¿A dónde va China?

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Antonio Zapata1Historiador. Profesor de la PUCP.

La epidemia del Covid-19 significa un alto en el ca­mino de China. Su prestigio internacional ha sido mellado y sus enemigos han reactivado el viejo estigma que vincula al país asiático con enferme­dad y muerte. Mientras no desaparezca el virus es imposible saber con certeza cómo y dónde acabará China.

En el plano interno, el Partido Comunista Chino, PCCH, ha subrayado la responsabilidad de las autoridades provinciales de Wuhan, donde estalló y se halla el foco de la epidemia. Ellas la habrían oculta­do sin prevenir inmediatamente a las autoridades sanitarias nacionales. Estos dirigentes provinciales han sido sustituidos y enviados a puestos menores en las fronteras, claramente como castigo. Pero, ya llegará el momento de balances más profundos y el debate se centrará alrededor de las alternativas de China para el siglo XXI. El objetivo de este artículo es mostrar las opciones que sobre este tema venían discutiéndose antes de la epidemia para evaluar sus posibilidades en el futuro inmediato. Las fuentes de este artículo son conversaciones.2Una larga estadía en China me ha permitido hablar con medio mundo y llevar un registro personal. Para encontrar noticias en la prensa china habría que leer caracteres y entender la muy sutil forma china de expresarse.

Para contestar a esta cuestión es necesario empezar por la principal fortaleza de China, el Estado dirigido por el PCCH. La población china confía en sus go­bernantes y acata sus disposiciones. Ningún Estado del mundo actual posee la legitimidad y autoridad de los gobernantes chinos. La cuarentena de más de 1,400 millones de personas durante más de un mes evidencia la disciplina tradicional de la sociedad y el férreo control del Estado sobre su población y territorio. Mientras que en Occidente la política ha perdido crédito, atravesada por corrupción y vena­lidad, en Oriente, y particularmente en China, el Estado constituye el eje de la vida socio-económica. Por ello, el primer punto a retener es la capacidad y escala del Estado chino.

Por otro lado, muchas veces se menciona la dimen­sión de la población china, pero es difícil imaginarla para medir su impacto. Sin embargo, una compa­ración aclara el panorama. En la actualidad, la po­blación china es igual a la suma de toda Europa Oc­cidental más América entera, tanto Norteamérica como Latinoamérica. La diferencia relevante es que a un lado se hallan cincuenta Estados mientras que al otro solo uno. Y encima poderoso y legítimo a ojos de sus ciudadanos. Como consecuencia, el naciona­lismo es una característica esencial de la China de hoy. El Estado se sostiene en un sentimiento amplia­mente extendido entre la población que resalta sus virtudes y grandezas pasadas y presentes.

Otro tema clave antes de entrar propiamente en materia es la naturaleza de la sociedad y economía china. Es decir, cuál es la estructura socio-económi­ca gobernada por el PCCH. Al respecto, los chinos utilizan el concepto de socialismo de mercado para entender su régimen. De acuerdo a su concepción, su sociedad es socialista porque es gobernada por el partido comunista, que mantiene los mismos ideales del comunismo de toda la vida; es decir, buscar la mayor igualdad posible junto al crecimiento y bienestar para las mayorías. Nunca antes en la historia universal habían salido tantas personas de la pobre­za como en la China de los últimos cuarenta años.

A continuación, encontramos el tema del merca­do. La vía china es diferente al comunismo clásico, que fue estatista. Es decir, los medios de producción pertenecían al Estado, que regía la vida económica a través de una comisión central de planificación, fijando los precios y las cuotas de producción de todo el aparato económico. Por el contrario, en Chi­na actual conviven el Estado y el mercado. El Estado mantiene una presencia económica considerable y además regula al mercado, ordena y planifica, pero permite que la iniciativa privada ejecute, construya y se enriquezca. En China hay muchos millonarios y pocos pobres. El mercado se encarga de lo primero y el Estado de lo segundo. La combinación parece ha­ber resultado. Las reformas de Deng Xiaoping fueron hace cuarenta años y, en ese entonces, China era par­te del Tercer Mundo, mientras que ahora es la segun­da potencia mundial, solo detrás de EEUU.

Pero, todo tiene un costo. El ascenso económico de China corresponde a un país sin democracia electoral. Restricciones en el acceso a la información y a ciertas libertades civiles completan un cuadro que los enemigos de China llaman dictadura. En todo caso es bastante blanda, porque nadie se mete con quien deja los asuntos de gobierno a los especialistas y se dedica a lo suyo. No es un Estado policíaco, como era la Rusia estalinista, porque la policía puede ser muy poderosa, pero no interfiere en la vida del ciudadano corriente, que por su lado normalmente acata la ley sin crear problemas.

El Estado tampoco reprime al ciudadano que se queja y aconseja, sino a quien busca sustituir al partido co­munista o atentar contra la integridad de China. Nada es perfecto. Hoy por hoy, el pacto implícito que regula China establece que el partido comunista es el gobier­no legítimo e incuestionable, porque es eficiente y garantiza la prosperidad nacional, asegurando a toda familia china un mínimo de bienestar y oportunida­des. A cambio de ello, la gente acepta el gobierno del PCCH y se desentiende. El ciudadano chino corriente presta poca atención a los asuntos de gobierno.

La situación de China como segundo en el mundo ac­tual es el eje de los debates en el comunismo chino. El PCCH dirigido por el presidente Xi Jinping parece empeñado en lograr el liderazgo mundial en el siglo XXI. Para ello, ha estudiado cómo fue la anterior tran­sición de hegemonía mundial y ha sacado lecciones de esa experiencia. Como sabemos, EEUU alcanzó el liderazgo sustituyendo a Gran Bretaña sin que medie una guerra entre ambos. Por el contrario, Gran Bre­taña guerreó contra Alemania en dos ocasiones y en ambas EEUU apoyó al Reino Unido para que derrote a su rival, solo para sustituirlo pacíficamente al final de ese proceso. Es decir, Gran Bretaña se agotó y Ale­mania quedó destruida, en ese momento EEUU que­dó como dueño del mundo e inició su era. Es difícil repetir esa experiencia porque entre EEUU e Ingla­terra había una continuidad cultural que favorecía una transición pacífica, ambos se reconocían como parientes, la cual no existe para nada entre EEUU y China.

Pero, la dirigencia actual del PCCH ha sacado lec­ciones de la anterior transición y ha destacado dos puntos. Primero, la absoluta necesidad de contar con unas Fuerzas Armadas bien equipadas y entrenadas para defender su territorio y acudir a operaciones en diversos rincones del planeta. China ha invertido bastante hasta alcanzar un potencial de fuego con­vencional solo detrás del norteamericano. Por otro lado, su arsenal nuclear no es tan considerable, como el americano o el ruso, pero tampoco es desdeñable y posee todas las armas letales que la humanidad ha inventado en estos últimos cincuenta años.

En segundo lugar, se trata de ganar la carrera econó­mica y tecnológica. Para ello China se ha adelantado a Occidente en la velocidad 5G gracias a Huawei y hace esfuerzos denodados por incrementar su pro­ducción de chips. En este terreno, el gobierno de Xi ha elaborado una propuesta llamada la “Franja y la Ruta”, que consiste en una serie de vías de comunica­ción terrestres y marítimas que conectan a China con el resto del mundo. Esta conexión física viene acom­pañada de la digital y para ello la velocidad 5G y las que vendrán a continuación constituyen una podero­sa herramienta.

La Franja y la Ruta sale de China y se dirige a Euro­pa Occidental, un ramal cruza África y el otro Asia Central. El proyecto ya ha llegado a América Latina, que no estuvo considerada inicialmente. Por ejemplo, el Perú ha firmado un convenio internacional adhi­riendo a la iniciativa y la inversión china en Chancay constituye la primera piedra de su presencia en puer­tos del Pacífico sudamericano. Otras inversiones chi­nas en Panamá, Brasil y Argentina buscan asegurar la soya y la gran variedad de materias primas que el país asiático importa desde Sudamérica.

La Franja y la Ruta es el camino de la China actual para recuperar la posición central que tuvo el viejo Imperio hasta el siglo XVIII, cuando era la nación más rica del mundo. En ese entonces, Beijing recibía tributos de reinos subordinados, pero no los coloni­zaba. De hecho, la China histórica solamente se desarrolló en el territorio ocupado por su grupo étnico, los Han. Conquista y colonización son parte de la cul­tura política occidental, no ha sido el procedimiento histórico de Oriente, que siempre ha sido económico: producir para atraer la riqueza de los demás. Por su parte, la China de hoy es tan nacionalista que en su pasado halla su visión del siglo XXI, liderazgo sin dominación política, por lo que más bien prefiere un mundo multipolar.

La Franja y la Ruta ha recibido críticas desde la dere­cha del partido. Según esta opinión, es un proyecto demasiado obvio, que evidencia el propósito de co­locar a China como centro del mundo. Esta postura señala que la reacción de Occidente era esperable, cuando más bien habría que haber seguido el conse­jo de Deng Xiao Ping, que era mantener el perfil bajo hasta completar el liderazgo económico. Al precipi­tarse, Xi habría despertado la animosidad occidental encendiendo las alarmas de Washington. Todos los norteamericanos, desde Trump hasta los demócratas, están a favor de ajustarle las clavijas a China.

Esta postura crítica estuvo presente también en el de­bate sobre las sanciones económicas que hasta hace pocos meses estuvieron intercambiándose EEUU y China. De acuerdo a este parecer, había que domar a Trump sin exacerbarlo. China podía adoptar algunas medidas para favorecer la competitividad del sector exportador, como por ejemplo reducir impuestos o devaluar el Yuan, cosa que se hizo en algo menos del 10%

Este punto es clave porque se refiere a cómo mante­ner las relaciones entre las dos primeras economías. Cómo manejar esa contradicción sin precipitar una guerra. La propuesta china es denominada win-win, en la que ambos actores obtienen ventajas. Según este postulado, saldrá adelante quien encuentre cómo ha­cer ganar al otro, obviamente menos que uno, pero algo.

La izquierda del partido es más dura con relación a EEUU y buscaba escalar la carrera de sanciones, sos­teniendo que una dosis de proteccionismo perjudica a EEUU antes que a China. El mercado chino es mu­cho más grande y el capital se reproduce a una escala ampliada, lo cual significa mayor rapidez. Es decir, en el largo plazo EEUU no puede vencer con una política proteccionista, quizá hace unos veinte años, pero no ahora, cuando China ya ha crecido demasiado para ser excluida de los flujos internacionales de capital. Incluso en el corto plazo, porque China es uno de los mayores poseedores de bonos del tesoro norteameri­cano. Le bastaría soltar una parte en el mercado para provocar una profunda turbulencia económica en EEUU.

Otro tema de debate es el ideológico y el puesto del marxismo en el partido. El ala izquierda es muy doc­trinaria y las conmemora­ciones por los 200 años del nacimiento de Marx fueron por todo lo alto, inclusive contaron con una destaca­da participación del presi­dente Xi. En este terreno, el liderazgo actual constituye una vuelta del marxismo, que había sido descuidado por sus antecesores en el poder. El PCCH sostiene que el marxismo es el cemento que lo sostiene. Los cua­dros asumen que se deben a ideales codificados en el marxismo, concebido así como una doctrina moral, que se ha hecho compatible con las antiguas ense­ñanzas de Confucio.

Hay un elemento crucial que unifica a estas tenden­cias. Ellas elaboran propuestas para lograr que China sea la primera potencia mundial en el siglo XXI. Su discrepancia es menor porque se refiere a vías y no a objetivos. Pero, hay quienes cuestionan el propósi­to. ¿Le conviene a China dirigir el planeta? Ante esta pregunta quienes dudan sostienen que el problema no es llegar, sino sostener esa posición. Y resulta que China posee algunas desventajas. Sus vecinos son muchos y complicados. Por ello, sus fronteras son un problema mayor y las minorías nacionales que viven precisamente en los bordes constituyen un constante dolor de cabeza. Mientras, Gran Bretaña era una isla, y EEUU no registra amenazas ni de México ni de Canadá con quienes nunca tendrá grandes dificultades.

En segundo lugar, el régimen político chino es origi­nal y no puede extenderse al resto del mundo. En efecto, la combinación entre par­tido comunista y mercado es propia de China y no es exportable. Quizá Cuba podría ensayar esa vía. Pero, ese régimen nunca impe­rará en Occidente, donde el sistema electoral está en el ADN de la cultura política. Aunque puede haber dictaduras, Occidente siempre acaba volviendo a las democracias. Por lo tanto, el sistema chino es una ca­racterística peculiar que no resulta generalizable.

Y sin embargo, resulta que una primera potencia que aspira a la continuidad necesita una propuesta política e ideológica universal. Por ello, esta corriente de opinión piensa que a China no le conviene el puesto, porque podría ganarlo y también perderlo con facili­dad. Mejor dejar que EEUU haga el gasto y desarrollar China mirando hacia adentro, pensando en su gente antes que en los demás.

Para terminar con una pregunta adicional: ¿Cuáles son los mecanismos de toma de decisión? En principio los acuerdos se adoptan en los congresos del PCCH, uno cada cinco años. La norma indicaba que el secretario general se podía reelegir una vez y cambia­ba necesariamente cada diez años. Desde que se retiró Deng ese era el procedimiento. Pero, Xi ha modifica­do la regla y ahora el secretario general puede per­manecer más de diez años en el poder. En el sistema anterior, junto al secretario general pasaba al retiro su generación, al cumplir setenta años de edad. Ahora el sistema está taponeado en la cumbre. Es decir, lo estará, porque Xi recién tiene siete años en el poder y aún no ha llegado al límite anterior.

Veremos cómo emerge el liderazgo actual de la crisis del Covid-19. En principio los chinos saben aprender de las crisis y fueron los primeros en tomarlas como oportunidad. En este caso es un desafío a las nuevas reglas que el PCCH recién está poniendo en práctica. Las cartas están sobre la mesa y pronto sabremos cómo se resuelve el juego.

Lima, 08 marzo 2020


[1] Historiador. Profesor de la PUCP.

[2] Las fuentes de este artículo son conversaciones. Una larga estadía en China me ha permitido hablar con medio mundo y llevar un registro personal. Para encontrar noticias en la prensa china habría que leer caracteres y entender la muy sutil forma china de expresarse.

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