Cómo el amor de Lenin por la literatura moldeó la revolución Rusa

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Tariq Ali[1]

La literatura forma la cultura política de Rusia en la cual Lenin creció. Textos explícitamente políticos eran difíciles de publicar durante el régimen zarista. Los ensayistas estuvieron contenidos en asilos hasta que se “recuperaron”, en otras palabras: hasta que se retractaron públicamente de sus puntos de vista. La novela y la poesía, mientras, fueron tratadas con mayor indulgencia, aunque no en todas las instancias.

El principal censurador fue, por supuesto, el zar. En el caso de Pushkin, el “Padre de la gente”, Nicholas I, insistió en leer muchos de sus versos antes de man- darlos a impresión. Algunos, como resultado, fueron prohibidos, otros demorados, y los más subversivos fueron destruidos por el miedo del mismo poeta, temeroso que allanaran su hogar. Nunca sabremos el contenido de los versos de Eugene Onegin quemados. Sin embargo, la política por otros medios y en una variedad de registros diferentes permeaba la ficción rusa de una manera sin paralelos en cualquier otro país europeo. Hasta donde la literatura politizada y la crítica literaria llegaron, la intelectualidad rusa no tenía mucho de donde elegir. Ellos devoraron el acrimonioso conflicto entre el poderoso crítico Vissarion Belinsky y el dramatista y novelista Nikolai Gogol, cuya sátira de 1842 titulada Las Almas muertas había revitalizado el país y había sido leído en voz alta a los analfabetos.

El éxito, sin embargo, resultó siendo la destrucción de Gogol. En un trabajo siguiente él se retractó escribiendo sobre campesinos hambrientos y defendiendo el analfabetismo. En el prefacio a la segunda edición de Las almas muertas, escribió: “mucho en este libro ha sido escrito incorrectamente, no como las cosas realmente ocurren en la tierra de Rusia. Le ruego, querido lector, que me corrija. No desestime este asunto. Yo le ruego que lo haga”. Molesto, Belinsky rompió públicamente con él en 1847. La “Carta a Gogol” de Belinsky, ampliamente difundida, le dio a su receptor una noche larga y trasnochada.

Yo conozco un poco al público ruso. Su libro me asustó por la posibilidad de una mala influencia en el gobierno, en la censura, pero no en el público. Cuando corrió en Petersburgo el rumor de que el gobierno quiere imprimir su libro en muchos miles de ejemplares y venderlo al precio más bajo, mis amigos se abatieron, pero yo les dije entonces que fuera como fuera ese libro no iba a tener éxito, y pronto se olvidarían de él. Y efectivamente, ahora es más recordado por todos los artículos sobre él que por él mismo ¡Sí, el ruso tiene, aunque aún no desarrollado, un profundo instinto de verdad! (Salzburgo, 15 de julio de 1847).

En los siguientes años, las críticas se tornaron más viciosas, juzgando severamente a novelistas y dramaturgos cuyos trabajos fueron considerados insuficientemente empoderados.

Este era, pues, el ambiente intelectual en el que Lenin alcanzaba la mayoría de edad. Su padre, un conservador altamente culto, era el inspector principal de escuelas en su región y un hombre muy respetado como educador. En su casa, Shakespeare, Goethe y Pushkin, entre otros, fueron leídos en voz alta los domingos por la tarde. Era imposible para la familia Ulyanov –“Lenin” era un seudónimo adoptado para burlar a la policía secreta zarista– para escapar de la alta cultura.

En la escuela secundaria, Lenin se enamoró del latín. Su tutor tenía muchas esperanzas de que pudiera convertirse en filólogo. La historia quería lo contrario, pero la pasión de Lenin por el latín, y el gusto por los clásicos, nunca lo abandonaron. Leyó Virgilio, Ovidio, Horacio y Juvenal en su idioma original, así como oraciones senatoriales romanas. Se devoró a Goethe durante sus dos décadas de exilio, leyendo y releyendo Fausto muchas veces.

Lenin puso en práctica su conocimiento de los clásicos en el tiempo que precedió a la revolución de 1917. En abril de ese año rompió con la ortodoxia socialdemócrata rusa y, en un conjunto de tesis radicales, llamó a una revolución socialista en Rusia. Varios de sus compañeros íntimos lo denunciaron. En una contestación aguda, Lenin citó a Mefistófeles de la obra maestra de Goethe: “Teoría, amigo mío, es gris, pero verde es el eterno árbol de la vida”.

Lenin sabía mejor que la mayoría, que la literatura clásica rusa siempre había sido infundida por la política. Incluso los más “apolíticos” de los escritores habían tenido dificultades para ocultar su desprecio por el estado del país. La novela de Iván Goncharov Oblomov fue un ejemplo. A Lenin le encantaba este trabajo. Representaba la inercia, la indolencia y el vacío de la nobleza de los terratenientes. El éxito del libro fue celebrado por la entrada de una nueva palabra en el léxico ruso: Oblomovismo, que se convirtió en un término de abuso para la clase que ayudó a sobrevivir la autocracia durante tanto tiempo. Lenin argumentaría más tarde que esta enfermedad no se limitaba sólo a las clases altas, sino que había infectado grandes sectores de la burocracia zarista y se había filtrado hacia abajo. Incluso los apparatchiks bolcheviques no eran inmunes. Este era un caso en el que el espejo sostenido por Goncharov realmente reflejaba a la sociedad en general. En sus polémicas, Lenin a menudo atacaba a sus oponentes comparándolos con personajes casi siempre desagradables y, en ocasiones, de menor importancia, extraídos de la ficción rusa.

Donde los escritores del país diferían (y no estaban solos en esto, por supuesto) estaba en los medios necesarios para derrocar al régimen. Pushkin apoyó el levantamiento decembrista de 1825 que desafió la sucesión de Nicolás I. Gogol satirizó las opresiones de la servidumbre antes de retirarse rápidamente. Turgenev era crítico del zarismo pero odiaba intensamente a los nihilistas que predicaban el terror. El coqueteo de Dostoievski con el anarco-terrorismo se transformó en su opositor después de un terrible asesinato en San Petersburgo. El ataque de Tolstoi al absolutismo ruso alegró a Lenin, pero el cristianismo místico y el pacifismo del conde le dejaron frío.

Lenin se preguntaba: ¿Cómo podría un escritor tan talentoso ser revolucionario y reaccionario al mismo tiempo? A lo largo de media docena de artículos, Lenin desentrañó las profundas contradicciones en el trabajo de Tolstoi. El Tolstoi de Lenin era capaz de proporcionar un diagnóstico lúcido –sus novelas reconocían y expresaban la explotación económica y la ira colectiva de los campesinos– pero no formulaban una cura. En lugar de imaginar un futuro propiamente revolucionario, Tolstoi había buscado consuelo en la imagen utópica de un pasado cristiano más simple. En “León Tolstoi como el espejo de la revolución rusa”, Lenin escribió que “las contradicciones en las opiniones y doctrinas de Tolstoi no son accidentales; Expresan las condiciones contradictorias de la vida rusa en el último tercio del siglo XIX”.

Las contradicciones de Tolstoi sirvieron así de guía útil para el análisis político de Lenin. Mientras tanto, Lenin rechazó el “culto al sufrimiento” de Dostoievski, aunque el poder de su escritura era innegable. Sin embargo, las opiniones de Lenin sobre la literatura no se convirtieron en políticas de Estado. Apenas un año después de la revolución, el 2 de agosto de 1918, el periódico Izvestia publicó una lista de personas, nombradas por lectores, a quienes se proponían monumentos. Dostoievski fue el segundo, después de Tolstoi. El monumento fue desvelado en Moscú en noviembre de ese año por el representante de la Moscú soviética, con un homenaje del poeta simbolista Vyacheslav Ivanov.

El escritor que tuvo quizás el impacto más fuerte en Lenin –de hecho, en toda una generación de radicales y revolucionarios– fue Nikolay Chernyshevsky. Chernyshevsky era el hijo de un sacerdote, así como un filósofo materialista y socialista. Su novela utópica ¿Qué hay que hacer? fue escrita en la fortaleza de Pedro y Pablo en San Petersburgo, donde había sido encarcelado debido a sus creencias políticas. Se convirtió en la Biblia de una nueva generación. El hecho de que había sido sacado de la prisión le dio un aura añadida. Este fue el libro que radicalizó a Lenin, mucho antes de encontrarse con Marx (con quien Chernyshevsky había intercambiado cartas). Como homenaje al viejo populista radical, Lenin tituló su primera obra política importante, escrita y publicada en 1902, ¿Qué hacer?

El enorme éxito de la novela de Chernyshevsky irritó en gran medida a los novelistas establecidos, Turgenev en particular, quien atacó el libro viciosamente. Esta acidez fue contrarrestada con un ardiente azote de provocaciones por parte de los críticos radicales Dobrolyubov (considerado por los estudiantes como “nuestro Diderot”) y Pisarev. Turgenev estaba furioso. Al encontrarse con Chernyshevsky en un acto público, gritó: “Eres una serpiente y Dobrolyubov es una serpiente de cascabel”.

¿Qué hay en la novela que causara tanta controversia? En los últimos 50 años he hecho tres intentos de leer cada página, y los tres intentos han fallado. No es un clásico de la literatura rusa. Fue de su tiempo y desempeñó un papel crucial en la fase post-terrorista de la intelectualidad rusa. Sin duda, es muy radical en todos los frentes, especialmente en la igualdad de género y en las relaciones entre hombres y mujeres, pero también en cómo luchar, cómo delinear al enemigo y cómo vivir según ciertas reglas.

Nabokov detestaba a Chernyshevsky, pero le resultaba imposible ignorarlo. En su última novela rusa, El regalo, dedicó 50 páginas a menospreciar y burlarse del escritor y de su círculo, pero admitió que “definitivamente era un golpe de arrogancia de clase sobre las actitudes de escritores contemporáneos bien nacidos hacia el plebeyo Chernyshevsky” y, en privado, que “Tolstoi y Turgenev lo llamaban el «cabrón apestoso»… y se burlaban de él en todo tipo de maneras”. Sus bromas nacieron en parte de los celos, ya que el tema de su esnobismo era muy popular entre los jóvenes, y nació también, en el caso de Turgenev, de una profunda y arraigada hostilidad política hacia un escritor que quería una revolución para destruir las haciendas y distribuir la tierra a los campesinos. Lenin solía reunirse con los jóvenes bolcheviques que lo visitaban en el exilio, durante los años interrevolucionarios, entre 1905 y 1917, cuando se burlaban del libro de Chernyshevsky y le decían que era ilegible.

Lenin decía que eran demasiado jóvenes para apreciar su profundidad y su visión. Debían esperar hasta los 40. Entonces entenderían que la filosofía de Chernyshevsky se basaba en simples hechos: Descendíamos de los simios y no de Adán y Eva; la vida era un proceso biológico de corta duración, de ahí la necesidad de llevar la felicidad a cada individuo. Esto no era posible en un mundo dominado por la codicia, el odio, la guerra, el egoísmo y la clase. Por eso, era necesaria una revolución social. Cuando los jóvenes bolcheviques treparon las montañas suizas con Lenin se acercaban a los 40 años; sin embargo, la revolución ya había tenido lugar. Chernyshevsky ahora sería leído en gran parte por los historiadores que estudian la evolución del pensamiento de Lenin. Los progresistas eruditos del partido se trasladaron felizmente a Mayakovsky. No Lenin.

El clasicismo que estaba tan profundamente enraizado en Lenin actuaba como un baluarte para aislarlo de los nuevos desarrollos emocionantes en el arte y la literatura que habían precedido y acompañado la revolución. A Lenin le resultaba difícil acomodarse al modernismo en Rusia o en otros lugares. La obra de la vanguardia –Mayakovsky y los constructivistas– no era de su agrado.

En vano, los poetas y los artistas le dijeron que ellos también amaban a Pushkin y Lermontov, pero que también eran revolucionarios, desafiando las antiguas formas de arte y produciendo algo muy diferente y nuevo que estaba más de acuerdo con el bolchevismo y la era de la revolución. Simplemente no cedía. Podían escribir y pintar lo que quisieran, pero ¿por qué se vería obligado a apreciarlo? Muchos de los camaradas de Lenin eran más comprensivos con los nuevos movimientos. Bukharin, Lunacharsky, Krupskaya, Kollontai y, hasta cierto punto, Trotsky comprendió que la chispa revolucionaria había abierto nuevas perspectivas. También hubo conflictos, vacilaciones y contradicciones dentro de la vanguardia, y el partidario en el gobierno fue Anatoly Lunacharsky, en el Comisariado del Pueblo para la Educación, donde también trabajó la esposa de Lenin, Nadya Krupskaya. La escasez de papel durante la guerra civil conllevó a duros argumentos: ¿Deberían publicar folletos de propaganda o un nuevo poema de Mayakovsky? Lenin insistió en la primera opción. Lunacharsky estaba convencido de que el poema de Mayakovsky sería mucho más eficaz y, en esta ocasión, ganó.

Lenin también era hostil a cualquier noción de “literatura y arte proletario”, insistiendo en que los picos de la cultura burguesa (y sus predecesores más antiguos) no podían ser trascendidos por avanzadas fórmulas mecánicas en un país donde el nivel cultural, en el sentido más amplio, era demasiado bajo. Los atajos en este campo nunca funcionarían, algo que fue probado de manera concluyente por el excremental “realismo socialista” introducido en los malos años que siguieron a la muerte de Lenin. La creatividad estaba entumecida. El salto del reino de la necesidad al reino de la libertad, en el que la vida de todos sería modelada por la razón, nunca se hizo en la Unión Soviética, ni tampoco en ningún otro lugar.


[1] Ensayista, cineasta y editor de New Left Review. La edición en español de su libro The Dilemmas of Lenin (Londres, Verso, 2017), aparecerá en Alianza Editorial en octubre del presente año. El presente ensayo se publicó originalmente en The Guardian, 25 de marzo de 2017. Traducción de Yuri M. Gómez Cervantes y Claudia Lorena Agudelo. Agradecemos al autor por autorizar su publicación en Ojo Zurdo.