Crisis política

LOS ESTADOS ALTERADOS DE LA REGIÓN ANDINA

La región andina condensa luchas y alternativas civilizatorias desde tiempos remotos. El viernes 17 de julio se realizó el segundo conversatorio del Ciclo Estados Alterados: ¿Hacia la reconfiguración de lo estatal en el escenario post pandemia en América Latina? Voces de Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia, pusieron de manifiesto las encrucijadas en la que se encuentra la vida de los pueblos hoy.  

Franco Rossi

Los ciclos de luchas se extienden a lo largo del continente. La pandemia ha recrudecido la crisis del modelo neoliberal. La creciente informalidad del trabajo, las condiciones de los sistemas de salud, la corrupción y la gobernanza a través del temor, generan un cuadro de situación desesperante. La flaqueza de los Estados quedó de manifiesto. La agenda neoliberal, nuevamente maquillada, pretende volver a ganar terreno. La pelea se vuelve rizomática. Las expectativas de las sociedades, sus horizontes vitales, están en disputa. El capital ha generado amplios y profundos consensos. Viejas recetas, adornadas, se preparan para lo que viene. En tanto, los tejidos populares sostienen con sus manos la vida, entre ollas y asambleas, proyectan una larga batalla por lo común.

En este tiempo de pandemia e incertidumbres, el Grupo de Trabajo de CLACSO Estados en disputa organizó un ciclo de conversatorios que trasciende los límites cartográficos. El 26 de junio fue el primer encuentro, referido a México, Centroamérica y el Caribe; aquí presentaremos el segundo; y el tercero será el 24 de julio, orientado a las realidades del Cono Sur. Durante este segundo encuentro se reflexionó y polemizó sobre las tensiones existentes en la región andina, a partir del eje Estado-sociedad. Josefina Torres, desde Ecuador, fue la encargada de abrir el diálogo. Luego de dar una amable bienvenida, propuso a las oradoras y oradores construir un panorama conjunto de lo que está ocurriendo en la región. Con un público nutrido de diversas latitudes dio inicio al conversatorio.

Natalia Caruso, destacada profesora colombiana, agradeció la invitación, y explicó que la desigualdad estructural y la criminalización a los liderazgos sociales en Colombia no se detuvo con la llegada del Covid-19. Más del 35% de la población está en condición de informalidad. Las desigualdades étnicas y la violencia hacia las mujeres se han recrudecido. Caruso afirmó que 47 líderes indígenas fueron asesinados este año, 11 de ellos durante la pandemia. Desde los Acuerdos de Paz del 2016 hasta la actualidad las y los militantes sociales ultimados ascienden a 400. El exterminio es sistemático. La subordinación a las demandas imperiales de EE.UU. es determinante. Según Caruso, la agenda extractivista neoliberal impulsa la desarticulación de las comunidades indígenas y campesinas. A la par, promueve la virtualización del trabajo y de la educación en beneficio del empresariado. 

Desde Ecuador, Santiago Ortiz Crespo, educador y especialista en el vínculo entre Estado y movimientos sociales, a través de láminas detalladas presentó lo ocurrido en su país en el último tiempo. Con paciencia y sencillez, explicó las causas de la derrota de la Revolución Ciudadana, la cooptación de Lenin Moreno por las clases dominantes y la alineación al gobierno de EE.UU. El presidente Moreno, luego del alzamiento indígena campesino del 2019 ha quedado deslegitimado. El descontrol del sistema sanitario, el 50% de informalidad laboral, y el mal uso de los recursos estatales, han ido robusteciendo el rechazo popular. “Se pasó del retorno del Estado, al neoliberalismo autoritario”. Ortiz Crespo, alarmado por la situación, reveló que Ecuador “es el último país de América Latina en gasto público para la pandemia”. Luego, explicó que el gobierno, a pesar de estar muy deslegitimado, no ha caído pues existe un bloque de poder mediático y empresarial que lo sostiene. En efecto, para la próxima contienda electoral los sectores dominantes estarían preparando “un Bukele ecuatoriano”.

A diferencia de Ecuador, en Perú, desde el autogolpe de Fujimori en 1992, la hegemonía neoliberal fue ininterrumpida. Anahí Durand, profesora de Ciencias Sociales de la Universidad de San Marcos y responsable de relaciones internacionales del Movimiento Nuevo Perú, desplegó las coordenadas precisas para entender la actualidad del país. Lo hizo a través del eje teórico, del programa político y del modelo societal neoliberal.  Explicó que una elite beneficiada con la expropiación de los bienes comunes y la explotación de minerales e hidrocarburos, configuró una gobernabilidad tecnocrática por arriba, y promovió una gobernabilidad de la precariedad por abajo, vinculada al emprendedurismo. Sin embargo, la pandemia develó la fragilidad de este modelo. Según Anahí, “las condiciones hospitalarias son deplorables, el monopolio privado de la salud ha llevado a que una persona enferma tenga que pagar por balón de oxígeno y gastar miles de dólares por la internación en clínicas”. La intervención estatal, que los neoliberales rechazaban, hoy aparece como algo ineludible. Al respecto, la socióloga peruana sentenció: “Si tenemos 71% del trabajo informal es imposible que 12 millones de personas puedan quedarse en su casa acatando una cuarentena rígida, hacía falta que el Estado entregara un ingreso básico universal y no lo hizo”.

A medida que el intercambio se enriquecía, les oradores agudizaban sus análisis. Ya no sólo estaba en juego una lectura de la etapa sino la posibilidad de construir pistas certeras para el Buen Vivir de los pueblos. Fue Jorge Viaña, economista e investigador boliviano, quien cruzó primero esta frontera. Con un tono audaz y provocador invitó a les participantes a realizar una autocrítica. “En 2010, con la nueva constitución, se fijó el Seguro Universal de Salud, pero recién se empezó a implementar en 2018” dijo y luego señaló, “en Bolivia hay 2000 fallecidos, pero somos 10 millones”. Respecto al golpe de estado a Evo, Viaña aclaró que fue “un golpe clásico, basado en los gravísimos errores del gobierno”. Tras catorce años de gestión, el MAS apaciguó la movilización de masas y dejó de lado al poder popular. “Evo quedó huérfano de masas”, advirtió Viaña, “hay un extravío histórico colosal”.  Ante dicha situación, propuso atender la realidad plurinacional del país, sabiendo que en Bolivia “los ciclos son cortos y los finales bruscos”.

Antes de finalizar la primera ronda, Viaña, resaltó la importancia de revertir la correlación de fuerzas desde la construcción de poder popular, sin escindirlo ni subordinarlo a las formas estatales de gobierno. Al finalizar, Josefina retomó la palabra y aireó el debate. Con simpatía y firmeza sintetizó las coincidencias de les oradores. Indicó que la pandemia dejó al desnudo “las glorias del modelo neoliberal”, y expresó la necesidad de recuperar la memoria de las resistencias. Haciendo énfasis en el vínculo de los movimientos sociales con el Estado, propuso a les oradores pensar los desafíos de este tiempo: ¿es posible conformar una agenda común?

Natalia Caruso desde Colombia asumió el reto y remarcó la posibilidad de utilizar la erosión del modelo neoliberal para dar fuerza a un nuevo proyecto colectivo. “Hay un sujeto plural que se está bocetando”, señaló, “expresado en el paro del 2019, que la pandemia puso en pausa”. Si bien consideró las dificultades que tiene la izquierda para construir hegemonía, se mostró entusiasmada con las nuevas lógicas políticas que asumió la juventud. Desde el país vecino, Santiago Ortiz explicó que “el movimiento social ecuatoriano viene de un proceso complicado con el gobierno de Correa, Alianza País no tuvo una propuesta de organización popular, creía que siempre iba a ganar las elecciones”. Según Ortiz, hay un divorcio entre la clase media nacionalista, afín a Correa, y el sector campesino indígena, protagonista del alzamiento del 2019. La primera corriente, tiende a reconfigurarse como opción electoral, en tanto la fuerza plurinacional no logra constituirse como alternativa política. Santiago aseguró que “cualquier proceso de reconstitución va a tener que atender esa escisión de corrientes”.

Anahí Durand, diferenció el devenir de Ecuador y Bolivia al de Perú. En el caso peruano, el neoliberalismo gobierna desde hace tres décadas, y si bien no hubo grandes estallidos, el pueblo ha ido configurando plataformas políticas contra el ajuste y el autoritarismo. El triunfo de Ollanta Humala fue reflejo de dicha voluntad popular, aunque rápidamente traicionada. Los pueblos indígenas, los colectivos feministas, los grupos urbanos, los sindicatos que activan como las obreras de limpieza pública, según Anahí Durand, son el sustento para un nuevo horizonte de transformación. “Sin duda la derecha baraja distintas opciones, esto incluye figuras más moderadas e intelectuales liberales y otras de mano dura, al estilo Bolsonaro”, Anahí expresó que esta también en carrera el “Nuevo Perú, que propone un gobierno que se pueda hacer cargo de la vida de sus ciudadanos”.

La espesura de la charla iba asentando un ritmo de diveresasde voces. Los caminos sinuosos de los andes se hicieron presentes en el resonar curtido de la historia. Atravesando páramos, llanos y selvas, el tiempo se enredó, el pasado quedó adelante como única pista, y el futuro reposó en nuestras manos, por un breve lapso.  Jorge, sin titubear, desde su Bolivia golpeada, arrinconó a las sombras. “No podemos cometer dos graves errores: el estatalismo economicista pragmático, ni el autonomismo anti estatal”. Con dicho norte, invitó a aprender de las comunas venezolanas, y así “reconstruir horizontes comunes desde el poder popular”. Sin más, propuso inaugurar nuevos ciclos estatales. Dejando atrás la adoración a personajes presidenciales para construir fuerzas constituyentes plurinacionales.   

Como todo buen desenlace, la charla fue encendiéndose hasta que las palabras quedaron en llamas. La apuesta por una nueva democracia que sepulte al neoliberalismo, en los territorios y ámbitos públicos, quedó planteada. En un continente récord en golpes de estados y experimentos neoliberales, suena coherente la propuesta de refundar la democracia desde el poder popular, feminista y comunal. Asimismo, resulta motivador el llamado de Anahí Durand, a repolitizar al movimiento popular desde los vínculos comunitarios, para ir construyendo así, una amplia plataforma de participación. En este escenario, donde las formas políticas capitalistas dependientes logran resistir el descontento popular, urge preguntarse qué formaciones y procesos hacen falte para que las definiciones en los ámbitos públicos coincidan con las necesidades de las mayorías.

De este modo, con un puñado de premisas y un manojo de preguntas, esperamos con ansias el conversatorio de este viernes 24 de julio, orientado al Cono Sur. Quizás allí podamos seguir tramando otras formas de vida posibles, desde este continente insumiso, hoy golpeado y con la cancha embarrada.

Crisis política

NI PRESCINDIBLES NI INTRASCENDENTES

Crisis política, elecciones Congresales y la izquierda hoy

Anahí Durand Guevara1Socióloga, profesora de Sociología de la Universidad de San Marcos; integrante del comité editorial Revista Ojo Zurdo.

La crisis política destapada con la corrupción del caso Lavajato, que tuvo hitos importantes con la renuncia de PPK, la prisión preventiva de Keiko Fujimori, el referéndum del 2018 y el cierre del Congreso en octubre del 2019, tendrá un nuevo episodio este 26 de enero cuando se desarrollen las elecciones congresales extraordinarias. Se trata de una crisis que ha revelado el agotamiento del régimen impuesto autoritariamente en 1992, legitimado por la Constitución de 1993 y continuado por la transición del 2001, que impuso el neoliberalismo como modelo económico, político y social, permitiendo la captura del Estado por los poderes privados de lobbis y mafias e instaló la informalidad y la precariedad como forma de subsistencia para las mayorías. Hablamos de un desgaste que se evidencia también en el colapso de la clase política que gobernó el país las últimas décadas y en la creciente desconfianza frente a la democracia como sistema capaz de resolver los problemas que nos afectan cotidianamente, sea la inseguridad ciudadana, la violencia machista, o la pésima atención en salud que más bien nos enferma.

Dada la profundidad de la crisis política, queda claro que las elecciones del 26 de enero no van a resolverla. Si bien el cierre del Congreso era una necesidad ante la amenaza fuji aprista, se trata nuevamente de un respiro que canaliza temporalmente el descontento, pero posterga una resolución más duradera. Como afirmaron organizaciones de izquierda como el Nuevo Perú, tras la renuncia de PPK lo que correspondía era que el soberano renueve el pacto democrático, convocando a elecciones generales adelantadas. Pero la clase política tradicional, de la cual también forma parte el actual gobierno, prefirió ensayar arreglos temporales que no pusieran en mayor riesgo el decadente régimen neoliberal. Por ello hoy realizan unas elecciones apuradas con las mismas reglas de juego y con los mismos actores políticos cuestionados, obligando a la gente a decidir entre 21 agrupaciones la mayoría inexistentes o cuestionadas por sus vínculos con mafias y grupos de poder incluyendo el Fujimorismo. El 26 elegiremos nuevo Congreso con el mismo pernicioso mecanismo del voto preferencial, sin paridad ni alternancia, sin representación indígena, y entre muchos de los mismos corruptos atrincherados en partidos políticos que ni siquiera perderán la inscripción y podrán participar el 2021.

Las elecciones del 26 de enero no son pues un proceso electoral “normal” y deben evaluarse en la perspectiva del contexto de crisis de régimen descrito, cuya resolución más definitiva probablemente llegará con el cambio presidencial del 2021. No son elecciones normales por la naturaleza extraordinaria de la elección, las reglas de juego viciadas o la mayoría de actores decadentes, y también porque la gobernabilidad neoliberal ha sido afectada y en ese desorden los grupos políticos corruptos se recomponen o se articulan a renovados actores mafiosos y fundamentalistas religiosos que pretenden imponer los términos del debate. Este carácter extraordinario hace que las elecciones del 26 no sean definitorias, pero tampoco le otorgan un carácter intrascendente, deben ser evaluadas en su justo término, como un proceso que resultó de la crisis y que en buena cuenta definirá las condiciones del proceso electoral del 2021 incidiendo en la continuidad de la reforma judicial, en la aprobación del calendario electoral y la aplicación de la reforma política, pudiendo dejar fuera de juego a las nuevas organizaciones. En ese marco, es importante no pasar de largo ni ensayar un voto blanco o viciado, que más que una protesta jugará a favor de los partidos que no se resignan a perder privilegios e impunidad.

Sin un estallido a la chilena ni fuertes convulsiones a la ecuatoriana o colombiana, la crisis política en Perú ha asumido, por ahora, un curso electoral en varios tiempos que incluyen las elecciones de 26 de enero, las presidenciales del 2021, e incluso las regionales del 2022. La derecha parece comprenderlo y mueven sus fichas prefigurando opciones presidenciales que diriman la crisis; sea una opción neoliberal autoritaria bolsonarista como Solidaridad Nacional o una republicana (neo) liberal como el partido Morado. Las izquierdas tienen que ensayar sus propios movimientos y empujar una alternativa que abra espacio para un nuevo proyecto de país, rompiendo los consensos instalados por décadas. Ello implica sentar posición y presentar propuestas sobre temas claves como la distribución de la riqueza, los beneficios y exoneraciones tributarias, la falta de empleo digno, la defensa del medio ambiente, la plena autonomía de las mujeres, o la defensa de la diversidad y la igualdad. La gobernabilidad neoliberal está agotada, no muerta, y no debe ser la izquierda quien le tienda un salvavidas, de ahí la necesidad de disputar presencia en este Parlamento y continuar articulando un bloque capaz de disputarle a las fuerzas reaccionarias que no quieren que nada cambie. Hacia el bicenternario, las izquierdas y/o fuerzas críticas al actual orden de cosas, tienen espacio para construir una propuesta de poder y gobierno, que incluya una nueva Constitución y cierre el ciclo de corrupción y autoritarismo abriendo uno nuevo que asegure esperanza, vida digna y bienestar para todas, todos y todes.

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[*] Socióloga, profesora de Sociología de la Universidad de San Marcos; integrante del comité editorial Revista Ojo Zurdo.