura blanca en los ojos, que lo cegaba todo, se transmitía al menor contacto, una simple conversación o roce y esta se reproducía agresivamente.

Publicaciones de José Saramago.

El autor muestra que en esta epidemia, también aparece la otra ceguera del hombre, la ceguera del corazón, la de la irracionalidad y se vuelven ciegos de valores, de humanismo, el individualismo gana, lacera las normas y los respetos más elementales, se vuelven salvajes en su búsqueda por sobrevivir.

Saramago publicó esta novela hace 25 años, como notificando con anticipación, nuestro comportamiento ante el covid19, el contagiado no solo tiene la desdicha de estar enfermo con un virus de letalidad alta, sino es denigrado por los otros humanos, con egoísmo, es estafado y marginado por el aprovechamiento de las clínicas y su peruanismo vergonzoso, venenoso, dañino, acompañado por la complicidad del Estado.

Saramago señalaba que “La ceguera iba extendiéndose, no como una marea repentina que lo inundara todo y todo lo arrastrara, sino como una infiltración insidiosa de mil y un arroyuelos que, tras empapar lentamente la tierra, la anegan por completo”. Hoy sentimos que esos arroyuelos de virus están en todas partes, en regiones, en provincias y  distritos. Quedando a los peruanos defender nuestros hogares. Finalmente la luz apareció en la novela, después de que muriera mucha gente, hubo héroes y villanos, pero sobre todo muestra que las epidemias, las pandemias escarban las miserias más ocultas del hombre.

Finalmente, “La Peste”, novela de Albert Camus, narra sobre una plaga que se ha traducido en diferentes epidemias y pandemias, a través de la historia. La que más muertos ha cobrado en el mundo, más que la gripe española: la peste bubónica, bacteria trasmitida a través de pulgas y roedores, matando a más de 200 millones de personas en el mundo, sobre todo la peste de 1348 que atacó Europa Occidental.

Albert Camus y La Peste.

La Peste a diferencia de las otras dos obras tratadas, es una novela que está ubicada en un tiempo y espacio concreto, hablamos de Orán, una prefectura argelina, y se desarrolla en la década del cuarenta del siglo pasado. Fue el  Dr. Bernard Rieux quien tropezó con una rata muerta en las escaleras del edificio donde vivía, a los días vio como un trabajador de la estación ferroviaria, llevaba un cajón de ratas muertas. Al día 25, se hablaba de más de 6 mil ratas muertas recogidas en un solo día. Estas salían de sus escondites a morir por grupos. No había que esperar al primer enfermo de peste, se reprodujeron a la velocidad de la oscuridad.

La ciudad no estaba preparada para una epidemia. Orán era un puerto que vivía sobretodo del comercio y en la estación de verano, la vida era de puras fiestas y despilfarro. Con la peste, automáticamente las autoridades restringieron la entrada y salida de la ciudad. Orán y pueblos aledaños estaban en peligro.  

Rieux personaje principal de la novela, representaba la reserva moral y ética de su ciudad. Instalada “La Peste”, opta rápidamente: la esposa debía tratarse de una enfermedad riesgosa, por ello debían alejarse de la ciudad, ella  terminaría yéndose sola. Rieux decide quedarse y asumir su responsabilidad como médico ante su pueblo, enfrenta a la peste sin medicamentos, sin implementos médicos que ayuden a enfrentar a esta plaga que cada día mataba personas. En esa lucha generó aliados importantes, como Tarrou, un hombre humanitario que lo ayudó de diversas maneras, llevando las estadísticas de la enfermedad, hasta la atención de los enfermos. Cuando ya se extinguía la peste bubónica y disminuían los enfermos y otros se curaban,  esta no se iría sin llevarse al mejor aliado de Rieux, Tarrou quien fue uno de los últimos difuntos. El Dr. Rieux, al poco tiempo también se enteraría, que su esposa había muerto, él siente culpa, porque sabía que otra suerte hubiera sido la salud de ella, con él al lado.

Haciendo comparaciones de esta obra con nuestra realidad, vemos que nuestros médicos y todo el personal de salud que enfrentan al Covid 19, exponen su vida y la de sus familias, son la reserva moral de esta pandemia que día a día deja miles de contagiados, miles de muertos, muchos médicos mártires o víctimas, que siendo leales a su juramento hipocrático han estado y están al lado de los enfermos, luchando, batallando para salvar vidas, y en ese día a día, van cayendo haciendo patria. El Perú tiene muchos doctores Rieux, que lo dejan todo por preponderar su compromiso y ética con su sociedad, acompañado de otros hombres que desde otras actividades enfrentan al virus. Son la reserva moral que guarda el país. No todo es corrupción y traición al pueblo. Esperando finalmente que la literatura sea una buena terapia para estos momentos y demostrarnos que entre las miserias humanas, también hay actos heroicos y esperanzadores, que no todo es oscuridad, que hay que poner optimismo.

Crisis política

LOS ESTADOS ALTERADOS DE LA REGIÓN ANDINA

La región andina condensa luchas y alternativas civilizatorias desde tiempos remotos. El viernes 17 de julio se realizó el segundo conversatorio del Ciclo Estados Alterados: ¿Hacia la reconfiguración de lo estatal en el escenario post pandemia en América Latina? Voces de Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia, pusieron de manifiesto las encrucijadas en la que se encuentra la vida de los pueblos hoy.  

Franco Rossi

Los ciclos de luchas se extienden a lo largo del continente. La pandemia ha recrudecido la crisis del modelo neoliberal. La creciente informalidad del trabajo, las condiciones de los sistemas de salud, la corrupción y la gobernanza a través del temor, generan un cuadro de situación desesperante. La flaqueza de los Estados quedó de manifiesto. La agenda neoliberal, nuevamente maquillada, pretende volver a ganar terreno. La pelea se vuelve rizomática. Las expectativas de las sociedades, sus horizontes vitales, están en disputa. El capital ha generado amplios y profundos consensos. Viejas recetas, adornadas, se preparan para lo que viene. En tanto, los tejidos populares sostienen con sus manos la vida, entre ollas y asambleas, proyectan una larga batalla por lo común.

En este tiempo de pandemia e incertidumbres, el Grupo de Trabajo de CLACSO Estados en disputa organizó un ciclo de conversatorios que trasciende los límites cartográficos. El 26 de junio fue el primer encuentro, referido a México, Centroamérica y el Caribe; aquí presentaremos el segundo; y el tercero será el 24 de julio, orientado a las realidades del Cono Sur. Durante este segundo encuentro se reflexionó y polemizó sobre las tensiones existentes en la región andina, a partir del eje Estado-sociedad. Josefina Torres, desde Ecuador, fue la encargada de abrir el diálogo. Luego de dar una amable bienvenida, propuso a las oradoras y oradores construir un panorama conjunto de lo que está ocurriendo en la región. Con un público nutrido de diversas latitudes dio inicio al conversatorio.

Natalia Caruso, destacada profesora colombiana, agradeció la invitación, y explicó que la desigualdad estructural y la criminalización a los liderazgos sociales en Colombia no se detuvo con la llegada del Covid-19. Más del 35% de la población está en condición de informalidad. Las desigualdades étnicas y la violencia hacia las mujeres se han recrudecido. Caruso afirmó que 47 líderes indígenas fueron asesinados este año, 11 de ellos durante la pandemia. Desde los Acuerdos de Paz del 2016 hasta la actualidad las y los militantes sociales ultimados ascienden a 400. El exterminio es sistemático. La subordinación a las demandas imperiales de EE.UU. es determinante. Según Caruso, la agenda extractivista neoliberal impulsa la desarticulación de las comunidades indígenas y campesinas. A la par, promueve la virtualización del trabajo y de la educación en beneficio del empresariado. 

Desde Ecuador, Santiago Ortiz Crespo, educador y especialista en el vínculo entre Estado y movimientos sociales, a través de láminas detalladas presentó lo ocurrido en su país en el último tiempo. Con paciencia y sencillez, explicó las causas de la derrota de la Revolución Ciudadana, la cooptación de Lenin Moreno por las clases dominantes y la alineación al gobierno de EE.UU. El presidente Moreno, luego del alzamiento indígena campesino del 2019 ha quedado deslegitimado. El descontrol del sistema sanitario, el 50% de informalidad laboral, y el mal uso de los recursos estatales, han ido robusteciendo el rechazo popular. “Se pasó del retorno del Estado, al neoliberalismo autoritario”. Ortiz Crespo, alarmado por la situación, reveló que Ecuador “es el último país de América Latina en gasto público para la pandemia”. Luego, explicó que el gobierno, a pesar de estar muy deslegitimado, no ha caído pues existe un bloque de poder mediático y empresarial que lo sostiene. En efecto, para la próxima contienda electoral los sectores dominantes estarían preparando “un Bukele ecuatoriano”.

A diferencia de Ecuador, en Perú, desde el autogolpe de Fujimori en 1992, la hegemonía neoliberal fue ininterrumpida. Anahí Durand, profesora de Ciencias Sociales de la Universidad de San Marcos y responsable de relaciones internacionales del Movimiento Nuevo Perú, desplegó las coordenadas precisas para entender la actualidad del país. Lo hizo a través del eje teórico, del programa político y del modelo societal neoliberal.  Explicó que una elite beneficiada con la expropiación de los bienes comunes y la explotación de minerales e hidrocarburos, configuró una gobernabilidad tecnocrática por arriba, y promovió una gobernabilidad de la precariedad por abajo, vinculada al emprendedurismo. Sin embargo, la pandemia develó la fragilidad de este modelo. Según Anahí, “las condiciones hospitalarias son deplorables, el monopolio privado de la salud ha llevado a que una persona enferma tenga que pagar por balón de oxígeno y gastar miles de dólares por la internación en clínicas”. La intervención estatal, que los neoliberales rechazaban, hoy aparece como algo ineludible. Al respecto, la socióloga peruana sentenció: “Si tenemos 71% del trabajo informal es imposible que 12 millones de personas puedan quedarse en su casa acatando una cuarentena rígida, hacía falta que el Estado entregara un ingreso básico universal y no lo hizo”.

A medida que el intercambio se enriquecía, les oradores agudizaban sus análisis. Ya no sólo estaba en juego una lectura de la etapa sino la posibilidad de construir pistas certeras para el Buen Vivir de los pueblos. Fue Jorge Viaña, economista e investigador boliviano, quien cruzó primero esta frontera. Con un tono audaz y provocador invitó a les participantes a realizar una autocrítica. “En 2010, con la nueva constitución, se fijó el Seguro Universal de Salud, pero recién se empezó a implementar en 2018” dijo y luego señaló, “en Bolivia hay 2000 fallecidos, pero somos 10 millones”. Respecto al golpe de estado a Evo, Viaña aclaró que fue “un golpe clásico, basado en los gravísimos errores del gobierno”. Tras catorce años de gestión, el MAS apaciguó la movilización de masas y dejó de lado al poder popular. “Evo quedó huérfano de masas”, advirtió Viaña, “hay un extravío histórico colosal”.  Ante dicha situación, propuso atender la realidad plurinacional del país, sabiendo que en Bolivia “los ciclos son cortos y los finales bruscos”.

Antes de finalizar la primera ronda, Viaña, resaltó la importancia de revertir la correlación de fuerzas desde la construcción de poder popular, sin escindirlo ni subordinarlo a las formas estatales de gobierno. Al finalizar, Josefina retomó la palabra y aireó el debate. Con simpatía y firmeza sintetizó las coincidencias de les oradores. Indicó que la pandemia dejó al desnudo “las glorias del modelo neoliberal”, y expresó la necesidad de recuperar la memoria de las resistencias. Haciendo énfasis en el vínculo de los movimientos sociales con el Estado, propuso a les oradores pensar los desafíos de este tiempo: ¿es posible conformar una agenda común?

Natalia Caruso desde Colombia asumió el reto y remarcó la posibilidad de utilizar la erosión del modelo neoliberal para dar fuerza a un nuevo proyecto colectivo. “Hay un sujeto plural que se está bocetando”, señaló, “expresado en el paro del 2019, que la pandemia puso en pausa”. Si bien consideró las dificultades que tiene la izquierda para construir hegemonía, se mostró entusiasmada con las nuevas lógicas políticas que asumió la juventud. Desde el país vecino, Santiago Ortiz explicó que “el movimiento social ecuatoriano viene de un proceso complicado con el gobierno de Correa, Alianza País no tuvo una propuesta de organización popular, creía que siempre iba a ganar las elecciones”. Según Ortiz, hay un divorcio entre la clase media nacionalista, afín a Correa, y el sector campesino indígena, protagonista del alzamiento del 2019. La primera corriente, tiende a reconfigurarse como opción electoral, en tanto la fuerza plurinacional no logra constituirse como alternativa política. Santiago aseguró que “cualquier proceso de reconstitución va a tener que atender esa escisión de corrientes”.

Anahí Durand, diferenció el devenir de Ecuador y Bolivia al de Perú. En el caso peruano, el neoliberalismo gobierna desde hace tres décadas, y si bien no hubo grandes estallidos, el pueblo ha ido configurando plataformas políticas contra el ajuste y el autoritarismo. El triunfo de Ollanta Humala fue reflejo de dicha voluntad popular, aunque rápidamente traicionada. Los pueblos indígenas, los colectivos feministas, los grupos urbanos, los sindicatos que activan como las obreras de limpieza pública, según Anahí Durand, son el sustento para un nuevo horizonte de transformación. “Sin duda la derecha baraja distintas opciones, esto incluye figuras más moderadas e intelectuales liberales y otras de mano dura, al estilo Bolsonaro”, Anahí expresó que esta también en carrera el “Nuevo Perú, que propone un gobierno que se pueda hacer cargo de la vida de sus ciudadanos”.

La espesura de la charla iba asentando un ritmo de diveresasde voces. Los caminos sinuosos de los andes se hicieron presentes en el resonar curtido de la historia. Atravesando páramos, llanos y selvas, el tiempo se enredó, el pasado quedó adelante como única pista, y el futuro reposó en nuestras manos, por un breve lapso.  Jorge, sin titubear, desde su Bolivia golpeada, arrinconó a las sombras. “No podemos cometer dos graves errores: el estatalismo economicista pragmático, ni el autonomismo anti estatal”. Con dicho norte, invitó a aprender de las comunas venezolanas, y así “reconstruir horizontes comunes desde el poder popular”. Sin más, propuso inaugurar nuevos ciclos estatales. Dejando atrás la adoración a personajes presidenciales para construir fuerzas constituyentes plurinacionales.   

Como todo buen desenlace, la charla fue encendiéndose hasta que las palabras quedaron en llamas. La apuesta por una nueva democracia que sepulte al neoliberalismo, en los territorios y ámbitos públicos, quedó planteada. En un continente récord en golpes de estados y experimentos neoliberales, suena coherente la propuesta de refundar la democracia desde el poder popular, feminista y comunal. Asimismo, resulta motivador el llamado de Anahí Durand, a repolitizar al movimiento popular desde los vínculos comunitarios, para ir construyendo así, una amplia plataforma de participación. En este escenario, donde las formas políticas capitalistas dependientes logran resistir el descontento popular, urge preguntarse qué formaciones y procesos hacen falte para que las definiciones en los ámbitos públicos coincidan con las necesidades de las mayorías.

De este modo, con un puñado de premisas y un manojo de preguntas, esperamos con ansias el conversatorio de este viernes 24 de julio, orientado al Cono Sur. Quizás allí podamos seguir tramando otras formas de vida posibles, desde este continente insumiso, hoy golpeado y con la cancha embarrada.

Latinoamérica

LA COYUNTURA LATINOAMERICANA Y EL ÚLTIMO LENIN

Jaime Ortega
Revista Memoria (México)

La búsqueda de ejercitar una teoría política al margen del determinismo y el providencialismo fue lo que motivó una relectura de Lenin después de la revolución cubana1“Lenin en América Latina” [https://revistaojozurdo.pe/2020/04/22/aniversariolenin/]. Ya hemos mencionado algunos de los principales trabajos de quienes aventuraron esta hipótesis, algunas ocasiones mejor logradas que otras. Es cierto que cada uno de ellos se mantiene en tradiciones distintas, algunos no logran romper el esquematismo e incluso propusieron revivir el “leninismo”. Sin embargo, en una evaluación global, podemos considerar que desde 1959 en adelante y hasta el fin década de 1970, Lenin era un motivo teórico importante en la región, que movilizaba los intentos de teorización por fuera de las estructuras osificadas, los clichés y los lugares comunes.

¿Qué significación tenía su inclusión dentro del caudal de experiencias de la nueva coyuntura teórica? Sobre todo, la de que en política era una necesaria una ciencia política de la coyuntura. Se trataba de producir un Maquiavelo para la práctica política marxistas: la confluencia que debían tener los revolucionarios entre fortuna (condiciones objetivas, elementos fuera de su control) y virtud (su capacidad de movilización y de intervención). Cuando se releen aquellos materiales, lo que queda claro es que Lenin les sirve como teórico de la temporalidad de la política. Además, claro, de otorgar elementos para pensar la revolución menos como un golpe certero y más como un proceso de acumulación de fuerzas. El máximo exponente de esta trayectoria plural fue René Zavaleta Mercado. Sin embargo, el decaimiento de la “revolución latinoamericana” trajo aparejado un cambio, una nueva coyuntura teórica.

Recordemos que el impulso de la revolución cubana, sostenido enérgicamente durante toda la década de 1960 y coronada, de alguna manera, en el triunfo de Salvador Allende en Chile, decayó en 1973. Punto de quiebre, las izquierdas sufrieron intensos periodos de represión y persecución. Desde el golpe de Estado en Brasil y sus equivalentes en Uruguay, Chile y Argentina o de situaciones de impasse de la izquierda frente a fenómenos nacionalistas, la situación cambió. Hacia finales de la década, sólo en Centroamérica se respiraba aún el ambiente de revolución, pero incluso en esa región del continente, el problema era más combatir las dictaduras e instalar formas democráticas. Era la correlación de fuerzas lo que así demandaba esta actitud, derrotada en Guatemala, en situación de empate en El Salvador y victorioso en Nicaragua.

A este contexto regional hay que sumar la discusión iniciada en Europa: la llamada “crisis del marxismo”. Esta polémica amparó varios motivos. Para algunos era el fracaso de la teoría política y la teoría de la transición, es decir, de el cómo el marxismo nunca dejó claro el lugar del Estado y la democracia en su andamiaje. Para otros era el evidente dato de pérdida de potencia movilizadora –ya no digamos revolucionaria– por parte de la clase obrera, cuyo núcleo más “desarrollado”, el europeo, se encontraba comprometida plenamente con los sindicatos y el pacto social del Estado benefactor, parafraseando a Lenin mismo, podríamos decir que la clase obrera europea seguía comprando sus boletos ordenadamente en la fila del tren cuando se disponía a paralizarlos. Para otros, el problema era que el socialismo realmente existente, replicaba formas de modernización que atinaban a apuntalar a la técnica como un espacio neutral, sin medir sus consecuencias a largo plazo, como lo era el deterioro ambiental. A ello hay que sumar el lento, pero decidido cambio en el patrón de acumulación de capital, que abandonaba los registros más conocidos de las brújulas de los militantes.

En este contexto no sorprenden las iniciativas “anti-Lenin” que se han extendido hasta tiempos recientes. En general, podría decirse que un segmento de la izquierda capitulaba ante la idea liberal de Lenin, mostrándolo como un pre-cursor del “totalitarismo”. Otros, enfatizaban el daño que hacía la fetichización de una forma contingente –el partido de cuadros– que era trasladada, en un espejo productivista, a una especie de orden fabril, con sus jefes, sus directivos, sus recompensas y sus castigos. Otros más a la izquierda, sólo señalaban que la teoría del capital monopolista era equivocada, producto más de la intervención de los “nietos” teóricos de Lenin como E. Varga. No sorprende así las intervenciones de Carlos Maya, Oscar del Barco, Jorge Veraza y en tiempos más recientes de John Holloway.

Fue, sin embargo, la emergencia de nuevas lecturas sobre otros referentes, lo que terminó de sellar el proceso de desmovilización de la presencia de Lenin, situación que se extendió hasta la emergencia del segmento más reciente de la obra de Álvaro García Linera como teórico-político. Fue, efectivamente, una forma de leer a Antonio Gramsci la que desmovilizó, dentro del marxismo, la presencia de Lenin. En la década anterior Lenin y Gramsci habían sido leídos de la mano, en gran medida por la influencia persistente de Palmiro Togliatti, autor del famoso ensayo “El leninismo de Gramsci”. Luciano Gruppi había aportado, reactualizando esta lectura en esta clave. La operación de ruptura de ambas perspectivas, sin embargo, es más compleja.         

Contra la hipótesis de un “gramscianismo de derecha” o un “gramscianismo socialdemócrata”, hay que decir que lo que detonó la separación del binomio Lenin-Gramsci no fue una malévola instancia de decisión. Se trataba de una situación cambiante: el agotamiento de la “revolución latinoamericana”, es decir, el agotamiento de la coyuntura política y teórica en la que se enmarcaba la efímera vuelta a Lenin. Y en ese quiebre, Gramsci ganaba relevancia, pues conectaba el sentido más universal de la situación latinoamericana –la guerra de trincheras en la sociedad civil– en detrimento de los aspectos que conectaban la situación con Lenin, que era la acumulación de fuerzas para la victoria revolucionaria.

Gramsci era/es sin duda el autor más útil desde la década de 1980 para pensar a la región latinoamericana. Ello porque finalmente los impulsos modernizadores del capital dejaron una fisonomía más parecida a la descrita por el italiano: sociedades civiles en busca de autonomía frente a la sociedad política e incluso con cierta capacidad de determinar a esta última. La guerra de trincheras finalmente aparecía como una posibilidad de ser desarrollada. Sin duda, se trataba de un lenguaje más apto para tiempos de tímida conquista democrática y, además, de una correspondencia con el cambio en la función del Estado. Las sociedades latinoamericanas, de manera desigual, habían construido más mediaciones societales.

El cerco se cerró con la derrota de los socialismos históricos y las decepcionantes rutas de revoluciones como la nicaragüense. Ahí, definitivamente Gramsci se instaló como el principal motivo marxista, quizá, el único defendible y reivindicable. La avalancha neoliberal terminó de sepultar a Lenin, el cual se convirtió en motivo nostálgico o melancólico. Es por ello válido preguntarse qué fue lo que se perdió con el desplazamiento de Lenin del teatro de operación de la cada vez más escasa teoría política marxista.

La respuesta a esta pregunta la otorgó la propia realidad latinoamericana. Álvaro García Linera, sin finiquitar el asunto, lo apuntaló bien. La importancia de Lenin en esta nueva coyuntura es la de brindar una brújula para pensar la construcción de la estatalidad al servicio de las clases subalternas. Eso implica una operación en contra del propio Lenin: ni la centralidad militante de ¿Qué hacer? Ni el ímpetu mesiánico de abolir el Estado (tendencia dominante en el marxismo occidental, como bien ha criticado Domenico Losurdo)2Domenico Losurdo, El marxismo occidental, Madrid, Trotta, 2019.. Todo lo contrario, el último Lenin es el que permite pensar una experiencia práctica en términos teóricos, de la construcción estatal. Regresar a estos textos localizados a partir del año 1921 (Tomos XXIV-XXV y XXVI de las Obras completas en la edición AKAL/ECP). Lenin piensa y defiende en ese periodo lo estratégico que resulta, en el marco de la reconstrucción estatal, el papel de las concesiones al capital. Es decir, La tensión entre el esfuerzo de conquista de la soberanía con el de convivencia con el mercado mundial. Aborda de una manera doble el problema de las fuerzas productivas, en tanto elemento técnico, pero también en tanto principio político. La crítica de la consigna de “soviets + electrificación” debe ir acompañada de sus reflexiones sobre cómo las principales fuerzas productivas son los obreros y campesinos, agotados por la guerra civil.  Piensa, también, el tema de la burocracia, al que denuncia repetidamente y ante el que encuentra tensiones en su resolución. Ello porque en un principio considera que incitando a los obreros y campesinos a la participación en el entramado institucional se encuentra la llave mágica para eliminar al elemento burocrático, después, cuestiona el propio nivel cultural de estos agentes, colocándose entonces en otro punto de enunciación: no basta la participación popular sino va acompañada de un proceso educativo.

El último Lenin no se parece al aguerrido agitador de El Estado y la revolución y en gran medida –o parcialmente, si se quiere– es una negación de él. Quizá no en el horizonte regulador de su acción, pero si en la manera en que afronta la coyuntura de reconstrucción del Estado. La pinza entre el mercado mundial y la urgente construcción de soberanía es clave, como lo es también el proceso de desfetichización de la clase obrera y el reconocimiento del entramado civilizatorio que rodea al Estado moderno. Tal como Althusser advertía con el trabajo teórico respecto a Marx, no habría que temer en atentar contra la supuesta unidad e integridad de quienes habían contribuido al marxismo.

Gramsci es, así, un buen compañero de Lenin. Porque si el primero entrega las afinadas herramientas para pensar la coyuntura de acumulación de fuerzas de sociedades más diversificadas, mediatizadas y complejas, el segundo aporta la experiencia inigualable de enfrentar la titánica tarea de construir el Estado al servicio de las clases subalternas.


[1] “Lenin en América Latina” [https://revistaojozurdo.pe/2020/04/22/aniversariolenin/]

[2] Domenico Losurdo, El marxismo occidental, Madrid, Trotta, 2019.

Latinoamérica

LA DISCUSIÓN SOBRE LA TRANSICIÓN POLÍTICA EN MÉXICO

Algunos elementos para la discusión sobre la transición política en México en el contexto de la nueva crisis global capitalista y su cambio de época
Edy Hernández Rivera
1. La transición en México

Hay un velo que todavía se mantiene al momento de pensar la transición política, social, económica en la que está inserto el país. Se entiende. Es el resultado de un choque que devastó un sistema político fundado en un antiguo pacto social y político sobre el que se fundó el desarrollo capitalista de México a inicios del siglo XX, pero además ocurrió en una circunstancia en la que los movimientos antisistémicos mexicanos carecían de alternativas e incluso un discurso que pudiera convertirse en un asidero firme de las expresiones de descontento político alternativas a la que representó Andrés Manuel López Obrador. O al menos no existieron como discursos, propuestas organizativas o construcciones simbólicas que fueran capaces de agrupar la gran diversidad cultural, geográfica, económica y política en el país representadas a través de millones de votos. Nunca antes había pasado en la historia de México, no de la forma abrumadora y aplastante en la que el candidato del partido Morena ganó en 2018.

El derrumbe del viejo sistema político mexicano dejó el suficiente polvo entre la izquierda no electoral como para valorar de manera inadecuada la forma de rebelión histórica que tuvo lugar en las últimas elecciones. Más aún porque, con la energía de una locomotora que hizo a un lado el viejo armatoste revolucionario –institucional, se emprendió de manera inmediata la instalación de las bases de lo que su dirigente ha denominado como Cuarta Transformación. Por ello es necesaria una rápida mirada histórica a su origen.

El actual cambio se gestó, por un lado, en la forma violenta en como las élites capitalistas y políticas forzaron la inclusión de México en la reconfiguración del mercado mundial, específicamente en una relación de subordinación y dependencia del capitalismo norteamericano. Este profundo cambio en las raíces del sistema económico construido por el viejo PRI, obligado por la revolución mexicana a inicios del siglo XX a construir un Estado que incluyera demandas históricas de trabajadores del campo y la ciudad, al mismo tiempo que construía un andamiaje represivo que desde todos los niveles del estado aseguraba el control del partido único, en el que se dirimían, negociaban y neutralizaban las diferentes corrientes de izquierda y derecha que se disputaban el control del país y sus recursos económicos, bajo una lógica política en la que se colocaba como mediador del conflicto entre la burguesía y los trabajadores. Lo cierto es que ese estado pretendidamente liberal pero sin democracia ni libertad de expresión que permitió la creación de grandes proyectos como la seguridad social, vivienda, educación pública, el reparto agrario (aunque limitado y controlado), industrialización del país, generó una determinada configuración rota, cercenada o incompleta del capitalismo a nivel nacional.

En este acuerdo histórico de largo plazo, los capitalistas nacionales se integraron en esta lógica hasta enquistarse en la estructura de poder político que se  desarrolló a tal punto que fueron determinantes hasta convertir al estado en un mero administrador y protector de sus intereses (la naturaleza de cualquier estado, según Karl Marx), lo cual significó, décadas después, el inicio de la ruptura del pacto originario.

Movimientos sociales, sindicatos, organizaciones de barrio y de profesionistas fueron también integrados al pacto de reparto de poder y concesiones en las que se aceptaba ser parte de un mecanismo de control como parte del sometimiento de la sociedad. A los fieles se les premiaba con altos salarios, puestos de representación pública, permiso para un saqueo moderado de las arcas nacionales o plazas de trabajo y seguridad económica. Ello permitió la relativa estabilidad del sistema político en la que las elecciones formaban parte de una simulación pero también ratificaban el apoyo de una base social identificada con el partido que “representaba a México”.  El control significó mantener a una élite por encima del resto de la población que se mantenía en pobreza, y con una gran desigualdad. El sistema político fue construido para ello en una mecánica constante de estira y afloja. Era un costo necesario. Por ello, el estado priísta hacía algunas concesiones por un lado mientras que por el otro reprimía, controlaba, sometía y castigaba, para ello necesito de fuertes dosis de violencia contra aquellos que no se asumieron como parte del pacto de convivencia revolucionario e institucional e incluso no tuvo reparos en hacer uso del asesinato y llevar a cabo masacres contra el pueblo organizado y sus líderes. Era la manifestación de lo que José Revueltas denominó una democracia bárbara.

Las viejas concesiones que significaron al mismo tiempo un cierto progreso social pero también control y carencia de libertades políticas fueron conseguidas a través de incansables luchas de trabajadores del campo y la ciudad, profesionistas y estudiantes, sin embargo aquellas se fueron agotando a medida que el viejo patrón tecnológico en el que se construyó el sistema priísta de posguerra se fue agotando a partir de la década de los setentas y con ello se produjo la caída de la tasa de ganancia y la presión por un cambio al interior de la estructura capitalista para volver a permitir su ascenso.

Machacado aún más por la crisis mundial del precio del petróleo y por la deuda externa, y un ascenso en las luchas sociales (tanto en su vertiente armada que fue salvajemente aniquilada, como la lucha civil y electoral navegando permanentemente entre la cooptación y la contención) que exigían democracia y libertades políticas, el sistema político se enfrentó ante el dilema de cambiar de fondo el régimen o continuar manteniendo el control político y económico del país. Lo hizo, de nuevo, reeditando la vieja fórmula de abrir parcialmente el sistema político para darle cauce a la presión social al mismo tiempo que mantenía asegurando la dirección del cambio a favor de los intereses del selecto grupo de intereses empresariales y políticos.

No era sencillo mantener el control dada la continuidad de un movimiento social de izquierda que venía directamente de la revolución mexicana y tuvo uno de sus momentos más álgidos durante el cardenismo (corriente al interior del sistema que todavía alcanzó a representar los intereses populares de la revolución) para después dispersarse en diferentes movimientos de resistencia en el campo y la ciudad. Otros movimientos de izquierda, aunque nacidos de manera independiente, dieron continuidad a las demandas por libertad sindical, justicia, democracia desde la posguerra hasta finales de los años sesentas. Tal es el hecho de la confluencia histórica que llevó al movimiento estudiantil de 1968. La violencia extrema ejercida contra él manifestó el grado de miedo ante la legitimidad y la fuerza política de un movimiento que buscaba fundamentalmente el progreso social hacia una forma de capitalismo plenamente democrático.

Esa era la propuesta: abrir de manera completa el sistema hacia una maduración capitalista fuera del viejo pacto de control político con libertades sociales e instauración de la democracia. La respuesta del viejo régimen fue seguir manteniendo la hegemonía represiva con algunos cambios “formales” como la aceptación de la participación de partidos políticos de izquierda con la plena seguridad de que el control del aparato del estado y de los recursos económicos mantendría la estabilidad del sistema político.

Así ocurrió hasta que la crisis económica obligara a un cambio dentro del modelo de reproducción del capitalismo a finales de los ochentas y principios de los noventas, hacia un cambio que incluyó a México en los circuitos de reproducción capitalista a nivel mundial, contemplando no únicamente los intereses de la clase capitalista nacional sino también de los capitales extranjeros, específicamente el de EE.UU. el cual requería un acuerdo de integración comercial y productiva que pudiera enfrentar la expansión del propio mercado mundial y la competencia entre diferentes bloques comerciales que fomentaban el libre comercio y acceso a recursos entre sus territorios. En el caso de México significó que el capital norteamericano accedía sin restricciones a: recursos naturales estratégicos, mercado, fuente abastecedora de una fuerza de trabajo barata, en general dócil y con condiciones propicias para acumular capital sin pagar impuestos ni otros pagos por uso de derechos.

La flexibilidad laboral y los bajos salarios se volvieron exigencias del nuevo acuerdo. El pago de prestaciones se volvió una carga para la inversión, sectores como la salud, educación y petróleo se volvieron algunos de los objetivos centrales de la privatización. El antiguo pacto social que mantenía un fragmento del estado social bajo un control autoritario, necesitaba ser modificado para adecuarlo a las nuevas necesidades de la nueva configuración del capitalismo a nivel mundial y de la élite mexicana.

Las llamadas reformas neoliberales que llevaron a cabo los gobiernos de Miguel de la Madrid y de Carlos Salinas de Gortari, conjugaron la privatización de empresas paraestatales, la desregulación financiera y concretaron la flexibilización laboral, significaron la ruptura del viejo pacto de otorgamiento de derechos sociales y económicos; era en realidad una fractura de los hilos que sostenían la estabilidad del pacto del sistema político al interior de las facciones que conformaron el PRI, y una traición a su base social-electoral. Paradójicamente, al mismo tiempo de las reformas que atentaban directamente contra las condiciones generales de vida de los trabajadores, la farsa del aparato electoral seguía abriéndose y “ciudadanizándose”. La válvula de escape del descontento social se seguía abriendo con la apuesta de que el sistema, en sí mismo, era capaz de impedir cualquier cambio. El PRD se fue consolidando después de haber sostenido a Cuahutémoc Cárdenas como candidato a la presidencia y haber enfrentado un fraude electoral y una última derrota bajo la bandera de ese partido frente a un carismático candidato de derecha en el año 2000. Esta consolidación como opción electoral fue creciendo a partir de 1988 con la confluencia de partidos socialistas y mostró la continuidad en la lucha cívica que se mantuvo desde diversos movimientos obreros, populares, estudiantiles que sufrieron un tremendo impacto por la represión del 68 y de la ruptura al interior el PRI con los restos de lo que quedaba de las tendencias de izquierda nacionalista que encabezó el propio Cuahutémoc Cárdenas.

La crítica insistente de los movimientos de izquierda no electoral a estos era la permanente condena de convalidar un sistema electoral que justificaría un orden represor que terminaba empeorando la vida del pueblo después del teatro electoral.

El reclamo tenía fundamento: a partir de 1988 la enorme esperanza con la que el movimiento social pacífico acudía a las urnas era seguido por la impotencia, enojo e ira de enfrentar un aparato de compra de voto, fue radicalizando la crítica de los escépticos y alejándolos cada vez más hacia opciones más autogestivas o de mera sobrevivencia política en el aislamiento.

Sin embargo, algo demostraba la persistencia de los movimientos que sostenían abierta la opción electoral: el voto era consistente, y se mostraba una simpatía creciente entre el electorado, denominación para una masa crítica no organizada pero si dispuesta a ofrecer su voto como demostración de resistencia. La década de los años noventa generó el encuentro del movimiento partidista organizado electoral con una amplia base social en el que se fue refugiando poco a poco el descontento social.

La entrada en vigor del TLC y la irrupción del EZLN en la vida nacional pusieron de nuevo a prueba la viabilidad de la opción armada para derribar el régimen priísta, misma que había sido derrotada en la década de los setentas de forma brutal a través de la guerra sucia, sin embargo, en 1994 la izquierda electoral, no electoral y la masa de electores descontentos refrendaron su apoyo a la salida pacífica del conflicto y el establecimiento de mesas de negociación. A esa unión histórica, el subcomandante Marcos la denomino; “Señora Sociedad Civil”. La masa enorme de partidarios del cambio pacífico impuso la negociación entre el gobierno federal y el EZ.

La agudización de la crisis y el forzamiento violento para transitar al modelo neoliberal incrementaron la violencia y la represión. En esos momentos era recurrente hablar del famoso “choque de trenes”, forma de referirse a la contradicción entre el viejo régimen autoritario con revestimiento neoliberal y las crecientes manifestaciones que se daban en todos los aspectos de izquierda: armada, electoral, no electoral y que podría terminar en una confrontación revolucionaria, sobre todo por la irrupción de otros movimientos guerrilleros. Sin embargo, ahora más de 20 años después podemos ver que tal choque no iría por la ruta del tipo de confrontación armada que se preveía.

Ante una conflictividad en ascenso, la válvula de escape electoral continuó funcionando, pero también la cooptación política, aunque con una perdida creciente de legitimidad. La nueva integración comercial significó para la nueva clase política neoliberal la posibilidad de convertirse en parte de la clase empresarial ya sea con la expropiación directa de fondos de las arcas públicas utilizados como capital de inversión y para financiar la compra de votos. De este modo comenzaron a generarse nuevos capitales extraídos de esta perversa relación que convirtió a políticos en nuevos empresarios o en empleados públicos que hicieron favores a empresas privadas para luego formar parte de sus consejos directivos. Esto no cambió ante la llegada del PAN como partido de derecha que accedió al poder beneficiado por el acuerdo previo de reparto de poder con el PRI. Una parte del movimiento social no organizado electoral vio con simpatía creciente la candidatura de Fox cuyo lema de campaña fue:  “iniciar la verdadera transición a la democracia y la lucha contra la corrupción”, demandas que calaron justamente en esa base dispersa, sin una militancia clara en algún partido político pero que ya se había hecho presente en el apoyo al PRD pero, desesperada por el peso de la crisis económica cargada en los hombros de trabajadores, pequeños productores y comerciantes, lanzan a Vicente Fox como presidente en un movimiento de paso de poder ya calculado por el verdadero partido que entonces hegemonizaba el país: el Partido Neoliberal, constituído por los jóvenes empresarios políticos, parte de la poderosa élite capitalista mexicana, caciques, empresas multinacionales, el clero y los principales medios de comunicación, además de partidos pequeños que fueron hechos para ser comparsas de la farsa electoral. Las promesas fueron traicionadas de manera grotesca para llevar así al escenario en el que mejor se movía el Partido Neoliberal: desmoralización, abstencionismo y la promesa de pasarse de manera indefinida el poder entre los partidos que tenían una coincidencia: seguir con el modelo de privatizaciones, privilegios, saqueo y super explotación de los recursos naturales y de los trabajadores.

Sin embargo, al mismo tiempo que se permite que el PAN llegue al poder en el año 2000, en la Ciudad de México arriba al gobierno Andrés Manuel López Obrador con tres consignas: primero los pobres, acabar con la corrupción y honestidad en la gestión de los recursos públicos que se dedicarían a la construcción de grandes proyectos de bienestar social e infraestructura en la ciudad. Nacido de la facción que conformó el PRI vinculado directamente a movimientos indígenas, campesinos y populares en Tabasco, se unió al sector nacionalista del PRI que rompería con él para construir la candidatura de Cuahutémoc Cárdenas. Conoció de primera mano los ecos profundos de las exigencias de justicia social, democracia y desarrollo en el marco de una reforma que apuntaba a una modernización del capitalismo mexicano. Esas exigencias latían en el centro del país, especialmente en la Ciudad de México, epicentro de casi todos los movimientos que lucharon a la izquierda, de manera pacífica, por alcanzar la reforma que llevara de vuelta al interés nacional como su prioridad y derribar el sistema autoritario a favor de una verdadera transición democrática.

De manera proporcional en que se venían abajo las promesas del primer presidente del PAN, en la Ciudad de México se mostraba un inusitado ejercicio de coherencia entre lo prometido y lo realizado. Las becas a estudiantes, pensiones a adultos mayores, la lucha desde el estado contra el privilegio de unos pocos, mostraron que Obrador ya tenía un  proyecto de nación aparentemente simple e inofensivo. Demasiado poco para algunos, demasiado ingenuo para otros. De este modo, el ethos del movimiento social de cambio tenía otro punto de referencia alrededor del cual acuerparse, el cual nació y se desarrolló no nada más como la voluntad de una persona, sino como una necesidad histórica que venía de una raíz profunda.

Eso es lo que se expresó en la manifestación del 24 de abril de 2005 cuando, ante la suma creciente de apoyo al gobernador de la Ciudad de México y la confrontación directa con su proyecto, el Partido Neoliberal lleva a un punto máximo su confrontación con el candidato emergente y da el banderazo de salida al segundo momento en el que se gesta la fractura del sistema político: el juicio de desafuero contra Andrés Manuel López Obrador que tenía la intención de sacarlo de la contienda por la presidencia en 2006. Ello significó un error de enormes dimensiones para el viejo sistema de partido(s) único(s): revelar que quienes formaban parte del sistema: partidos, empresarios y de forma particular el sistema judicial, se habían movido en una permanente complicidad para desactivar cualquier peligro a su hegemonía, el cual se había mantenido relativamente a la sombra, siempre protegido por la cobertura de los medios de comunicación a sueldo en radio, prensa y televisión. En ese momento fueron forzados a salir a la luz ante una nueva simulación en la que el poder económico y político cometía un acto a todas luces injusto contra el único político honesto que había marchado de manera clara contra el discurso y acciones del Partido Neoliberal. El escándalo derivado de la exhibición de esa batalla simbólica de David contra Goliath puso en el ojo público nacional el resurgimiento de la posibilidad de cambio pacífico por la vía electoral.

A veces, el abrumador poder social cuando se manifiesta adquiere verdadera consciencia de la hazaña realizada mucho tiempo después de haberse hecho presente. Aquel 24 de abril se dio la que es posiblemente la movilización más grande en la historia de México, algunos registros indican cerca de un millón de personas en las calles. La suerte estaba echada. La movilización no solo detuvo el proceso de desafuero sino que terminó por revelar la columna vertebral del gigantesco movimiento que sobrevivió a lo largo de décadas a golpe de marchas, desapariciones, asesinatos, cooptaciones, traiciones, represiones, cárcel y el sufrimiento de miles de familias y sus hijos. Si algo hay que reconocer, es que solo alguien que ha leído a México en clave histórica, pudo haber reconocido el resurgimiento de la fuerza social de cambio. Esa fuerza daba para mucho más que solo mantener viva una candidatura.

La guerra de propaganda sucia arreció y puso en guardia al Partido Neoliberal. Se afianzaron los compromisos de complicidad y reparto de poder. Les quedó claro que Obrador era un peligro real para su proyecto. Necesitaban un brazo lo suficientemente corrupto y capaz de hacer lo que fuera necesario para detener su ascenso electoral y de esta manera se erigió la contraparte del movimiento histórico, su némesis: Felipe Calderón Hinojosa, quien se robó la presidencia de la república mediante otro fraude electoral con la promesa de mantener a toda costa el poder de un grupo político que agudizó su tendencia a cometer abiertamente crímenes para sostenerse.

La decepción, ira y frustración volvieron a presentarse pero el movimiento existía, era real e iba más allá del partido que sostuvo la candidatura: el PRD, el cual, a partir de ese momento aceleró un proceso de deslinde ante los ambiciosos ofrecimientos de reparto del poder del Partido Neoliberal, una vez que estuvieron cerca de ganar la presidencia. Muchos de sus dirigentes se preguntaron si no era mejor cerrar el espacio a un candidato que era “radical” y negociar, como lo hizo el PAN, la entrega temporal del poder a las manos del partido amarillo, lo que significaba tener acceso a las jugosas cuotas de poder y recursos que podían ser expropiados y privatizados en beneficio propio “en nombre de la democracia”.

Solo años después se puede observar lo equivocados que estaban al haber dado la espalda a la formación del tren que iba a pasar por encima de ellos y cuya organización inició con la construcción de la primera locomotora: la Convención Nacional Democrática y el título de Presidente Legítimo que le eligió. Ahora podemos entender la lógica que avizoraba este hecho. Para los intelectuales del régimen era incomprensible, una locura. Para ellos significaba el ritual de un mesías ante una feligresía fanatizada. También estaban equivocados. Era el mensaje de un líder político que leyó la manifestación masiva de una exigencia histórica conformada por cientos de miles y tal vez millones en todo el país al que se le decía: “el objetivo es mantener vivo el movimiento para luchar de nuevo por la presidencia por la vía pacífica y electoral.” Resultó claro que ese apoyo masivo estaba dispuesto a pelear por la vía por la que diferentes generaciones habían luchado e incluso habían perdido la vida.

Es fundamental recordar esto cuando, a la par que se anima y nutre lentamente el movimiento entre sus integrantes con recorridos de la presidencia legítima a lo largo del país, Felipe Calderón, para legitimarse, declara una guerra contra el narcotráfico que en realidad oculta la incorporación de nuevos personajes al pacto que mantiene al Partido Neoliberal. El resultado fue la generalización de la violencia homicida tolerada por el gobierno de Calderón para demostrar que tenía el control del país y desactivar el movimiento obradorista. El shock al que sometió a millones de habitantes del país tuvo costos que todavía tienen que ser investigados y denunciados. Para el corazón del movimiento y de una cantidad crecientes de simpatizantes obradoristas descontentos a lo largo y ancho del país con la descomposición de la vida nacional, el contraste era evidente. Pensar que el poder político puede reducirse al control militar y económico es propio de personajes torcidos como Calderón.

COVID-19

¡EL GRITO DE MI PUEBLO!

Compartimos el siguiente texto de Bikut Sanchium, estudiante de Economía y Gestión Ambiental de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. Asimismo, instamos a apoyar la campaña de solidaridad con Santiago Manuin, quien se encuentra delicado de salud. Adjuntamos los detalles en la imagen final.

No son uno, no son dos, no son tres ni son cien, ni mil, sino un pueblo entero que grita auxilio. Un grito sin respuesta. Un grito que para los que sentimos el dolor del otro no hay tiempo para dormir.

En cada mañana suena el celular. Es un mensaje. Reviso el mensaje y siento dolor. «Hay uno menos del pueblo» me digo con la garganta seca. Llega otro mensaje «murió» es la palabra que leo. Me acuesto mirando el techo de mi cuarto. Suena otra vez el celular. Los abro. Son videos de distintas comunidades de Amazonas. En los videos veo a mis viejos, a mis hermanos, a mi pueblo. Oigo voces: son llantos. «Es el dolor de mi pueblo clamando una mano» digo en silencio sentado sobre el piso, mirando una nada ya.

Me acuesto en el piso. Pienso en las lágrimas, en la voz accidentada de dolor y en el clamor de la señora del video. Me paro y me apoyo contra la pared. Pienso en las cuatro enfermeras de Mesones Muro que se ingenian para atender a los 2 mil pobladores; en los 60 enfermeros de Chiriaco que se alistan a recibir a los 16 mil de su zona. «La realidad en el resto de mi pueblo es igual». Pienso en el tiempo de cada enfermero/a; en el dolor de su corazón al ver morir a sus pacientes. En mi imaginación recorro el pueblo de Nieva, Santiago, El Cenepa. En mi caminata veo a tantos hermanos corriendo por las farmacias, buscando a algún enfermero, pidiendo dinerito para comprarse alguna pastilla y ampolla. Me siento en la silla y pienso en los del poder. Los imagino que se ríen con las copas de vino entre sus manos, vacilándose con sus amigos mientras comen una deliciosa comida.

Tiembla el celular. Es una llamada de la frontera de El Cenepa. Allá también el COVID-19 llegó. Pero aún no llegan los medicamentos. No hay equipos de protección. No hay enfermeros. Hay enfermos. Hay muertos. Hay lluvia de lágrimas. La gente no sabe qué hacer. Vuelvo a sentarme en la silla. Sigo pensando. Mi gato se acerca. Me mira con ojos inundados de lágrimas. No sé qué le pasa. Vuelve a timbrar el celular. Ahora lo alzó con miedo. Es una llamada de Santiago, el pueblo de mis hermanos Wampis. «Aquí no hay medicinas. Los enfermeros también se han contagiado. La gente se muere» es la voz que escucho. Una voz que de sollozo se convierte en llanto. Siento un frío electrizante de cabeza a pies. Llora el hombre del otro lado del celular. Lloro yo también en silencio.

En mi cuarto camino de un lugar a otro. ¿Qué puedo hacer? ¿Dónde están las autoridades? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Cómo ayudarles? me pregunto mientras agito mis manos. Mis ojos se abren más. Es una luz de esperanza. Me siento frente a la pantalla de la laptop. Les escribo a mis amigos (as) y hermanos (as) de otras regiones del Perú y del resto del mundo. Les cuento la realidad de mi pueblo que lo sufro con mi corazón.

-Qué puedo hacer. No tengo tiempo ni para comer. A nosotros no nos pagan por todo lo que hacemos. Ni tengo tiempo para responder la llamada-me dice una enfermera de Imaza.

¡Qué valiente la mujer! quiero decir. Pero no. Es un abuso. Violentación de su derecho. ¿Cómo recompensarles? pienso entre lágrimas. Suspiro lleno de energía.

Me llega una lista de personas fallecidas; me llegan más mensajes, videos, testimonios de la guerra contra la pandemia; un combate sin ningún arma de los enfermeros y médicos de Imaza, Nieva, Santiago, El Cenepa. Mi pueblo que los hipócritas del mundo alababan como el pulmón del mundo muere asfixiado ante la mirada atenta de los poderosos.

Suspiro impotentemente. Mi corazón llueve dolor. En mis ojos brotan lágrimas. Mis manos siguen dando pasitos veloces en las teclas. Les escribo a todos los que les conozco: Ayúdenme por favor. Mi pueblo está muriendo-digo. Unas líneas de lágrimas pasan a los costados de mi nariz. Ya es madrugada. No tengo sueño. No duermo, y si duermo, no descanso. No me da hambre, pero me sirvo la comida y como sin sentir su sabor. En mi memoria viene un recuerdo. Es un recuerdo de mi primer amor. El efecto de aquel amor es lo que siento ahora por mi pueblo: ¡Amo a mi pueblo!

¡Ayúdenme! -grito en los mensajes que no sé cuándo terminaré de escribir; mensajes que no sé si me ayudarán a recibir apoyo. Son letras que viajan como soldados sueltos a buscar refuerzos.

La imagen de la portada fue extraída de aquí: https://forbescentroamerica.com/2020/05/11/los-indigenas-de-la-amazonia-se-enfrentan-al-covid-19-desprotegidos-y-vulnerables/
Latinoamérica

MARIÁTEGUI HA CUMPLIDO 126 AÑOS, !CELEBRÉMOSLO!

Eduardo Cáceres Valdivia

En 1894, el país no terminaba de recuperarse de la destrucción y desmembramiento que siguió a la derrota en la Guerra del Pacífico y ya incubaba una nueva guerra civil. Tras el fallecimiento del presidente Morales Bermúdez en abril de aquel año, el general Cáceres manejó la sucesión para volver a la presidencia a través de un proceso electoral que, como todos los de la república criolla, fue un fraude mayúsculo. En los meses posteriores se sucedieron alzamientos y montoneras que crearon las condiciones para la increíble coalición entre los civilistas y Piérola. Cuando en marzo de 1895 los insurrectos entraron en Lima por la Portada de Cocharcas, los enfrentamientos dejaron varios miles de muertos. El general de la Breña tuvo que abdicar y se convocaron nuevas elecciones. El ejército peruano había sido derrotado una vez más y Piérola fue proclamado presidente. Mientras tanto, la fecha inicialmente fijada para el plebiscito en las provincias cautivas, el 28 de marzo de 1894, había pasado casi desapercibido.

Aquel año, desde Paris donde residía desde 1891, Manuel González Prada publicó Pájinas Libres, antología de artículos y discursos que habían remecido Lima y algunas provincias, abriendo el ciclo del enjuiciamiento crítico de la República: “Hoy el Perú es organismo enfermo, donde se aplica el dedo brota el pus…” se lee en el más célebre de aquellos textos. En Lima, Javier Prado inauguraba el año académico en San Marcos con su célebre discurso acerca del Estado social del Perú durante la dominación colonial, caracterizando a la clase dominante previa como “defectuosa y falsa”.

En medio de un país en ruinas, una mujer embarazada probablemente acompañada de una hija de 7 u 8 años emprendió un largo viaje, desde Huacho hasta Moquegua, es decir hasta la frontera de facto con Chile. No está claro porque lo hizo. Se asume que la invitó quien resultaría luego su comadre, doña Carmen Chocano. La mujer en cuestión, doña Amalia La Chira Rojas, de ancestros piuranos, había nacido en Sayán y se ganaba la vida como costurera dada la inestabilidad de su relación conyugal con Francisco Eduardo Mariátegui, cuyo nombre real era Francisco Javier Mariátegui Requejo. Habían tenido 4 hijos, de los cuales solo sobrevivió Guillermina. ¿Cuándo llego a Moquegua y cuánto tiempo estuvo allí? Son asuntos que permanecen en la penumbra.

Lo relevante es que, como resultado de esta decisión, el 14 de junio de 1894 nació en Moquegua un niño que sería bautizado el 16 de julio con los nombres de José del Carmen Eliseo. Para complicar más la historia, la partida lo registra como “hijo natural de María Amalia La Chira viuda de Mariátegui”, aun cuando el conyugue de doña Amalia seguía vivo (moriría el año 1907). En algún momento de su infancia, Josecito pasó a llamarse José Carlos. Antes, la pequeña familia, la madre y sus dos hijos, había retornado a la costa central del país. Estuvo algún tiempo en Lima, allí nació –en diciembre de 1895- Juan Clímaco Julio Mariátegui, quien luego cambiaría su nombre a Julio César y sería el complemento indispensable de José Carlos en sus aventuras editoriales y empresariales. Y luego regresaron a Huacho donde Josecito comenzó la primaria para abandonarla muy pronto, en 1902, a raíz de un accidente que le lesionó la pierna izquierda y derivó en un nuevo traslado a Lima para ser internado en la clínica Maison de Santé. El resto de la historia es bastante conocido y no es el caso intentar sintetizarlo aquí.

Solemos recordar los nacimientos y los celebramos como “cumpleaños”. Es decir, celebramos que se ha cumplido, se ha realizado, ha culminado un año. Cuando se trata de alguien que ya no está con nosotros, recordar el nacimiento es celebrar una vida. No un año en particular, sino toda una vida: su cumplimiento, su realización, su culminación. Hoy (o ayer, según qué día se lean estas líneas) celebramos 124 años del nacimiento de José Carlos, el inicio de una vida – ¡sin duda! – cumplida. Y el recuento previo de las circunstancias que rodearon su nacimiento, y que luego se endurecieron más durante la niñez y la adolescencia, es indispensable para valorar en toda su dimensión “la vida cumplida” del Amauta. Niñez sin padre, sin domicilio fijo, atado a una cama por meses, sin escuela… Solo, con su curiosidad y su imaginación, con su extraordinaria inteligencia, comenzó a construir esa poderosa subjetividad que lo llevaría a mirar las calles, las gentes, la sociedad toda, de una manera radicalmente nueva. Alrededor de los 20 años se recuerda a sí mismo como “un niño un poco místico y otro poco sensual”. Es cierto que tuvo poderosos alicientes para emprender el camino que hoy nos asombra. Su madre y su hermana, quienes suplieron lo básico que la escuela no pudo darle; Juan Clímaco La Chira, tío materno, que lo introdujo a las narrativas populares del valle de Huaura y Sayán; luego, los excepcionales periodistas de La Prensa. Pero ninguno de estos factores explica por sí solo la excepcionalidad de Mariátegui. Su propia experiencia vital fue el principal antídoto contra cualquier determinismo material o cultural. De allí su sintonía con las versiones más volitivas (por no decir voluntaristas) del marxismo y en general con las filosofías de la vida y la voluntad.

Ayer ha circulado una hermosa musicalización de un poema de Martín Adán dedicado a su mentor, es decir a José Carlos. Y junto con el poema/canción se recuerda una frase del poeta en una entrevista casi al final de su vida: “Mariátegui es un héroe”. Y para justificar su afirmación, Martín Adán alude a “su inteligencia, su laboriosidad y, sobre todo, su temple moral”. No la heroicidad de un instante, de un acto, sino la heroicidad de toda una vida. No hay título más adecuado para su obra que el elegido por Alberto Flores Galindo y Ricardo Portocarrero para la mejor antología de los escritos del Amauta: Invitación a la vida heroica. En muchos lugares, José Carlos da cuenta de que él era plenamente consciente de esta dimensión de su vida. En una entrevista se define como una flecha que debe dar en el blanco: en el Colofón a La Casa de Cartón marca su distancia con el personaje de la novela, afirmando: El deseo del hombre aventurero está siempre insatisfecho. Cada vez que se realiza, renace más grande y ambicioso. Elijo, para terminar, un extracto de la carta que le escribe a Blanca del Prado, cuando esta atravesaba por un momento de duda en torno a las opciones que había tomado: La animo, resueltamente, a perseverar en su lucha, por dura y riesgosa que sea. No influye creadoramente en nuestro destino sino la fatiga difícil. Ésta es mi mejor experiencia de la vida.

Un mes después de escribir esta carta, murió. Sin duda cumplió su destino.

14-06-20

Economía

La deuda o la vida (de las mujeres)

Anahí Durand Guevara[*]

 “Vivas, libres y desendeudadas nos queremos” señala el texto de Luci Cavallero y Verónica Gago1Gago Verónica, Cavallero Luci (2019) “Una lectura feminista de la deuda; vivas, libres y desendeudadas nos queremos”. Fundación Rosa Luxemburgo; Buenos Aires., un breve pero potente análisis del mundo de las finanzas desde una mirada feminista. Con precisión explicativa y vocación militante, el libro aborda el acto de entregar dinero y ponerlo en circulación para que retribuya a los acreedores con sus respectivos intereses y ganancias, revelando una trama sistémica de gran escala, que feminiza las finanzas y carga en los hombros de millones de mujeres la continuidad del capitalismo expoliador y excluyente.

Entre los varios testimonios que reseña el libro quiero sumar el mío. A fines de los ’90 en pleno auge de los micro créditos y la experiencia del “Grameen bank” de Bangladesh, se implementaron en Perú los denominados “bancos populares”. La experiencia consistía en entregar montos pequeños (100 dólares en promedio) a grupos de diez mujeres de sectores empobrecidos para que asumieran el préstamo solidariamente y emprendieran algún negocio que les permitiera devolver el préstamo con un interés mínimo, capitalizar y volverse a prestar. Mi primera experiencia laboral fue en uno de esos proyectos y no pude dejar de preguntar ¿por qué solo préstamos a las mujeres?  La respuesta del economista a cargo del Programa fue muy concreta: “Las mujeres pagan”. Y efectivamente las señoras de Chosica y El Agustino, se endeudaron para vender cualquier cosa y fueron pagando con más o menos éxito, aunque hasta donde sé, muy pocas o quizá ninguna logró superar definitivamente las condiciones de pobreza.

Años después, a partir de la primera década del 2000, se implementaron en Perú y la región los denominados “Programas de transferencias condicionadas” a través de los cuales el Estado otorgaba a las mujeres un monto de dinero (30 dólares mensuales aproximadamente) a condición de que cubrieran gastos de educación, salud y otros temas relacionados al cuidado de sus hijos. Nuevamente las mujeres como sujeto de esta especie de crédito social, orientado a paliar las necesidades de familias en situación de pobreza. Trabajé en análisis y evaluaciones de dichos programas y conversé con “hacedores de política” y funcionarios a cargo que, ante mi pregunta de por qué esta focalización en las mujeres, planteaban una escueta respuesta: “Las mujeres pagan”. Y así miles de mujeres de Imaza, Lauricocha, Churcampa recibieron el dinero y cumplieron esforzadamente las condicionalidades, aunque muy pocas de ellas o sus hijas hayan logrado consolidar un bienestar estable y duradero.

Hoy, en el Perú neoliberal de malls, supermercados y tiendas de departamento, proliferan las tarjetas de crédito de consumo y un renovado ciclo de endeudamiento que apunta a las mujeres de sectores medios y populares. La tarjeta Cencosud, Ripley, Metro y muchas otras pueden ser adquiridas especialmente por madres trabajadoras sin mayor trámite verificatorio, con montos pequeños que destinar al consumo de ropa o alimentos. De otro lado, en el mundo de la economía informal en el que se desenvuelve la gran mayoría de la población, proliferan usureros y prestamistas que entregan rápidamente montos de dinero con tasas de intereses del 15 o 20% mensual. Es frecuente ver avisos anunciando estos préstamos donde también las mujeres son las clientes predilectas. ¿Por qué ellas? Pues porque pagan, aunque también porque pueden ser coaccionadas más fácilmente e incluso presionarlas con violencia.

“Las mujeres pagan” esa fórmula cuasi mágica que feminiza programas de micro crédito, focaliza transferencias condicionadas y privilegia créditos de consumo, es analizada en el texto de Gago y Cavallero desde una mirada feminista, que no compadece y menos justifica la maquinaria financiera.  “Ni víctimas ni emprendedoras” señalan las autoras y efectivamente, las mujeres que trabajamos hasta 20 horas, cuidamos a los hijos y “nos recurseamos” como sea para pagar las deudas no somos simples personas condenadas del sistema, somos sujetos con capacidad autónoma que pueden enfrentar el problema de modo colectivo. Esto pasa por asumir el endeudamiento público y privado como un eje de las políticas neoliberales que administra nuestra temporalidad futura, explotando nuestras redes sociales, relaciones de amistad y de familia para convertirlas en garantía de deuda.   “Una lectura feminista de la deuda” es un texto indispensable que hay que leer y difundir para comprender, para militar, para superar el gobierno de las finanzas al que estamos sometidas. Porque, como bien señalan las autoras, esta apabullante verdad donde la deuda se feminiza y se corporiza en las mujeres, es comprendida por el capital, pero no así por las mujeres, que no logramos verla como parte del actual sistema económico “asumiéndola como un asunto privado, al cual cada una se enfrenta haciendo cuentas a solas”. El actual sistema capitalista, especialmente en su versión neoliberal, nos hace creer que endeudarse una decisión autónoma que cada mujer toma individualmente, soslayando “el diferencial de explotación” que existe. Es urgente por ello “sacar del closet la deuda”; narrarla, hacerla visible como un problema común y confrontarla desde lógicas no capitalistas y racionalidades que trasciendan el exacerbado consumismo. El desafío para encontrarnos en dicha tarea está abierto y es parte del reto de construir una crítica política de la economía desde el feminismo.


[*] Socióloga, profesora de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

[1] Gago Verónica, Cavallero Luci (2019) “Una lectura feminista de la deuda; vivas, libres y desendeudadas nos queremos”. Fundación Rosa Luxemburgo; Buenos Aires.