Actores políticos y fácticos en la crisis política venezolana

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Pedro Tello Rodriguez1Analista político y chef internacional radicado en Caracas.

Venezuela es el país con las principales reservas de petró­leo a nivel mundial. Cualquier cambio político o temblor social tiene indudables repercusiones geoestratégicas. Para sumergirnos en este tema, es indispensable una bre­ve introducción, pues los actuales esfuerzos por derrocar a Maduro pasan por una política de sanciones económi­cas (aparte de las amenazas militares gringas) que busca asfixiar por completo al go­bierno madurista. La crisis venezolana se ha desbordado hasta convertirse en un conflicto entre potencias mundiales. Cada una de ellas usa a Venezuela de diferentes modos y la desea para sus propios fines. Para analizar el conflicto venezolano es insuficiente el estudio de los actores políticos internos (las oposiciones y el gobierno de Maduro). Ambos han elegido protectores y aliados. Como consecuencia de esto, hay una innegable pérdida de soberanía nacional. Cada vez son más las vo­ces reaccionarias que piden sean otros los que resuelvan la crisis.

Hugo Chávez, muy consciente de la situación privilegia­da de Venezuela y los peligros que esto entrañaba, atraía otros intereses económicos y geopolíticos manteniéndo­se escrupuloso (más allá de la demagogia) en la venta de petróleo a los EEUU. Venezuela, siempre articulada a los intereses de la política norteamericana, solo podría inten­tar un camino de desarrollo independiente atrayendo a otras potencias para que el peso de sus intereses políticos y económicos sirviera como un contrapeso ante cualquier intento norteamericano por reconquistar a su antiguo aliado en su “patio trasero”. Era una alternativa bastante lógica.

Todo este esquema funcionó relativamente bien con un petróleo a más de 100 dólares el barril, pero tras el derrumbe del precio del crudo el andamiaje bolivariano empezó a mostrar sus grandes fallas. En paralelo a la crisis económi­ca, la estructura diplomática construida por el chavismo empezó a resquebrajarse. La alianza con los países del cari­be y UNASUR se debilitó, lo cual restó fuerza a Venezuela dentro de la OEA.

Simultáneamente, la ola neoconservadora en América Latina fue reemplazando a gobiernos progresistas. Los casos más notables son Argentina y Brasil. El más infame, el de Ecuador con Lenin Moreno. La actual crisis venezolana es heredera de este proceso. Fueron incapaces de desarrollar una industria nacional moderna y autónoma. Así como de sustituir la economía de importaciones por otra basada en la producción nacional. Ante esta situación calamitosa (las reservas internacionales de Venezuela se estiman en 9 mil millones de dólares a diferencia de los 64 mil millo­nes de dólares que posee el Perú) los niveles de ineficien­cia y de corrupción venezolanos son inimaginables, por su magnitud, con cualquier otro país de América Latina. La deuda externa total se calcula en 184 mil millones de dólares. El precio del barril de petróleo sigue situándose por debajo de los 60 dólares pero la producción total de petróleo venezolano ha caído en un 50% comparado con el año 2013. Todo eso después de haber percibido ingresos por 700 mil millones de dólares y siendo Venezuela un país mono productor.

Ahora sí, puestos en contexto pasaremos a abordar los actores políticos y fácticos actuantes en la crisis política de Venezuela. ¿Quiénes son los actores que tendrán un importante papel en la solución o agravamiento de la crisis venezolana?

El gobierno de Maduro

Atravesado por un conjunto de contradicciones se man­tiene unido tras el liderazgo de Maduro. Es una federación de facciones políticas y económicas con caudillos locales que no dan espacio a la disidencia, recordándonos cada vez más al PRI de México. Su fortaleza reside en que saben que solo unidos tienen alguna perspectiva de futuro, pues hay un sector importante de la oposición que no los desea en “la Venezuela que vendrá”. Tiene la ventaja de contar con algo de dinero que le permite todavía tener una masa dependiente del populismo a la cual usan políticamente. Sus aliados internacionales escasean y tiene la virtud de hacer creer a la gente que siempre se puede estar peor. Han empezado a desmontar en forma tardía un control de cambios instaurado durante 16 años. ¿Es posible imaginar un relevo dentro del propio chavismo oficial? No es descartable, aunque abrir esa puerta podría significar abrir una caja de pandora.

La oposición

Logró un mando unificado luego de mucho tiempo, lo cual significó un enorme avance. Guaidó ha aglutinado a los extremistas y al sector más ra­cional de la oposición en base a la ambigüedad de su discur­so. “Todas las opciones están sobre la mesa”. Desde los que buscan el diálogo hasta los que desean la intervención militar norteamericana creen que pueden sacar algo de allí. Tienen a la Asamblea Na­cional, lo cual es valioso por ser el único poder que goza de legitimidad de origen. Contar con el apoyo de los EEUU los ha fortalecido y evitado su casi natural tendencia a la canibalización. Fuera del apoyo de los EEUU no parecen tener otro plan. La apuesta del todo o nada no ha dado los frutos esperados (como era previsible) y ahora se abre un panorama de negociación en Noruega[2] a la que llega sin la misma fuerza de hace 3 meses. Llevados por la desesperación y un mal manejo de la información de inteligen­cia apostaron al derrumbe de las FANB (Fuerza Armada Nacional Bolivariana) durante los eventos en Cúcuta (23 de febrero) y el 30 de abril en Caracas, donde se hizo un llamado al levantamiento civil y militar. Ante estos fra­casos están a la espera de que las sanciones de los EEUU terminen asfixiando a Maduro. Mientras esto ocurre aso­ma nuevamente la lucha intestina al interior de los grupos opositores. Existe una oposición, hasta ahora minoritaria, crítica a Guaidó, que expresa su deseo de iniciar un diá­logo político que respete la independencia, la soberanía nacional y que hace énfasis en que la salida a la crisis es la vía electoral.

Los EEUU

Permanentemente ha sido un actor fundamental en la lucha por poner fin al proceso bolivariano. No obstante, con el gobierno de Trump y sus halcones se ha dejado de lado cualquier formalismo y la injerencia en los asuntos in­ternos de Venezuela es abierta y descarada. En la práctica Es­tados Unidos está al frente del nuevo diseño de la estrategia de la oposición venezolana. Es quien le abre todas las puertas y le brinda todos los avales. También es el responsable de muchos de sus errores. Han logrado conformar un bloque internacional de 50 países que reconocen a Guaidó como presidente legítimo y ha impuesto fuertes sanciones económicas restringiendo el acceso a recursos financieros, prohibiendo a empresas norteamericanas mantener relaciones comerciales con Venezuela. Llevan adelante una descarada política de compra de militares de alto rango de las FANB a fin que deserten o que se subleven. Si bien es cierto no es una práctica nueva, sí lo es lo abierto y público del hecho. Ciertamente, se trata de impedir que los chinos y los rusos aseguren una cabecera de playa en América Latina pero, sobre todo, se trata de usar ese tema para ga­nar las elecciones en Florida y asegurar la reelección de Trump. Para eso no necesitan derrocar a Maduro. Les bas­ta decir que lo intentaron.

En el plano militar no las tienen todas consigo. Aunque muestran los colmillos con la flota del Comando Sur, tie­nen problemas importantes en el Medio Oriente en estos momentos. El conflicto con Irán es complejo y podría involucrar a Israel y a Arabia Saudita hasta devenir en un tema nuclear. Por difícil e impopular electoralmente hablando, no parece probable que abran un nuevo frente de guerra en el “patio trasero”. Aunque con la personalidad delirante de Trump ninguna aventura militar es descarta­ble. De igual manera, la primavera diplomática con Corea del Norte ya luce otoñal. La guerra comercial con China no es ninguna broma. La realidad es que desean recuperar a Venezuela como parte de su proceso de poner las cosas “en orden” en su área de influencia y recuperar lo que consideran “su” petróleo barato y seguro.

Rusia

Rusia está decidida a recuperar su condición de superpotencia mundial. Cuando Hugo Chávez selló con ellos un acuerdo estratégico de compra de armamento de última generación estaba abriendo las puertas de América Latina para los intereses geopolíticos rusos. De este modo, Rusia no solo tiene negocios en la industria militar sino también en materia de petróleo. La deuda de Venezuela a Rusia es de alrededor de 10 mil millones de dólares. En el seno del Consejo de Seguridad de la ONU ha estado enfrentado a los EEUU y no reconoce a Guaidó como presidente legíti­mo. El apoyo ruso al gobierno de Maduro es un mecanismo de presión para que los EEUU disminuyan su intervención política y militar en sus áreas de influencia (rusas) como son las repúblicas del Cáucaso o en Ucrania. La participa­ción rusa ha sido determinante en el hecho de reducir las posibilidades de una intervención armada de los EEUU. Venezuela cuenta con el mejor sistema antiaéreo de Amé­rica Latina. Incluso más avanzado que el usado en Siria y que fue determinante para un cambio estratégico en el conflicto armado, asegurando la permanencia de Bashar al-Asad.

China

A diferencia de Rusia, no necesita ganarse un espacio como superpotencia mundial porque ya lo es. Con una po­lítica exterior discreta y pragmática ha ido extendiendo su influencia en América Latina, siendo ya el segundo socio comercial de la región tanto por su capacidad de compras como por sus inversiones. La deuda que Venezuela tiene con China representa el 40% de toda su deuda externa. Son aproximadamente 60 mil millones de dólares los cuales incluyen una garantía petrolera. Es decir, si Venezuela no puede pagar, los chinos se cobran directamente en petró­leo. Esto aparte de las inversiones en minería (coltán, oro, etc.) lo cual les da acceso a recursos de carácter estratégico.

La República Popular China está interesada en promover la estabilidad política y la negociación en Venezuela. Su objetivo es llegar a ser la primera potencia mundial an­tes del 2049 y no buscan conflictos innecesarios con los EEUU. Sin embargo, han sido firmes en su rechazo a reco­nocer un gobierno paralelo al de Maduro y han bloqueado iniciativas norteamericanas en la ONU. La fuerte rivali­dad comercial desatada por la administración Trump con­tra China beneficia a Maduro como un efecto secundario pues, impulsa a los chinos a mantener un gobierno incó­modo a los intereses norteamericanos en la región.

Cuba

Tiene una influencia política fundamental en el gobierno venezolano. Quizás proporcional a la dependencia del petróleo que reciben de Venezuela. Su asesoría en temas de seguridad e inteligencia han sido determinantes para que Maduro se mantenga en el poder. La red de inteligencia cubana se mueve, fundamentalmente en los aparatos de seguridad. El gobierno de Cuba sabe que, de caer Maduro, irían por ellos y pone todo su empeño en evitar el colap­so bolivariano. Lo que sí queda claro es que los cubanos saben que los EEUU están ajustando las clavijas contra la isla, para que eso los obligue a presionar a Maduro. No obstante, están apoyando los encuentros entre la oposi­ción y el gobierno venezolano en Noruega. De hecho, para que estas reuniones se realizaran hubo otras preparatorias en La Habana.

La FANB

La Fuerza Armada Nacional Bolivariana es la columna que mantiene al gobierno de Maduro en el poder. Son un estamento con intereses propios, participación política, dirigen empresas, ministerios y tienen acceso a recursos. Las FANB no son cualquier ejército. Es un cuerpo armado dirigido por militares con una tradición insurreccional, nacionalista, bolivariana y antimperialista. Los Estados Unidos y la dirigencia opositora han apostado a su desplome. Por esta razón sus altos mandos también han sido san­cionados por la administración Trump. Pero cuando algu­no de estos mandos reconoce a Guaidó como “presidente”, se le retira cualquier tipo de sanción. Milagrosamente deja de ser corrupto o genocida o violador de Derechos Huma­nos. Hay algo más que dinero en todo esto: existen mili­tares que pueden no estar de acuerdo con Maduro pero eso no los lleva a apoyar a una oposición entregada a la estrategia de los EEUU. Por eso el llamado “quiebre” no se ha dado, y este escenario lleva, casi inevitablemente, a la negociación política.

Negociar o aplastar: ¿Esa es la cuestión?

Hasta el momento, todo esfuerzo por aplastar al contrincante ha fracasado. El gobierno de Maduro no ha podi­do, a pesar de la migración, de la represión y del desastre económico, derrotar defini­tivamente a la oposición. Lo mismo ocurre, pero en sentido contrario. Hay dos terqueda­des que se resisten (con todo derecho) a desaparecer o a ser avasallados. Ante esto solo queda el camino de explorar diálogos políticos que destra­ben el juego. Las amenazas no han dado resultado, pero, incluso si estas se cumplieran, solo abriría las puertas a un desastre mayor. Por eso la comunidad internacional está empezando a entender y a promover la negociación hacia la vía electoral. En ese sentido, posiciones como la de los gobiernos del Grupo de Lima, no contribuyen a lograr una solución sino a la eternización de la crisis política. Mien­tras eso ocurre, el pueblo venezolano sigue siendo víctima de la irresponsabilidad de su propia clase política en ese juego de sordos inaceptable.


[1] Analista político y chef internacional radicado en Caracas.

[2] La Comunidad Internacional es consciente que el todo o nada no ha resultado y busca caminos de negociación que encuentra obstáculos en ambas partes, pero es un buen paso lo de Noruega.

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