El ascenso de los “populismos de derecha” en occidente

Descargar aquí
Luis Rodríguez Salcedo[1]

«Felicidades Mr. Trump, le deseamos éxito porque sus objetivos son los nuestros»

Frase de Matteo Salvini. Líder, xenófobo y ultraconservador, de la Liga Norte de Italia durante un Congreso de partidos de ultraderecha europeos en enero de 2017 en Coblenza, Alemania.

Desde hace unos años, expresiones políticas “populistas de derecha” destacan en Europa y EEUU. El caso de Trump, por las medidas que viene tomando en tanto presidente de la potencia político-militar y económica más importante del globo, resulta el más notorio[2]. Pero se encuentran también casos como el del gobierno ultraconservador de Jaroslaw Kacszynski en Polonia o el caso del partido ultranacionalista FPÖ que perdió por estrecho margen las presidenciales en Austria. En Francia, el Frente Nacional de Marinne Le Pen lidera las encuestas de las presidenciales de mayo próximo y en el Reino Unido el Partido por la Independencia de Reino Unido remeció la política mundial con el triunfo obtenido en el referéndum para que Gran Bretaña abandone la Unión Europea (Brexit). Recientemente, organizaciones ultraconservadoras europeas, bajo el lema de “libertad para Europa”, celebraron un Congreso Internacional en Coblenza, Alemania, acordando entre sus objetivos principales trabajar por el renacer del patriotismo y el retorno del estado nación en Europa, terminando con el multiculturalismo y el libre comercio neoliberal.

Si bien organizaciones políticas de extrema derecha existían al cierre del siglo pasado, aún eran más o menos marginales. Es al inicio del siglo XXI, y sobre todo luego de la crisis del 2008 y las políticas de austeridad implementadas por la UE, que estas organizaciones cobran importancia. De modo general cabe preguntarse: ¿Por qué tienen éxito o acogida importante tales nacionalismos populistas de derecha en occidente?

Explicando el actual ascenso de las “derechas populistas” en occidente

A manera de hipótesis consideramos que en el caso europeo y norteamericano se produjeron tres fenómenos que pueden explicar el surgimiento de estos proyectos:

En primer lugar, la eliminación o suspensión del carácter antagónico de la política y su reemplazo por el de una lógica colaboracionista, entre quienes hasta hace poco eran considerados adversarios, a fin de gestionar la administración pública alrededor de un consenso (neo) liberal, que tuvo en los funcionarios del FMI y BM a sus principales ideólogos. No se trataba ya de transformar la realidad social si no de administrar el statu quo[3].

En segundo lugar, como consecuencia de la expansión de los mercados y la geopolítica mundial, particularmente norteamericana, se liberalizó el comercio, se impulsaron acuerdos comerciales y mecanismos de integración supranacional, político-económicos, construidos sobre la base de principios (neo) liberales. Eso es la UE y era hasta hace poco el TPP. Es decir, las fronteras de los Estados modernos se permeabilizaban en beneficio del comercio internacional al mismo tiempo que se afectaba claramente su soberanía y capacidad reguladora.

En tercer lugar, como consecuencia de lo anterior lo que se conocía como campo político de la izquierda mutó. Si bien lo positivo fue la incorporación, en su plataforma política, de la defensa de derechos y políticas de reconocimiento, lo negativo fue que a la par se suspendía (y negaba) la centralidad del antagonismo de clase. Como señala Bourdieu la lucha política consiste en establecer fronteras, disputándose por ello principios de clasificación. La lucha de clases viene a ser una lucha de clasificación. Cambiarla significa un acto político que busca, en el fondo, “hacer ver y creer de otra forma”[4]. Esto es lo que está detrás de la idea (neo) liberal de gobernabilidad, gobernanza o gestión de los asuntos sociales: “la despolitización de la economía, la idea que el capital y los mecanismos del mercado son instrumentos/procedimientos neutros”[5].

La izquierda mundial (la de la “tercera vía”, la del “centro radical”) quedó desarmada y atrapada al interior de un campo político hegemonizado por el neoliberalismo del cual es incapaz de diferenciarse. Y paulatinamente se fue convirtiendo en “casta”, en más de lo mismo. En lo mismo, que decía combatir. Estos elementos, configuraron un horizonte de época, fuera del cual no existe alternativa. Ese fue el mensaje que los (neo) liberales de la Troika y la UE le dieron al planeta entero durante la crisis griega: “fuera del mundo que hemos creado no hay alternativa alguna posible”. La respuesta llegó, poco tiempo después en clave de nacionalismos populistas de derecha: el Brexit y Donald Trump.

Entonces, en términos generales los proyectos políticos de extrema derecha, surgidos a inicios del siglo XXI pueden entenderse como una consecuencia de la hegemonía neoliberal (particularmente del fenómeno de des-politización de la economía) luego de la caída del socialismo realmente existente. Sin embargo, cabe preguntarse ¿Por qué adoptan una forma política populista?[6] ¿Y por qué llamarles populismos de derecha?

Caracterizando a los populismos de derecha

Un primer elemento, ya señalado, tiene que ver con la incapacidad de la izquierda para sintonizar con la rabia y frustración de las clases trabajadoras; representarlas y articularlas, con otras demandas, hacia un proyecto político de cambio. Vinculado a esto un segundo elemento tiene que ver con lo que Tomas Frank señala, en relación a EEUU, en donde se ha venido incubando una “revolución conservadora” (“contragolpe”) alimentando una “lucha de valores de clase (donde) el primer paso para conseguirlo es negar el fundamento económico de las clases sociales”[7]. De tal modo, sólo se puede considerar a Trump, hombres de pueblo si se anula u oculta el status económico de él, su familia y su gabinete[8]. Separar la clase social de la economía resulta clave para el crecimiento de los populismos de derecha. Así para Charles Murray, intelectual conservador, los trastornos de la sociedad norteamericana, no obedecen a una “crisis (económica sino a una) desintegración de la cultura cívica norteamericana”: la creciente secularización y crisis del matrimonio, sobre todo en las clases sociales bajas[9].

Un tercer elemento, tiene que ver con que estos proyectos modifican el campo político a distintos niveles. Por un lado, al construir una identidad popular establecen un escenario antagónico, dividiendo el campo político en dos: pueblo vs. oligarquía; como consecuencia, acto seguido construyen una (nueva) frontera política. Por otro lado, los populismos de derecha desplazan la oposición capital-trabajo por el de nacional-inmigrante, con lo cual garantizan que los mecanismos de dominación capitalista sean preservados. Tal como en su momento el nacional-socialismo interpretó la crisis de entre guerras apelando a una lógica xenófoba (antisemitismo) donde el judío cumplía la función de amenaza social, hoy lo hacen los nacionalismos populistas de derecha con la población musulmana inmigrante, que busca oportunidades que le son negadas en sus países de origen envueltos en terribles guerras. Además de ello, a través del líder (que se configura como portavoz de la plebe) se otorga voz a quienes no la tenían. Si cada vez se incrementa la distancia entre el lugar donde se deciden las cosas (multinacionales, organismos multilaterales, gobiernos y parlamentos) y la gente afectada por esas mismas decisiones, resulta claro que la distancia entre quienes tienen el derecho a hablar y decidir (hacer política) y quienes no, se incrementa proporcionalmente. De ahí la potencia del discurso de Trump: “vuestra voz decidirá nuestro destino”.

Un cuarto elemento tiene que ver con un discurso que señala que la existencia misma de la nación se encuentra amenazada por el avance del capitalismo global y sus consecuencias. Al respecto, resulta interesante la tesis de Aibar Gaete que señala que los populismos representan “un síntoma, una problematización y/o una puesta en acto de la llamada “cuestión nacional”[10], colocándola como un tema gravitante y central. No deja de ser paradójica esta tesis pues si bien la idea de nación es propia de la modernidad también lo son las de libertad y derechos humanos. Un hecho que emparenta a los nacionalistas populistas de derecha con el fascismo y nacionalsocialismo del siglo XX es su carácter xenófobo y racista (antimoderno).

Un elemento adicional tiene que ver con su carácter disruptivo frente a la lógica de dominación vigente. La forma de dominación actual está vinculada a un cierto tipo de silencio (el silencio de lo políticamente correcto). Las compañías de televisión, radio y cine promueven una bulla absurda precisamente para que lo importante que se tiene que decir no se diga. La sociedad se despolitiza. El dolor de las personas se explica de manera autoreferencial (por las decisiones que el individuo toma) o gremial-corporativa (demandas inconexas vaciadas de contenido político y sujetas a ser gestionados por la “tecnocracia” como problemas locales aislados). Los populismos de derecha rompen con la lógica de lo políticamente correcto y, al construir una identidad popular, construyen un antagonismo que politiza la sociedad.

No obstante, si existe un silencio, uno verdadero, es precisamente el que sostiene a los nacionalismos populistas de derecha. Porque lo que no dicen es que la crisis del (neo) liberalismo tiene que ver con un fallo real del capitalismo. La privatización (de recursos públicos), liberalización y desregulación (del mercado laboral y financiero) apalancaron la hegemonía del capital financiero subsumiendo al capital productivo, al punto de impedir el desarrollo de la economía real. Como resultado familias, firmas y países se encuentran endeudadas, debilitando el consumo, la producción, el empleo y los salarios. El capital financiero succiona el salario de la clase trabajadora, deprime el consumo, genera crisis de sobreproducción y nuevos endeudamientos. El (neo) liberalismo ha permitido la conformación de un complejo financiero (la mayor parte bancos norteamericanos y británicos) que privatizan sus ganancias y socializan sus pérdidas. Y si pueden hacer esto es porque tienen poder político. Y a partir de ello la capacidad de privatizar el proceso regulatorio, caso de EEUU por ejemplo, y poner la agenda financiera mundial a través del FMI y del G20. Se requiere, por tanto, en términos de Zizek de una “radical limitación de la libertad del capital, una radical re-politización de la economía” o lo que es lo mismo un control de la sociedad sobre el mercado, la producción y la banca.


[1] Investigador y miembro del Comité de Ojo Zurdo

[2] Las primeras medidas que el presidente Trump ha firmado, son atentatorias contra los derechos humanos. Entre ellas el veto migratorio contra 7 países de mayoría musulmana y la construcción de un muro en la frontera con México. Detalle en: https://www.amnesty.org/es/latest/news/2017/02/usa-trumps-seven-first-steps-tosabotage-human-rights/

[3] Chantal Mouffe, “El fin de la política y el desafío del populismo de derecha” En Francisco Panizza (ed), El populismo como espejo de la democracia. Buenos Aires: FCE, 2009.

[4] Pierre Bourdieu, El campo político. La Paz: Plural, 2001.

[5] Slavoj Zizek, En defensa de la intolerancia, Madrid: Sequitur, 2008

[6] Para Laclau el populismo viene a ser una lógica política, una forma de construcción de identidad política que tiene como características: 1) simplificar (dicotomizar) el campo político en dos polos (pueblo-oligarquía); 2) a partir de la articulación de demandas sociales insatisfechas, y superando una lógica de fragmentación, una de ellas pasa a nombrar (significar) una nueva totalidad; 3) esa nueva totalidad (nueva identidad popular) se condensa en ideas-fuerzas movilizadoras – que dan forma a un nuevo horizonte de época (allí su coincidencia con el concepto de hegemonía) – pero también en la persona de un líder, cuyo nombre, nombra a esa nueva totalidad construida, el pueblo, la patria nueva. Ernesto Laclau, La razón populista. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2004.

[7] Thomas Frank, ¿Qué pasa con Kansas? Como los ultraconservadores conquistaron el corazón de Estados Unidos; Madrid: Acuarela y Machado, 2008.

[8] El gabinete de Trump sería el más millonario de la historia norteamericana. El mismo Trump, cuya fortuna según la revista Forbes es de 3,700 millones de dólares, es un claro ejemplo de esta disociación.

[9] Conferencia dictada por Murray en el American Enterprise Institute Ver: blogs.lavanguardia.com/washington/las-clases-sociales-segun-charles-murray.

[10] Julio Aibar Gaet “Sobre alquimistas e imaginadores. Populismo y nación”. En: Carlos de la Torre y Enrique Peruzzotti (ed), El retorno del pueblo. Populismo y nuevas democracias en América Latina. Quito: FLACSO-Ministerio de Cultura, 2008.